Éste es un tema de la historia. A esta disciplina compete analizar no sólo lo que sucedió (la quema de brujas) sino por qué y sobre la base de qué cosmovisión e imaginario social esta situación –que hoy nos parece aberrante– se hizo posible, consensuada y “normal”. Para ello la historia se vale de determinadas metodologías. En este caso, la historia social de la vida cotidiana en una sociedad inquisitorial considerará los diversos sujetos sociales, entre ellos las mujeres. Pero observemos que los resultados serán diferentes según se analice o no el colectivo “mujeres” como una variable independiente. Si no se las considera así, las mujeres serán visualizadas en forma homogénea e indistinta y las conclusiones se leerán en ese sentido. La historia documental de la inquisición muestra que a lo largo de la modernidad las denuncias y las condenas por brujería fueron significativamente más altas para las mujeres que para los varones. Dado que los procesos inquisitoriales pueden considerarse un “muestreo” aceptable de la sociedad a la que investigaban, se concluiría que efectivamente había más “brujas” que “brujos” (cualquiera sea el valor que demos a estos cargos). Pero si introducimos el género “mujer” como variable independiente y nos preguntamos si acaso la sociedad inquisitorial tendía a “ver” brujas más bien que brujos, porque asociaba la brujería a determinadas características negativas que atribuía a la mujer, entonces los resultados serán otros: no es que “en la realidad” hubiera más brujas que brujos, sino que la sociedad “veía” más brujas que brujos, y en definitiva “producía” brujas para castigarlas.

 

El martillo de brujas pudo existir, entre otras cosas, porque hubo un preconcepto contra la mujer, que la veía más próxima a lo demoníaco que el varón. El análisis y la decodificación de estas visiones de lo femenino requieren, a su vez, una metodología especial. De esto trata, precisamente, la epistemología del género.

 

Estudios de la mujer y teoría del género

 

Los estudios de género han progresado y se han diversificado notablemente en pocas décadas. En este tipo de trabajos la perspectiva filosófica ha sido decisiva. Podríamos incluso decir que la “filosofía feminista” se identifica con el pensar desde la teoría del género e incluso la filosofía ha contribuido a delimitar en forma crítica y fundamentada este concepto. La teoría del género ha provisto de un recurso conceptual para reconocer y tratar una problemática filosófica que antes no había sido visualizada como tal. La introducción de esta teoría producirá, obviamente, una modificación y una alteración en los problemas y las respuestas filosóficas de la ontología, la historia de la filosofía, la epistemología, la ética. No entraré en detalles sobre los variados puntos de vista dentro del feminismo filosófico. A los efectos de abordar las cuestiones epistemológicas que implica el feminismo basta –así lo considero– con admitir dos notas decisivas del concepto de género: la relacionalidad y la historicidad. Con ello quiero decir que el género se vincula al sexo biológico por determinadas relaciones sociales y no por nexos biológicos, y que el género que se atribuye a los individuos es una categoría histórica, puesto que es solidario con la sociedad que lo ha elaborado.

 

Ahora bien, además de estas notas, obviamente la teoría del género puede ser considerada como un punto de vista, o un instrumental metodológico desde dónde plantear y responder diversas cuestiones sobre el contenido cognitivo de las teorías científicas, sobre los sujetos que construyen la ciencia, sobre el colectivo que la legitima, la dirige, la administra y la usufructúa; cuestiones sobre la metodología de abordaje. Introducir la problemática del género en la epistemología ha sido un paso decisivo para el fortalecimiento de estas cuestiones. Provee además, el marco metodológico para aproximaciones a temas como mujer cognoscente, el conocimiento de la experiencia femenina y otros similares. Es también el lugar sistemático para discutir puntos de vista como la asociación de “hombre” con “racional” y “mujer” con “irracional”, asociación que, como lo señala Genevieve Lloyd 1, en su versión “científica” se debe a los filósofos racionalistas del siglo XVII, aunque puedan rastrearse sus antecedentes muchos siglos antes.

 

La pregunta de si la mujer tiene o no un tipo de racionalidad distinta en relación al varón, si su forma de aprender y de comprender es diversa, es uno de los tópicos que han trabajado los variados feminismos, tanto como la cuestión de si la existencia de diferencias en la experiencia histórica o actual debe adjudicarse a una diversidad de naturaleza, o a una práctica cultural o a ambos factores en proporciones variables. Estas cuestiones están todavía en la agenda del feminismo y seguramente seguirán en ella por bastante tiempo.

