El éxito de TangoBA 2016

Desde que en 2003 se comenzaron a organizar los festivales internacionales de tango, Buenos Aires asumió finalmente su natural responsabilidad como capital mundial del género. A partir de entonces, se fueron repitiendo anualmente estos certámenes con creciente participación de público, cantantes, músicos, bailarines y concursantes. Este año la Ciudad honró nuevamente su papel de líder global y entre el 18 y el 31 de agosto tuvo lugar TangoBA 2016, con profusión de conciertos, clases, clínicas, demostraciones y un exigente campeonato en el que se lucieron parejas de todo el mundo. En esta edición, además de la Usina del Arte, se habilitaron 40 sedes adicionales distribuidas en toda la geografía de la Ciudad.

Por otro lado, del 1 al 3 de septiembre se realizó el 2º Congreso de la Academia Nacional del Tango, bajo el lema “Tango, cultura e identidad”. Reunió a grandes especialistas de la Argentina y de otros países quienes, en un ambiente de estimulante discusión, compartieron sus enfoques desde las más diversas disciplinas como historia, musicología, lingüística, literatura, folklore, filosofía, sociología, política, cine, artes plásticas, industrias culturales y danza.

Estos dos auspiciosos desarrollos responden a la previa difusión del tango en todo el mundo: Karachi, Nueva York, Bogotá, Houston, París, Tokyo, México, Auckland, Pekín, Berlín, Estambul, Singapur… y la ampliación continúa. Lo sostenido de su expansión nos hace pensar que el fenómeno, más allá de cualquier moda pasajera, está cimentado en una fortaleza sustancial con valor intrínseco. Por cierto, más allá del admirable esfuerzo de los profesores y artistas que se aventuran a probar fortuna en nuestras provincias y en el exterior, llama la atención el éxito casi garantizado que éstos han tenido en cimentar núcleos de expansión tanguera en los lugares más recónditos del país y del mundo. Cabe entonces preguntarse cuál es ese valor propio que torna al tango a la vez universal, por su amplia difusión; y excluyente, por una unicidad que lo aleja cualitativamente del ballet clásico, la ópera, la salsa o el rock and roll.

Más allá de lo placentero de su danza y sus particulares atributos estéticos, el tango se diferencia de los otros géneros porque está lingüísticamente determinado por los tres aspectos que lo componen: poesía, música y danza. Semejante particularidad fue posible porque el tango logró construir un lenguaje dancístico que funciona bajo las leyes del lenguaje ordinario. De ese modo, la profunda vinculación de la música y la coreografía con los conceptos del habla le permite (1) explicitar aspectos descriptivos, dramáticos y éticos; (2) expresar simultáneamente su resonancia subjetiva a través de la música; y (3) construir un discurso dancístico con alto grado de abstracción.

Esa triple sinergia tiene importantes implicancias. La más importante es la capacidad de inducir una alianza entre elementos aparentemente disociados como ética y estética, carne y espíritu, sensibilidad e inteligencia. Por ejemplo, frente a nuestras penas, el baile puede ofrecernos un consuelo: durante tres minutos lloraremos nostalgia en abrazada comunión con nuestra pareja, convergiendo en una danza que es fiel al latido del corazón en su compás, y al aliento de las palabras en su melodía. Más allá de este remedio inmediato y estético, el tango puede además promover una actitud reflexiva de carácter ético, que surge desde la intimidad de sus contenidos conceptuales y que puede enriquecer el deleite estético con impulsos de trascendencia. Así, el consuelo fugaz puede transformarse en una esperanza real que se jugará en la intemperie de la libertad.

Tomo aquí como ejemplo el vals Chiquilín de Bachín, resultado de una poderosa conjunción ético estética: una visión lúcida de la belleza universal de un “niño de mil años” situada en un contexto social impotente para cobijarlo. Esa vivencia se hace conmoción dentro del alma Horacio Ferrer, quien a través de las palabras, busca eco en el alma Ástor Piazzolla, quien le da forma definitiva. Pero la maravilla es que el resultado artístico responde tanto a una mirada amorosa, fuertemente estética, como a una reflexión eminentemente ética que parte del poeta, del músico y de los oyentes por igual. El resultado es milagroso y parece invitar a una superación de la herida existencial a través de un mayor compromiso con la realidad.

Chiquilín de Bachín preludia acaso un cambio de actitud respecto del tango clásico. Quizá la nostalgia –ingrediente indispensable de nuestra estética–, sin desaparecer, ceda hoy espacio a una mirada más completa; una mirada, situada en el aquí y ahora, cuya estética no dé la espalda a la ética y que, sin adjudicar culpas al destino o a circunstancias externas, testimonie la maduración de un pueblo que aprende tanto a disfrutarse como a mirarse con espíritu crítico. ¿No depende de nosotros, acaso, que nuestro chiquilín de hoy no nos balee mañana con las rosas muertas de su juventud?

Este último aspecto del tango, derivado de la perfecta conjunción de tres lenguajes, es un desafío para todos nosotros, forma parte de su proyección universal y sería el éxito supremo de TangoBA 2016 y de los festivales próximos.

El autor es secretario académico de la Academia Nacional del Tango

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