¿Quién fue la diosa Asherá, venerada durante siglos por los israelitas como a Yahvé?

Todos los dioses de la antigüedad tenían una esposa. En Egipto se adoraba a Amón y a su con-sorte Mut. En Babilonia, a Marduk y a Sarpanitu. En Sumeria, a Enlil y a Ningal. En Grecia, a Zeus y a Hera. Y en Roma, a Júpiter y a Juno. El único Dios al que siempre se consideró célibe y soltero fue Yahvé, el Dios del pueblo de Israel.
Según la Biblia, la adoración exclusiva de Yahvé se remonta a Abraham, en el siglo XVIII a.C (Génesis 12). Los 10 mandamientos de Moisés refuerzan esta idea, ya que ordenan: “No tendrás otros dioses fuera de mí; porque yo, Yahvé, soy un Dios celoso” (Deuteronomio 5,7-9).
Sin embargo, esta convicción hoy se ha desmoronado. Los nuevos estudios bíblicos, apoyados por la arqueología, han comprobado que durante siglos Yahvé tuvo una esposa. Se llamaba As-herá. Y los israelitas la veneraron tanto como a Yahvé. Pero en el siglo VII a.C. el culto a la dio-sa empezó a verse como un mal, se lo prohibió y se autorizó sólo el culto a Yahvé.
¿Quién era la diosa perdida de los hebreos? ¿Por qué la desalojaron del panteón israelita?

Por una vieja tumba
El nombre de la diosa Asherá aparece 40 veces en el texto hebreo de la Biblia, pero hasta el si-glo pasado no se sabía casi nada de ella. Se pensaba que “asherá” era un objeto sagrado, y la Bi-blia lo traducía por “cipo”, “poste”, “estela”, “árbol”. Pero en 1928 un campesino árabe descu-brió por casualidad la entrada a un viejo cementerio, en la localidad de Ras Shamra, al norte de Siria. Cuando los arqueólogos realizaron las primeras excavaciones descubrieron que el sitio co-rrespondía a la antigua ciudad de Ugarit, un importantísimo puerto de Oriente, conocido por re-ferencias pero que nunca había sido encontrado.
Entre sus ruinas se hallaron cinco grandes bibliotecas, con textos escritos sobre tabletas de arci-lla, que se remontan al siglo XIV a.C. En ellos nos enteramos que la misteriosa palabra “As-herá” de la Biblia no se refería a un objeto sino a una diosa: la diosa madre de los cananeos. Y allí conocimos quién era, las funciones que desempeñaba y el culto que se le tributaba como di-vinidad principal de la región.
Un segundo descubrimiento sensacional se produjo en 1967, en la antigua ciudad bíblica de Ma-kedá (hoy Khirbet-el-Qom), 50 kilómetros al sudoeste de Jerusalén. Los arqueólogos localizaron un grupo de tumbas con inscripciones hebreas en las paredes. Entre ellas sobresalía una, fechada hacia el año 750 a.C. Tenía sólo seis líneas, y se podía leer: “Urías el rico escribió esto: / que Urías sea bendecido por Yahvé, / pues él lo ha librado de sus enemigos, por su Asherá”.

El grafito del pilar
Los investigadores quedaron atónitos. Las frases “por Yahvé” y “por su Asherá” estaban en pa-ralelismo, lo cual significa que ambas divinidades tenían el mismo nivel de importancia. La ins-cripción revelaba que la diosa Asherá, descubierta en Ras Shamra, era venerada en el siglo VIII a.C. entre los israelitas, y recibía el mismo culto que Yahvé.
Pero la arqueología reveló otra sorpresa. En 1976, en Kuntillet Ajrud, en la península del Sinaí, aparecieron los restos de una antigua posada. Los peregrinos podían allí descansar, encontrar agua y comida, y pasar la noche. Afortunadamente, muchos de ellos dejaron oraciones escritas sobre tinajas, o en las paredes recubiertas de yeso, implorando a sus dioses la protección para el viaje.
El descubrimiento más espectacular es el de dos grandes tinajas para guardar líquidos o granos, de unos 90 centímetros de alto, con dibujos e inscripciones hebreas fechadas en torno al año 770 a.C. En una estaba escrito: “Yo los bendigo por Yahvé de Samaria y por su Asherá”. En la otra decía: “Te bendigo por Yahvé de Temán y por su Asherá; que él te bendiga y te guarde, y esté con mi señor”.
Esas antiguas oraciones revelaron que los israelitas solían venerar tanto a Yahvé como a su es-posa Asherá.

