conferencia-1Transcribimos la segunda charla del ciclo “A cincuenta años del Concilio Vaticano II”, organizado por la revista CRITERIO y el Centro de Espiritualidad Santa Catalina, sede del encuentro. En torno a ecumenismo y diálogo interreligioso  disertaron el rabino Abraham Skorka, el pastor luterano David Calvo y el laico católico Norberto Padilla.conferencia-2J.M. Poirier: Por diálogo ecuménico en sentido estricto se entiende el establecido entre diferentes denominaciones cristianas. El interreligioso, por su parte, se extiende a las grandes religiones. ¿Marcó el Concilio Vaticano II un punto de inflexión con referencia a estos temas?

Abraham Skorka: El diálogo interreligioso serio y comprometido  conlleva a generar un vínculo mediante el cual uno trata de conocer profundamente al otro y aprender de él cosas que puedan ayudarlo a seguir desarrollando su espiritualidad. No es un encuentro meramente social, sino que tiene que ver con conocer, que en el idioma bíblico significa amar, porque sólo se conoce lo que se ama. En cuanto al Concilio Vaticano II, es indudable que con él empezó realmente un tiempo nuevo de diálogo entre el pueblo judío y la Iglesia católica apostólica romana.  Colocó los cimientos que conllevaron a la visita de Juan Pablo II a la Sinagoga de Roma, a su pedido de perdón, en Jerusalén  frente al Muro de los Lamentos, por los errores cometidos por la Iglesia católica en el pasado, dando un mensaje de autocrítica respecto a los siglos de antisemitismo católico que –repitiendo los conceptos del cardenal Walter Kasper– “propiciaron la estigmatización del judío sobre la que el nazismo desarrolló su antisemitismo nacional y racista”.  Del diálogo y acercamiento generado a partir de Nostra Aetate se alcanzó el establecimiento de relaciones plenas entre el Estado de Israel y el Vaticano, que son muy profundas pese a asperezas que surgen en distintos tópicos. En Buenos Aires, en 2004, se realizó la 18ª reunión del Comité internacional de enlace entre católicos y judíos. Y Kasper se manifestó en favor de la paz en Medio Oriente y por el derecho de autodefensa del Estado de Israel frente a los diarios atentados, algo que políticamente –en una realidad política mundial signada por deleznables intereses- no era correcto. Declaración que me emocionó profundamente en aquel momento. Todo lo expuesto y mucho más se alcanzó  gracias a Nostra Aetate, de 1965, con la firma de Pablo VI, conformado en el espíritu del Concilio Vaticano II, que supo insuflarle Juan XXIII. Y debo mencionar que Juan XXIII, durante la Segunda Guerra Mundial, como nuncio apostólico en Turquía, hizo lo imposible por salvar judíos. Manifestó una valentía loable al otorgar muchísimos certificados de bautismo, salvando la vida de miles de judíos húngaros.

David Calvo: Es el diálogo lo que me construye como persona, si no hay otro, yo no puedo ser. No puedo ser cristiano de esta vertiente de la que yo soy, si no estoy en diálogo con los demás; y esto incluye a mis hermanos de otras creencias o no creencias. Más aún con cristianos con diversas confesiones de fe, o con los hermanos judíos, los padres de nuestra fe.  No quita mi lealtad a mi entendimiento de la fe, pero mis perspectivas cobran sentido porque hay otro con quien dialogo. El Concilio Vaticano II sentó bases que se descubren incluso en situaciones impensadas. Para los evangélicos luteranos la clave fue el documento sobre la Constitución Dogmática de la Iglesia, allí aparece la perspectiva que convoca al diálogo: la Iglesia es constituida por la Palabra y responde a la Palabra; las tradiciones se manejan en el marco de la Iglesia. La Escritura misma dialoga con su propio tiempo y lugar, el Nuevo Testamento presenta diferentes ópticas y perspectivas que se entrelazan en un diálogo que debiera ser fecundo y no excluyente. Para el diálogo más amplio, con las otras afirmaciones de fe, particularmente con el judaísmo con quien tenemos una historia común, arraigada en lo que los cristianos dimos por llamar el Antiguo Testamento y de donde surge todo el pensar del Nuevo Testamento, no podemos menos que dialogar. El Concilio, en el diálogo ecuménico, oficializó lo que eran tentativas; y con el judaísmo lo planteó firmemente,  creo que esto a todos nosotros nos ha enriquecido. El trato cambió porque el proceso de adaptación de las decisiones conciliares fue modificando la perspectiva de los que pertenecíamos a otras comunidades de fe, e incluso enriqueció la de quienes se habían criado dentro de la propia comunidad de fe que realiza el Concilio. La presencia de observadores cristianos no católicos en el Concilio mostró que se rompía también una vieja separación entre Bizancio y Occidente, en la que estamos incluidos los luteranos porque somos parte de esa historia. La antigua separación que había excluido a Iglesias a las que se denominaba, de modo peyorativo, precalcedónicas, monofisitas, fue superada;  la Iglesia católica se abrió al diálogo y reconoció que era el único camino posible para reconstruir la unidad no sólo de la Iglesia cristiana, pedida por Jesucristo, sino la unidad del mundo, porque es el mismo Dios quien quiere redimir al mundo entero y llevar a todos a su plena realización en él.

