Con la encíclica Laudato si, que llama a proteger una “tierra maltratada que se lamenta”, la Iglesia no pretende intervenir en los debates propios de los hombres de ciencia sino proponer una reflexión y la necesidad de un diálogo sincero y honesto sobre la naturaleza.

La cuidada presentación de la nueva encíclica en el Vaticano, ante una sala colmada de periodistas, contó además con la presencia de algunos especialistas: el metropolita ortodoxo John Zizioulas, el científico John Schellnhuber, la economista Carolyn Woo y el testimonio de una docente de la periferia de Roma, diócesis de Francisco. El panel, introducido por el cardenal ghanés Peter Turkson, presidente del Consejo de Justicia y Paz, fue coordinado con su habitual profesionalidad periodística por el jesuita vocero del Papa, Federico Lombardi.
Se señaló que esta encíclica tan bergogliana fue elaborada personalmente por Francisco pero no en soledad, sino con la colaboración y el consejo de muchos consultores y de numerosos episcopados. En primera fila, seguían con atención las intervenciones el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado y hombre de estrecha confianza del Papa; y los argentinos Marcelo Sánchez Sorondo y Lía Zervino. Turkson sintetizó con claridad la introducción y los capítulos del documento pontificio (diagnóstico, el evangelio de la creación, la raíz humana de la crisis, una ecología integral, algunas líneas de orientación y la espiritualidad ecológica) y planteó el interrogante de qué mundo queremos dejar a las generaciones futuras. También insistió en la necesidad de una “conversión ecológica”.
El teólogo ortodoxo John Zizioulas observó que el tema no se limita a la ecología sino que abarca una dimensión ecuménica. “La crisis ecológica –dijo– trasciende nuestras divisiones tradicionales”, porque el peligro amenaza nuestra casa común. El profesor John Schellnhuber afirmó que es posible contar con energía limpia, que existe en abundancia, y que debemos “desarrollar los medios para recolectarla correctamente y administrar nuestro consumo de manera responsable”. Por su parte, Carolyn Woo, experta en economía y finanzas de la Universidad de Notre Dame en los Estados Unidos, señaló que “numerosos estudios han proporcionado estimaciones de los costos astronómicos asociados a los desastres costeros como el aumento del nivel del agua, sequías y tormentas que asolan la producción agrícola, o la pérdida de la productividad debido a las crecientes oleadas de calor y a las enfermedades por la contaminación… Además, las empresas pueden desempeñar un papel importante para ayudar a los clientes a convertirse en consumidores responsables”.
En el último editorial de la revista La Civiltà Cattolica, órgano de los jesuitas en Roma particularmente ligado a la Santa Sede, a propósito de la encíclica, se recuerdan intervenciones importantes de los últimos Papas sobre la ecología. Ya Pablo VI en la Carta Apostólica Octogesima adveniens (1971) se refería al medio ambiente y a la responsabilidad de un destino común: “No sólo el ambiente físico constituye una amenaza permanente: contaminaciones y desechos, nuevas enfermedades, poder destructor absoluto; es el propio consorcio humano el que la persona no domina ya, creando de esta manera para el mañana un ambiente que podría resultarle intolerable”.
Al tiempo que se señalan los graves daños que sufre la naturaleza, se observa que por décadas el mensaje fundamental de Pablo VI no fue escuchado por los responsables económicos y políticos. A partir de la década del ‘70 la sociedad comenzó a tener mayor conciencia ecológica, y Juan Pablo II se refirió a las consecuencias del crecimiento industrial, las concentraciones urbanas y el aumento de la demanda energética.
En su viaje a Alemania, en septiembre de 2011, Benedicto XVI ante el parlamento federal de su país observó la importancia del movimiento ecológico en la política alemana que, si bien no había obtenido mayores resultados, constituía un grito que no podía ser ignorado. Ya en sus encíclicas Sollicitudo rei socialis (1987) y Centesimus annus (1991), Juan Pablo II había afrontado la temática del cambio climático y del derecho a un ambiente seguro. Hablaba de la necesidad moral de una nueva solidaridad entre los países en vías de desarrollo y los altamente industrializados.
