Debate: Ecología, ciencia y teología

El Salón San Ignacio de la Facultad de Medicina de la Universidad de El Salvador fue sede de la cuarta conferencia del Ciclo organizado por CRITERIO a partir de la encíclica Laudato si. Los ejes del encuentro fueron “Ecología, ciencia y teología”, con la presencia del Ministro de Ambiente y Desarrollo Sustentable Sergio Bergman (rabino de la Congregación Israelita y egresado de Farmacia y Bioquímica de la UBA), Ángel Plastino (ex Presidente y actual Profesor Emérito y de la UNLP, donde fundó la carrera de Ecología, Investigador Superior del CONICET y Premio KONEX de Platino por su actividad en física nuclear) y el sacerdote Lucio Florio (Licenciado en Teología por Universidad San Tommaso d’Aquino, en Roma, y Doctor en Teología Dogmática por la Universidad Católica Argentina; miembro asociado del Programa de Clima, Ambiente y Sociedad y coordinador del Seminario Permanente de Teología, Filosofía, Ciencias y Tecnología de la UCA).
Luis Castelli, Director Ejecutivo de la Fundación Naturaleza para el Futuro, colaborador del diario La Nación y moderador del encuentro, destacó que Laudato si promueva “la reflexión sobre el tipo de progreso que se está desarrollando. Francisco sabe que el hombre es un depredador que ha entablado una relación de rentabilidad con el planeta, que hace que pensemos que las posibilidades de consumir son infinitas”. Al ser consultados sobre la trascendencia de la llamada “encíclica verde”, el teólogo Lucio Florio destacó que “ha sido bien recibida por un campo de la cultura ligado al tema ecológico desde hace ya mucho tiempo, como movimientos ecológicos, muchos de ellos incluso fuera del ámbito religioso, mundo del cual también se nutre la encíclica, punto de llegada de mucho trabajo previo”. Plastino ratificó que se trata de un documento importantísimo, más allá del ámbito religioso: “En el mundo científico ha tenido muy buena recepción, que por provenir de quien proviene, amplifica nuestras preocupaciones y llega en un momento muy oportuno. El planeta Tierra es como una nave que nos contiene a todos, y no nos está llevando por muy buen camino”. Para Bergman, “Laudato si es eminentemente de raíz teológica e intención o impacto político, concebida por un compilador y editor que por ser Papa se llama autor, de algo que tiene que ver con lo que piensa y transforma revolucionariamente un jesuita”. Destacó que el documento plantea que “el gran desafío no es técnico sino ético, y que justamente habla del límite que tiene la idiosincrasia de lo humano”. Además, planteó que el cambio climático es un síntoma: “Así como la temperatura es el indicador de la degradación de nuestras prácticas en función de los recursos, de los que no somos soberanos ni propietarios sino beneficiarios, la pobreza marca los indicadores de la degradación, de lo indigno de lo que hacemos cuando descartamos y tornamos invisibles a prójimos que no son los próximos, que quedan degradados por nuestras acciones con la política, con la economía y con las ciencias sociales”, afirmó.
¿Por qué se dice que la encíclica puede ser abordada también por quienes no son creyentes? “El problema es global. No estamos hablando sólo del cambio climático sino, por ejemplo, de la sexta extinción de especies de la historia del planeta, y esta vez por el accionar del hombre. Más de la mitad de los vertebrados ha desaparecido en las últimas cuatro décadas; se trata de un biocidio de dimensiones sorprendentes y preocupantes. No hay resquicio de la biosfera sin un ingrediente antrópico”, afirmó Florio. Plastino se sumó a la visión del sacerdote, y señaló que “la encíclica resalta que la Tierra es finita, a diferencia de lo que se pensaba hasta no hace mucho tiempo. El planeta no es inerte, está vivo, evolucionando y cambiando en sus 4.500 millones de años de historia. La vida existe desde hace unos 3.800 millones de años, y desde entonces ha pasado de todo. Hace 250 millones de años, en muy pocas décadas, desapareció el 90 por ciento de la vida. Se habla de cinco extinciones masivas, y ahora estamos entrando en la sexta”. También aseguró que desde el punto de vista de la ciencia, el planeta es un sistema extremadamente complejo: “Existen una teoría de redes que enseña –y esto ocasiona terror en el ambiente científico– que al estar todo tan interconectado, lo que hace alguien en la ciudad de Buenos Aires puede tener efectos en poco tiempo en Indonesia. En la red ecológica, por simulaciones matemáticas, se sabe que existen los efectos dominó: un pequeño cambio en un