El viernes 8 de mayo amaneció con las sorprendentes noticias para los habitantes del Reino Unido de que el partido conservador, liderado por David Cameron, había logrado una mayoría suficiente en las elecciones para formar un nuevo gobierno sin la necesidad de una coalición con otros partidos. Las encuestas habían señalado hasta el último momento un empate entre las dos fuerzas mayores. Los tres líderes de los partidos perdedores renunciaron en el acto; en cambio los escoceses estaban celebrando una arrasadora victoria con casi la totalidad de los escaños en su nación.
Ahora que los aplausos y las lágrimas terminaron hay que reflexionar más sobriamente acerca de las repercusiones de los próximos cinco años de un gobierno conservador que implementó una política impopular de austeridad para equilibrar las cuentas nacionales. Aunque lograron reducir el déficit a la mitad, queda todavía el desafío de activar la economía.
Hay proyectos domésticos grandes en las áreas de defensa y transporte aún por definirse, pero parece que la insistencia de los tories durante su campaña electoral, sosteniendo que solamente ellos saben manejar la economía, dio sus frutos. Hubo un repunte en la economía que los favoreció, pero la situación actual de cero inflación con cero intereses no puede seguir para siempre.
Los dos temas que han llamado la atención de los comentaristas son la cuestión del futuro de Escocia en el Reino Unido y la posición del país en la Unión Europea, con la promesa de Cameron de que habrá un referéndum en 2017. El resultado en Escocia no llegó como una sorpresa, pero marca un cambio enorme del referéndum de hace menos de un año cuando la mayoría a favor de la unión fue de 55%. Claramente el resultado refleja una decepción muy grande con los partidos tradicionales, especialmente los laboristas que antes tenían una sólida presencia entre los trabajadores en las zonas industriales.
Veremos si la idea de una separación total del resto del Reino Unido será la voluntad de la mayoría. Tal vez el triunfo de los nacionalistas señala un voto de protesta más que una esmerada decisión basada en los beneficios de la autonomía. El nacionalismo, como sabemos bien en la Argentina, no se fundamenta en la razón sino en emociones fácilmente manipulables por los que ambicionan el poder político.
El alcance del nacionalismo de los escoceses es todavía es una incógnita, y también lo es el del nacionalismo de los ingleses que quieren salir de la Unión Europea. Cameron prometió un referéndum para apaciguar a los conservadores opuestos a la supuesta pérdida de soberanía que conlleva la Unión Europea. Esta táctica tuvo éxito porque retuvo la lealtad de los anti-europeos y anuló la amenaza del UKIP (partido escoses por la independencia del Reino Unido), pero la promesa ahora debe cumplirse.
El gobierno de Cameron tiene por delante, entonces, largas y difíciles negociaciones tanto con los escoceses como con los europeos para determinar si, con estas concesiones, los primeros se dignan a quedarse dentro de la unión británica, y si los últimos estan dispuestos a conceder una excepcionalidad al Reino Unido, cosa que parece poca probable.
En Inglaterra hay un dicho que señala que “una semana es un largo tiempo en la política”, por la imprevisibilidad de los acontecimientos. Al comienzo de este nuevo lustro en la historia política del país nadie puede saber con certeza como terminará.

El autor es sacerdote de la Iglesia anglicana residente en Buenos Aires 

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