Mostrado este verano por cable, en su versión completa de 188 minutos, dentro de un ciclo que ya no habrá de repetirse, aparece ahora en cine, y luego irá en video, en versión de 170 minutos, este drama mexicano debidamente fuerte, sin llegar a ser “un dramón mexicano” (o, como allá dicen, “un tango argentino”). Las partes que le faltan tienen su importancia, pero no llegan a afectar al conjunto, ni el sentido de la obra. Para el espectador la película sigue siendo de alrededor de tres horas, y sigue siendo atrapante y contundente.

 

A lo largo de esas tres horas va pasando la historia de una familia en su etapa de disgregación. Ha muerto el padre, pequeño funcionario público, único sostén de los suyos, y la mujer asume una economía de emergencia. La primera medida es expulsar al vago del hijo mayor, que, paradójicamente, es quien tiene más acendrado el amor a la familia. Personaje de gestos vitales y contradictorios, se volcará al mal camino, manteniendo sin embargo el cariño por los suyos, que no vacilarán en pedirle plata prestada, reprochándole hipócritamente al mismo tiempo los métodos delictivos que emplea para conseguirla. La mujer también rebaja el nivel social de la hija, de señorita a costurera. La pobrecita contribuirá al sostén del hogar, aunque la propia familia la tenga en menos, tan feúcha y con ese oficio medio vergonzoso para la clase de la cual proviene. Si supieran que algo de dicho sostén lo logra dándose ciertos gustos con los muchachos, ya que en su caso, parafraseando con otro sentido al poeta, “la suerte de la fea, la bonita la desea”… Más tarde la madre corta los estudios del mediano, favoreciendo al hijo menor, para que se haga un futuro a costa de los otros. Ella sueña con ese futuro, y los expresa mientras recorta las mangas del saco que usará el muchacho. “Cómo me pesan tus sueños”, le dice éste, pero tratando que ella no lo oiga. Será un simple empleado de Educación, postergará el amor y la vocación literaria para atender a su familia, aunque no se sienta del todo conforme. En cuanto al menor…

 

Nada saldrá exactamente como la madre espera. Tampoco nadie se mostrará enteramente egoísta, ni del todo bueno. Ocurre simplemente que cada uno quiere hacer su vida, y si es posible su hogar propio. Así, con todas sus contradicciones y vaivenes, se irán mezclando, como en cualquier familia, el afecto y el resentimiento, la vergüenza y la desvergüenza, el recuerdo y el olvido, el egoísmo y la entrega (o el arrepentimiento, si cabe). En suma, que esto, que en ocasiones parece un drama de Florencio Sánchez, y que el bueno pero bien amargo de Arturo Ripstein se solaza en mostrar con colores oscuros y ambientes recargados, es simplemente la vida.

 

El cineasta recarga los ambientes, como se ha dicho, pero no las situaciones, ni las actuaciones, al menos en un comienzo, cuando sigue básicamente los lineamientos de la novela de Naguib Mahfuz en que se apoya más o menos fielmente. Eso sí, de entrada elimina los monólogos interiores, todas las referencias políticas contextuales (Mahfuz sitúa su relato en el Egipto dominado por los ingleses de 1939, con sus rebeliones estudiantiles y sus castas militares determinadas por la época), y elimina también casi todas las expresiones de espíritu religioso que había en el texto original. Lo que mantiene es precisamente el núcleo que demuestra que el ser humano es el mismo en todas partes, aunque cada autor enfrente de un modo distinto el desenlace. Es que, paulatinamente, la adaptación de Alicia Paz Garciadiego, argentina, esposa y habitual coguionista de Ripstein, se va liberando de la novela, y entonces el director va incorporando a su versión unos pequeños toques melodramáticos, levemente artificiosos, y de un inefable sonido buñuelesco. El resultado, si se permite el neologismo, es plenamente ripsteiniano. Menos morboso que La mujer del puerto, menos chocante que Profundo carmesí pero igual de fuerte, porque pinta a fondo la mezquindad, la torpeza, la fatalidad y, por qué no también, la tibieza que nos envuelve. Ese es su arte. Y, aunque a veces parezca un poquito tremendista, lo que él pinta, también es la vida.

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