Epidemias para cinéfilos

Día de fiesta en un lindo pueblito medieval. Hay columpio, teatro infantil, un saltibamqui sobre el escenario. De pronto, enorme, más alto que la torre de la iglesia del pueblo, el Demonio todo lo oscurece. También es oscura la nube que él envía. El artista cae sobre su rostro. Unos comedidos lo dan vuelta y descubren las señas de la peste. Todos huyen, y el infeliz se queda ahí solo, alzando el brazo en inútil pedido de auxilio.
Día silencioso en la gran ciudad de Londres. Las calles están desiertas, sólo vemos señales de un abandono apresurado. Por ahí camina un joven con paso errabundo, buscando quien le explique lo que pasó. Y no fue el Diablo, sino la incursión de unos irresponsables en un laboratorio. Pretendiendo ser defensores de los derechos de los animales, causaron un daño tal vez irreparable. ¿O quizás el daño lo iniciaron los científicos?
Estas escenas aparecen al comienzo de Fausto (F.W. Murnau, 1926) y de Exterminio (Danny Boyle, 2002). Ambas obras coinciden en el miedo a las epidemias y el empleo a fondo de los recursos cinematográficos que había en sus respectivas épocas. Y difieren en lo profundo: una nos habla de la debilidad humana bajo la eterna lucha entre la Luz y las Tinieblas, la otra sólo hace un agitado espectáculo de debilidades y asquerosidades en tono apocalíptico. Abundan las obras de esta clase en los tiempos que corren, tan propicios a la expansión de nuevas enfermedades por el mundo. Un experimento científico que se sale de cauce o es aplicado a conciencia contra “el enemigo”, una infección transportada involuntariamente del espacio exterior o desde algún lugar atrasado de la tierra, sirven de excusa para jugar con los miedos del público, lucir notables efectos especiales en enormes producciones de tipo catástrofe, y hacer a veces la propaganda de ciertos héroes y naciones, algo que los analistas odian y el público general disfruta y aplaude con una sonrisa. Epidemia (Wolfgang Petersen, 1995), y La amenaza de Andrómeda (Robert Wise, 1971), son dos buenos ejemplos de lo dicho, y buenas películas. Parejo al miedo a la muerte, o quizá mayor, es el miedo a la degradación del cuerpo y la alteración de las relaciones humanas. Esta es la base de dos subgéneros muy populares, apoyados en sendas epidemias de fantasía, harto contagiosas: la de los vampiros y la de zombies. Fantasías, claro, pero a veces ofrecen una interesante lectura sobre la sociedad, las autoridades, las enfermedades degradantes y, cosa singular, la amenaza de los parientes enfermos capaces de contagiar al inocente más cercano.
También aquí el tiempo establece diferencias. El primer vampiro del cine, Nosferatu, con su barco lleno de ratas (de Murnau, 1922) sólo sucumbe gracias al voluntario sacrificio de una noble mujer que lo retiene hasta que la luz del día invade la habitación. La última gran invasión de zombies, Guerra Mundial Z, todos acelerados y siempre angurrientos (Marc Forster, 2013), sólo será detenida por un joven experto de la ONU que se larga a buscar el origen del virus y su imprescindible vacuna. Ya que está, recordemos dos variantes cubanas, muy buenas, de estos subgéneros: el dibujo Vampiros en La Habana (Juan Padrón, 1985), bonachón y graciosamente “antiimperialista” en su conflicto por la patente de una fórmula que les permitiría disfrutar del sol del Caribe, y la sátira Juan de los muertos (Alejandro Brugués, 2011), ácida, claramente “antirrevolucionaria” en sus metáforas sobre un gobierno que niega la realidad, habitantes que parecen autómatas y el eslogan de alguien que ofrece terminar con los muertos vivientes de cada casa: “matamos a sus seres queridos”.
Volvamos a la realidad. ¿Agruparemos las películas por género, por peste, plaga o epidemia, como quiera llamarse, o por su valor, y los valores que exalten?
En El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1957), las dudas religiosas y filosóficas de un caballero cristiano tienen el trasfondo de la Peste Negra, que en sólo un año destruyó la mitad de la Europa Medieval. Buscando un remedio para esta epidemia los hombres de Navigator (Vincent Ward, 1988) cumplen un originalísimo viaje en el tiempo que culmina con dos fuertes revelaciones. También llamada bubónica, esta desgracia inspiró sendos libros de Daniel Defoe y Albert Camus, adaptados a los tiempos actuales por la mexicana El año de la peste (Felipe Cazals, 1979) y la franco-argentina La peste (Luis Puenzo, 1993), ambas centradas en conflictos morales y existenciales –y en la necedad de los gobiernos–.
