Una película argentina y otra italiana, con referencias a anteriores obras nacionales, se detienen en conflictos sociales y en la vida de un gran poeta.

La patota (Argentina-Brasil-Francia, 2015); Dir.: Santiago Mitre.

Octavio Fabiano, recordado cine clubista, solía programar como función doble una obra original y su remake, en ciclos que maliciosamente llamaba “Las odiosas comparaciones”. Sin malicia, pero con resultados un poquito odiosos, comparamos aquí dos películas nacionales de un mismo nombre y excusa argumental.
Empecemos por La patota, de 1960, una historia moral que ya pasa el medio siglo pero todavía tiene sentido. La escribió Eduardo Borrás, exiliado español, guionista habitual de Hugo del Carril, y la filmó Daniel Tinayre en el Año del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo, 1960, con Mirtha Legrand recién treintañera (aunque su personaje declare 24 años).
En esa historia, una profesora idealista, recién recibida con honores, se acerca a un colegio nocturno para enseñar filosofía, algo abstruso para los alumnos, y es sorpresivamente atacada por un grupo de jóvenes, probablemente de la comunidad, que la dejan embarazada. Aún así, insiste en seguir cumpliendo su labor educativa en ese lugar. Incluso llega a enfrentarse con su padre, un juez retirado, que desdeña la labor de su hija. A su lado sólo está el novio, médico practicante. En cambio, las autoridades del colegio, pretextando una moral católica, la expulsan. Sufre, pero al menos esos jóvenes reflexionan sobre el daño que le han hecho, se arrepienten y la ayudan. Eso, en la historia original de 1960, que abre con un texto de san Mateo («Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces deberé perdonarlo?») y cierra con una expresión de deseos firmada por los autores: «Si con esta película logramos evitar UNO SOLO de estos delitos que humillan la condición humana, nuestro propósito se habrá cumplido».
El propósito de la nueva versión parece otro, y también las intenciones de los personajes. ¿Reflexionarán acaso los jóvenes de esta nueva versión? ¿Alguien les inculcará responsabilidad y sentimiento de culpa? Pero antes, ¿qué piensa enseñarles la profesora? ¿Desde qué posición social mira a los alumnos? ¿Llega a comunicarse con ellos, como al fin se comunicaba la anterior? ¿Y por qué decide continuar con su embarazo y con su cargo? La anterior lo hacía por su formación religiosa y sentimiento social.