El silencio de los grandes
Los hallazgos arqueológicos llevaron a los estudiosos a releer la Biblia, y descubrieron que mu-chos pasajes revelaban signos de un culto a la diosa Asherá aprobado por toda la sociedad israe-lita: reyes, profetas, sacerdotes y por el pueblo entero, tanto en el reino del Norte (de Israel) co-mo en el del Sur (de Judá). Veamos algunos ejemplos.
En el Reino del Norte, leemos que durante el siglo IX a.C. el rey Ajab (874-853 a.C.) “se había fabricado una Asherá”, es decir, una imagen de la diosa, para adorarla junto a Yahvé, en la capi-tal del país, Samaria (1 Reyes 16,33).
En esa misma época vemos que el profeta Elías, defensor del yahvismo, se enfrentó a los profe-tas de los dioses cananeos para extirparlos del país. Subió al monte Carmelo y allí convocó “a los 450 profetas del dios Baal y a los 400 profetas de la diosa Asherá” (1 Reyes 18,19). Pero curiosamente, al empezar la disputa, Elías se enfrenta únicamente con los profetas de Baal (1 Reyes 18, 22,25,40). Lo cual da a entender que el conflicto era únicamente con ellos, y no con los profetas de Asherá, que parecen asistir al debate sólo como espectadores. Y al terminar la disputa, Elías extermina sólo a los profetas de Baal, permitiendo que el culto a la diosa Asherá siga vigente en el país (1 Reyes 18,40). Cuán importante habrá sido la diosa, como para tener 400 profetas propios.
Cincuenta años más tarde, en tiempos del rey Joacaz de Israel (814-798 a.C.), el historiador bí-blico vuelve a subrayar que la devoción a la diosa Asherá seguía fuertemente arraigada en Sa-maria (2 Reyes 13,6).
Y cuando en el año 721 a.C., durante el gobierno del rey Oseas, el país es invadido y destruido por los asirios, la Biblia afirma que en todo el reino se veneraba la imagen de la diosa Asherá (2 Reyes 17,13), y se le daba culto postrándose ante ella (2 Reyes 17,16), algo que se venía hacien-do desde varias generaciones atrás (2 Reyes 17,14).
Un argumento aparte es el silencio de los grandes profetas de aquel tiempo. Ninguno de los que predicaron durante aquellos años (Elías, Eliseo, Amós y Oseas) protesta ni levanta la voz contra la diosa. Al parecer, era una práctica normalmente aceptada.

El error de un horror
Si analizamos la situación del Reino del Sur, nos encontramos con idéntico panorama. Cuando el rey Asá gobernaba Jerusalén (911-870 a.C.), se enojó con su madre, la reina Maaká, “y le qui-tó el título de Gran Dama porque había hecho algo horroroso para Asherá; Asá arrancó ese horror y lo quemó en el torrente Cedrón” (1 Reyes 15,13). No sabemos qué hizo la reina Maa-ká. Quizás fabricó un objeto de culto, o una imagen de la diosa que molestó al monarca, y éste ordenó cortarla y quemarla. Este texto revela que la diosa Asherá era venerada en la residencia real, y recibía el culto oficial del rey de Jerusalén. Más importante aún: aunque el rey destruyó el objeto hecho por su madre, no se dice que eliminó el culto a Asherá, el cual siguió vigente en el palacio. Semejante devoción por la diosa no parece haber constituido un problema moral, ya que el autor bíblico alaba a Asá como hombre religioso y ejemplar (1 Reyes 15,14).

Poco después, en tiempos del rey Ajaz (736-716 a.C.), el historiador bíblico vuelve a contar que en Jerusalén se daba culto a la diosa Asherá como algo aceptado por la sociedad entera (2 Reyes 17,13.16).

Vemos entonces que, a lo largo de toda la historia, los reyes de Israel y de Judá veneraron como algo normal a Yahvé y a su esposa.

Reformar las reformas
Cuando el rey Ezequías subió al trono de Jerusalén (716-687 a.C.), se produjo el primer intento serio y profundo de reforma religiosa en el país. Ezequías “destruyó los lugares altos (es decir, los santuarios de los otros dioses), arrancó las imágenes, y rompió la Asherá”, o sea, la imagen de la diosa que estaba en el Templo de Jerusalén (2 Reyes 18,4).