Norberto Padilla: A la referencia de David Calvo a la Constitución sobre la Iglesia sumo otro documento que vale la pena releer es Ecclesiam Suam, la gran encíclica de Pablo VI, donde dice que la Iglesia se hace palabra, se hace diálogo. El ecumenismo es un movimiento del Espíritu Santo, no es un invento de la Iglesia. La base, el para qué, es establecer la plena unidad de los que creen en Cristo. No es simplemente una conversación, es alcanzar la plena unidad en la fe, ya que la falta de  unidad, que es obstáculo para que la gente crea, y así lo entendieron  los primeros congresos protestantes, por ejemplo, en Edimburgo, en 1910. Según el Concilio, el alma del movimiento ecuménico es el ecumenismo espiritual, es decir, que no hay ecumenismo si no empezamos por la oración, por la superación de prejuicios y la conversión del corazón. Juan Pablo II habla de cambiar la mirada. Cuando llegó el momento en el que los observadores del Concilio se despedían, Pablo VI dijo algo precioso: “Déjenme llamarlos por el nombre que ha tomado vida en estos cuatro años del Concilio ecuménico: hermanos, hermanas y amigos en Cristo. El Concilio acaba. Cada uno de ustedes va a regresar a su residencia y nosotros vamos a volvernos a encontrar solos. Permítanme que les confiese esta íntima impresión: esta partida produce en nosotros una soledad que antes del Concilio no conocíamos y que hoy nos entristece y querríamos tenerlos siempre con nosotros”. A partir de entonces, ya no caminamos solos, no entendemos la propia vida de la Iglesia sin la referencia a los otros. El diálogo ecuménico no es una negociación, no tiene que ver con la diplomacia, es un diálogo de pares; hay una jerarquía de verdades, no todo tiene el mismo grado de centralidad, comprensión esencial en el diálogo ecuménico.  Por último, también es importante el testimonio común: dar juntos un testimonio ante el mundo de esa fe que ya nos une, que básicamente parte del bautismo que compartimos. Es un ansia, una búsqueda difícil y dolorosa hasta que se alcance la unidad plena, que sólo Dios sabe cómo será. Recientemente leí una expresión del cardenal Kurt Koch, presidente del Pontificio Consejo para la Unidad, que para explicar el ecumenismo toma la metáfora de un avión: hay un despegue que es muy excitante, pero cuando estamos en viaje puede parecer que no avanzamos, que el avión está estático, y en realidad no es así. Esta mesa que hoy compartimos puede parecer algo normal hoy, porque nos hemos acostumbrado a este diálogo, a esta intimidad, construida con confianza  y también con altibajos. A partir de este diálogo tenemos que dar testimonio a un mundo en el que muchos no saben ni les importa Dios. Con el judaísmo, el Concilio fue muy audaz, la Declaración Nostra Aetate fue, con la de libertad religiosa, la más difícil de concretar. Había, por ejemplo, un problema político porque se temía por las repercusiones para los cristianos en Medio Oriente. Además, había posiciones como aún ahora la de los lefebvristas, a quienes el Vaticano les exige aceptar estos documentos del Concilio y ellos se siguen negando. Jorge Mejía, hoy cardenal y antes director de Criterio, fue a decirle al rabino Toaff que el Papa quería ir a la sinagoga de Roma, y el Rabino le respondió: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Allí Juan Pablo II afirmó que la religión judía no nos es extrínseca sino que en cierto modo es intrínseca a la nuestra: “Ustedes son nuestros hermanos predilectos y en cierto modo se podría decir nuestros hermanos mayores”. Y el cardenal Kasper decía: “No se puede definir al cristianismo y su identidad sin hacer referencia al judaísmo, cosa que no sucede con el Islam, el Budismo y otras religiones”. Cuando éramos chicos el Antiguo Testamento se leía poco, pero el Concilio significó acercarlo mucho más a nuestra liturgia: lo leemos todos los domingos. Existe un magnífico documento de la Pontificia Comisión Bíblica  que se llama El pueblo judío y sus Sagradas Escrituras en la vida cristiana, cuyo prólogo es del entonces  cardenal Joseph Raztinger, quien  destaca “sin el Antiguo Testamento, el Nuevo sería un libro indescifrable, una planta privada de sus raíces y destinada a secarse”. Agrego que en particular la relación de diálogo de la Iglesia Católica con el Islam es permanente, a veces con dificultades, pero constante y creciente.

