Potenciar la agroindustria, herramienta clave para salir de la crisis

Nuestro país lleva más de 70 años de decadencia pese a su enorme potencial humano y de recursos naturales. Los argentinos nos hemos dedicado a criticar lo que se hace con poca vocación para involucrarnos y hacer aportes constructivos con el objetivo de revertir la tendencia. Siendo uno de los países más viables del planeta, debemos definir una estrategia para generar un desarrollo sustentable. Y, lo más importante, consensuar normativas concretas que se transformen en políticas de Estado y que nos permitan dar el salto cualitativo que necesitamos. Hoy está más vigente que nunca la necesidad de poner en práctica la recomendación de Ortega y Gasset: “Argentinos, a las cosas”.
Al escuchar al héroe de Malvinas piloto Pablo Carballo decir “Se aprende a ser fuerte en el dolor”, recordé la frase de Churchill: “Nunca desperdicies una buena crisis”. Sin duda es un buen momento para cambiar el rumbo y definir algunos proyectos básicos que permitan a la Argentina salir del pozo, hacia arriba.
La historia argentina está plagada de crisis, muchas de enorme gravedad, seguidas de recuperaciones y nuevas caídas. Un ejemplo lejano pero impactante fue el shock de 1890 durante el gobierno de Juárez Celman, de enorme gravedad; a los pocos años el país reemprendía un claro proceso de crecimiento y 20 años después se destacaba entre los de mayor potencial del mundo. ¿Por qué no podríamos repetir esa historia?
La buena noticia en esta época de pesimismo generalizado es que el país siempre ha tenido una rápida capacidad de respuesta cuando hay medidas racionales de mercado que incentiven algún nivel mínimo de inversión. Los recursos están, sólo hace falta un liderazgo que logre consenso y tome el camino correcto.
Claro que el mundo cambió y lamentablemente hemos forjado una pésima fama de país poco creíble, pero si logramos dar señales claras en un entorno ávido de oportunidades económicas, sin dudas podríamos generar confianza en el mediano plazo y finalmente entrar en un círculo virtuoso de inversiones que tanto necesitamos. Somos un país viable, una sociedad sin conflictos religiosos, étnicos o culturales, con una población relativamente homogénea, que más allá de excepciones extremas es pacífica, patriota y solidaria. Diversidad de regiones, clima benigno. Hay pocos países con tanto potencial.
Depende en gran parte de nosotros. Así como logramos salir de la fratricida lucha entre unitarios y federales, es tiempo de resolver la grieta actual entre peronistas y antiperonistas. Para ello, necesitamos definir una corta serie de proyectos que nos alineen rumbo a un objetivo ambicioso y nos permita afrontar los sacrificios para lograrlo.
Claramente el primer paso es que nosotros mismos tengamos el convencimiento de que el cambio es posible. Además, debemos definir un plan con prioridades alcanzables y un sendero de acciones. Por último, lo más difícil y lo que más nos cuesta a los argentinos: reflejarlo en medidas concretas y con continuidad para que rindan sus frutos.
El objetivo más importante sería desarrollar actividades que generen empleo sustentable y de calidad, e idealmente con alto nivel de derrame en la sociedad. Por otra parte, sería fundamental sumar exportaciones y potenciar un desarrollo federal. Esto requiere una visión amplia por parte de toda la sociedad, dejando atrás las miradas mezquinas y apuntando a un modelo de país desarrollado e inclusivo.
Tenemos claras ventajas comparativas en algunos sectores críticos en donde deberíamos destacarnos como productores y exportadores. Se me ocurren algunos rubros muy evidentes: alimentos, biocombustibles, minería, servicios y energía. Voy a concentrarme en los dos primeros.
La Argentina tiene la enorme oportunidad de convertirse en un relevante jugador agroindustrial, desarrollando una actividad con enorme potencialidad para generar empleo. Para ello, debe definir ciertas políticas de Estado que incentiven la producción e industrialización de alimentos y biocombustibles.
En los últimos años se dejó pasar una oportunidad en gran parte porque se generó una carga fiscal tan enorme, especialmente sobre la cadena de soja, que se cumplió la famosa curva de Laffer: cuando las alícuotas son demasiado altas, la recaudación termina decreciendo. En el caso de la soja, un nivel de impuestos y retenciones tan altas estancó la producción y por lo tanto con precios menores, se redujo el ingreso fiscal.

Para medir el fracaso basta ver lo que pasó en Brasil, que en los últimos 10 años estuvo cerca de duplicar su cosecha de soja. Y hay que aclarar que los costos de producción y logística en dicho país son, en general, mayores que los de la Argentina. Claramente con una carga impositiva menos pesada la producción hubiera aumentado fuertemente y sin dudas, aun con una alícuota menor, la recaudación hubiera sido mayor, generando a la vez los tan necesarios dólares para el país.

También podemos ver lo que sucedió con la producción aviar de Brasil comparada con la de nuestro país, que demuestra a las claras que tampoco generamos los incentivos para un mayor valor agregado y mayor generación de empleo.

