Una reciente estadía de vacaciones en los Estados Unidos y Canadá, en septiembre, coincidente con la visita del papa Francisco a Cuba y los Estados Unidos, me llevó a reflexionar sobre la naturaleza de las relaciones bilaterales entre Canadá y Cuba desde 1959.
Llamo paradojales a las relaciones entre Canadá y Cuba, como las denomina el académico canadiense John Kirk, de la Universidad Dalhouise de Halifax, un experto en la isla. En un artículo académico de 1994 Kirk cita las siguientes expresiones del fallecido ex subsecretario de Estado de Asuntos Exteriores de Canadá, John Holmes, de 1970: “Una política exterior acertada debe basarse en la aceptación de las paradojas. Ello vale para las grandes potencias, pero es especialmente válido para una potencia intermedia cuyo alcance no debe sobrepasar lo que puede abarcar”(1). Difícil no coincidir con ese temperamento. En su trabajo, el autor señala algunos conceptos claves y necesarios para entender la dinámica de esa relación bilateral entre 1960 y 1994, de los que rescato dos, para mí fundamentales: a) el “pragmatismo diplomático y reconocimiento de un gobierno establecido, sea o no del agrado gobierno de Ottawa” (el subrayado es mío); b) la “determinación de coexistir con Cuba y, a veces, de buscar una relación bilateral mutuamente ventajosa”(2).
Un análisis político estructurado podría conducirnos a la paradoja emblemática en la relación con Cuba: la ubicación internacional de Canadá. El país es miembro del Commonwealth británico y estrecho aliado de los Estados Unidos. También es miembro de la NATO (3) desde 1949, socio del NAFTA (4) desde 1994, e integra, desde 1976, el Grupo de los Ocho que forman los siete países más industrializados del mundo más Rusia. Es decir, se ubica definidamente “en Occidente” como sistema económico y alianza militar. Todo lo opuesto de Cuba.
Pero además del presente, la historia nos brinda algunos datos no tan conocidos. Cuba fue el primer país del Caribe en el que Canadá abrió una embajada, en 1945. Este año celebran 70 años de relaciones. Antes que eso, según un trabajo académico de Raúl Rodríguez, una de las primeras oficinas comerciales canadienses en América latina se estableció en Cuba en 1909 (5) . Diez años antes, el primer banco extranjero instalado en Cuba fue el Royal Bank of Canada. El autor recuerda que, ya al comenzar el siglo XX, “en el plano geopolítico y de seguridad, como elemento adicional, Estados Unidos manifestaba abiertamente su oposición a que Canadá participara en asuntos del hemisferio occidental, por considerar a ese país agente de los intereses británicos”(6).
En plena Guerra Fría, Canadá y México fueron los únicos dos países americanos que no rompieron relaciones con la Cuba de Fidel Castro. El gobierno del Primer Ministro canadiense John George Diefenbaker no se plegó a la decisión tomada en Punta del Este en enero de 1962. Tan estrecha era la relación de Diefenbaker con Dwight Eisenhower como hostil con John F. Kennedy.
Desde el primer momento de la Revolución, Canadá mantuvo con firmeza los principios que orientarían su relación con la isla durante los años siguientes. Para Rodríguez, Canadá aceptaba “como regla de conducta internacional que las diferencias desde el punto de vista filosófico no justifican el rechazo a mantener relaciones normales con otro gobierno”, que “las naciones son libres de mantener su propia forma de gobierno y determinar sus propias políticas” y que la Doctrina Monroe, de los Estados Unidos, no estaba “amparada por el derecho internacional y no es aplicable a Canadá”(7). Todos postulados con los que resulta difícil no coincidir. Como bien dice Rodríguez, “la negativa canadiense a sumarse al bloqueo en su totalidad, mantener relaciones diplomáticas y limitadas relaciones comerciales con Cuba ante las presiones de Estados Unidos”, constituía “una relación triangular y un capítulo sumamente interesante en las relaciones internacionales contemporáneas”(8).
El mejor momento de la relación bilateral se dio con el gobierno del primer ministro Pierre Trudeau, político liberal que en 1976 visitó oficialmente la isla, convirtiéndose en el primer jefe de gobierno de un miembro de la NATO que visitó Cuba desde 1959. Fidel Castro visitó Canadá en 2000, a raíz del fallecimiento de Trudeau, e integró el séquito de su funeral junto a Jimmy Carter.
Las relaciones se enfriaron a causa de la entrada de tropas cubanas en Angola, en 1976, y en la década de 1980 con el gobierno conservador de Brian Mulroney. Al final de la Guerra Fría se inició una política de acercamiento constructivo del primer ministro liberal Jean Chretien, que impulsó un acercamiento con la isla. Canadá pasó a convertirse en el primer gran emisor de turistas hacia Cuba(9).
Canadá ha expresado que desea para Cuba una democracia representativa, respeto a los derechos individuales y una economía de mercado. En todo caso, las relaciones económicas son muy buenas: Cuba es el principal mercado de Canadá en el Caribe, mientras Canadá es el tercer mayor socio comercial de Cuba y una de las principales fuentes de inversión extranjera. El comercio bilateral supera los mil millones de dólares. Empresas canadienses poseen fuertes inversiones en los sectores minero, petrolero, eléctrico, turístico y de agronegocios.
El actual primer ministro, Stephen Harper, un conservador que enfrenta elecciones a pocos días de escribirse este artículo, no ha ocultado su oposición al sistema político de Cuba, con frases muy duras sobre el comunismo. Sin embargo, durante la última cumbre de Panamá, en abril pasado, la del histórico encuentro entre Barack Obama y Raúl Castro, aunque Harper señaló al periodismo “la falta de espacio democrático y los abusos a los derechos humanos” en la isla, reconoció que era apropiado “un enfoque diferente en este punto”, desechando el “continuo aislamiento” de Cuba(10).

Ni las autoridades canadienses que resulten electas en octubre ni Barack Obama declinarán sus manifestaciones relativas a un cambio político en Cuba. Como muchos otros países, representan sistemas políticos claramente definidos en sus ordenamientos constitucionales, por los que han jurado sus cargos, que son opuestos al sistema cubano. Pero continuarán con las paradojas, que no deberían ser extrañas a una política exterior realista y pragmática. En definitiva, una política que “sirva al hombre y no a las ideologías”, como propuso Francisco durante su reciente gira por América latina.

(1) KIRK, John M. (1994), Descifrando la paradoja: la posición del Canadá respecto de Cuba. En: Revista de Estudios Internacionales, Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile, Año 27, No. 107/108, Nro. especial: Cuba en el Sistema Internacional: Normalización y Reintegración (Julio-Septiembre/Octubre-Diciembre 1994), pp. 570-585.
(2)Ibídem
(3)Iniciales del pacto de seguridad North Atlantic Treaty Organization
(4)Iniciales del acuerdo comercial North American Free Trade Agreement
(5) RODRIGUEZ RODRIGUEZ, Raúl (2004), Las relaciones Cuba-Canadá, Breve reseña histórica. En. Revista Mexicana de Estudios canadienses (nueva época), junio, Nro. 007. Asociación Mexicana de Estudios sobre Canadá. Culiacán, México, pp. 63-80.
(6
)Ibídem
(7)Ibídem
(8)Ibídem
(9)Hoy en día, el 40 % de los turistas extranjeros en Cuba son canadienses, más de un millón por año. La isla es el tercer destino más preferido por los canadienses, luego de EE.UU. y México.
(10)The Huffington Post, 4 de abril de 2015.

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