Al haberse cumplido el centenario del nacimiento del intelectual italiano Norberto Bobbio (Turín, 1909-2004) se publicaron numerosos trabajos sobre el sentido de su obra. En el artículo, el autor se detiene en tres contribuciones clave de este hombre de derecho: la lección de los clásicos, la relación entre ideales y hechos, y la conciencia ética.

Si bien fue titular de cátedras de Filosofìa, Norberto Bobbio no se consideraba un filósofo. En ocasión de un congreso sobre el rol actual de esa disciplina, se presentó con estas palabras: “Nunca me consideré un filósofo en el sentido tradicional del término, por más que haya enseñado durante muchos años Filosofía del Derecho y Filosofía Política. Los apuntes para los estudiantes nunca fueron titulados como de filosofía, sino como teoría general del derecho, teoría general de la política, teoría de las formas de gobierno”. No obstante, estudió largamente a los clásicos de la filosofía para delinear las características fundamentales del derecho y de la política, y encontrar en dichos autores análisis y sugerencias capaces de ofrecer respuestas adecuadas a los problemas de la sociedad, tanto de ayer como de hoy.

La importancia de los clásicos puede definirse, según Bobbio, por la perenne actualidad de sus intuiciones. Reconoce como “clásico” al autor que responde a tres características fundamentales: “a) es intérprete auténtico y único del propio tiempo, y su obra es considerada instrumento indispensable para comprenderlo (piénsese en De civitate Dei de Agustín y en las Grundlinien der Philosophie des Rechts de Hegel); b) es siempre actual, de manera que todas las edades y generaciones sienten necesidad de releerlo, y al hacerlo, de reinterpretarlo (Rousseau: ¿democrático o totalitario?, Hegel: ¿filósofo de la restauración o de la Revolución francesa?, Nietzsche: ¿reaccionario o revolucionario?); c) ha construido teorías-modelo de las que continuamente se sirve para comprender la realidad, incluso la realidad diferente de aquella de la que las dedujo y a la que las aplicó, y que con el correr de los años se tornaron verdaderas categorías mentales (piénsese en la teoría de las formas de gobierno de Aristóteles, o en la autonomía de la política de Maquiavelo)”.

Para saber de qué deben ocuparse el derecho y la política, cuáles son las características  fundamentales y los valores que tendrían que expresar y garantizar, es necesario emprender un recorrido de análisis histórico, interrogando a los clásicos. En efecto, toda codificación es el punto de llegada de un proceso lento y diversificado, que debe ser estudiado. “La Declaración universal de los derechos del hombre de 1948 representa la conciencia histórica que la humanidad tiene de sus propios valores fundamentales en la segunda mitad del siglo XX. Es una síntesis del pasado y una inspiración para el porvenir; pero sus tablas no han sido esculpidas una vez y para siempre”.

Bobbio está convencido de la actualidad de la enseñanza de los clásicos porque se ocupan de problemáticas perennes relacionadas con el vivir común, en oposición con las corrientes historicistas o ligadas al así llamado “marxismo científico”, que pretenderían reconstituir sobre bases inéditas la teoría política: “Para no dejarse engañar por las apariencias y no ser inducidos a creer que cada diez años la historia comienza de nuevo, se requiere mucha paciencia y saber volver a escuchar a los clásicos”. Sus cursos universitarios, si bien se caracterizaban por una orientación claramente teorética, transitaban una atenta y apasionada lectura de los grandes autores del pasado,  reconociéndoles profundidad y actualidad, como se desprende del título de los apuntes del primer curso de Filosofía política y de las palabras introductorias: “De haber querido darle a mis apuntes un título académico, hubiera elegido La lección de los clásicos”. Y entre los clásicos, presenta dos grupos de cinco autores cada uno pertenecientes, respectivamente, a la modernidad (Hobbes, Locke, Rousseau, Kant, Hegel) y a la contemporaneidad (Croce, Cattaneo, Kelsen, Pareto, Weber).