Las intervenciones e iniciativas ecológicas de un pionero como Su Santidad Bartolomé I, a partir de 1994, constituyen una etapa importante de estas reflexiones. El patriarca ortodoxo definía como pecados la extinción de las especies, la destrucción de la diversidad biológica y la degradación de la Tierra que provoca cambios climáticos.
Benedicto XVI, definido por National Geographic como “el primer Papa verde”, desarrolló muchas de estas temáticas y se refirió a un trinomio inseparable: ecología de la naturaleza, ecología humana y ecología social. En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2010, escribía: “¿Cómo permanecer indiferentes ante los problemas que se derivan de fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos y de las capas acuíferas, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales?”.
Por su parte, desde el comienzo de su pontificado, Francisco suma su voz con lenguaje eficaz y directo. En la conferencia de prensa durante el viaje a Manila, en enero de este año, decía que el hombre abofetea continuamente a la naturaleza y no la respeta como hermana tierra y madre tierra. Insistía en que Dios perdona siempre, los hombres algunas veces pero la naturaleza nunca.
El editorial de La Civiltà Cattolica también hace mención al discurso de Francisco en ocasión de la Jornada de la Tierra, el 22 de abril de este año, cuando exhortó a ver el mundo con los ojos de Dios Creador: la tierra es el ambiente que hay que custodiar y el jardín que hay que cultivar. En ese momento, el Papa pidió que la relación de los hombres con la naturaleza no esté guiada por la avidez, la manipulación y la explotación sino que conserve la armonía divina entre las criaturas y la creación, en la lógica del respeto y del cuidado, para ponerla al servicio de los hermanos y de las generaciones futuras.
Un concepto clave para Bergoglio, inspirado en Francisco de Asís, es precisamente el de cuidar la Tierra, que no se refiere solamente a los cristianos sino que abarca a todos los hombres. Dominar la Tierra es tarea del hombre, pero el dueño sólo es Dios, el Señor del cielo y de la tierra; la responsabilidad del hombre es la de cuidar y administrar la naturaleza. Se trata de adoptar una actitud de respeto y un estilo de vida simple y sobrio a fin de preservar el ambiente para las generaciones futuras.
Algunas personas cuestionan si la Iglesia y el Papa deben tener voz en este debate o si, por el contrario, el pontífice sólo se debe a su deber específico vinculado con la salvación de las almas. Lo cierto es que hoy contamos con muchos más datos sobre el problema ambiental y las preguntas se multiplican: ¿el cambio climático es debido al hombre o es un proceso cíclico de la naturaleza? Un dato innegable es el calentamiento global, confirmado por las Naciones Unidas y muchos científicos. En su encíclica, Francisco afrontó el desafío de interrogarse sobre las causas, consecuencias y soluciones necesarias. Su objetivo no es solamente realizar una especulación ni apoyar una teoría u otra, sino invitar a los hombres de buena voluntad a considerar a fondo las responsabilidades frente a las generaciones futuras, y actuar en consecuencia. En este sentido, se cumplió con el rumor que decía que la encíclica se conocería tiempo antes de la Conferencia sobre el Cambio Climático que se realizará en París en diciembre de este año.
“El ser humano puede intervenir positivamente –se lee en la encíclica–. No todo está perdido”. El paradigma es una ecología integral, porque la naturaleza no está separada de nosotros sino que somos parte de ella. Es central la relación entre los pobres y la fragilidad de la Tierra, por lo tanto, hay que encontrar otros modos de entender la economía y el progreso. Son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia para con los pobres, el compromiso de la sociedad y la paz interior.

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  1. He leído con mucha atención la encíclica «Laudato si» y me parece, a pesar de algunas diferencias que nos separan a católicos y evangélicos, un documento muy valioso. Considero que el papa Francisco ha hecho bien al abordar la temática de la ecología, ya que desde mi punto de vista todos los que nos denominamos cristianos estamos obligados a cuidar de la naturaleza que Dios nos entregó para que la administremos responsablemente. Y no para que nos apropiemos de ella y hagamos un mal empleo de sus recursos.

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