En lo que era su segundo encuentro con un presidente argentino en cuarenta y seis años de reinado, Isabel II resumió con “Mirar para adelante” algo más que un concepto protocolar.

 

La visita que el presidente Menem realizó a Gran Bretaña marcó, en efecto, un nuevo punto de partida de las relaciones entre los dos países, iniciadas con el Tratado de Paz, Comercio y Navegación de 1825 e interrumpidas durante más de un lustro como consecuencia de los sucesos bélicos de 1982.

 

Cuando el presidente argentino se recogió en la imponente catedral de San Pablo junto al duque de York, a miembros de ambos gobiernos y, codo con codo, veteranos argentinos y británicos, se sellaba una reconciliación. Los que combatieron, se habían visto, según escribió Borges, “una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno Abel”, pero de ahora en más otros Juan López y John Ward, los sobrevivientes, podrían ser amigos. Con sentimientos de piedad y respeto por los muertos, los heridos y por las familias golpeadas por el conflicto, el gesto presidencial se convirtió en un hito de la visita. No se declinaron justas reivindicaciones, que el presidente recordó una y otra vez, sino que quedó en claro que los caminos a recorrer son los de la paz, el diálogo y la cooperación. Sólo así se puede “mirar para adelante”.

 

El mismo espíritu campeó en los actos oficiales y en la larga y cordial entrevista del presidente con el carismático primer ministro Blair, éste todavía en los tramos iniciales de su gestión, aquél culminando la suya.

 

Flanqueado por una plana mayor de empresarios, el presidente quiso transmitir el mensaje de que la Argentina es un país confiable y previsible, abierto a las inversiones y a los negocios, donde una aventura como la toma de Malvinas en 1982 fue un hecho ocurrido, siempre según Borges, “en un tiempo que no podemos entender”.

 

Aunque es prematuro hacer un balance, puede afirmarse que tanto el presidente como el canciller Di Tella, sus colaboradores y el embajador en Londres, Rogelio Pfirter, se han anotado legítimos éxitos. La visita fue escrupulosamente preparada a través de una labor de años, mediante gestiones iniciadas durante el gobierno conservador de John Major y proseguidas con la administración laborista. No hubo ni sobreactuaciones ni salidas de tono, al menos visibles, sino un trabajo profesional, en que ambas partes a través de la misma planificación de la visita crecieron en la mutua comprensión.

 

Nadie podía esperar que el presidente regresara de Londres con novedades de peso sobre el tema Malvinas. Previsiblemente, la declaración suscrita asienta la posición de cada uno, con una mención a las Naciones Unidas, que tendría significación porque precisamente fue a partir de la Resolución 2065 de 1965 que quedó establecida la obligación para los británicos de sentarse a la mesa de negociaciones respecto de las islas.

 

El gobierno encaró el viaje como lo que debe ser, una política de Estado, pese a que algún osado haya creído posible reflotar, a remolque de los aplausos cosechados, la re-reelección. La oposición prefirió razonablemente no integrar la comitiva, quizás para no verse comprometida con gestos, énfasis o estilos que puede no compartir. Más allá de esto, sus principales figuras reconocen el logro obtenido, lo que permite augurar que el camino iniciado se mantendrá si son gobierno en diciembre de 1999.

 

Las dificultades no pueden disimularse: para los isleños y para parte de la población argentina, el “efecto Malvinas” subsiste y es factor de recelo. El viaje demuestra, en cambio, que la relación bilateral puede y debe desarrollarse de manera adulta y madura, asumiendo las dificultades y avanzando pese a ellas, a condición de poner en juego grandeza e imaginación, virtudes que ambos países han demostrado capacidad de ejercer a lo largo de sus historias respectivas.

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