¿Resucitó Jesucristo al tercer día?

Todos los domingos, en sus celebraciones, muchos cristianos recitan el Credo, su confesión de fe fundamental. En él afirman que Jesucristo “fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, y al tercer día resucitó de entre los muertos”.
Pero ¿realmente Jesús resucitó al tercer día? Cuando leemos los evangelios, estos sólo dicen que el domingo de Pascua un grupo de mujeres descubrió que el sepulcro estaba vacío, pero no dicen en qué momento se produjo la resurrección.
Para complicar más las cosas, los evangelios emplean diferentes expresiones para referirse a esa fecha. A veces dicen que sucedió “al tercer día” de su muerte. Así lo afirma, por ejemplo, san Lucas, al narrar la aparición de Jesús a sus discípulos el domingo de Pascua: “Estaba escrito que el Mesías tenía que morir y al tercer día resucitar de entre los muertos” (Lucas 24,46). Si consideramos que Jesús mu-rió un viernes a las tres de la tarde, y contamos ese día como el primero, entonces el segundo sería el sábado y el tercero el domingo. Por lo tanto, Jesús habría resucitado el domingo de Pascua. Así lo entendió desde siempre la Iglesia, y por eso así lo celebra en su liturgia.

Dilemas de un recuento
Pero otras veces los evangelios, en vez de decir que la resurrección fue “al tercer día”, dicen que fue “en tres días”. Por ejemplo, cuando Jesús expulsó a los mercaderes del Templo de Jerusalén, los judíos le piden una explicación de lo que ha hecho, y él les responde: “Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré” (Juan 2,19). El evangelista comenta que esas palabras se referían a su resurrección de entre los muertos (Juan 2, 21-22). De acuerdo con esta otra fórmula (“en tres días”), se trata de un lapso de 72 horas. Si Jesús murió el viernes por la tarde, entonces su resurrección habría tenido lugar el lunes.
Finalmente, algunos textos del evangelio dan una tercera versión y hablan de que la resurrección sucedió “después de tres días”. Por ejemplo, cuando Jesús les in-forma a sus discípulos de su próxima muerte en Jerusalén, les dice: “El Hijo del hombre tiene que sufrir mucho, será rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y escribas, y lo matarán; pero después de tres días resucitará” (Marcos 8,31). Según esto, si Jesús resucitó “después” de tres días, o sea, al cuarto día, el suceso habría tenido lugar el martes.
¿Qué día, pues, señalan los evangelios como el de la resurrección: el domingo, el lunes o el martes siguiente a su muerte?

De noche en el cementerio
Pero cualquiera sea la fórmula que adoptemos (“al tercer día”, “en tres días”, o “después de tres días”), ninguna coincide con las narraciones de los evangelios.
En efecto, Mateo narra que dos mujeres discípulas de Jesús, María Magdalena y otra María, fueron a visitar la tumba del Maestro “pasado el sábado, al comenzar el primer día de la semana”, es decir, el domingo (Mateo 28,1). Ahora bien, para los judíos el domingo comenzaba con la puesta del sol del sábado, alrededor de las 6 o 7 de la tarde. Por lo tanto, según Mateo fue el sábado a la noche cuando ellas fueron al cementerio, descubrieron la tumba vacía, y comprendieron que había resucitado.
Por su parte, en el evangelio de Lucas leemos que Jesús crucificado le dice al la-drón arrepentido que muere crucificado junto a él: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23,43). Y “hoy” se refiere al día de su muerte, es decir, al viernes.
Entonces, ¿la resurrección tuvo lugar el viernes, el sábado, el domingo, el lunes o el martes? Esta discrepancia nos muestra que nadie sabía exactamente cuándo ocurrió.

Por una antigua creencia
Hoy la teología enseña que la resurrección de Jesús debe entenderse como un acontecimiento que sucedió en el mismo momento de su muerte. Que no hubo un lapso entre su fallecimiento y su entrada en la vida eterna. Pero los primeros cristianos no lo entendían así. Para ellos eran dos hechos misteriosos y cronológica-mente distintos. Por eso, después de su muerte trataron de determinar cuándo se habría producido la resurrección de Jesús. Y la respuesta que dieron fue: “al ter-cer día”.
Ya san Pablo, en su 1º Carta a los Corintios, haciendo un resumen de las enseñanzas que impartió a sus oyentes, comenta: “Hermanos, les recuerdo la Buena Noticia que yo les prediqué, y que ustedes han recibido. Porque les transmití lo que yo mismo recibí. En primer lugar, que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras” (1 Corintios 15,1-4).
Pablo, pues, ya conocía en su época (hacia el año 53, mucho antes de que se escribieran los evangelios) el dato de que Jesús había resucitado “al tercer día”. A su vez él afirma que lo había recibido de otros predicadores anteriores, lo cual muestra cuán antigua era esa creencia.
Pero ¿cómo surgió entre los cristianos la idea del “tercer día”? La clave está en las palabras finales del texto de Pablo, cuando añade que eso ocurrió “según las Escrituras”. Aquí está la solución del problema. En efecto, según las Escrituras, cuando Dios quiere ayudar o socorrer a alguien de un peligro, lo suele hacer “al tercer día”.

