teatro_laestrelladesevillad_3557_178(atribuida a Lope de Vega).Teatro Nacional Cervantes

Nuevamente de visita en Buenos Aires, la Compañía Nacional de Teatro Clásico de España recaló en el Teatro Nacional Cervantes –lamentablemente, con muy escasa difusión– para ofrecer, durante una semana, una obra del Siglo de Oro cuya autoría sigue hoy en discusión, pero de cuyos valores no parece haber desacuerdo dada la cantidad de veces que ha sido representada en España y en el resto de Europa.

Eduardo Vasco, responsable de la adaptación y puesta en escena, la juzga como “la culminación de la tragedia española” y reconoce que rompe tópicos del teatro clásico al abordar, entre otras, cuestiones políticas mediante el enfrentamiento entre el joven Rey de Castilla y la sociedad sevillana y el Gobierno local sojuzgados a su poder.

También es poco frecuente el sesgo que le imprime el autor a temas recurrentes como el del honor y el abuso del poder real. El deseo descontrolado del rey frente a la belleza sin par de la joven Estrella pone en movimiento la acción dramática. En este caso, la obediencia debida al rey le impone –no sin resistencia– al inminente esposo de la joven matar sin causa a su futuro cuñado y renunciar al matrimonio.

Conmovedora belleza se despliega en el monólogo del joven Sancho cuando delibera sobre la decisión a tomar. El férreo sentido del honor de la frustrada pareja que, ni siquiera con la anuencia real acepta finalmente casarse, terminará por sorprender al propio rey. El texto, como tantos otros de la época, refleja una posición crítica frente al rol supuestamente modélico de una devaluada monarquía.

A diferencia de la propuesta anterior, se hace más evidente el deseo del director de generar un vínculo fuerte entre el público actual y la historia que se narra al adoptar una escenografía totalmente despojada y en tonos de beige –que responde al denominado estilo zen– con el predominio de formas rectas en la tarima y bancos que ocupan la escena como único decorado. De la misma manera el vestuario desecha las marcas de época y prefiere sobrios trajes para hombres y mujeres en la gama del negro y gris, con un toque de blanco para la protagonista.

El acompañamiento en vivo de un violín barroco subraya de manera sugestiva los momentos de mayor  tensión y sólo desentona la súbita irrupción, por momentos, de una música algo estruendosa que opaca las vigorosas voces de los actores. El elenco, como es ya costumbre, tiene un desempeño sobresaliente. En suma: un espectáculo para el recuerdo.

 

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