Poirier: Skorka, Padilla comentaba esa predilección del cristianismo, específicamente de la Iglesia católica, por el diálogo con el judaísmo. Tanto es así que pareciera que el diálogo con los judíos está más cerca del ecumenismo que del diálogo interreligioso. Esa predilección en algunas ocasiones no ha caído bien a otras tradiciones religiosas, por ejemplo, a representantes del Islam que lo perciben como una discriminación. ¿Por qué cree que se privilegia desde el mundo cristiano la relación con el judaísmo?

Skorka: Cuando se hace un estudio profundo de las fuentes de la época del Segundo Templo tomándose  en consideración la literatura rabínica, los rollos del Mar Muerto, Josefo, etc. por un lado y los primeros escritos de la Iglesia, por el otro, resulta clara la gran intimidad que hubo entre la Iglesia primigenia, llámese Jesús y el marco en el que se formó la primera comunidad cristiana, con las posturas de los distintos grupos político-religiosos de entonces. Utilizan el mismo léxico los saduceos, los fariseos y esenios, y los paralelos con las palabras de Jesús  son muy grandes. Había discrepancias entre los distintos grupos, pero un plafón común los unía. A partir de Nostra Aetate, la Iglesia católica enfatizó la íntima relación que existe entre ambos Testamentos. La única forma de construir una exégesis íntegra de los textos de los Evangelios, es observando sus paralelos con la literatura de los tanaítas y los Rollos del Mar Muerto. Cuando los historiadores judíos analizan la época del segundo Templo, indefectiblemente profundizan en la figura de Jesús. Es parte íntegra de nuestra historia. De tal modo lo entendieron Joseph Klausner, David Flusser por dar solamente dos ejemplos entre muchos. Cuando un judío quiere entender profundamente su propio judaísmo se topa con el tema de Jesús, y ni qué hablar un cristiano: Jesús fue un judío, vivió como un judío, era un rabino. Pese a todas las divergencias del pasado, queremos empezar un camino nuevo y recomponer el cuadro histórico de hace dos mil años para brindarle algo a la humanidad; es nuestro desafío común y tenemos que empezar por ahí. Con el Islam ya entra una herencia judía y cristiana, es otro momento de la historia, pero el cristianismo nació en un momento de crisis del judaísmo. Por un lado tal momento engendró al cristianismo, y por el otro al judaísmo rabínico, de cuya evolución se conforma la identidad judía del presente.  Hay ciertos documentos católicos que fueron engendrados sobre la base de Nostra Aetate que explicitan esta relación íntima entre ambos credos. Uno de ellos refiere a la catequesis que tiene que tener la Iglesia de aquí en más respecto al judaísmo y al pueblo judío. Leyendo ese documento, tuve una respuesta desde el punto de vista académico, por parte de la iglesia, referente  la relación de Jesús con los fariseos. Ese documento fustiga toda valoración peyorativa de los mismos, y aclara que una religión no puede estigmatizar a otros, y citando al Talmud, demuestra que hay siete grupos entre los fariseos y que a veces ellos mismos utilizaban dicho término para criticar a los suyos que alardeaban exageradamente  acerca de su devoción. Como anécdota quiero expresar, que me alegró mucho enterarme, al finalizar la lectura de este documento de la iglesia, que una de las tres personas que elaboraron el mismo fue el cardenal argentino Jorge Mejía, con quien me une un lazo  afectivo.

