Mientras la palabra implica y expone una realidad, el silencio puede encubrir un vacío e incluso un mal.El 26 de diciembre de 1502, Maquiavelo, secretario de la Segunda cancillería del duque Valentino, informa con fingida admiración: “El Sr. Rimirro d’Orca fue encontrado esta mañana partido en dos en la plaza, donde todavía está, y toda la gente aquí lo ha visto; se desconoce el motivo de su muerte; tal vez llovía y era un príncipe1”. Hombre cruel y expeditivo, este personaje así tronchado era el ministro a quien César Borgia había confiado la tarea de restaurar el orden por la fuerza en la Romaña que acababa de conquistar. Restablecida la calma, es posible imaginar a César Borgia la noche de Navidad de 1502 meditando su plan: deshacerse públicamente de aquel a quien había ordenado en secreto cometer tantos abusos. Especulaba que ofrecer al pueblo la satisfacción de esa ejecución, le añadía el beneficio de la popularidad al poder que ese desafortunado le había asegurado. Por cierto, mucho más que un largo discurso, el silencio de los hechos consumados jugaba a favor de Borgia.

“Como escribí reiteradamente a sus señorías, anotó Maquiavelo, el príncipe es sumamente reservado y no creo que alguien sepa lo que tiene entre manos, sus mismos primeros secretarios me han asegurado más de una vez que no comunica nada”. Maquiavelo ve en la estrategia del secreto un signo del genio político de César Borgia. Permanecer en silencio es, en efecto, una cualidad esencial cuando se está en el poder: se pueden ocultar las dudas, impresionar con los resultados, atraer las confidencias, pero también guardar para sí el momento de la decisión política y sembrar el miedo. Nos movemos a veces con el beneficio de la duda, no importa si se es un sabio y un héroe. Nunca un príncipe tuvo que arrepentirse de su silencio, mientras que a muchos los ha perdido una palabra de más.

Callar es una potestad, tanto en el sentido político como metafísico del término: el silencio, en el fondo, contiene todo lo imaginable, es susceptible de significar lo que la situación exige, lo que es mejor que lamentar una palabra. Mientras la palabra implica y expone crudamente una realidad, el silencio cubre también noblemente el posible infinito del vacío o incluso el mal. Guardar silencio sobre un acuerdo escandaloso, sobre un error inexcusable o un proyecto inhumano no es sólo una técnica política, es “uno de los vicios que reinan”, escribió Maquiavelo2; es una de las formas de la virtù.

La virtù política del silencio es, por lo tanto, un vicio: la mentira por omisión que permite hacer caso omiso de algo que sabemos que puede pasar, a menos que se la oculte bajo el silencio. Se necesita un estado de cobertura, bajo el que se desliza lo que no se debe saber a fin de que los hombres puedan seguir viviendo juntos.

¿Por qué el poder debe ocultar? Básicamente, porque la existencia del Estado descansa sobre una base inefable que reclama que la vida de la comunidad está antes que la del individuo. Excepto cuando sea una excusa para servir a los intereses privados de esos poderes, la razón de Estado hereda en última instancia el principio enunciado por Aristóteles y Tomás de Aquino de que la felicidad de la colectividad es más perfecta que la del individuo, y la subordina. La política romana se basa en el mismo principio: ser útil para sí y los suyos es algo bueno, escribe en El sueño de Escipión; pero ser útil a la ciudad complace además a los dioses.

Nada más común y en definitiva evidente; y nada más indignante: cuando el Estado se confronta a una alternativa donde una de las partes, cualquiera sea, tiene precedencia. Sólo tiene la obligación de rodear la elección de un profundo silencio, y en el mejor de los casos encubrirla.

Toda decisión política se apoya en última instancia en un principio tan árido como simple: comprometerse a preservar al poder mismo y nunca al individuo. El beneficio siempre debe volver al individuo aunque de manera indirecta y en la estricta medida en que la supervivencia del ciudadano está condicionada por la del Estado. El secreto, ese modo particular de hacer silencio, debe entonces ocultar a los individuos los pasadizos del poder que sean moralmente inaceptables. El silencio es así una mentira por omisión que conviene definir como algo tácito antes que contrario a la verdad. El silencio político es el lugar donde coexiste lo verdadero y lo falso, lugar ciertamente poco fiable, pero que sólo puede interpretarse en el sentido político de la historia, donde el precio de la vida es, lo sabemos, inefable.

La autora es profesora de Filosofía.

1.Opere, t. II, C. Vivanti, Pléiade, Gallimard-Einaudi, Torino, 1999.

2.El Príncipe, XVIII.

Texto de Études, marzo 2011.

2 Readers Commented

Join discussion
  1. horacio bottino on 11 diciembre, 2011

    ¿Cuándo Jesucristo hizo silencio en la pasión pecó?

  2. horacio bottino on 22 enero, 2012

    Hay que hacer silencio para escuchar a los gobernados,cuidate de la LENGUA (carta de Santiago),uno es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras.

Responder a horacio bottino Cancelar