Borges sería el primero en prevenirnos (lo ha dicho, en efecto, hasta el cansancio) sobre los riesgos que esconde confundir al escritor con su obra. Escribió incluso una página memorable, titulada “Borges y yo”, donde avanza más aún: distingue en el escritor mismo dos dimensiones de la existencia, casi dos individuos (el que escribe y es famoso, y el hombre irremediablemente solo que contempla con triste distancia al anterior). Qué equivocación, entonces, acudir a Borges no ya para hablar sobre sus narraciones fantásticas o sus perfectos y eruditos poemas, ni tampoco siquiera para ensayar opiniones y críticas sobre la literatura y el arte, sino para discurrir sobre el mutable acontecer político.

 

El viejo escritor sonríe. Ya hemos caído en su trampa. Sabemos que haber traspasado la puerta de su departamento, en un 5º piso de la calle Maipú, es haber ingresado en uno de sus amados laberintos. ¿Podremos salir? Y de lograrlo, ¿habremos salvado nuestra identidad? ¿O, confundidos y burlados, nos sentiremos en el implacable destino de algún personaje de sus ficciones?

 

Y, sin embargo, vamos a su encuentro. Irremediablemente atraídos por sus sutiles ironías, por sus desconcertantes paradojas, con la tenue esperanza de poder leer entre líneas en su lógica circular y hermética. Porque Borges (sin temor a caer en exageraciones, quizá el escritor viviente más famoso del mundo… no por ello tan leído) despierta siempre en su interlocutor la sensación de que queda algo por descubrir. El viejo y ciego poeta, con sus 84 años y una infinita lista de premios y condecoraciones, nos deja siempre el sabor de algo inconcluso: hay misterios que él parece conocer y de los cuales sólo desliza, cada tanto, como distraído, alguna pista.

 

El escandaloso contraste con su figura suave y sus modales afables, su pensamiento es lúcidamente crítico, sutilmente anárquico y esquivo.

 

– Ah, Borges, ¿está Ud. aquí?

 

– Estaba –parece responder cuando creemos haber comprendido su posición–, estaba hace un momento.

 

Y, curiosamente, pasamos a ser nosotros los que buscan a tientas, entre las sombras, a un juguetón y triste viejo que nos burla una vez más.

 

También hay un feroz contraste entre su figura inmóvil e indefensa y su mente en constante movimiento, huidiza. Acaso pretender entenderlo sería como fotografiar a un bailarín en su danza: sólo nos queda una imagen que, indefectiblemente, no da cuenta del movimiento esencial de su arte. Una imagen estática. Nada más. ¿Habrá que comprender una melodía o intuir un ritmo? Puede ser. Esta “ardua tarea” –podrían ser palabras borgeanas– la dejamos al lector.

 

Se nos permita una observación: en un país como el nuestro, donde la realidad –tristemente– ha superado muchas veces las maquinaciones de un autor fantástico, y donde relatar lo que sucede nos obligaría a ensayar atrevidas metáforas, Borges podría ser –paradójicamente– un hombre de juicio equilibrado y de sopesadas palabras.

 

Pero hay, al menos, otro escollo que salvar antes de escucharlo hablar sobre política. Decir que es un gran escritor constituye ya un lugar común. Que no haya recibido el premio Nobel de Literatura lo convierte en la excepción a la regla. Pero, ¿es Borges un escritor argentino? Que nos dé pruebas de su argentinidad, antes de opinar.

 

“Los nacionalistas –escribía Jorge Luis Borges en 1932– simulan venerar las capacidades de la mente argentina pero quieren limitar el ejercicio poético de esa mente a algunos pobres temas locales, como si los argentinos sólo pudiéramos hablar de orillas y estancias y no del universo (…) Creo que si nos abandonamos a ese sueño voluntario que se llama la creación artística, seremos argentinos y seremos, también, buenos o tolerables escritores”.

 

Y en 1964 señalaba Ernesto Sabato: “Nada hay en él (Borges), nada de bueno ni de malo, de fondo ni de forma, que no sea radicalmente argentino”.

 

Más animados, le dirigimos a Borges la primera pregunta: ¿Cuándo votó por primera vez y por quién?