En esa línea, muchos de sus ensayos estuvieron dedicados a autores o períodos históricos como la Revolución Francesa, la idea de libertad y democracia en la antigüedad y en la modernidad, Cattaneo, Hegel, Marx, Weber y, sobre todo, Hobbes, piedra angular de sus investigaciones. De todas maneras, Bobbio no se limitó al estudio de la filosofía moderna sino que a menudo su investigación partía del clasicismo griego. Por ejemplo, cuando analiza las características del Estado, encuentra elementos que conservan intacta su validez desde la antigüedad hasta nuestros días: “Un tratado de política como el de Aristóteles, dedicado al análisis de la ciudad griega, no perdió nada de su eficacia descriptiva y de su capacidad de explicar el orden político tal como se fue sucediendo hasta el presente”. Sirvan como ejemplo las modalidades posibles de gobierno, la definición de las leyes que rigen una ciudad (in primis la constitución), y las formas de relación entre ciudades.

 

Los ideales y los hechos

 

La frecuentación de los clásicos, en particular la contribución de Hobbes, influyó profundamente en la manera en que Bobbio afrontó las problemáticas propias de la filosofía política y del derecho, descriptas sobre todo en términos de contraposición y dicotomías. Éstas representan un desafío a la capacidad de elaborar teorías políticas y legislativas que respeten la complejidad pero también, y más radicalmente, los valores que se querrían alcanzar con ellas.

Una dicotomía particularmente delicada entre las que estudió Bobbio (continuidad/ruptura; público/ privado; sociedad civil/Estado; democracia/ dictadura; guerra/paz; ética/política) es la de  ideal/hecho.En este caso la relación entre los valores y su realización es dicotómica no sólo porque los separa una distancia insalvable (al contrario de lo que pasa en una concepción historicista o marxista), sino sobre todo por la traición que daña al ideal en la faz ejecutiva. Si bien animado por rectas intenciones, el valor “noble y alto” se transforma habitualmente en “tosca materia”.

Toma prestados los términos de la novela de Boris Pasternak, El doctor Zhivago: “Sucedió a menudo en la historia. Lo que había sido concebido como noble y alto se tornó tosca materia. Así pasó con Grecia, que se convirtió en Roma; así pasó con el Iluminismo ruso, que se convirtió en la revolución rusa”. Se trata de una cita apreciada por el pensador de Turín, en la cual encontraba resumida la aporía fundamental con la cual tiene que verse todo filósofo de la política: la tensión/traición entre valores y hechos, tensión que no puede resolverse pero tampoco eliminarse. Es una amarga reflexión sobre la historia que parece conducir a los éxitos más cruentos y trágicos cuando el ideal inspirador parecía grande e irresistible. La “tosca materia” recuerda la presencia, nunca justificable, de la realidad del mal; y con la cual la reflexión política, y en general la historia misma desde su  surgimiento, no puede dejar de confrontarse: “Tanto la historia sagrada como la profana, más cercana a nosotros, nacen con un fratricidio que lleva a sus intérpretes a la confusión”.

En una aguda y detallada introducción a los escritos de Bobbio, Michelangelo Bovero reconoce en la “tosca materia” el compendio de las tipologías posibles del mal en el mundo, susceptibles de ser resumidas en tres elementos: “tres aspectos de una antropología negativa, según la cual el hombre es un animal violento, pasional y mentiroso. En primer lugar, probablemente no se pueda eliminar la violencia en el mundo humano. En este hecho debe buscarse también el origen y la razón primera de la política. En segundo lugar, en las relaciones sociales prevalecen las pasiones y los intereses particulares por sobre las razones universales. En tercer lugar, el hombre es un animal ideológico, un embaucador, que se miente incluso a sí mismo argumentando motivaciones que distan de las reales a fin de justificarse u obtener aprobación a su conducta”.

En la frase de Pasternak, Bobbio reconoce además de la objeción más grave planteada a la democracia como forma de gobierno, su incapacidad para realizar ideas y proyectos idealmente apetecibles pero que terminan por degenerar en sus opuestos, vicios mortales. En efecto, son precisamente las “promesas no cumplidas” de la democracia la causa mayor que ha determinado su desaparición a lo largo de la historia. Entre estas promesas incumplidas hay una que atenta particularmente contra esta forma de gobierno: el poder invisible.