Con ello los ritos a la diosa quedaron suprimidos, y durante algunas décadas dejaron de oírse en Jerusalén las plegarias de sus devotos. Pero la prohibición no duró mucho, porque cuando Eze-quías murió y le sucedió su hijo Manasés (687-642 a.C.), volvió a autorizar lo que su padre hab-ía proscrito. Así lo afirma la Biblia: “(Manasés) construyó altares a Baal, se fabricó una As-herá… y colocó su imagen en el Templo” (2 Re 21,3.7). Cabe aclarar que Manasés no introdujo ninguna práctica desviada. Sólo volvía a lo que había sido el culto oficial de los reyes y el pue-blo durante siglos. En todo caso su padre Ezequías fue quien se había desviado de la religión tradicional, al prohibirla.
Finalmente en el año 622 a.C. llegó la desaparición definitiva de la diosa. El rey Josías empren-dió una nueva reforma religiosa, esta vez irreversible. Deseaba unir políticamente el país, y para ello le era imprescindible unificar también el Dios al que se adoraba. Decidió, pues, dejar a Yahvé como divinidad única y descartar para siempre a Asherá.

Adiós a la diosa
El texto bíblico que lo narra es impresionante (2 Reyes 23,4-20) porque muestra el fastuoso cul-to que recibía la diosa hasta ese momento en el país: “(Josías) ordenó sacar del Templo de Yah-vé todos los objetos que habían fabricado para Baal, para Asherá, y para el ejército de los cie-los, y los quemó fuera de Jerusalén” (v.4). Luego “sacó la Asherá de la Casa de Yahvé, fuera de Jerusalén, al torrente Cedrón; allí la quemó, la pulverizó, y arrojó las cenizas sobre las tumbas del pueblo” (v.6). A continuación “derribó las casas… donde las mujeres tejían velos para As-herá” (v.7). “Rompió las estelas sagradas, arrancó las Asherá (que había en otras ciudades) y contaminó con huesos humanos los lugares donde estaban” (v.14). Finalmente “derribó el altar que había en Betel… quemó el lugar sagrado, lo redujo a polvo y quemó la Asherá” (v.16).

El texto nos permite deducir varias cosas: que Asherá era adorada en el templo mismo de Jeru-salén junto a Yahvé; que en otras ciudades del país también se le dedicaba altares; que un grupo de mujeres le tejía velos; y que tenía una estatua que se revestía. De hecho en Palestina los ar-queólogos han descubierto, a partir de 1920, numerosas estatuillas de la diosa, de entre los siglos IX a VI a.C., quizás copias en miniatura de la Asherá que había en el Templo de Jerusalén.
La revolución monoteísta de Josías convirtió a Yahvé en un Dios único y sin pareja. La diosa desapareció para siempre de la historia de Israel, y jamás volverá a ser nombrada en la Biblia.

Un culto oculto
Años más tarde, los autores bíblicos decidieron escribir la historia de Israel (es decir, los libros de Josué, Jueces, Samuel y Reyes). El culto a Yahvé ya estaba afianzado y firmemente estable-cido. Entonces dijeron que desde el principio los hebreos adoraron a un solo y único Dios: Yah-vé. Agregaron que el pueblo había hecho una alianza con él, para servirlo con exclusividad, por-que Yahvé era un Dios celoso que no admitía otros dioses a su lado. Eliminaron del pasado casi todas las menciones a la diosa, y las pocas que quedaron fueron presentadas como un culto oca-sional y desviado de algún rey impío, o de pequeños sectores descarriados de la población. Es decir, pintaron como una excepción lo que había sido la regla.
En otras palabras: los historiadores bíblicos (llamados deuteronomistas), en vez de contar la re-novación religiosa de Josías como un acto innovador, la contaron como una vuelta al monoteís-mo primitivo y tradicional del que nunca tendrían que haber salido. Proyectaron hacia el pasado una situación que se acababa de inaugurar. Y para que no quedaran dudas, le hicieron decir a Moisés (que vivió en el siglo XIII a.C.): “No plantarás una Asherá, ni ninguna clase de árbol, junto al altar de Yahvé que construyas, porque es algo que Yahvé detesta” (Deuteronomio 16,21). Estas palabras jamás podría haberlas dicho Moisés. Él no habría podido adivinar que si-glos más tarde se iba a plantar una estatua de la diosa “junto al altar de Yahvé”. Son palabras de los historiadores reformistas, para atribuirle a Moisés el monoteísmo creado por Josías.

