Los próximos tiempos exigirán templanza, necesaria para corregir rumbos sin

revanchismos ni actitudes refundacionales. las sociedades modernas el Estado no reinicia; cambia la administración, incluso su signo ideológico, pero el sucesor, por lo general, se hace cargo de lo antecedente.

La sociedad argentina no suele ver a sus gobiernos como una serie ininterrumpida de  administraciones en las que el sucesor asume, aunque sea de manera crítica, el pasado. Las sucesiones traumáticas, incluso en la etapa de la recuperación democrática, han instalado la percepción de ruptura y reinicio casi a fojas cero, han trazado una huella en nuestra cultura política donde la conjetura de la refundación alienta la negación del pasado. Esta contradicción forma parte de nuestro imaginario colectivo, es nuestra herencia. ¿Qué cabe esperar cuando finalice la presente administración y sea reemplazada –en 2011 o más adelante– por otra de distinta ideología? ¿Qué dejará para sus sucesores un gobierno que ha hecho de la reinterpretación y reescritura de casi todo –presente, pasado, derecho, economía, instituciones– su leitmotiv?

Al hablar de herencia, es imperioso volver la mirada, al menos al pasado más reciente. Raúl Alfonsín no podía menos que sentirse un refundador de la democracia después de la dictadura militar que lo antecedió. Su gobierno concluyó con el colapso económico de la hiperinflación y fue Carlos Menem quien reintrodujo la estabilidad de la moneda, pero recurrió a gestos de quiebre y de refundación  innecesarios, rompiendo las reglas del juego republicano al menos en dos materias: la política de derechos humanos, que había comenzado con el juicio a las Juntas, fue bastardeada con los indultos; y la arbitraria reforma de la Corte Suprema fue un atentado contra la institucionalidad. Todo esto concluyó en la reforma de la Constitución, otra refundación innecesaria. Fernando de la Rúa, por su parte, no generó cambios significativos: aceptó la política económica menemista de la convertibilidad, que terminó explotando y le costó el gobierno; e incluso no intentó modificar la composición de la Corte Suprema, marcada por la impronta de su antecesor.

La crisis de 2001-2002 concluyó en una ruptura tajante, que sólo podía alimentar una nueva tentación refundacional. Luego, el Gobierno kirchnerista fue al inicio de continuidad con las precarias instituciones que dejó la crisis y las políticas sociales y económicas de Eduardo Duhalde. A partir de esas inercias estructurales, que se acumulan como capas geológicas, Néstor Kirchner comenzó a construir la polaridad discursiva que hoy preocupa.

Si bien muchas proclamas fundacionales esconden en realidad continuidades, hay que evitar la tentación de una nueva gran ruptura, teniendo en cuenta que la Argentina no es enteramente el país que se ve en el canal TN, del grupo Clarín, ni tampoco el de la televisión pública, sino más bien un entramado de ambas perspectivas.

 

Apertura cultural y confrontación

En la huella cultural del discurso oficialista, los mecanismos institucionales no parecen ser las vías adecuadas para resolver los conflictos, tal como se esperaría de cualquier república democrática. A diferencia de Chile, Uruguay, Brasil o Perú, en la Argentina prevalece la incapacidad de evolucionar y consolidar un común acuerdo sobre la república democrática como la arena para resolver las diferencias.

Es evidente que en los últimos seis años en algunos ámbitos se han dado pasos positivos, por ejemplo, en educación, donde se han planteado ciertas metas a largo plazo como los 180 días de clases, al menos en la intención, y la asignación del 6% del PBI, el porcentaje más alto de la historia. También es reconocida la creación del Ministerio de Ciencia y Técnica, a cargo de Lino Barañao, y la posibilidad de que se hayan multiplicado los doctorados.

Otro aspecto positivo es que el actual Gobierno obró como un catalizador de diferentes corrientes de pensamiento que estaban presentes de modo subterráneo, y hasta reprimidas. Hoy aparecen con toda la fuerza de lo silenciado, con sentimientos de revancha, y con las facilidades que otorga el financiamiento desde el Estado. Ese pensamiento comenzó a imponer nuevos temas que estaban pendientes en una sociedad pacata, negadora y conservadora como la nuestra y que no pudo evitar que cobraran protagonismo temas de género o la democracia informativa, como la ley de medios.

Todo ello sin negar el cinismo con que se ha manipulado la ideología y la torpeza manifiesta en ese “gran relato”, superficial pero potente.

Algunos podrán considerar que también en el gobierno de Raúl Alfonsín emergió una agenda pendiente, pero no recibió entonces un apoyo tan claro desde el Gobierno y menos aún el financiamiento que hoy vemos. Además, si bien en los años ‘80 había un proyecto cultural, no lo precedía una actitud tan decidida, extendida y persistente. La gran paradoja es que una conducción política pobre de ideas probablemente vaya a marcar profundamente el signo de la cultura de esta etapa democrática.

 

Las instituciones y la calle

Nunca desde el regreso de la democracia se vio la intensidad del resentimiento y del encono entre distintos sectores tal como advertimos en nuestros días. La utilización de los trabajadores sindicalizados como de aquellos que sobreviven con planes sociales, como arietes de lucha política y grupos de choque, constituye un peligro tanto para el actual gobierno como para otras  administraciones que decidan eventualmente reorientar la financiación de estos grupos. ¿Qué será de Luis D’Elía y Milagros Sala con un gobierno que no los sostenga económicamente o con uno que no merezca su aprobación?