Un plazo para el dolor
La primera vez que hallamos esta idea es en una famosa profecía pronunciada por Oseas, uno de los más antiguos profetas de Israel. Al hablarle a los israelitas, Oseas les decía: “Vengan, volvamos al Señor; él nos ha desgarrado, pero él nos sanará; nos ha lastimado, pero nos vendará. Después de dos días nos dará la vi-da, y al tercer día nos levantará; y así viviremos en su presencia” (Oseas 6,1-2).
Esta profecía expresaba la confianza que los israelitas tenían en la bondad de Dios, quien a veces parece castigarnos durante uno o dos días, pero al tercer día, es decir, poco después, se le pasa el enojo y nos auxilia. Dios no está eternamente enojado con el hombre.
La expresión “al tercer día” sólo significaba “dentro de poco”, plazo que se toma Dios para mostrar su amor por sus hijos.
Los judíos, basándose en esta profecía, sacaron la conclusión de que Dios no permite que la gente buena sufra más de dos días, porque al tercero siempre acude a librarlo de su aflicción. De este modo el “tercer día” empezó a interpretarse como la fecha indicada para la intervención divina en la historia, el tiempo preciso para ayudar a los justos. Así, en los relatos del Antiguo Testamento se comenzó a incorporar ese plazo para mostrar que era cierto lo que había anunciado Oseas.

Con los vestidos lavados
Por ejemplo, cuando Abraham llevó a su hijo Isaac al monte Moria para matarlo y ofrecerlo en sacrificio, Dios se le presentó al tercer día y detuvo la mano que lo iba a inmolar, salvando la vida al muchacho y la futura descendencia de Abraham (Génesis 22,1-4).
Asimismo cuando los hijos de Jacob viajaron a Egipto para comprar comida, di-ce el libro del Génesis que fueron apresados y acusados de ser espías, de modo que sus vidas corrieron peligro. Pero al tercer día, gracias a la intervención divi-na, fueron liberados y se les permitió regresar a su país sanos y salvos (Génesis 42,18).
De igual manera, cuando los israelitas salieron de Egipto e iniciaron su travesía por el desierto, la marcha se les volvió penosa porque no encontraban agua. Cuando el pueblo entero estaba ya a punto de perecer por la sed, Dios intervino al tercer día e hizo aparecer agua potable, librándolo de la muerte (Éxodo 15,22-25).
Incluso el acontecimiento más grande de protección divina, que fue la Alianza realizada entre Dios y el pueblo de Israel, tuvo lugar al tercer día. Dice el texto bíblico que al llegar los hebreos al monte Sinaí, Dios habló a Moisés y le dijo: “Dile al pueblo que se purifique hoy y mañana; que lave sus vestidos y esté pre-parado para el tercer día; porque al tercer día bajará Yahvé al monte Sinaí, delante de todo el pueblo” (Éxodo 19,10-11).

En el vientre de la tierra
Muchos otros episodios bíblicos muestran a Dios actuando al tercer día para preservar y acompañar la vida de su pueblo. Es el caso, por ejemplo, de los es-pías enviados por Josué para explorar la Tierra Prometida. Cuando llegaron, el rey de Jericó se enteró y los persiguió para matarlos, pero fueron salvados al tercer día (Josué 2,16).
También David fue librado por Dios al tercer día de las manos de sus enemigos, que habían invadido el campamento hebreo y habían secuestrado a sus mujeres y niños (1 Samuel 30,1-20).
Ezequías, uno de los reyes de Jerusalén, vivió una experiencia más extraordinaria aún. Hallándose gravemente enfermo, y habiendo organizado ya todos los detalles de su propio funeral, Dios le habló por medio del profeta Isaías y le anunció que al tercer día iba a levantarse de la cama completamente curado (2 Reyes 20,1-11).
El libro de Ester nos relata la historia de esta reina, y cómo se le había prohibido presentarse sin autorización delante el rey. En caso de hacerlo, sería castigada con la muerte. Ester, no obstante, debido a una emergencia que tuvo se presentó ante el monarca; pero lo hizo al tercer día; y Dios la salvó no sólo a ella, sino a todo el pueblo judío que estaba a punto de ser exterminado (Ester 4,16; 5,1).
Quizás el episodio más significativo de una salvación divina al tercer día se en-cuentra en la vida del profeta Jonás. Según la Biblia, este había recibido la orden divina de ir a predicar a la ciudad de Nínive. Pero Jonás desobedeció la orden y huyó en un barco rumbo a España. Durante el viaje un enorme pez lo devoró, “y Jonás estuvo en el vientre del pez durante tres días y tres noches” (Jonás 2,1). Allí, en las entrañas del cetáceo, Jonás arrepentido oró pidiendo perdón. Entonces Dios hizo que el pez lo vomitara en la orilla y lo devolviera sano y salvo.
Vemos, pues, que en el Antiguo Testamento es común encontrar a Dios realizan-do sus grandes hazañas al tercer día. Era un modo de enseñar que, si bien a veces el justo sufre, su padecimiento siempre tendrá un lapso limitado, porque Dios acudirá a su debido tiempo para salvarlo.