Poirier: Calvo, muchas cosas han cambiado con el diálogo ecuménico. Antes, por ejemplo, había que averiguar dónde quedaban los templos de otras Iglesias cristianas cuando se quería organizar alguna actividad común. Y cuando un católico tenía que presenciar, por ejemplo, un casamiento luterano debía informar a su párroco; es decir que había una gran desconfianza. Como Iglesia de minoría, en un país mayoritariamente católico, ¿cómo vivieron los luteranos la transformación y la evolución que se fueron dando?

Calvo: Entramos en las anécdotas personales y en la parte institucional. En lo institucional, por ejemplo, la declaración en Argentina y Uruguay sobre el bautismo común y las normas actuales sobre casamientos. Pero a mí me convocan más las experiencias personales. Un párroco muy querido, en La Falda donde me encontraba de vacaciones, me envió un mensaje para que lo fuera a ver. Estaba moribundo y quería pedir perdón porque desde el púlpito de su iglesia en José C. Paz había hablado contra esos luteranos que se llevan nuestros chicos a sus escuelas. Cuando observé la historia de su vida sentí que era yo quien tenía que pedirle perdón por no haber descubierto en aquel entonces su fidelidad al Señor –él, cuando siendo víctima de una guerra había abandonado la carrera militar para ser sacerdote y predicar el perdón–. El había vivido el dolor y mostraba la capacidad de pedir perdón, me mostró el sentido del ecumenismo y de la reconciliación que todos los documentos conciliares intentan expresar. Como dije al principio, yo no soy si el otro no está. Lo demás es caminar, comprometerse, abrirse. Yo le digo a mi comunidad que tenemos que estar todos dialogando, porque es una actitud de vida. El Concilio nos ayuda a avanzar en este camino.

Poirier: Norberto Padilla, ¿cuál ha sido tu enriquecimiento en el diálogo con el judaísmo y con el mundo cristiano del ecumenismo?

Padilla: Ocupa una dimensión muy importante de mi vida, así,  a secas y por supuesto, ,de mi vida como católico. Décadas atrás estaba la idea de que si uno se interesaba por el ecumenismo era menos católico, y sin embargo hoy puedo decir que sucede todo lo contrario: tengo una fe más profunda a partir de mi compromiso ecuménico. Si no tenemos identidad, vamos mal, mostramos algo que no somos. Cuento una experiencia personal: con David Calvo y otros participamos  en una Comisión para el Diálogo Luterano Católico en la Argentina que generó quizás el único documento en América latina que plantea el reconocimiento mutuo del bautismo entre la Iglesia católica, la Iglesia evangélica luterana unida y la Iglesia evangélica del Río de la Plata; y ese documento fue oficializado por los organismos superiores de todas estas confesiones. En esa comisión se hablaba con una libertad muy grande, con naturalidad, y fue una excelente escuela en torno a la liturgia, el canto en la Iglesia luterana, la devoción con la que se comulga, y de tantos otros temas. Conocí a muchos dignatarios de la Iglesia ortodoxa –en 1981 visité lo que era entonces la Unión Soviética con mi mujer y estuvimos en los grandes monasterios–, y a través de ese contacto, toda la riqueza del “pulmón oriental” de la Iglesia. Después, a raíz de mi relación con la Secretaría de Culto, abrí el horizonte, por ejemplo, con los bautistas. Y profundicé mi conocimiento del judaísmo con la presencia en las grandes fiestas –, o rezando los mismos salmos en una sinagoga. El visitante extranjero se asombra del diálogo que se da en la Argentina porque a veces no es tan fácil esa relación entre los líderes religiosos y las comunidades.  Los atentados en la embajada de Israel y en la AMIA también significaron un doloroso tiempo de mayor acercamiento con el judaísmo. El piloto experto, entonces, es el Espíritu Santo, y nosotros contribuimos. Sin la oración, sin la lectura de la Palabra, no hay más que relaciones públicas, o, como decía un pionero de la relación judeo-católica, el Rabino León Klenicki, solamente “té y simpatía”. En este momento quisiera recordar con gratitud a otras figuras que ya no están con nosotros: el cardenal Quarracino, la Hermana Alda, monseñor Laguna.