Entretenida y levemente incómoda, El jinete en el tejado (Jean-Paul Rappeneau, 1995) sigue el viaje de un militar y una joven señora, acuciados por la epidemia de cólera de 1832 en Provenza, según la novela de Jean Giono basada en los recuerdos de su propio abuelo. La viruela se ilustra de modo cruel y apresurado en una secuencia del Martín Fierro (L. Torre Nilsson, 1968) y con intensa y dramática poesía en una escena del Juan Moreira (Leonardo Favio, 1973). Pocos minutos antes, Moreira le jugó a la Muerte una partida de truco. Se nota que Favio y su hermano y colibretista Zuhair Jury habían visto El séptimo sello y supieron llevar al campo argentino la famosa partida de ajedrez del caballero con la Muerte. Pero el criollo está luchando por su vida, mientras el otro, sabedor de su destino, sólo quiere una prórroga que le permita seguir buscando respuesta a sus profundas inquietudes.
A destacar: la singular aventura del doctor F.J. Balmis con 22 huérfanos difundiendo la vacuna contra la viruela por fin tuvo su homenaje, con el telefilm 22 ángeles (Miguel Bardem, 2016). Pero difícilmente lo tenga el deán Saturnino Segurola, que durante 20 años difundió gratuitamente esa vacuna entre nosotros. Ni siquiera se conserva el árbol a cuya sombra se sentaba a vacunar, el famoso “pacará de Segurola”, allá donde hoy es la esquina de Puán y Fernández Moreno.
La fiebre amarilla inspiró como mínimo tres melodramas: Jezabel la tempestuosa (William Wyler, 1938), retrato de una malcriada que se redime ayudando a los internados en cuarentena, especialmente a uno de los internados, y los nacionales En el viejo Buenos Aires (Antonio Momplet, 1942), donde viejos odios quedan de lado en el esfuerzo por ayudar a los enfermos, y La cuna vacía (1949, Carlos Rinaldi), sobre el doctor Ricardo Gutiérrez, cuyo nombre lleva el primer Hospital de Niños. Agreguemos aquí, ya que estamos, otro recuerdo: el dramático cuadro de Juan Manuel Blanes, “Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires”, que pinta un suceso real ocurrido en marzo de 1871. La mujer era una inmigrante italiana. Quienes entran son los doctores Roque Pérez y Manuel Argerich, miembros de la Comisión Popular de Salud Pública formada ante la crisis. Ambos murieron contagiados, poco tiempo después. De los niños, nada sabemos.
Tres buenas historias de médicos volcados a la investigación: Doctor Arrowsmith (John Ford, 1931), sobre personaje medianamente ficticio, Casas de fuego (J.B. Stagnaro, 1995), sobre el doctor Salvador Mazza y su lucha contra el Mal de Chagas, y Sonhos tropicais (André Strum, 2001), dedicado al doctor Oswaldo Cruz, que tanto bregó por la salud pública de los brasileros, hace poco más de un siglo.
De la peste neumónica sólo ha trascendido una película, pero qué película: Pánico en las calles (Elia Kazan, 1950), policial donde un médico y un inspector buscan a un delincuente que saben infectado, antes que contagie a la población. La gripe española, con lo terrible que fue, tuvo limitada y tardía evocación en el cine, con 1918 (Ken Harrison, 1985) y un par de telefilms en los ’90. Para entonces la peste rosa ocupaba toda la atención, inspirando como mínimo dos títulos a señalar: Y la banda siguió tocando (Roger Spottiswoode, 1993), eficaz historia de la aparición del virus, los esfuerzos de víctimas y científicos y el desinterés inicial de los gobiernos, y Fotos del alma (Diego Musiak, 1995), que, a través de una pareja próxima a tener su primer hijo, expone miedos, prejuicios y esperanzas de los argentinos frente al sida.
Renglón aparte, la metafórica Ceguera (Fernando Meirelles, 2008), sobre texto de Saramago, y Niños del hombre (Alfonso Cuarón, 2006), que imagina un futuro de guerra y personas estériles, donde un recién nacido llega a ser un verdadero tesoro.
Nos tienta levantar el ánimo del lector con dos comedias picarescas: La cigarra no es un bicho (Daniel Tinayre, 1963), que pone en imprevista cuarentena a varias parejas clandestinas, y otra, inglesa, donde por el agua contaminada todos los hombres del mundo quedaron más que infértiles, salvo uno que, víctima de un desengaño amoroso, estuvo todos los últimos meses ahogando sus penas en champán. Olvidamos el título, pero no olvidaremos anotar ese líquido elemento en nuestra lista de pedidos online para pasar estos días en casa.

Daniel Sendrós es cronista de cine, periodista y profesor universitario

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