El profeta actualizado
Pero en el siglo II a.C. entró en el pueblo de Israel una idea novedosa: la de la resurrección de los muertos. Hasta ese momento se pensaba que, cuando alguien moría, no volvía a la vida nunca más porque la muerte era el estado definitivo del ser humano. Pero alrededor del año 200 a.C. apareció en Palestina la creencia de que Dios un día devolverá la vida a los difuntos. Entonces la profecía de Oseas, pronunciada 600 años antes, sufrió una reinterpretación.
Hasta ese momento se hablaba de que Dios sólo “ayudaba” al tercer día, cuando alguien tenía un problema. Pero como el problema más grande que puede tener un hombre es el de la muerte, los judíos pensaron que la profecía también podía referirse a la resurrección de los muertos. Que Dios ayudaría a las personas, resucitándolas al tercer día.
Esta creencia quedó reflejada en la nueva traducción que siglos más tarde se hizo del libro de Oseas al arameo (traducción llamada Targum). Allí, en vez de decir: “después de dos días nos dará la vida, y al tercer día nos levantará”, como decía el original hebreo, dice: “En la consolación futura nos dará la vida, y en la resurrección de los muertos nos resucitará”. Según esta traducción, Oseas no anuncia que Dios al tercer día nos levantará de la cama y nos devolvernos la salud, sino que nos levantará de la tumba y nos devolverá la vida.

Una manera de hablar
Sin embargo había un problema. Según esta nueva interpretación de la profecía, Dios resucita a los muertos “al tercer día”. Pero ¿al tercer día de qué? ¿De sus muertes? Eso no era cierto. Los grandes personajes del Antiguo Testamento como Abraham, Isaac y Jacob habían muerto hacía mucho y aún no habían resucitado. Y ya habían pasado más de tres días de sus muertes. ¿Cómo calcular entonces esos tres días?
Para salir del atolladero, los rabinos dijeron que esos tres días no se referían a períodos de 24 horas, sino a etapas de la historia. Así, el primer día correspondía a la era presente, el segundo día a la época del Mesías, y el tercer día al mundo futuro en que los muertos resucitarán. El “tercer día” era, pues, una manera de hablar de una época futura, de la tercera etapa de la historia, cuando los que duermen el sueño de la muerte se levantarán de sus tumbas y volverán a la vida.

Para que caiga en domingo
Volvamos ahora a los primeros cristianos. Cuando estos se convencieron de que Jesús estaba vivo, y se lanzaron a anunciar su resurrección, nadie sabía exacta-mente en qué día había sucedido eso. Sólo creían que había recuperado la vida. Pero para ellos, esa resurrección inauguraba la nueva era de la resurrección de los muertos, la tercera etapa, el nuevo tiempo del Reino de Dios anunciado por el profeta Oseas. Por eso comenzaron a decir que había sido “al tercer día”.
La expresión no pretendía aludir al día en que las mujeres descubrieron el sepulcro vacío, ni al de las manifestaciones de Jesús el domingo de Pascua, sino a la nueva era en la que la humanidad había entrado, era en la que todos los muertos ahora podían resucitar (aunque todavía no lo hicieran). El tiempo de la salvación, tan ansiado por los judíos, por fin había comenzado.
Por eso los evangelios son tan imprecisos en cuanto al momento exacto de la resurrección de Jesús. Lo que importaba era mencionar el número “tres”, aunque la fórmula variara (“en tres días”, “después de tres días”, “al tercer día”).
Más tarde, cuando se empezó a contar la resurrección como un hecho comprobado históricamente, se fijó el domingo para celebrarlo. Entonces los evangelistas buscaron que la expresión coincidiera más o menos con los datos que tenían. Así, Marcos dice que Jesús anunció su resurrección para “después de tres días” (Marcos 8,31; 9,31; 10,34). En cambio Mateo y Lucas, viendo que si Jesús había muerto un viernes, había menos de tres días hasta el domingo, cambiaron la fórmula y pusieron “al tercer día”.