Poirier: Skorka, ¿dónde estamos aquí y ahora en el diálogo entre el judaísmo y el cristianismo en general.  También nos gustaría conocer su perspectiva desde lo personal, ya que el cardenal Jorge Bergoglio es uno de sus interlocutores.

Skorka: Una anécdota: hace dos años me llamó el periodista Sergio Rubín y me contó que estaba preparando con una colega un libro sobre la vida del cardenal Bergoglio. Y cuando le preguntaron quién quería que escribiera el prólogo, él dio mi nombre. Tiempo después fui a verlo, cuando velaba a su hermano, y entre las palabras que intercambiamos surgió la pregunta ¿por qué me había elegido para que prologara su libro? Y él me dio una respuesta sencilla: “Así me salió del corazón”. Creo que hicimos un largo camino con mi hermano Jorge en la senda de la fe, porque hay un sentimiento fraterno, sincero. Vi mucho coraje en él, en sus declaraciones, que son muy claras. Incluso en el libro que escribimos juntos, donde hablamos a corazón abierto  –Sobre el cielo y la tierra es el primer libro de diálogo entre el cardenal primado de un país y un rabino en la historia de las relaciones judeo-cristianas–. La última vez que grabamos el programa de televisión que también compartimos, surgió el tema de los odios, y con cuánto énfasis dijo que todo aquel que se manifiesta en términos antisemitas es anticristiano. Dos veces vino a mi comunidad antes de las altas fiestas y participó de un oficio introductorio especial en el que pedimos perdón; es el principio de contrición para volver a Dios. Él nunca sale de noche y cuando la segunda vez lo llevamos a su hogar, el arzobispado constantemente me decía “Créamelo, recé con ustedes,  me llegó mucho”. Es un camino largo, una fe ejercitada, de profunda meditación, y Jorge Bergoglio tomó la bandera del diálogo como un mensaje para toda la sociedad argentina. Él fue quien abrió la puerta y trató de formar un puente, a través gestos en momentos muy especiales. Lo que se da en la Argentina, que comenzó con Mejía y su diálogo con Klenicki y Meyer, siguiendo con el obispo Justo Laguna y el rabino Mario Rojzman, o el libro que escribieron el jesuita Rafael Velasco y el rabino Marcelo Polakoff, y así muchos ejemplos más, es singular a nivel mundial. Se ha avanzado mucho, múltiples aún son los desafíos a encarar.

Poirier: David Calvo, aceptando que desconocemos el horizonte que está en manos de Dios o del Espíritu y que nosotros colaboramos, en el caso que presentó el rabino está muy claro: la tradición judía y la tradición cristiana se encuentran y enriquecen. Pero en el campo ecuménico hay un mandato, unirse, y existe la experiencia de que en la división no se puede dar testimonio. ¿Cómo imagina ese camino?

Calvo: Nosotros hablamos de la unidad en la diversidad. Tenemos que encontrar caminos, más allá de los tropezones que tiene toda experiencia. Eso significa que tendremos que tener la inspiración divina para reconocer los caminos comunes en las diversas expresiones de fe, que Dios ilumine y aclare en oración nuestro camino y  en obediencia y digamos “Aquí está la unidad”. Que la forma en que celebra la eucaristía un luterano, pueda aceptarla un bautista. Que la manera de administrar la conciliaridad y el propósito común que tiene la Iglesia luterana, pueda ser considerada válida por un católico, etc. Si esto culminará en una estructura común, esto está en manos de Dios; nosotros no lo sabemos. Pero tenemos que caminar en oración y compromiso, crecer en el respeto del otro y entender por qué él otro piensa y hace así las cosas. Muchos católicos dirán que mucho  de lo luterano son caprichos de la historia del siglo XVI, y es verdad.  También nosotros podemos decir que muchas cosas de los católicos son caprichos de la visión imperial de la Edad Media, y también es verdad, porque también son las nuestras, porque nos criamos bajo la misma visión del mundo.  Tenemos que descubrir que Dios llama a todos, en Jesucristo, a ser uno en Dios, y yo no puedo decirle a Dios cómo hacerlo. Tengo que abrir mi corazón, mi lenguaje y mis oídos. No será a la manera luterana, católica o judía, va a ser a la manera que Dios elija para expresarlo. Todos me enseñan y yo aporto lo mío en este caminar. Se necesita atención, perdón y amor. Una anécdota: cuando sucedió el atentado a la AMIA, que tanto nos duele, en la pequeña localidad de Caseros, elaboré un mensaje a la población a él se unieron judíos, islámicos shiítas, cristianos de todas las etiquetas, y se convirtió en el mensaje de la comunidad religiosa del partido de Tres de Febrero. Establecimos la necesidad de establecer la justicia y de construir la paz; lo hicimos entre todos. Sólo si nos ponemos a disposición del otro, Dios establecerá su realidad en este mundo, que está más allá de los entendimientos particulares.