 

De todo este amplio panorama voy a ocuparme sólo, y elementalmente, de dos cuestiones.

 

1. La cuestión metodológica

 

Mi primera observación es que la teoría del género comparte con los “maestros de la sospecha” la convicción de que ni las teorías científicas, ni la epistemología y la metodología que las legitiman son neutras o inocuas. En realidad pueden estar traspasadas de prejuicios, intereses ideológicos, decisiones pragmáticas. La teoría del género, entonces, debe operar como un instrumento de crítica que deconstruye el constructo subrepticiamente ideológico.

 

La epistemología feminista ha denunciado en forma continua y sistemática, a partir de los inicios de los 80, el condicionamiento sexista en la investigación científica, explicitando ese sesgo en los creadores de la ciencia moderna. Evelyn Keller ha señalado tres aspectos en que el sesgo del género ha influido en la construcción de la ciencia moderna: la percepción sesgada (masculina) de los lazos entre ente y naturaleza; la relación entre el mundo interno de los sujetos y los objetos; la teorización y la práctica acerca de cómo debe construirse la ciencia (legitimación epistemológica) 2. En otros términos, desde una epistemología que incluya el análisis crítico del sesgo genérico es válido preguntarse si, y en qué medida, la ciencia está condicionada por un ideal de “masculinidad”. La respuesta positiva a estas preguntas pondría en entredicho la pretendida “objetividad” científica.

 

Pondré un solo ejemplo de la historia de la filosofía y la ciencia: la teoría de la inferioridad biológica de la mujer, que ha servido de fundamento a la práctica generalizada de marginación. Desde la teoría aristotélica del “macho frustrado” 3 hasta los estudios positivistas decimonónicos sobre la menor capacidad craneana femenina, la ciencia ha elaborado una argumentación que podrían esquematizarse en cuatro pasos: Hay diferencias sexuales, que se identifican con las diferencias de sexo (macho = masculino; hembra = femenino); como la diferencia sexual es natural, la de género lo es también; donde hay diferencias hay jerarquías (ontológicas, éticas, sociales): uno es superior, otro inferior; lo masculino es superior a lo femenino.

 

Las consecuencias de esta mentalidad son muy amplias: “lo femenino” (y la mujer) quedan siempre del lado de lo imperfecto, lo oscuro, lo irracional, lo doméstico, lo inmaduro, lo (necesariamente) sometido. Se ha dicho, en relación a nuestro tema, que la filosofía y la ciencia fueron pensadas y realizadas por varones, la mujer ha quedado invisible, aun cuando algo haya aportado. Pero no lo ha hecho desde su condición de mujer, sino como una asimilación a lo masculino. Las virtudes y capacidades que se consideran propias del hombre (racionalidad, fortaleza, voluntad) cuando las posee una mujer, la “masculinizan” en la percepción social y la reducen a la esfera masculina.

 

Margaret Alic ha señalado 4, acertadamente a mi juicio, que en la ciencia han intervenido tanto hombres como mujeres (aunque éstas en menor proporción y sin producir “grandes saltos” o “revoluciones científicas”), pero sólo accedió a la producción científica un determinado tipo de mujeres que no es representativo del colectivo humano correspondiente, mientras que ellas entre sí comparten ciertas características: pertenecían a la clase alta, en gran medida eran autodidactas, fueron reconocidas en virtud de su acercamiento a un hombre importante, y a veces se las confundió con varones.

 

2. La cuestión del sujeto

 

Dos preguntas son pertinentes aquí: ¿Qué papel ha tenido la mujer en la producción del conocimiento científico? ¿Hay una manera especial, distinta –femenina– de hacer (cualquier) ciencia, o hay (algunas) disciplinas científicas que son más apropiadas (adecuadas) a la mujer?

 

La primera pregunta, a primera vista, es una mera cuestión de compulsa histórica, de una historia que inclusive ya estaría hecha. Sin embargo, si asumimos una visión crítica sobre el modo de hacer ciencia, podemos ver inmediatamente que no es así 5. No es tan cierto que la historia de la “ciencia hecha por mujeres” esté realmente hecha y completa. Además, la explicación del papel de la mujer, una explicación total, no se reduce a una compulsa cuantitativa; en todo caso hay que analizar esa presencia, su grado, su importancia relativa, etc.

