Oriana Favaro: “Me entrego a escuchar la música y a mi intuición”

¿Cómo se arriba desde las artes plásticas a la lírica?
En realidad no fue idea mía; un par de personas me escucharon hablar y me dijeron: “¡Que linda voz tenés! ¿Por qué no estudiás canto?”. Unos años más tarde cursé un cuatrimestre en el conservatorio Julián Aguirre y en el examen de ingreso me tomaron canto. Las profesoras me dijeron: “Qué lindo, venís para canto, ¿no?”, cuando en realidad yo me había anotado para piano. En mi familia todos son afinados y musicales y pensé que el mundo era así. No éramos los Von Trapp, pero cantar era habitual aunque ninguno se dedicara profesionalmente. Luego empecé a estudiar y fue un boleto de ida. En aquella época estudiaba también en la Facultad, ya había hecho dibujo, cerámica, escultura, pintura. Me sentaba a estudiar pero en los quince minutos de pausa los dedicaba al canto, y cada vez fue teniendo más peso en mi vida. El arte me encanta, pero lo que más me gusta es ponerle el cuerpo. En 2008 canté por primera vez de manera profesional, el papel de Belinda en Dido y Eneas en San Juan.
¿Existe una aproximación distinta para vincularse al personaje en cada obra?
Me interesa mucho trabajar la ópera, entender los personajes, las tramas, las relaciones entre ellos. Los buenos compositores te dejan las cosas en bandeja, no te ponen obstáculos y me interesa ser lo más leal posible a la idea que supongo habrá tenido ese compositor. Me da un placer enorme sentir que soy leal a esa creación. Este año canté Lucía y acto seguido Sophie, no es la misma vocalidad ni ofrece las mismas dificultades. Estudio los roles y los interpreto utilizando los mismos conceptos técnicos pero difiere mucho la línea de canto como la escribe cada uno y, en función de eso, las necesidades vocales. Presto mucha atención a lo que me piden pero generalmente me entrego a escuchar la música y a mi intuición. Me enfoco más en el cuerpo que en la mente.
¿Cómo interfiere, para bien y para mal, la labor del regisseur? Un rol tan en tela de juicio en estos momentos y que incluso originó varios debates a propósito de El caballero de la rosa.
No me da lo mismo porque no soy una rockola humana. Tengo un criterio sobre lo que estoy haciendo y me gusta que sea, al menos, considerado. Cuando viene alguien con una idea maravillosa me entrego a ese juego, pero me complica muchísimo mi existencia artística y personal. He salido de algunos ensayos llorando de la rabia por tener que hacer cosas que no están bien y no tienen nada que ver con la obra y su música. Por suerte no tuve que llegar a una instancia de coyuntura muy grande. Cuando viene alguien que cree que su idea sobre la ópera es más importante que la ópera en sí, es muy dramático. Movimiento y acción no son la misma cosa; la acción tiene un fin. En cuanto a El Caballero de la Rosa, hubo cosas que me gustaron y otras que no tenían nada que ver. Por ejemplo, en ese final absolutamente glorioso que invita al juego y a la imaginación, y a pensar qué será de la vida de esos dos jóvenes, aparece una horda de muchachos armados que caen heridos de muerte por la inminencia de una guerra. Comprendo adonde quiere ir la idea pero la música decía otra cosa y es más importante que vos, que yo y que cualquier regisseur. Ese es el punto de quiebre.
A veces aparece el pretendido pretexto de hacer más amplio el público de la ópera.
Lo que falta en este país, y en muchos otros, es una política cultural inteligente donde se le diga a la gente que ir a un teatro no significa ser snob, burgués o aristócrata. Mi bisabuela, que probablemente no tenía ni la escuela primaria terminada, iba todos los domingos con su almohadón a la Arena de Verona a ver ópera. El problema es cómo educamos: muchos chicos nunca han entrado a un teatro, y si supieran que es muy accesible, no sería necesario simplificar los contenidos para ganar público. Es al revés lo que hay que hacer.
¿Qué le diría a los espectadores, que en general la conocen a través de un rol?
Agradecerles que sean público y vayan al teatro. Que sigan prestándose tan generosamente a lo que nosotros hacemos y que, por otro lado, no sean nunca conformistas con lo que van a ver y tampoco demagógicos. Fundamentalmente, que no dejen de ir al teatro, al cine, a los espectáculos de ópera que están creciendo, al Colón.
¿Le gustó intervenir en El caballero de la Rosa?
Adoré hacer El Caballero de la Rosa, de hecho sigo cantando determinadas partes; me despierto con algunas frases. Tiene un toque distinto, un brillo propio. Lamento no tener determinados conocimientos profundos a nivel de armonía, que alguna vez subsanaré, pero es una obra extraordinaria.

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