En cuanto a su modalidad, Néstor Kirchner es un referente político de estilo fundacional, aunque más que interesarse por el contenido de las ideas capta su fuerza movilizadora. Se entiende así que su conducción apunte más al impacto y la sorpresa que a la transformación estructural, con un desprecio manifiesto por las formas como si éstas fueran sólo marginales a la acción política.

Más allá de los personalismos y los apellidos, la política de la calle puede ser muy impactante desde lo visible, pero es difícil predecir su capacidad de representación, es decir, si ese reclamo necesariamente se traducirá en votos. En efecto, y pensando en las futuras generaciones, vale preguntarse qué pasa con los jóvenes que ingresan a la vida política con códigos reivindicativos, sin conciencia de lo que significa la construcción de consensos. La toma de los establecimientos  educativos en la ciudad de Buenos Aires refleja el escepticismo de los adolescentes en que el voto puede modificar la realidad. No se vio razonamiento ni debate sino repetición ideológica de algunos slogans dados por una generación mayor. Lo dicho vale también para los sindicatos que impiden la libre circulación de bienes y personas y para los dirigentes empresarios que eluden sistemáticamente sus obligaciones previsionales e impositivas. Es obvio que en todos los casos, cuando cunde el  descreimiento en la estructura institucional para resolver conflictos, la alternativa es la calle. Ingresaron nuevos actores, y eso es bueno, pero lo hicieron en la calle, donde lo que cuenta es quién grita más fuerte o tiene más recursos económicos para movilizar gente; allí rige la ley de la selva y el espacio de representación es nulo.

 

Para no empezar de nuevo

El oficialismo demuestra gran habilidad para construir hegemonías discursivas, que a veces se traducen en control efectivo de muchos y variados resortes de poder. Se enfoca asimismo en el pasado como barro del que modelará el discurso para justificar su accionar, y se esfuerza por mantener una economía en marcha que, al menos hasta las próximas elecciones, otorgue alguna  previsibilidad y bienestar a la sociedad.

No obstante, la política es mucho más: es, en definitiva, a partir de las herramientas institucionales existentes, discutir y debatir un futuro común y mejor, que incorpore con justicia a la mayor cantidad de personas a los beneficios de la libertad y la igualdad como lo proclama nuestro Preámbulo: “promover el bienestar general, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.

Es una tarea de largo aliento que requiere de la continuidad como atributo esencial de la construcción política. En efecto, para las ciencias del derecho y la experiencia histórica es sabido que el respeto de las formas no es accidental al contenido de la política. La clave para los próximos tiempos será construir sobre lo existente corrigiendo rumbos sin revanchas ni refundaciones efímeras y destructivas.

Lo que no puede aceptarse es la idea de negar o eliminar al interlocutor. La huella de las políticas K en lo político y cultural van a quedar, y habrá que construir el futuro también a partir de ella. La política debe integrar, nunca excluir. En todo caso, a partir del respeto de las reglas, hay que encontrar una continuidad crítica. No caer en la trampa de la confrontación porque de ella suele surgir una refundación ilusoria, que termina fracasando y provocando la tentación de nuevas refundaciones.

Lo mejor que puede pasarnos como sociedad es aprender que la confrontación permanente como recurso político es algo del pasado, y que el futuro demanda diálogo, respeto por las instituciones republicanas, por las reglas del juego democrático, por los adversarios.

Comments

comments

1 Readers Commented

Join discussion
  1. Juan Carlos Lafosse on 15 octubre, 2010

    El cambio es condición del crecimiento, la continuidad sólo beneficia a quienes están en la cima de la sociedad.
    En relación con los cambios, muy especialmente, el consenso sólo se da en el plano de las ideas generales, de los grandes conceptos. En cuanto se llega a los detalles y a la implementación aparecen los intereses. Ahí se termina abruptamente y solo queda el camino de la negociación.
    A su vez, esta se da en forma institucional, educada y dentro de las formas cuando los intereses tocados, reales o simbólicos, no son importantes. Si lo son se llega a la confrontación, que muchas veces es necesaria y saludable en la vida de las naciones.
    ¿Debíamos acaso continuar con la historia oficial y las políticas sociales y económicas que nos llevaron al descalabro? ¿Sólo por evitar una confrontación que por primera vez en la historia argentina no ha causado muertes ni represiones violentas?
    No es irrazonable por lo tanto asumir que si hay confrontación existen cambios, que los mismos afectan intereses importantes y estructurales y que el gobierno actuó como catalizador de necesidades sociales muy reales.
    En el editorial el gobierno es culpable de “despreciar las formas” y “cínicamente” no apunta a realizar transformaciones estructurales sino al “impacto y la sorpresa”. Por lo que habrá que “corregir rumbos sin revanchas ni refundaciones efímeras” y sin caer en “la trampa de la confrontación”.
    Lo curioso es que para el Consejo de Redacción sólo el gobierno es responsable de esta situación. A pesar de la obvia manipulación de la ideología, de la verdad y la torpeza manifiesta en ese “gran relato”, superficial y pobre de ideas, que quieren construir los medios del poder económico y sus muy promocionados líderes opositores. Crispado e irrespetuoso de la verdad, las formas y las instituciones.

    “Elegimos concentrarnos en el Monumento a los Españoles. De este lado estaremos nosotros y enfrente queda el Zoológico.” Mario Llambías presidente de la CRA, Clarín, Julio 10 de 2008.
    Para muestra, basta un botón.

¿ QUIERE DEJAR UN COMENTARIO ?