 

Si aplicamos la teoría del género y el “principio de sospecha” metodológico que ella instaura, podemos decir que la presencia de la mujer en la construcción de la ciencia estará condicionada por su presencia en la historia global, en el sentido de que estará representada en ambos universos de discurso en proporciones semejantes, de modo que si hay una “invisibilidad” generalizada, esta situación repercutirá en la narrativa científica.

 

Si tomamos en cuenta las variables que introduce la teoría del género como categoría de análisis, resulta una inversión en la comprensión del hecho “real” de la escasa participación femenina en la construcción de la ciencia. Es decir, explica por qué el primado del patriarcalismo ha impedido a la mujer el ejercicio de un rol que pudo haber tenido, pues no había imposibilidad “biológica” o “real” para eso, mientras que en una versión “ingenua” (subrepticiamente misógina) la constatación misma refuerza la teoría: la mujer “no pudo” hacer ciencia porque no es una actividad acorde con su “sexo”. En realidad no ha podido porque no ha sido acorde con el “género” impuesto.

 

En mi concepto, el “sesgo de género” como obstáculo a la participación de la mujer en la construcción de la ciencia puede y debe ser tomado también como una hipótesis a verificar por la Historia de la Ciencia. La hipótesis de que el imaginario estándar de “lo femenino” fue hostil a la aceptación de la mujer científica ha sido trabajada por diversas investigadoras en las dos últimas décadas, con resultados que, en mi criterio, excluyen toda duda razonable cerca de la existencia de este hostigamiento, aunque es preciso colocar debidamente las coordenadas espacio-temporales y no generalizar. La explicación de obvias diferencias de rendimiento intelectual entre diferentes colectivos humanos (indígenas, pobres, adictos, etc.) ha llamado la atención sobre el sesgo etnocéntrico (y no sólo androcéntrico) 6 de las escalas de rendimiento que establecen la “normalidad” o la “media” y que no tienen en cuenta situaciones muy especiales e incluso muy arraigadas en ciertos colectivos.

 

La segunda pregunta es aún mucho más compleja. Por una parte, implica la discusión entre diversas visiones dentro del feminismo; por otra, se relaciona con cuestiones históricas y sociológicas acerca de los imaginarios y de los roles que no necesariamente deben ser considerados una alineación (desde la perspectiva de género).

 

Una parte considerable del feminismo científico adoptó espontáneamente el llamado feminismo de la igualdad para defenderse del prejuicio de que la mujer “por su especial personalidad” no es (o es poco) apta para la ciencia (o determinadas ramas de ella). El concepto de “personalidad femenina” que exhiben los tratados de ginecología, neurobiología, etc. y estudios de campo sobre comportamiento femenino, parecieran confirmar una diferencia que, en algún sentido, impide u obstaculiza la labor científica femenina. Frente a esta situación se ha respondido con el cuestionamiento metodológico a las teorías de la diferencia, no sólo en lo que ellas implican para la justificación de la inferioridad femenina, sino como modelos teóricos incorrectos. Esta crítica feminista no cuestiona la metodología estándar de la ciencia ni propone reemplazarla por otras, sino que usa la teoría del género como un instrumento de control para evitar el sesgo que impide visualizar la igualdad. Lemoine se ha referido a estas posiciones como el “fenómeno de la profecía cumplida” 7. Por otra parte, la dirección del llamado feminismo de la diferencia, explícita o implícitamente, ha respondido a la misma cuestión con la exigencia de que la ciencia integre sus recursos de abordaje con elementos no considerados en la versión estándar de la metodología, como el rol de la (diferente) subjetividad.

 

Personalmente creo que el interrogante sobre la igualdad o diferencia, superioridad o inferioridad de uno u otro sexo sobre base biológica es muy difícil de establecer, porque también es muy difícil interpretar sin prejuicios los diversos y ambiguos resultados de las experiencias.

 

Discusión final

 

Las investigaciones de los últimos 20 años han cambiado nuestros puntos de vista tradicionales sobre la relación mujer-ciencia en varios aspectos relevantes. Se ha establecido que las epistemologías han sido claves de estrategias legitimadoras, y se ha determinado con bastante profundidad en qué sentido lo han sido. A lo largo de los siglos las nociones legitimadoras han sido muchas y variadas: revelación divina, sentido común, observaciones, certeza, verificabilidad, falsabilidad y, cuando en cierto sentido también justificaban indirectamente, por omisión 8. Pero ésta no es –ni puede ser– la única tarea de una epistemología orientada por la teoría del género. No puede ignorarse que el feminismo ha sido y es ante todo un movimiento que propugna un cambio en la realidad socio-histórica y, en ese aspecto, expresiones como “epistemología feminista” o “ciencia feminista” o “filosofía feminista” adquieren otros sentidos y alcances que incluso harían pensar en autocontradicciones. Es también, entonces, una tarea de la epistemología hacerse cargo de este tema, así como su relación con las prácticas científicas reales.