Una vida sin cadáver
El poeta griego Homero, en La Ilíada, nunca describe la hermosura de Helena, por cuya belleza se desató la guerra de Troya. No tenía palabras para ello. En su lugar emplea una dramatización: dice que dos hombres la ven un día pasar, desde lo alto de las murallas de Troya, y uno de ellos exclama impresionado: “Por esa mujer valía la pena la guerra que emprendimos”. ¡Un recurso genial de Homero! Sin describirla, deja al lector pensando cómo habrá sido su hermosura. Lo mismo hacen los evangelistas: no tienen palabras para describir la resurrección de Jesús. Es algo que sobrepasada toda expresión. Sólo hablan de la tumba vacía.
Es que hay cosas que no pueden describirse con palabras, porque sobrepasan nuestras categorías mentales. Como decía Joseph Ratzinger en su libro Introducción al Cristianismo: “Cristo, por su resurrección, no volvió otra vez a su vida terrenal anterior, como el hijo de la viuda de Naím, o Lázaro. Cristo resucitó a la vida que no cae dentro de las leyes químicas y biológicas”. Por eso su resurrección no tiene una fecha determinada.
Pero si bien no podemos datarla en un día fijo, sí podemos hacerlo a partir del cambio que se verificó en los discípulos. Ellos, que eran hombres impetuosos, in-tolerantes, dubitativos, ambiciosos, a partir de ese momento se transformaron completamente y fueron capaces de enfrentar peligros y resistir las dificultades, hasta el punto de dar su vida por la fe que habían adquirido. Habían comprendido que, si los tiempos habían cambiado, ellos también tenían que cambiar.
Afirmar que Jesús resucitó al tercer día no significa creer en una fecha, sino en un nuevo estilo de vida, en el que dejamos ya de vivir como cadáveres; en el que no permitimos que ningún proceso de corrupción se introduzca en nosotros; en el que asumimos un compromiso formal con la gente; en el que más allá de las adversidades y caídas seguimos levantándonos cada día de nuestra postración. Porque la única forma de probar que Jesús está vivo, es mostrando que sus seguidores lo están.

El autor es teólogo y biblista

7 Readers Commented

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  1. Alfredo Barcia on 4 abril, 2020

    Biblista, no aclares que oscureces…Si tiene un problema de fe no es este el sitio para confundir a la gente. Esto no es exégesis biblica; son interpretaciones, no del todo profundas o mejor dicho bastante superficiales, de las que señalan contundentemente la resurrección de jesús y cómo los distintos calendarios de los evangelistas se compadecen entre sí. ¿Hay que enmendarñe la plana a Romano Guardini para hacer «pasable» la resurrección? La profundización de la Fe no significa «explicación» (no sería ya fe). Y en todo caso aun los dogmas se produndizan en su concocimiento por definición de lo insondable del misterio que enuncian, pero nunca en extensión, modificándolos, sino en profundidad.

    • Alfredo Barcia on 5 abril, 2020

      Quiero agregar una pequeña «Fe de erratas». Donde aparece Romano Guardini debí decir Giueseppe Ricciotti (Vida de Jesucristo)

  2. Beatriz Vedoya on 4 abril, 2020

    Cómo siempre Ariel nos ilumina para esta era.. No para las pasadas.. Dios lo iluminaa a él y él a ,, más de allá de las creencias de cada uno, px Jesús no hace acepción de personas, a todos nos levanta.

    Gracias Ariel por tu sabiduría.. Beatriz

  3. Juan Rodríguez on 7 abril, 2020

    Lo que dice va en contra de toda la tradición de la Iglesia, manifestada más que nada en el símbolo: resucitó al tercer día, según las escrituras (esto referido al AT).
    Por otra parte no trae ni media cita que fundamente su afirmación de que hoy en día se sabe que la resurrección fue inmediata.
    Menos aún la datación de los evangelios que es absolutamente perimida (según los descubrimientos de O’Callaghan) e ideológica

  4. René Eduardo Vanegas on 21 abril, 2020

    Muy agradecido con usted estimado profesor por compartir sus conocimientos y experiencias.
    Mi gratitud

  5. Heber on 26 abril, 2020

    Hola, la resurreccion es corporal, es decir que el espiritu se reincorpora después de la muerte. Jesus murió , bajo a los infiernos, subio al paraíso y resusito ( cuerpo fisico) para luego ir al cielo al lado derecho del padre. Eso implica que almenos mientras estaba en la cruz y el tiempo que transcurrio hasta que se cerro la loza de su tumba, no resucitó, fue después. Efectivamente creemos que resucitó y como dicen por ahí los tiempos de dios son perfectos.

  6. DANIEL ROGGERO on 27 abril, 2020

    Prefiero la explicación mucho más sólida, argumentada y teológicamente consistente que hace Joseph Ratzinger. El autor lo habrá escrito por el deseo de impactar? Gracias!

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