Poirier: Como cierre, le propongo a cada uno que pueda expresar lo que le parezca más oportuno. Recién mientras se hablaba del diálogo religioso, se mencionó a quienes no se encuentran identificados con una fe. ¿Cómo encarar el diálogo con quien dice que no tiene fe o que no le interesa el tema de la fe o que no se siente representado por una religión?

Skorka: Cuando me toca hablar siempre tengo presente al hombre de fe y también al hombre que está alejado de la búsqueda de la presencia de Dios. Hace muchos años participé en un programa de televisión que se llamaba “Dios es mi descanso”; cuando hablaba a la cámara me imaginaba quién era el que me estaba viendo. Entendía que podía ser un creyente, un agnóstico o un ateo. Abordaba siempre un mensaje que refería a una problemática humana general y la relacionaba con las fuentes de la tradición judía. Por ejemplo, al abordar el tema de la justicia social, mencionaba la parcelación de la tierra que se nos propone en Levítico 25, o las exclamaciones de Amós por resguardar a los débiles de la sociedad, las viudas y los huérfanos. O, al analizar el concepto del valor intrínseco de la vida de cada individuo, citaba el párrafo del Talmud que enseña que todo aquel que rescata una vida es como si rescatase a la humanidad entera (Tratado de Sanedrín), porque Dios creó el cosmos y a un solo hombre para enseñar que toda Su obra creadora fue para un solo individuo, quien engendró a la humanidad toda. Siempre he tratado de transmitir que a nivel de valores, las tradiciones religiosas comparten mucho con las perspectivas humanísticas que saben dignificar al individuo. Por otra parte cuando se habla de Dios hay un reduccionismo grande respecto de la profundidad de esa palabra con mayúscula; no es algo simple, buscar a Dios debe  conllevar a la búsqueda de la propia esencia, pues en ella hay una chispa de Él. Para el hombre de fe también es ardua la búsqueda del diario encuentro con Dios. Y este sentimiento de búsqueda puede ser compartido aún  con el que descree sin arrogancia.

Calvo: Skorka ya dijo todo lo que yo pensaba decir. El encuentro con el otro no necesariamente tiene que ver con repetir el catecismo de mi niñez, puede darse escuchando los grandes planteos que nos hace la vida humana. Yo voy a aportar a ese diálogo desde mi propia perspectiva de fe, pero el otro también cuando nos preguntamos por la justicia, por el pan, por qué no hay equidad en las relaciones humanas, por qué no apuntamos a construir una sociedad más justa… Nos tenemos que asociar en el diálogo y juntos ir en la búsqueda de la paz, del perdón, de la justicia y descubrir esos anhelos en el otro. Preguntarnos hasta qué punto el que no cree realmente no cree, qué espera de la vida, de la vida de su país. Es ahí donde nos vamos a encontrar. Tenemos que comunicar en el amor, la aceptación y la comprensión. Buscamos respuestas inclusivas a esos anhelos que son eminentemente humanos y allí están las respuestas de cada uno, desde la propia  fe, visión, perspectiva.

