No hace tanto tiempo que tuvimos que hablar del abrupto cierre del diario Perfil, que sacrificó un ambicioso proyecto periodístico en aras de uno de esos acuerdos empresarios a los que ya nos estamos acostumbrando. El cierre de Perfil, se dijo, formaba parte de una política de no agresión que el CEI había concertado con el grupo Clarín. Un acuerdo diplomático como los que antaño hacían los Estados, canjeando alguna provincia; siempre sin considerar a sus pobladores, en este caso los periodistas y los lectores.

 

Aparentemente, el alcance de lo negociado era aun mayor, pues acaba de hacer sus primeras víctimas en el campo de las revistas de divulgación. Cerrada Conozca Más, de Atlántida, por decisión del CEI, desaparece (o eufemísticamente, “se toma un tiempo para transformarse”) también Descubrir, de Perfil, que supuestamente iba a heredar su público. No hay explicaciones convincentes.

 

Un párrafo aparte merece lo ocurrido con La Maga, una revista de información cultural que acababa de cumplir cinco años. Leída y respetada en su momento, había pasado de manos de sus fundadores a un grupo español, para caer al fin en poder del inefable Daniel Lalín.

 

El empresario, que al asumir la presidencia de Racing se había hecho famoso por un grotesco “exorcismo” al estadio destinado a combatir la persistente “mala suerte” del club, obtuvo algún éxito deportivo pero ninguno económico, porque el club está ahora en quiebra.

 

No conforme con esto, Lalín compró La Maga con el propósito de convertirla en un emporio de la cultura menemista, o duhaldista según su opción más reciente. Produjo así un milagro de marketing. La Maga, que apuntaba a un público opositor de izquierda y solía salir con estruendosas denuncias de corrupción, de pronto se vio adornada con fotos de Menem y reportajes al presidente. Era tan original como organizar un asado para vegetarianos o tratar de atraer al público gay con bellas mujeres.

 

El resultado, ya lo sabemos, significó más periodistas en la calle, una fuente menos de trabajo para varias familias, y otra experiencia frustrada. Aunque, si tenemos en cuenta cómo paulatinamente han ido desapareciendo los programas políticos en la TV, no por censura del gobierno sino por decisión de los grandes grupos económicos que lo respaldan, nos podríamos preguntar si no habrá sido deliberado.

 

Para quienes pretendemos hacer periodismo independiente, no son buenas señales.

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