lugar ocasiona una avalancha que puede culminar en un desastre total. Existe el temor de que al exceder cierto límite, por ejemplo, en la emisión de gases invernaderos, en el agujero de la capa de ozono o en la extinción masiva de insectos, pueda haber un efecto menor localmente pero que al mismo tiempo sea capaz de generar un efecto dominó, y terminemos con una extinción masiva. Esto podría suceder en cualquier momento y la encíclica ayuda a que la sociedad tome conciencia de lo que significa”, agregó. Por su parte, Bergman destacó la importancia del lugar de la fe, pero sobre todo “de la ciencia con conciencia, más allá de cualquier creencia”, advirtiendo que la encíclica está dirigida a toda la humanidad, no sólo a los creyentes, en tanto “nos llama en las libertades individuales, a las responsabilidades colectivas, la acción”, aunque “no deja de asumir el principio fundamental de la fe, que es la esperanza, que no es espera, sino un llamado de atención, y que hay tiempo siempre para empezar a hacer”. En efecto, consideró que la encíclica es como el arca bíblica: “La pregunta es si escuchamos o no la voz, porque Noé tenía la convicción necesaria como para construir el arca el día en que había sol, y los vecinos lo miraban, incrédulos. La diferencia entre Noé y nosotros es que la ciencia nos dice que el diluvio viene y hay que ver si estamos dispuestos a ser también nosotros constructores”.
Castelli preguntó por qué las religiones no han advertido el problema con anterioridad. Entonces Florio citó un artículo del Lyn White publicado en los ’70 en la revista Science donde señalaba que el gran responsable de la crisis ecológica era la Biblia, en tanto fue la civilización judeocristiana la responsable del salto de la técnica moderna, con sus conocidas consecuencias. “Si bien podemos pensar en san Francisco de Asís, o en los benedictinos, en realidad las referencias explícitas al tema comienzan en el siglo XX; Albert Schweitzer, el médico protestante que se fue a África, o el jesuita paleontólogo Teilhard de Chardin, por ejemplo. Después el Consejo Mundial de Iglesias hizo un camino despertando una lectura ecológica de la Biblia, lo cual también está canalizado en un capítulo de Laudato si. Creo que hemos sido tardíos pero hay que seguir transitando ese camino”.
El doctor Plastino destacó que la conciencia de la finitud de los recursos planetarios no era algo en lo que mucha gente creyera hasta hace poco tiempo. “En 1950 se pensaba todavía que el mundo era infinito y sus recursos también. La conciencia de que somos cada vez más los seres humanos y que los recursos se agotan se advierte con fuerza, por lo menos en el mundo de la ciencia, en la década de 1970”. Y señaló que uno de los factores con mayor incidencia es el crecimiento de la población, que ya excede largamente los 7 mil millones de habitantes. “La Tierra que habitaron los primeros seres humanos, sin ningún tipo de tecnología más que el fuego y el hacha, tenía recursos para 80 millones de habitantes; y no se alcanzó ese número con esa tecnología primitiva. Cuando comenzó la agricultura no científica, el planeta puedía abastecer a 500 millones de habitantes; y tampoco entonces se llegó a esa cifra. Con la era industrial (la máquina de vapor, los ferrocarriles, la industria textil automática y la siderurgia, a principios del 1800), se multiplican las capacidades del planeta hasta poder cubrir los 5 mil millones de habitantes. Y si hemos alcanzado ya a 7 mil millones de habitantes, es por lo que se llama las tecnologías de la informática y la robótica, pero no estamos seguros de cuál es la cifra máxima que resisten los recursos del planeta. Y la sospecha muy fuerte es que ya el número de habitantes lo ha excedido”, advirtió el científico. Y enfatizó que “cada vez que destinamos más tierra a la agricultura, estamos destruyendo terriblemente el medio ambiente. Si bien es necesaria, el peor enemigo del medio ambiente es la agricultura, que destruye selva, jungla y muchos otros hábitats. Por eso estamos en una disyuntiva tremenda y todos somos responsables. Esta es la encrucijada: hemos superado todos los límites naturales con el crecimiento poblacional”. Bergman quiso aportar una nota de optimismo: “Pero la humanidad, ante determinados límites, es capaz de poner en juego innovación y tecnología, no en términos de lo que hicimos hasta ahora, que fue alienación en el consumo, el descarte y el dominio, sino orientándose desde una ética y no sólo desde una técnica”.

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