Abba Eban, el prestigioso ex canciller israelí, escribió recientemente que siempre había sido una fantasía imaginar que el mapa resultante de la Guerra de los Seis Días podía representar realmente a Israel. El mapa era un caso clásico de sobre-extensión. Esa fantasía, dijo, corrompió las relaciones políticas internas y exteriores de Israel durante toda una década. Lo más grave, agregó, es que hay designios de venganza que se alimentan en la misma ilusoria percepción. Mantener semejante mapa exigiría esfuerzos humanos militares y económicos que Israel no posee, aun contando con los cerca de tres mil millones de dólares con que Estados Unidos anualmente ayuda a su principal aliado en la región.

 

La visión territorial de Abba Eban es compartida por un gran número de intelectuales y dirigentes políticos de su país. Además, es la que se ve reflejada en una porción significativa de ciudadanos israelíes a través de los sondeos de opinión.

 

“Territorios por paz” es la fórmula que sirvió para llegar a los acuerdos de Oslo, de los que el memorándum de Wye de octubre último, ha servido como necesario aunque tardío refuerzo. Para los extremistas palestinos e israelíes, en cambio, la fórmula debería ser “victoria sin entrega”. Ambos extremismos conservan aún espacios de poder que les permiten jaquear la implementación de los acuerdos. Subsisten una parte importante de la política y de la cultura de Israel que están “todavía bajo los efectos psicológicos de la ilusión” territorial, como dice Ebban. Paralelamente, los partidarios de Hamas disputan a Arafat el control del embrionario Estado palestino. Lo hacen en nombre de reivindicaciones históricas puras y duras, pero reverdecidas por la injustificable mora a que han sido llevados los acuerdos de Oslo.

 

Es aquí donde encuentra terreno fértil la lógica perversa de la violencia indiscriminada.

 

Cada atentado es calculado para generar una reacción adversa a la paz.

 

Los extremistas de ambos lados son aliados tácitos en contra de los acuerdos. Mientras de un lado se demoraba la implementación de los acuerdos, el otro lado “no veía necesario” llevar a cabo atentados.

 

Cuando el Primer Ministro israelí se avino a ocupar un lugar más hacia el centro del espectro político y firmó los acuerdos de Wye, el terrorismo palestino volvió a golpear salvajemente. Con ello se buscó provocar una nueva postergación en la puesta en marcha del proceso de paz. Así se quiso ensanchar nuevamente la base de la frustración palestina. El propósito no fue otro que el de radicalizar los odios y ahondar la desconfianza.

 

Nada puede suplir a la confianza a la hora de acercar posiciones. La que existió, se fue perdiendo a lo largo de estos dos últimos años. La que queda, en estos momentos está muy debilitada. Sin la decidida voluntad política de israelíes y palestinos no se podrá lograr que los acuerdos sean cumplidos. Pero los Estados Unidos han decidido encomiablemente poner en juego todo el peso de su diplomacia no sólo para acercar a las partes a una negociación y a acuerdos razonables, sino para acompañar el proceso de su cumplimiento, paso a paso.

 

Con ello, en los hechos se vuelve a la posición adoptada por el asesinado primer ministro Rabin, posición con la que las actuales autoridades israelíes no simpatizan: tratar la paz como si no hubiera terrorismo y a éste como si no existiera un proceso de paz.

 

Tanto la sociedad israelí como la palestina se encuentran frente a una oportunidad histórica. Desde que ambas en Oslo se reconocieron recíprocamente el derecho a existir, nunca estuvieron tan cerca de la posibilidad de un cambio hacia la convivencia. Para ello, todavía deben negociar sobre los temas más difíciles de la agenda aprobada de común acuerdo: entre otros, el status de Jerusalem, la situación de los refugiados palestinos, la posible creación de un Estado palestino y las fronteras que éste tendrá con Israel.

 

Si ambas sociedades logran concertar una paz duradera y un progreso en común, no solamente se habrán hecho un servicio a sí mismas, sino que además habrán ayudado a liberar al mundo de la mayor fuente de injustificables pretextos para el terrorismo.

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