Jadeando en medio del parto
La erradicación de Asherá dejó a los israelitas sin divinidad femenina. Sólo quedó el Dios mas-culino Yahvé. La carencia de una diosa hizo que, a partir de esta época, comenzaran a aplicarle a Yahvé ciertas imágenes maternales y expresiones femeninas, algo que nunca antes se había hecho.
Así, leemos que durante la marcha por el desierto Moisés se queja a Dios por tener que cargar con el pueblo: “¿Acaso he concebido yo a este pueblo? ¿Yo lo di a luz, para que me digas: «llé-valo en tu seno, como la que amamanta lleva al niño que mama?»” (Nm 11,11-12). Moisés le recuerda a Dios que él es la madre del pueblo, y que lo ha dado a luz. Más adelante, el mismo Moisés recrimina al pueblo: “Desprecias a la Roca que te dio el ser, olvidas al Dios que te en-gendró” (Dteuteronomio 32,18), claras imágenes femeninas de Dios.
En el libro de Job, Dios le pregunta a éste: “¿Quién engendra las gotas de rocío? ¿Quién ha pa-rido el hielo? ¿Quién da a luz la escarcha del cielo?” (Job 38,28-29), sobreentiendo que es Yahvé quien, como una mujer, engendra constantemente al mundo. También el profeta Oseas describe a Dios con conductas maternales: “Cuando Israel era niño, yo le enseñé a caminar, y lo llevé en mis brazos. Yo era para ellos como quien alza a un niño hasta sus mejillas, y me aga-chaba para darle de comer” (Oseas 11,1-4). Pero es el Segundo Isaías quien contiene los ejem-plos más osados de femineidad divina. Le hace decir a Dios: “Yo estaba mudo… pero ahora gri-to como una parturienta, resoplo y jadeo entrecortadamente” (Is 42,14), conmovedora imagen tomada de una escena del parto. Más adelante, describe a Dios preguntándose: “¿Acaso olvida una mujer a su hijo de pecho, o al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te ol-vidaré” (Is 49,15). Y también: “Como una madre consuela a un hijo, así yo los consolaré a us-tedes” (Is 66,13).
Estas imágenes, antes atribuidas a la diosa, hubo que atribuirlas a Yahvé. La nostalgia de Asherá terminó aflorando por todas partes.

Más que un padre, es una madre
Durante siglos los israelitas veneraron a la diosa Asherá. Su estatua de madera podía admirarse en el Templo de Jerusalén. Las sacerdotisas le tejían vestidos. En los hogares había copias de su imagen. Y las madres hebreas le pedían ayuda para la concepción y el parto. Pero en el siglo VII a.C. el rey Josías promovió una revolución monoteísta, suprimió su culto y dejó a Yahvé como divinidad exclusiva. Fue una buena decisión, pues ayudó a subrayar la unidad y trascendencia divina. Pero a su vez dejó un enorme vacío, pues eliminó los rasgos femeninos de Dios. Es cier-to que Dios no es varón ni mujer, y que está más allá de la sexualidad. Pero el tener que dirigir-nos siempre hacia él como “Padre” ha condicionado nuestro modo de imaginarlo, de creer y de rezar, exaltando su masculinidad en detrimento de sus valores femeninos.
Quizás por eso nuestros países occidentales, adoradores de un Dios masculino y guerrero, no tengan reparos en gastar dinero para la guerra, mientras dejan que millones de niños vivan en la pobreza. Quizás por eso nuestras iglesias, adoradoras de un Dios Rey del cielo, se desvivan por gestionar la salvación eterna, mientras en el presente muchos llevan una existencia miserable, aferrados a la madre tierra. Quizás por eso nuestras religiones, adoradoras de un Dios justiciero, hayan priorizado el Derecho Canónico por encima del amor, la ternura y la compasión.
Ya Jesús, consciente de esa limitación, se aplicó una imagen curiosamente materna, cuando se lamentó sobre Jerusalén diciendo: “Jerusalén, Jerusalén… cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollitos bajo las alas” (Mateo 23,37). Y en una parábola llegó a hacer algo que ningún rabino se habría atrevido jamás: comparó a Dios con una mujer (Lucas 15,8-10). También el Papa Juan Pablo I, en uno de los pocos discursos que alcanzó a pronunciar en 1978, dijo algo inaudito para su época: “Dios, más que Padre es una Madre”. Y muchos teólogos han empezado hoy a hablar del “Dios padre-madre”.
Sería bueno comenzar a ver a Dios con rasgos femeninos. A sentirlo de vez en cuando como mujer que nos abraza con ternura, o como una madre que nos contiene y consuela con cariño. Tal vez así Dios, cuya ternura alguna vez fue adorada como Asherá, sonría complacido. O com-placida.

El autor es teólogo y biblista.

2 Readers Commented

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  1. horacio bottino on 26 abril, 2017

    ¿que escribe?¿yahve no el Padre de Nuestro Señor Jesucristo?Relea sobre todo el evangelio de Juan.¿Ashera es la Madre de Nuestro Señor Jesus?¿Quien es la Madre del discipulo amado?¿Ashera o Maria?

  2. LUISA on 22 marzo, 2019

    Tal vez así Dios, cuya ternura alguna vez fue adorada como Asherá, sonría complacido. O com-placida. ( SI DECIMOS ESTO ENTONCES JAMAS EXISTIO LA DIOSA Asherá)

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