La democracia es definida por Bobbio como el ejercicio público del poder, de un poder visible: “Como régimen del poder visible, la democracia trae enseguida a la mente la imagen que nos legaron los escritores políticos de todos los tiempos, a partir del ejemplo de la Atenas de Pericles, del agora o de la ecclesia, es decir, de la asamblea de todos los ciudadanos en un lugar público donde proclamar y escuchar propuestas, denunciar abusos o pronunciar acusaciones, y decidir por medio de manos alzadas después de haber escuchado los argumentos de los oradores en pro y en contra. No sin razón la asamblea ha sido a menudo comparada con un teatro o con un estadio, es decir, con un espectáculo público”.

El análisis del doble significado de la palabra “público”, que se pone de manifiesto según su posible contrario (público/privado, público/ secreto), muestra la conflictividad capaz de poner en grave  riesgo la salud de un gobierno democrático. El ámbito de lo secreto, de lo oculto, de lo que no puede revelarse porque está en contraste con las leyes y los valores que la democracia debería garantizar, termina por convertirse en una suerte de contrapoder que mina la eficacia de los proyectos y de las decisiones propias del ámbito público (en su primera acepción): “El carácter público del poder, entendido como no secreto, como abierto al público, sigue siendo uno de los criterios fundamentales para distinguir el Estado constitucional del Estado absolutista”.

Bobbio gusta referir a este propósito la característica fundamental (“fórmula trascendental”) del derecho público enunciada por Kant en el segundo apéndice a la Paz perpetua: “Todas las acciones relativas al derecho de otros hombres cuya máxima sea incompatible con la publicidad, son injustas”. Las dos aplicaciones que propone Kant son igualmente interesantes. Dentro del Estado reconoce que los ciudadanos no podrían declarar públicamente su intención de revelarse a la autoridad del soberano. En el nivel internacional, ningún gobierno podría declarar públicamente que no respetará el acuerdo que firma sin volverlo inválido. La gran actualidad del análisis kantiano es la posterior confirmación del valor, típicamente clásico, de describir la situación del hombre en cada tiempo y lugar. En esta delicada relación entre intención y declaración entra en juego el horizonte de los valores, del que las leyes y la política de gobierno querrían ser su realización. Cuando el valor es desatendido, no obstante las declaraciones de principios, el poder pierde credibilidad y autoridad. La falta de confianza en las instituciones, como ya lo advertía Platón, conduce a su crisis y acentúa la corrupción de las costumbres y la pérdida de las virtudes de quien gobierna. Todo lo cual lleva a la proliferación de una mentalidad interesada no en el bien público sino en los beneficios personales, características propias de la dictadura.

Bobbio encuentra una de las causas de la traición de ese “ideal noble y alto”, como lamentaba Pasternak, en la permanencia del poder invisible dentro de gobiernos que formalmente se declaran democráticos: “Al leer los diarios, que cada día dan cuenta de escándalos públicos, materia en la cual nuestro país ocupa un no envidiable primado, cualquiera de nosotros puede agregar innumerables ejemplos y confirmar la bondad del principio. El momento en que nace el escándalo es aquel en el que se hace público un hecho o una serie de hechos que hasta entonces se habían mantenido secretos o escondidos, ya que no podían hacerse públicos porque, en ese caso, el acto o la serie de actos no habrían podido realizarse”.

No es difícil comprender por qué para Bobbio, entre todas las promesas no cumplidas por la  democracia, la más grave y peligrosa es la permanencia del poder invisible. En efecto, gracias a ella se alcanza una situación por completo antitética con las características del gobierno democrático, que conduce a un despotismo de facto, a pesar de las áulicas declaraciones de principios: “tendencia opuesta a la que dio vida al ideal de la democracia como el del poder visible, la tendencia no ya hacia el máximo control del poder por parte de los ciudadanos, sino por el contrario, hacia el máximo control de los súbditos por parte de quien detenta el poder”.