Padilla: Con motivo del aniversario del Concilio, quiero tomar las palabras de la Constitución pastoral Gaudium et spes sobre los gozos y las esperanzas,  del hombre de hoy. El hombre es el camino de la Iglesia, somos portadores de la Buena Noticia, y tenemos que trasmitirla, eso nos marca. Estamos en un diálogo que empieza en la propia Iglesia, y se va extendiendo en los grandes círculos de los que hablaba Pablo VI. Ese diálogo empieza por la escucha, porque a veces tenemos una idea de lo que cree y piensa el otro que no es acertada, para luego encontrar, si aprendemos a escuchar,  lo que ya nos une. Juan Pablo II hablaba de ecos evangélicos. Y, por lo tanto, se trata de un encuentro sin imposición. Pablo VI decía que el mundo necesita más testigos que maestros, la Palabra hay que decirla y proclamarla  y vivirla. . Efectivamente, esta Buena Noticia debe trasmitirse en un mundo en el que la religión ha perdido  la presencia que marcaba las sociedades, y sin embargo, tenemos que anunciar el Evangelio con todas las implicancias, incluida la exigencia de una sociedad de justicia, de paz, de amor. Una experiencia muy linda con la Comisión episcopal de ecumenismo con los hermanos evangélicos, no con los de las Iglesias históricas, fue una declaración  de compromiso por la vida, que tuvo incluso de mayor repercusión en los medios que el documento del episcopado sobre el mismo tma. Es importante rescatar la idea de retomar el diálogo con los no creyentes pero que tienen valores en su vida, que quieren escuchar y saber, que quiere compartir. Benedicto XVI habla del atrio de los gentiles. En el encuentro de Asís se invitó a Julia Kristeva y ella habló, desde su agnosticismo, ante los dirigentes de todas las religiones del mundo sobre una cantidad de valores compartidos. Somos poseídos por la verdad pero no somos los dueños de ella.

Fotos: Analía Gaudio

El rabino Abraham Skorka es doctor en Ciencias Químicas por la UBA, rabino graduado del Seminario Rabínico Latinoamericano del que ahora es rector. Rabino de la comunidad  Benei Tikva y creador de la cátedra de Derecho Hebreo de la Universidad de El Salvador y la Facultad de Derecho de la UBA. Tiene varios libros publicados, entre ellos, Sobre el cielo y la tierra, con el cardenal Jorge Bergoglio.

David Jaime Calvo nació en Montevideo, es graduado en la Facultad Luterana de Teología en José C. Paz y de la Primera Escuela de Psicología Social de Tres de Febrero. Estudió Comunicaciones en Filadelfia, Estados Unidos. Fue ordenado por la Iglesia Luterana Evangélica Unida en 1960; ocupó su cargo de pastor en distintas congregaciones, se desempeñó como redactor y director de distintas publicaciones luteranas, también integró paneles y reuniones interreligiosos. Actualmente es pastor de La Resurrección, en Hurlingam, y en Cristo Salvador en Florencio Varela.  La Iglesia Evangélica Luterana Unida ha publicado sus obras: El evangelista de la gracia de Dios (Martín Lutero) y La congregación, comunidad evangelizadora, además ha presentado una colección de oraciones y reflexiones espirituales: Vida de Oración.

Norberto Padilla es abogado, miembro del Consejo de redacción de CRITERIO, profesor universitario en la UCA, donde forma parte del Consejo Superior. Colabora en el organismo episcopal para el ecumenismo y el diálogo desde hace casi 40 años. Ha sido observador designado para encuentros de diálogo ecuménico y con el judaísmo  por el Pontificio Consejo para la promoción de la Unidad de los cristianos y el Secretariado para las relaciones religiosas del judaísmo en dicho Consejo. Ha publicado numerosos artículos y textos sobre el tema. Fue asesor, subsecretario y secretario de Culto de la República Argentina. Es miembro fundador del Consejo latinoamericano para la libertad religiosa (CALIR) y actualmente preside la Fundación Navarro Viola.

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  1. Edgard Herrera on 12 noviembre, 2014

    Excelente su diálogo. Bendito sea Dios!!Los encontré, de pura
    casualidad, tratando de buscar referencias sobre el Rabino Leo Trepp
    (Judaism,development and life)quien me impactó con su libro precisamente por confesar su vivencia del dialogo Juedeo-cristiano y transmitirlo en el espíritu de su libro. Quisiera poder mantener con tacto con ustedes, pues mi catolicismo siempre ha estado fundado en que nuestro frondoso árbol no existiría sin sus raices judías. Felicitaciones y mil gracias por su atención.

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