 

Yo no recuerdo. Ni siquiera recuerdo por qué partido voté… No sé si en aquella época era radical o conservador. Una de las dos cosas tiene que haber sido. Sé que me desafilié del Partido Conservador una vez, lo cual prueba que estuve afiliado, ¿no es cierto?

 

¿Y cómo habrá vivido Borges, el ciudadano, la política de Yrigoyen?

 

Recuerdo una discusión que tuve con Roberto Arlt, porque él estaba muy entusiasmado con Uriburu y yo no. Yo era radical.

 

Finalmente sabemos que fue radical. De manera que podemos volver a preguntarle sobre Yrigoyen.

 

Pero me parece que hablar de Yrigoyen ahora no tiene mayor sentido… Sé que Alfonsín ha dicho: “Voy a seguir la política de Hipólito Yrigoyen”. Pero decir eso en 1983 es como decir: “Voy a seguir la política del día de los tres gobernadores”, por ejemplo. Todo anacrónico. Estamos en un mundo tan distinto. Aunque yo no sé muy bien cuál era la política de Yrigoyen, tampoco.

 

Es la oportunidad de recordarle que Alfonsín ha hablado de continuar no sólo a Yrigoyen sino también a Perón.

 

Eso se parece menos a una promesa que a una amenaza.

 

Borges es claramente antiperonista.

 

Bueno, yo nunca negué ser antiperonista. Además de razones generales, tengo razones particulares: mi madre estuvo presa. Sí, al principio participó en una manifestación que hubo para que no se modificara el Himno Nacional. Y entonces tomaron presas a algunas personas. A mi madre le dieron, como prisión, esta casa. Y la casa se llenó de gente que venía a saludarla. Y uno de los que llegaron, curiosamente, fue el almirante Rojas. Y luego mi hermana estuvo presa, en el Buen Pastor. Era una cárcel para prostitutas. Y a un grupo de señoras las destinaron allí, bueno, para insultarlas deliberadamente. Y cumplieron sus 30 días. Salvo que ellas no sabían que iban a ser 30 días, de modo que para ellas fue indefinido aquello. Estaban, con mi hermana, una señora Alvear, Raquel Pueyrredón, las señoritas Grondona y dos señoras montevideanas cuyos nombres no recuerdo. Todas en la misma pieza. Y los domingos íbamos a verlas. Y me parecía tan raro ver la cara de mi hermana detrás de la ventanilla con rejas. Y le llevábamos… bueno, lo que se lleva a los presos: dulce de membrillo, dulce de leche…

 

¿Qué opinión le merecerá a Borges, entonces, la que dio en llamarse “Revolución Libertadora”?

 

Estábamos todos engañados, creímos que todo iba a cambiar, que era como una suerte de aurora. Estábamos muy entusiasmados todos por la Revolución Libertadora. A mí personalmente me benefició, ya que me hicieron director de la Biblioteca Nacional. Puedo decirle esto: recuerdo aquella gran manifestación que hubo cuando supimos que Perón se había fugado y que la revolución había triunfado, era un día del mes de septiembre, había grandes lluvias. Yo recuerdo que con una amiga salimos a la esquina de Santa Fe y Libertad y fuimos gritando: ¡Viva la Patria! ¡Viva Córdoba! ¡Viva la libertad! Cuando llegamos a la calle Callao me di cuenta de que me había quedado sin voz de tanto gritar, que había perdido a mi compañera y que no habíamos dicho una sola vez la palabra “muera”. Creo que si lo hubiéramos encontrado a Perón, lo hubiéramos abrazado… tan contentos estábamos de librarnos de él.

 

¿Y después?

 

Después hubo gobiernos mediocres, y algunos cómplices, como el de Frondizi.

 

Miremos, entonces, para adelante, señor Borges.

 

Quizá en el mes de octubre llegue algún alivio, pero yo no tengo mucha fe. Yo sé por quiénes no voy a votar: no voy a votar, desde luego, por el comunismo, ni por el peronismo, ni por los nacionalistas… pero no sé por quién voy a votar. Quizá se entienda que Alfonsín es un mal menor. Pero los que lo voten no creo que lo hagan por él sino contra Luder.

 

¿Qué recuerdo habrá dejado en el escritor el gobierno de Arturo Illia?