Pero aún la oportunidad está intacta. La demanda sigue creciendo por diversos motivos (transición dietética en Asia, aumento de población mundial y sobre todo urbana, incremento del uso de biocombustibles verdes) y con las medidas correctas aún podemos dar el salto. Enunciaré algunas medidas concretas que pueden llevarnos por ese camino de desarrollo.
Infraestructura y logística
Tenemos que disminuir los costos logísticos para darle competitividad a nuestros productos. Estamos alejados de los principales mercados y eso exige redoblar el esfuerzo.
En el frente interno, un mayor uso del ferrocarril permitirá “acercar” los puertos a las regiones productivas más alejadas y pobres como el NEA y el NOA. Hoy en día estamos mal posicionados contra nuestros principales competidores no sólo en cuanto al bajo uso de los medios de transporte más baratos (ferrocarril o barcazas), sino también en cuanto a los precios. Para bajarlos es clave generar competencia en los diferentes ramales ferroviarios a través del sistema del open Access, que permite que varios operadores compitan para brindar servicio a los usuarios. En el caso del flete fluvial debemos imitar lo que han hecho otros países exitosos para ampliar su flota (cito el caso de Paraguay). De esta manera se podría potenciar la salida de la producción del NEA y el litoral con fletes más competitivos, lo que tendría un inmediato impacto en la competitividad y producción de amplias regiones.
Basta con ver en el gráfico lo que sucedió en Paraguay desde la firma del tratado de Santa Cruz de Sierra, que formalizó la creación del Comité intergubernamental de la hidrovía y transformó la logística de ese país. Las cargas históricamente salían por camión por puertos brasileños y comenzó a utilizarse el río. Se puede apreciar como ese cambio tuvo un impacto directo en el aumento de la producción y sus exportaciones.

Por otra parte, pese a estar lejos de los mercados consumidores, tenemos una enorme bendición: el río Paraná, que se adentra hasta el corazón de nuestra zona más productiva. En el año 1995 se inició una historia exitosa: se concesionó el sistema de dragado, mantenimiento y balizamiento, lo cual redujo enormemente los costos de la logística marítima, acercándonos al mundo. Es la obra de infraestructura más importante del país y en unos meses se deberá volver a licitar. Es clave preservar lo bueno, que es mucho, y hacer las correcciones pensando en la hidrovía del siglo XX (recomiendo el trabajo de la consultora Latinoconsult al respecto, https://camaracapym.com.ar/index.php/estudios).
A ello se sumó la llamada Ley de Puertos del año 1992, que permitió enormes inversiones privadas en terminales portuarias, dotando al país a uno de los sistemas de embarque más modernos del mundo.
Calidad y certificación de sustentabilidad. Buenas prácticas agrícolas
El mundo demanda cada vez un mayor cuidado del medio ambiente, apuntando a la implementación de estándares relativos a carbono neutro y el respeto pleno de la ley forestal. Debemos ser proactivos en generar incentivos crecientes a la certificación verde que nos permita vender alimentos con sello de sustentabilidad dándonos accesos a mejores precios para nuestra producción.
Mayor productividad
Debemos tener las mejores semillas y para incentivar la investigación debemos aggiornar la actual Ley de Semillas, de modo de que el usuario de tecnología la pague. Por otra parte, debemos buscar algún esquema que incentive el uso de fertilizantes adecuadamente y el desarrollo del riego.
Macroeconomía
Reitero que, si el Gobierno quiere recaudar más, debe bajar gradualmente las alícuotas de retenciones de modo que el aumento de producción consecuente, además de generar mayores recursos fiscales, incremente trabajo y exportaciones. En esta línea recomiendo el serio trabajo de la Fundacion FADA (http://www.acsoja.org.ar/wp-content/uploads/Carga-tributaria-de-la-soja-FADA.pdf).
Por otra parte, es clave tender a la estabilidad fiscal e incrementar la seguridad jurídica para atraer inversiones.
Acceso al crédito, cobertura de precios y seguros agrícolas
Tenemos mercados trasparentes, serias instituciones y buen nivel de competencia, pero es importante incentivar el uso de coberturas a través de los mercados de futuros, permitiendo al productor acotar riesgos de precio.
En esa misma línea, hay que trabajar en generar oferta de seguros agrícolas a costos internacionales, aprovechando la dispersión geográfica y la masa crítica de nuestra producción.
También debemos generar condiciones macro que permitan el acceso al crédito de los actores de las cadenas a tasas similares a las internacionales.
Agregado de valor/ generación de empleos
El gran desafío es generar más trabajo. Hay que cambiar el paradigma de granero al de supermercado y surtidor verde del mundo y de ese modo romper la falsa antinomia campo vs. ciudad o campo vs. industria. Las cadenas agroindustriales somos las tres cosas.
Evidentemente eso se va a lograr generando más industria que produzca valor agregado a nuestras exportaciones y, por lo tanto, más trabajo argentino en las urbes. Ello requerirá más producción de granos y mejores valores para los productores.
Pero hay que ser conscientes de que los contrarios también juegan: el mundo implementa acciones proteccionistas que requieren que la Argentina genere políticas espejo que incentiven inversiones y sostengan las existentes.
Productos más sofisticados nos permitirán diversificar destinos, reducir volatilidad de precios y generar desarrollo sustentable con derrame para arriba y para debajo de las cadenas. Además, implicarán mejores productos y más baratos para el mercado interno.
Acceso a los mercados
En un mundo cada vez más cerrado y proteccionista necesitamos un acceso abierto a los principales mercados consumidores. El camino pasa por acuerdos equilibrados, de mutua conveniencia y que nos permitan entrada en condiciones justas a los productos en los que somos eficientes y la posibilidad de beneficiarnos con la importación a buenos precios de los productos en los que no lo somos. Ello nos permitirá tener una economía más competitiva. Si bien esto puede generar resistencia en ciertos sectores, es una recomendación insoslayable de las leyes de política económica.
Hace pocos meses se formó el Consejo Agroindustrial Argentino –nuclea a 56 instituciones– que se abocó a presentar un proyecto agroindustrial en línea con lo descripto en este artículo a todos los actores políticos del país, con excelente repercusión. Ello nos motiva a seguir trabajando, definir leyes concretas que nos permitan salir del estancamiento y transformar en realidad uno de los proyectos fundamentales para que nuestro país salga de esta larga crisis. Sólo depende de nosotros.

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