 

La pasión por el ideal

 

La reflexión política, entonces, toda vez que se lleve a cabo con perspicacia y profundidad científicas”, ¿acaso debería conducirnos a la supresión de los valores e ideales, limitándose a mostrar la “tosca materia” que inevitablemente no los tiene en cuenta? Tal conclusión exigiría siempre una evaluación previa y un juicio sobre lo acaecido. El valor es precisamente el criterio de la evaluación y del juicio. No se puede evaluar ni evitar la referencia al valor aunque más no sea para denunciar su desaparición. Además, es propio del ideal estar por fuera y por encima de lo acaecido. Y si el ideal desaparece, el hombre cae en un embrutecimiento total, peligro para nada hipotético, tal como lo muestra el siglo que acaba de concluir. No es posible, entonces, excluir el ámbito del valor de la esfera política, ya que ella surge como su modalidad de realización. Cuando la política se reduce a mera gestión del poder, se torna totalmente inútil para el bien de la sociedad.

La reflexión de Bobbio es preciosa también bajo este aspecto. Supo criticar una concepción de los valores e ideales totalmente desconectada de la situación histórica en la que querían proponerse (“concepción teleológica”), escondiéndose detrás de palabras vagas y vacías, con las que es posible sostenerlo todo y su contrario. No obstante, nunca quiso negar ideales y fines a la política, ya que expresan la característica peculiar del ser humano. En la raíz misma del proyecto político está el proponerse fines y realizar ideales, para no reducirse a la mera gestión del poder: “Si el fin de la política (y no del hombre político maquiavélico) fuera el poder por el poder mismo, la política no serviría para nada”. Siempre gracias a un horizonte de ideales puede defenderse y preservarse la democracia, en oposición a la dictadura.

La filosofía política no se limita a registrar lo que sucede, absteniéndose de toda valoración. Su principal tarea es comprender el hecho político delineando su contexto, sus características y sus leyes. Gracias a ello puede denunciar las injusticias, las opresiones y las violaciones a los derechos humanos, desenmascarando las posibles instrumentaciones ideológicas. La política no vive sin la moral: “Se justifica la desviación pero no la regla. La desviación necesita ser justificada ya que la regla sigue siendo válida en todos los casos en que la desviación no puede justificarse. A pesar de todas las justificaciones de la conducta política que no sigue las reglas de la moral común, el tirano sigue siendo tirano y puede ser definido como aquel cuya conducta no puede justificarse por ninguna de las teorías que reconocen una cierta autonomía normativa de la política con respecto a la moral”.

Al afrontar la difícil y compleja dicotomía valor/hecho, Bobbio nunca cedió a la tentación  reduccionista de pretender eliminar uno de los términos de la tensión, sino que, tal como afirma en su libro-testamento De senectute, al reconocer la no coincidencia entre hechos y valores, se declara “un dualista impenitente”. A estos ideales –la democracia, los derechos del hombre, la tolerancia y la paz, tan estrechamente ligados entre sí– les dedicó toda su existencia de hombre de estudio y de pensamiento. Esta polaridad imposible de eliminar aparece, con diferentes modalidades, en el dilema concreto en el que Bobbio se encontró dividido: hombre científico, investigador y académico; y hombre esquivo y reservado. Así retoma una dicotomía que amaba: el hombre éticamente comprometido y el pasional, pesimista y frágil.

Sin embargo, precisamente en el lugar de los afectos es donde –al pensar su larga y laboriosa existencia– quiso detenerse con emoción y gratitud: “No conocí las satisfacciones más perdurables de mi vida como fruto del trabajo, a pesar de los honores y los públicos reconocimientos recibidos, gratos pero nunca buscados o pedidos. Las conocí en mi vida de relación, en los maestros que me educaron, en las personas que amé o que me amaron, en todos aquellos que estuvieron siempre cerca y me acompañaron durante el último trecho del camino”. Es un testimonio emotivo, una  confirmación del valor del constante compromiso de Bobbio por permanecer en la tensión entre esos dos aspectos del vivir social, diferentes pero igualmente válidos.

 

Texto de La Civilitá Cattolica, marzo de 2009

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