Cuando una niña o un niño viene al mundo, no sabemos prácticamente nada de él, no conocemos nada en concreto: ignoramos si se parecerá a su madre o a su padre o tal vez a algún abuelo; si será buena deportista, estudioso o más bien vago; si seguirá tal o cual carrera, o ninguna; si será amigable y extrovertida o todo lo contrario. Desconocemos prácticamente todo, sólo hay tres cosas de él que podemos afirmar sin posibilidad de error: la primera, que ese bebé cuando crezca y desde que comience a desenvolverse en la vida, muchas veces va a acertar, pero casi otras tantas se va a equivocar. La segunda: será una persona que seguramente va a gozar, a disfrutar de muchas cosas, pero a quien también le tocará sufrir, tendrá que atravesar momentos de dolor y de tristeza de intensidad diversa. Y la tercera, que un día –imposible predecir cuándo– esa niña, ese niño, se va a morir.
A pesar de saberlo, inclusive siendo personas de fe, cuando rozamos la muerte (el inminente resultado de un análisis clínico, la enfermedad de algún ser querido, el fallecimiento de alguien por accidentes o catástrofes, etc…) se nos mueve toda la estantería y comenzamos a preguntarnos: ¿por qué?, ¿por qué a mí o a aquel? ¿por qué así? ¿por qué ahora?, por qué, por qué, por qué…
Y sin embargo, la respuesta a tantos porqués es sumamente sencilla: “Porque un día fuimos concebidos y nueve meses después, nacimos”. A partir del momento de nuestro nacimiento –en realidad, más exactamente de la concepción– ya tenemos edad para morir; no hay una edad, no hay un momento específico para morir. Esto nos incluye a todos.
Aunque no lo advertimos, la muerte, con su certeza insoslayable, le da verdadero valor a la vida: amamos lo que amamos, valoramos lo que valoramos, desarrollamos proyectos, construimos sueños e ilusiones, reímos, gozamos, gracias a que permanentemente nos acompaña la innegable certidumbre de nuestra finitud.
Todas las tradiciones de sabiduría, todas las religiones, se han ocupado del tema desde los tiempos más remotos, intentando de algún modo responder las preguntas que desde siempre el ser humano se ha planteado: ¿qué es el sufrimiento?, ¿por qué tenemos que sufrir?, ¿qué sentido tiene?, ¿por qué tenemos que morir?
Desde tiempos remotos, los seres humanos han demostrado un interés particular en el intrigante proceso de morir. Hoy día es habitual la búsqueda de información en Google, pero debemos saber que desde épocas lejanas hay muchísima sabiduría en antiguos escritos, como el Libro Tibetanos de los Muertos, Los Necrosales, el Libro Egipcio de los Muertos, El Ars moriendis (El Arte del Buen Morir, del siglo XIV).
En el siglo XVII Spinoza decía “Sabemos y experimentamos que somos eternos”. Lo sabemos, lo intuimos, desde las épocas más remotas de la humanidad el Hombre percibe que no todo se termina con la muerte.
Y ya en el siglo XIX, el filósofo Max Scheler aseguraba: “Aunque no viéramos morir a nadie sabríamos que somos mortales”, a lo que podríamos agregar reemplazando las palabras: aunque no veamos resucitar a nadie, sabemos, intuimos que somos inmortales.
Nada hay más certero para todo ser humano que la muerte. Nada más certero y a la vez, nada más incierto: todos sabemos con seguridad que un día moriremos, pero nadie con exactitud cuándo, ni cómo, ni en qué condiciones.
La muerte es una experiencia única –que como toda experiencia sobrepasa lo explicable– de la que sabemos poco; simplemente tenemos la seguridad y la confianza de que todos vamos a conocerla, probablemente antes de los que muchos de nosotros desearíamos.
La muerte no es un fracaso, ni un absurdo. La muerte es una transición, un proceso muy bien organizado. Morirse es normal y siempre acaba bien. Como decía Borges: “Es una costumbre que tiene la gente”. Y morir bien es de vital importancia porque cada uno se muere como ha vivido. Muere bien quien ha vivido plenamente, quien ha descubierto quién era y ha dado sentido a lo que había venido a hacer; quien supo compartir lo que tenía cuando le llegó el momento de cerrar su biografía.