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En la nueva versión, escrita por Santiago Mitre y Mariano Llinás poco después del Bicentenario, ambientada en las afueras de Posadas, Misiones, el personaje principal es una joven abogada, hija de un juez en actividad, decidida a interrumpir su doctorado para poner en práctica un proyecto de enseñanza de derechos políticos en las escuelas. No lo hace por vocación docente, sino por el «qué dirán» de otros miembros del proyecto, a quienes, dicho sea de paso, jamás tendremos el gusto de conocer. Hay una discusión muy interesante al comienzo, sobre el distinto compromiso político de dos generaciones, donde el padre le pide argumentaciones y ella sólo emplea chicanas y viejas acusaciones de paternalismo y hasta racismo. En otros diálogos (ninguno de ese nivel), agregará desplantes y empecinamientos.
Tampoco se entiende con los destinatarios del proyecto. Tal como quiere enseñarlo, sin ninguna habilidad didáctica, los chicos no le encuentran sentido (¿cómo puede decirles que el educador es empleado del educando?), no le reconocen autoridad, y además la rechazan por «caté», algo así como «finoli» en guarani. Se quedan cortos. Ella es «iyag», agria, antipática, en guaraní, «iyarhel» en yopará, amén de «pytaguá», forastera. Para la educación popular politizada, que es lo que pretende, ignora las pautas de la Pedagogía del oprimido, de Paulo Freire, abc del asunto desde hace también más de medio siglo.
En síntesis, lo suyo es árido, contraproducente, peor que el paternalismo que le reprocha a su padre (dicho sea de paso, la pinta de indio malo que tiene el jefe de los agresores bien puede provocar sospechas de racismo en los autores del film). Pero esas consideraciones quizá queden como materia de discusión para militantes actuales de cualquier signo, si es que discuten algo constructivo en sus reuniones. Como en su anterior El estudiante, Santiago Mitre pone a la vista las limitaciones de los nuevos «salvadores de la Patria» y deja que el público opine. Y va todavía más allá en la segunda parte de su historia, cuando pasa lo que pasa y la víctima se obstina en proteger a sus victimarios, no por piedad cristiana sino por un planteo ideológico: según ella, los asociales no pueden ser «criminalizados» porque son consecuencia de «la sociedad». La culpa sería entonces sólo de la policía y demás instituciones del Estado, algo que el público común no querrá entenderle. No lo entiende ni siquiera el padre ni el novio, dedicado a la compra-venta de autos en Paraguay.
Hay una escena clave. En la primera versión, el jefe del grupo es, sin embargo, un buen estudiante, empleado de taller, que quisiera hacer la universidad. Pero abandona el colegio. La profesora, aún sabiendo lo que ha hecho, lo visita en el trabajo para instarlo a que siga estudiando. “¿Ve usted rencor en mis ojos?”, lo tranquiliza. “Creo que en todo ser humano hay una cuota de luz”, había dicho en otra ocasión. En la versión nueva, el jefe del grupo no estudia, es peón de aserradero, y ella lo visita en el trabajo sólo para citarlo en “el lugar de los hechos”, sin explicarle sus propósitos. Que, por otras razones, nunca sabremos.
Los alumnos le dirían «akahatá», cabeza dura. Las feministas le dirán cosas peores. Sin embargo, lo suyo es coherente con un pensamiento impuesto en los últimos tiempos entre algunos que quieren salvar el mundo aún a pesar de sí mismos y del propio mundo. Coherente, y difícil de acompañar. Ese es el sentido de la toma final, donde ella camina porfiadamente sola, y eso es lo que cuenta Mitre, con algunos juegos modernosos de tiempo y lugar. No todos van a entender esa mirada.
Particularmente elogiables, las caracterizaciones de Oscar Martínez en el papel que antes hizo José Cibrián, y Cristian Salguero como el jefe del grupo (un actor misionero, padre de familia). Para discutir, entre otras cosas, la frase «Cuando hay pobres en el medio la justicia no busca la verdad, busca culpables», frase clasista y demagógica bastante peligrosa. Para rever, y apreciar de nuevo más allá de su estilo envejecido, La patota de 1960.

Leopardi, el joven fabuloso (Il giovane favoloso, Italia, 2014); Dir.: Mario Martone.

El cine suele abordar la biografía de novelistas y dramaturgos. Más difícil es representar la de un poeta. Nuestro cine lo hizo en Almafuerte (Luis César Amadori, 1949), que además era maestro rural, y bravo polemista, y en La calle junto a la luna, sobre Evaristo Carriego (Román Viñoly Barreto, 1951), en ambos casos encarnados por Narciso Ibáñez Menta, actor de preciosa entonación y figura pequeña, delgada, de rostro noble, ideales para encarnar personajes de espíritu sensible y dolorido. Irónicamente, más se lo recuerda por sus papeles en obras de terror, donde los personajes también tenían espíritu sensible y dolorido, pero solían ser rencorosos y de enorme ingenio para la venganza.
Ahora es una película italiana la que se anima a contarnos la vida de un poeta, Giacomo Leopardi. La trae Anica, un organismo oficial de la península, ya que no parece negocio para los distribuidores comerciales, que la ven demasiado larga. Encima, con artistas aquí desconocidos sobre un escritor hoy medio ignorado, y cuya vida tampoco ofreció aventuras atractivas. El autor del desafío es Mario Martone, realizador entre otras obras de Morte de un matematico napoletano y Noi credevamo, dos historias de época dignas de conocerse más allá de su amargura y extensión.
Como hemos dicho en algún otro lado, Leopardi, el joven fabuloso puede parecer tan largo como algunos de sus poemas, y como su propia agonía. Es un defecto, si, pero, ¿qué parte se podría cortar? Igual que en esos poemas, cada fragmento es de una belleza irreprochable, y entre todos nos acercan al alma acongojada de aquel hombre, tan pleno de inteligencia y de cultura, tan falto de salud, de libertad y de caricias. ¿Cortar, acaso, los breves recuerdos de una infancia orgullosa de lucir sus conocimientos, soñando con un futuro seguramente lleno de satisfacciones? ¿El temprano dominio sobre diversas lenguas, y el control de un padre absolutista, frente al cual sólo por dentro podría alzar la voz? ¿Los momentos de calma pueblerina y de agobio por esa misma calma, amada y aplastante? «Siempre caro me fue este yermo cerro», confesó al comienzo de El infinito (dicho sea de paso, qué hermoso es encontrar estos versos en internet, recitados por Vittorio Gassman). Hay que aceptar su duración, que a fin de cuentas no llega a dos horas y media, hay que agradecer que podemos escucharla en su lengua original, sin doblaje, y sumergirnos en su melancolía. «Así que en esta/ inmensidad se anega el pensamiento:/ y naufragar es dulce en este mar».

