La última docencia de Ortega y Gasset en la Argentina

En agosto de este año se cumplieron ochenta años de la tercera llegada de Ortega y Gasset a la Argentina. Durante aquella estancia, que se extendió hasta 1942, el filósofo insistió en su llamada a la autenticidad de la nación que había ya realizado en sus dos viajes anteriores. Convencido de encontrar en la Argentina una nación con gran potencial –y que contaba aún con la posibilidad de desarrollarlo–, Ortega vio con preocupación el hecho de que el argentino no se adscribiera a la tarea de llevar aquel proyecto adelante.
Ortega percibió esto desde su primer viaje a la Argentina, en 1916. En aquella ocasión, invitado por la Institución Cultural Española en Buenos Aires, Ortega llegó con un programa de actividades ya establecido. Sin embargo, tenía la firme intención de conocer a fondo el alma y la intimidad de esta joven nación. Y si bien quedó maravillado por “la potencialidad enorme de cultura que yace en esta tierra inmensa y en esta raza ascendente”, le llamó la atención, sin embargo, el enorme desequilibrio que advirtió entre la preocupación económica de esta sociedad y el resto de sus actividades. Aún así, Ortega sintió una gran esperanza por el país, y, en ese sentido, a la hora de emprender su regreso a España, manifestó estar “seguro de hallar realizado a la vuelta de algunos años lo que hoy echo de menos”.
Transcurrieron doce años hasta que regresó y, sin embargo, la situación aquí no le resultó muy distinta a la que había hallado en 1916. Ortega llegó en esa oportunidad como una figura consagrada, con un pensamiento más maduro y, como él mismo manifestó, considerándose ya un poco argentino. Probablemente todo esto lo animó a escribir su famoso ensayo Intimidades –publicado en 1929, ya de regreso en España–, donde analizó el perfil del hombre argentino desde la perspectiva de su raciovitalismo. Ortega afirmó allí que el rasgo esencial de la vida argentina es el de ser promesa. El argentino nunca siente estar donde realmente está sino siempre por delante de sí mismo y, desde ese futuro aún no cumplido, lleva adelante su vida presente. Cuando aquellas promesas no se cumplen, este hombre queda sumido en la melancolía; siente su existencia como mutilada y no se explica la mísera y vacía realidad que lo rodea. La explicación, sin embargo, es sencilla: este hombre no se adscribe a su propia circunstancia y no se esfuerza por alcanzar aquel futuro que desde siempre creyó cumplido. En ese mismo ensayo, Ortega llamó la atención sobre la falta de autenticidad del hombre medio argentino, un individuo que vive de lo externo, del puro gesto, y a quien, por lo mismo, la vida se le escapa de las manos.
Como era de esperar, este ensayo no pasó desapercibido. El caudal de reacciones que desató entre intelectuales, periodistas y personalidades del ámbito cultural dejó en evidencia la gran perturbación que provocó en la opinión pública argentina. Ortega estaba ya de regreso en España, pero continuaba desde allí sus intervenciones en la prensa de este país. Y, si bien planeaba regresar pronto, por diversos motivos su viaje se retrasó hasta 1939. Ahora, a ochenta años del inicio de aquel tercer viaje, conviene detenerse de manera particular en él.
A diferencia de los dos primeros viajes, en la tercera oportunidad Ortega fue marginado de muchos de los círculos intelectuales y académicos de la Argentina, y llegó incluso a tener serias dificultades económicas.
Aun así, el filósofo no perdió la oportunidad de llamar nuevamente la atención de los argentinos en un momento que consideraba clave para su historia. Evidentemente, aún estaba convencido de la gran nación que la Argentina podía ser si asumía sinceramente la tarea y el esfuerzo de su construcción. En ese sentido, en su conocido curso sobre El hombre y la gente que dictó en la Sociedad Amigos del Arte durante esta estancia, afirmó: “Es este un momento, en la vida de este país (…) en que tiene que resolver nuevas vías; y para resolver nuevas vías hay que echar la mirada a lo alto y a lo lejos, y mirar puntos cardinales. Es, pues, menester, a fuerza de reflexión, de estudio y de perspicacia, crearse una visión clara del momento en que este país existe”.
También de esta época es su “Meditación de la criolla”, texto que se emitió por primera vez en Radio Splendid; su conferencia sobre Juan Luis Vives que impartió en el aula magna del Colegio Nacional de Buenos Aires; su curso sobre La razón histórica que dictó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires; y la serie de artículos reunidos bajo el título “Del Imperio romano” que publicó en La Nación.
Sin embargo, quizás una de sus intervenciones más recordadas de este tercer viaje sea su conferencia “Meditación del pueblo joven” que brindó en la Universidad de La Plata y que generó bastante malestar entre los argentinos. En aquella oportunidad, Ortega se refirió a la Argentina como un pueblo joven, categoría que buena parte del auditorio sintió como una descalificación. Pero la intención del filósofo no era la de herir sino la de despertar al argentino de su sueño narcisista para que entonces sí pudiera llegar a ser un pueblo adulto con una base sólida. Mientras no se aceptara la circunstancia propia, serían imposibles el crecimiento y el progreso. Ortega insistió, entonces, en que las instituciones y formas de organización social estaban desprendidas de la auténtica realidad del país. Las nuevas generaciones no se ocupaban de encontrar las formas en las cuales se expresara la propia vida, aquella acorde a la etapa que se atravesaba y, así, la Argentina se alejaba cada vez más de esa gran nación que tenía capacidad de ser. “Hay que apurarse, argentinos. El tiempo corre y la vida colonial, probablemente, termina ahora, aun en sus formas más avanzadas, para América”, advirtió entonces.
El descontento hacia la figura de Ortega aumentó aún más durante estos años por cuestiones políticas. La Guerra Civil Española y el inicio de la Segunda Guerra Mundial habían enfrentado a buena parte de los intelectuales argentinos y no parecía haber lugar para la neutralidad. El silencio de Ortega, entonces, no sólo llamó la atención sino que además generó fuertes críticas en el ambiente académico local. En este contexto se dio también el fin de la colaboración de Ortega con el grupo Sur, aunque su amistad con Victoria Ocampo perduró en el tiempo. Así, tras sentir el fracaso en varias de sus iniciativas en Buenos Aires, y de lidiar con una mala situación económica que lo desgastaba, Ortega regresó a España el 9 de febrero de 1942. A pesar de seguir en contacto con la Argentina, ya no volvió a visitarla.
Sin embargo, de aquella “Meditación del Pueblo joven” aún se recuerdan sus palabras: “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas, directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”. Es probable que hoy, ochenta años después, puedan sacarse diversas conclusiones sobre los rasgos de la vida argentina que el filósofo percibió entonces y a lo largo de sus tres viajes a este país. Sin embargo, resulta claro que sus palabras no pierden actualidad y su llamada a la autenticidad de la nación sigue resonando vigente entre nosotros.

La autora es Doctora en Filosofía (Salamanca) y profesora de la UCA

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