 

Y finalmente, hay una cuestión cuyo debate se impone: ¿Puede haber una ciencia feminista? ¿Hay un método científico feminista? Helen Longino se ha planteado la primera pregunta 9, señalando las múltiples ambigüedades que conlleva. Puede interpretarse como una cierta manera de orientar los problemas, o los intereses disciplinares, o como el uso crítico de la teoría del género como correctivo de otras instancias ideológicas subrepticias (no discuto si, y en qué sentido, ella misma lo es), o como la aceptación de un diverso modo (femenino) de conocer y comprender los contenidos disciplinares generales, o como defensa del colectivo científico femenino, o como reclamo de un espacio feminista en la política científica. En todo caso, está claro que el debate sobre estas cuestiones pone en entredicho la aceptación de qué sea “una buena ciencia” frente a aquella que sería “una mala ciencia”. Sandra Harding ha planteado la segunda pregunta 10 en un momento (hace quince años) de particular intensidad del debate epistemológico posmoderno. Aunque hoy es difícil dudar de una respuesta afirmativa, creo que sigue siendo válida la siguiente cuestión, que ella incluye en la otra más general: si el método feminista es un método de investigación distinto de los métodos estándar. Creo que esta cuestión es pertinente y también que el acuerdo sobre la pregunta general no implica la respuesta afirmativa a ésta. De hecho, el método feminista ha sido identificado con algunas de las aplicaciones críticas de la teoría del género, y por tanto no ha sido usado –y es dudoso que pueda serlo– como método de investigación. Pero también aquí debemos detenernos a ver qué se ha entendido –y se entiende– en los círculos científicos por “investigación” y entonces se podría afirmar que el debate, como en el caso anterior, pone en crisis el concepto de “buena investigación”, así como el de “buena ciencia”.

 

Por otra parte, es real que las cuestiones propuestas por el feminismo y las experiencias de mujeres han producido un giro (mayor o menor, según las disciplinas y las comunidades científicas) en la mayoría de los problemas vinculados a la producción científica. Por eso, pienso, el feminismo continuará desarrollándose, y aunque no podamos predecir con exactitud sus nuevos rumbos, la cuestión de las relaciones mujer-ciencia seguirá siendo relevante.

 

 

 


1
. G. Lloyd, “The Man of Reason”, en Ann Garry – Marilyn Pearsall, Women, Knowledge and Reality: Explorations in Feminist Philosophy, New York – London – Routlege, 1989 p. 111 ss.

2. E. Keller, Reflexiones sobre género y ciencia, Valencia, Ed. Alfons el Magnánim, 1991. El original inglés fue publicado en 1985 por Yale University Press.

3. Cf. Aristóteles, De generatione animalium IV, c. 6 (775 a 15-16), si bien ambos, macho y hembra son “iguales” en cuanto miembros de la misma especie.

4. Cf. M. Alic, El legado de Hipatía. Historia de las mujeres en la ciencia desde la antigüedad hasta fines el s. XIX, Madrid, Ediciones Siglo XXI, 1991.

5. Me ocupé de este tema en “Historia y Teoría del género”, Enlaces. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, Univ. Autónoma de Puebla, n. 9, 2001: 36–42.

6. Susana Narotsky, en su obra Mujer, mujeres, género. Una aproximación crítica al estudio de las mujeres en las Ciencias Sociales, Madrid, CSIC, 1995, especialmente cap. 1.

7. Ob. cit. p. 205.

8. Aspectos de esta “justificación indirecta” han sido señalados por Sandra Harding, en “Feminist Justificatory Strategies”, Women, Knowledge and Reality, cit. p. 189 ss.

9. En el artículo homónimo “Can there be a Feminist Science?”, Women, Knowledge and Reality, cit. pp. 203-214.

10. “Is there a feminist method?”, capítulo introductorio de su Feminism and Methodology, Bloomington-Indianapolis, Indiana University Press, 1987, p. 1- 14.

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