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Tampoco podrían cortarse las escenas donde se representa el peso de los chupacirios recelosos de cualquier posible pensamiento de incredulidad, donde la madre del poeta quiere imponer a los deudos la imposible alegría por una «decisión divina», mientras el cura, de sólo escucharla retrocede. Fueron tiempos amargos los que vivió Leopardi, y terrible la enfermedad que tempranamente le doblegó la espalda. Temprana también la «negra, bárbara, horrenda melancolía que me devora», como le escribió a su primer editor, Pietro Giordani. Luego, el pesimismo hermosamente elaborado en sus Opúsculos morales, que le reprocharon tanto los clericales como los liberales. Y la hipocresía de otros escritores, la prepotente ignorancia de una casera, el doloroso disfrute de las alegrías ajenas, de la inalcanzable belleza femenina, y de los alimentos prohibidos por el médico, la mantenida lealtad de una hermana y un solo amigo, Antonio Ranieri, a quien muchos fácilmente criticaron y critican, atribuyendo a esa amistad secretas intenciones.
Interpretada por un notable Elio Germano, mezcla de Massimo Troisi con Antonio Gasalla, la película ilustra meticulosamente la vida italiana de comienzos del siglo XIX, con escenas que parecen propias de las pinturas del romanticismo: la vida en Recanati, Florencia, Roma y Nápoles, un paisaje pastoril, las noches de tabernas y teatro (lo que permite presenciar una escena graciosa de Matilde di Shabran), una calle sumida en la peste del cólera, los días luminosos en la Torre del Greco, el inclinarse a palpar la tierra del labriego, la erupción nocturna del Vesubio, que motiva en Leopardi ese precioso poema de resignación que es La retama, sobre una plantita en la falda del volcán, como los pobrecitos hombres al borde del peligro:

“Y tú, lenta retama,
que con fragantes hojas
adornas estos campos desolados,
también muy pronto a la cruel potencia
sucumbirás del subterráneo fuego,
que retornando al sitio
ya conocido, extenderá su manto
sobre tus tiernos tallos. Y, rendida,
inclinarás bajo el terrible peso
tu inocente cabeza;
mas hasta entonces no la habrás doblado
cobardemente suplicando, ante
el futuro opresor, ni a las estrellas
la habrás erguido con insano orgullo,
ni en el desierto, donde
lugar y nacimiento
la suerte, no tu gusto, quiso darte;
pero más sabia y sana
que el hombre, no has pensado que tus débiles
retoños, inmortales
se hayan hecho por ti o por el destino”.

Recuerda un poco la poesía de Juanele Ortiz, aquel entrerriano tan delgadito y bondadoso, de quien se han hecho unos cuantos documentales, pero nadie se animaría a rodar una biografía con actores.

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