Morir bien es importante además, porque cuando uno muere, en alguna medida, nunca muere completamente solo, mueren con él también un poco, sus seres queridos, sobre todo los más cercanos. Y ellos quedarán profundamente impresionados por la manera de morirnos. Si uno muere bien, deja un legado de confianza y de coraje de que eso que llamamos “la muerte”, a veces hasta con pánico, no es para tanto. Quien en cambio muere chirriando, rechinando y asustado suele dejar a su alrededor un impacto nada deseable. Por eso, en alguna medida, tenemos, para con las personas que mucho queremos, la responsabilidad y el compromiso de morir bien.
La muerte es un proceso bien interesante, probablemente el viaje más apasionante que haremos en la vida. Al mismo tiempo, inclusive en personas de fe, es un proceso cargado de interrogantes, de rechazo, de emociones negativas.
Mucho más allá de nuestras creencias religiosas, desde una perspectiva espiritual, todos formamos parte de algo que nos contiene y nos sostiene; algo a lo que pertenecemos, que nunca está amenazado. Y en general no somos conscientes de esto pero en los momentos de crisis, fragilidad y vulnerabilidad, cuando uno “se rompe”, entra en contacto con esa profundidad que lo sostiene y entonces puede intuir, percibir o atisbar esa dimensión de la que estamos hablando.
Cuando morimos –dice el Dr. Enric Benito, médico catalán, especialista en Oncología y en cuidados paliativos– el personaje con el que nos hemos identificado, esa visión auto-centrada en nosotros mismos, es la que se disuelve y nos permite entrar en contacto con la profundidad que nos ha sostenido siempre. Ingresamos entonces en espacios de consciencia ampliados, donde todo tiene otra perspectiva que no se puede entender sólo desde un punto de vista mental.
La muerte no es un problema. Si lo fuera, podríamos aspirar a resolverlo. La muerte es un misterio, un gran misterio. Y los misterios le dan a la vida profundidad, trascendencia y grandeza. Para nosotros, además, este misterio ha sido develado, al menos en parte, por Cristo con la Pascua: paso de la muerte a la Vida.
Quienes creemos en Dios formulamos esto mismo de una manera algo más simple pero no por ello menos profunda: morir es hacerlo en los brazos de Dios, entrar hacia el interior de Dios, entrar en su plenitud, resucitar en Dios. “Dios es Dios de vivos y no de muertos” (Marcos 12:27; Lucas 20:38).
Considerar a la muerte sólo como punto final de la vida es reducirla casi a un accidente. Es únicamente al morir que una persona puede ser apreciada en toda su verdadera dimensión. Antes, nunca estamos terminados, nunca hechos. Durante la vida no “somos”, “estamos siendo”. Solamente en la muerte se puede decir que “hemos sido”, que “hemos hecho” nuestra vida.
Es necesario acercarse al final, con actitud de no-miedo, confianza, coraje, con ganas de entender (y eventualmente, de acompañar) ese proceso. Muchas veces esto no ocurre, porque seguimos viendo la muerte como un desastre, una catástrofe, como algo que no nos gusta y nos perdemos la parte más interesante de la película.
El Dr. Benito suele contar en sus conferencias esta anécdota: “A los pies de la cama de un enfermo terminal con quien ya había adquirido cierta confianza, le pregunté:
– ¿Crees que hay algo más después de esto?
– Yo creo que no, doctor.
– Pues, menuda sorpresa te vas a llevar.
– Y usted, ¿cómo lo sabe si nunca se ha muerto?
– Y… ¡hombre!, como yo no tengo miedo y me acerco mucho… Mira: el que estaba en esta cama antes de ti y se fue, dejó abierta la ventana por donde salió, me llegó un perfume de donde estaba y verdaderamente ¡es una pasada!”.

1 Readers Commented

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  1. Miguel Nari on 13 enero, 2021

    Simplemente, muchas gracias por mostrar a nuestra muerte la esperanza de vivir.

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