 

Creo que fue el mejor. Al menos el menos malo, sí, seguro. Porque los gobiernos militares realmente son un mal de toda esta América del sur.

 

Claro que a nadie se le escapa que Borges estuvo esperanzado con el golpe militar de 1976…

 

Sí, es verdad. Yo estaba en California con un amigo y recuerdo que cuando supimos lo que había ocurrido nos abrazamos. La gente que pasaba, con toda razón, pensaba que estábamos locos. Pero luego fuimos gradualmente desengañándonos. Los militares subieron con el apoyo del país, sin excluir a los peronistas. A todo el mundo le pareció bien que sacaran a Isabel Perón y a López Rega. Luego hemos tenido estos 6 o 7 años desastrosos.

 

¿Cómo verá Borges el aprecio de amplios sectores por el justicialismo?

 

Como un síntoma muy alarmante.

 

Pero ciertos observadores políticos hablan de una creciente democratización dentro del peronismo.

 

Si ocurriera… ojalá. Bueno, quizá, porque hay mucha gente joven.

 

Más de una vez se definió anarquista.

 

Sí. Yo diría aquello de Spencer: “The man versus the State”, el individuo contra el Estado. Creo que ahora estamos realmente dominados por el Estado. Voy a dar un ejemplo personal: en el año 1914, en el mes de marzo, creo, fuimos a Europa. No teníamos pasaporte. Se podía recorrer el mundo y era como pasar de esta habitación al comedor, al escritorio, o al dormitorio. Y ahora usted no puede salir a la calle sin una cédula.

 

¿Pero se podría convivir socialmente sin Estado?

 

Yo creo que sí.

 

Borges propone una utopía.

 

Desde luego que es una utopía. Cuando yo era chico había, digamos, un asesinato por año y se lo comentaba todo el tiempo. Ahora todos los días hay crímenes. Los diarios están hechos casi de crónicas policiales. Y además el alcoholismo, la homosexualidad y tantas cosas que eran muy raras entonces… y ahora parece que son frecuentes. Y las drogas también. La ética es una ciencia perdida. Este es un mundo de sobornos, de coimas, de amenazas. Habrá que esperar 50 o 100 años. O 200 tal vez.

 

Nadie puede dejar de advertir, repasando los años en que se publican sus textos, que muy poco se refiere en ellos al acontecer político del país, salvo notables excepciones. ¿Cómo habrán influido en su obra los vaivenes de la política argentina?

 

– Yo he tratado de mantenerme ajeno, pero no he podido.

 

Hay en Borges hoy un dejo de tristeza que su amabilidad no esconde. “Se lo ve bien” le habíamos dicho al entrar, insinceros, como queriendo exorcizar esa pena advertida. “No es verdad”, nos contestó enseguida.

 

El ya citado Ernesto Sabato escribía años atrás: “Nosotros somos argentinos hasta cuando renegamos del país, como a menudo hace Borges; del mismo modo que está denotando su espíritu religioso un presunto ateo que incendia iglesias; ya que los verdaderos ateos son los indiferentes. A Borges de alguna manera le duele el país, aunque no tenga la sensibilidad o la generosidad para que le duela incluyendo al peón de campo o al obrero de un frigorífico”.

 

“Sin querer –nos dijo Borges en su frase final, apoyando las manos ligeramente inquietas en su legendario bastón, perplejo ante sus 84 años porque “la longevidad es una enfermedad, la que dura más”– sin querer estoy sintiendo las cosas y padeciéndolas”.

Comments

comments

3 Readers Commented

Join discussion
  1. josé luis cabral on 21 julio, 2010

    excelente, pueden seguir acrentándolo y ¡MEJÓRENLO!

  2. gustavo on 29 mayo, 2014

    Más allá de que pueda configurar una ofensa para los que se consideran peronistas a carta cabal, sostengo sinceramente, que hoy día, ser antiperonista es un síntoma de lucidez.

  3. Martín on 16 septiembre, 2015

    Borges decía: “…pareciera ser que el destino de la Patria fuera engendrar cada cien años un tirano del cual nos tienen que venir a salvar las provincias.”

¿ QUIERE DEJAR UN COMENTARIO ?