Una mirada agradecida sobre nuestra vida eclesial

Calculo que debo ser uno de los obispos con más años en la Conferencia Episcopal, y en este tiempo de mayor encierro aparecieron algunas ideas “que cayeron en mí por su propio peso”, como diría San Ignacio, “por conocimiento interno de tanto bien recibido” a lo largo de mis años episcopales, y como “memoria agradecida”.

Sin duda, ha ayudado este confinamiento que como tal se caracteriza por llevarnos a una mayor introspección, y la memoria aparece sin que uno la llame. Espero que algo tenga que ver el Espíritu. Y digo esto sin sentirme para nada un iluminado.

Voy a hacer hincapié en lo positivo. No se me escapan los aspectos negativos que se originan en nuestra condición de pecadores. Y algo diré al respecto. Pero mi deseo es que tomemos mayor consciencia de los progresos logrados en los últimos años, porque el hacer memoria de la obra de Dios en nuestro camino es una de las fuentes de la esperanza cristiana, al poder verificar la acción de su Espíritu y su fidelidad amorosa en la vida eclesial.

Entré en el Episcopado en 1977 y encontré un fuerte enfrentamiento entre los obispos “postconciliares” y “preconciliares”, “abiertos” o “cerrados”…, podemos caracterizarlos como queramos, pero los pensamientos y las actitudes tan diversas distaban mucho de mostrar al Episcopado como un cuerpo comunional. Esta situación no era sino un reflejo de lo que ocurría en la Iglesia en nuestro país.

Las distintas conducciones del Episcopado, cada una a su manera, intentaron lograr una mayor comunión. Fue indudablemente un gran paso haber escrito “Iglesia y Comunidad Nacional”, en mayo de 1981. Y un hito importante lo constituyó la proclamación de las primeras “Líneas pastorales para la nueva evangelización”, en abril de 1990 y, más tarde, “Navega mar adentro” en mayo de 2003.

Fue durante la presidencia del cardenal Estanislao Karlic, en la segunda mitad de la década del ‘90, cuando se llegó a plasmar una mayor comunión en el Episcopado. No estamos hablando de uniformidad sino de anteponer la búsqueda de unidad entre líneas de pensamiento y acción que, siendo diversas, pueden converger en un prioritario sentido eclesial. Como es lógico, esta fue una evolución no sólo del cuerpo de los obispos, sino de la Iglesia toda en el país.

De aquellos difíciles años inmediatamente posteriores al Concilio, en los que si algunos fieles participaban de la Eucaristía en distintas parroquias podían sentir que no estaban en la misma Iglesia, ha habido un largo recorrido; gracias a Dios en la actualidad se celebra en forma similar en todas partes.

Es verdad que en general la Iglesia toda en América Latina fue creciendo. Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida tuvieron que ver con esa evolución. Pusieron mucha luz en nuestro camino, de modo tal que hoy, en un contexto cultural adverso, la Iglesia en nuestro país vive animando una acción pastoral que, a mi entender, a lo largo de estos años, ha incorporado fuertes vivencias, fruto en primer lugar de la acción del Espíritu. Y las señalo porque creo que hoy día son opciones asumidas y vividas casi naturalmente. En efecto, con el correr de los tiempos, esto ya está incorporado en nuestra vida eclesial. A veces por escrito, en documentos, pero fundamentalmente vividas con “naturalidad eclesial”.

Quizás el término más apropiado no sea el de opciones. Puede ser más adecuado y expresivo hablar de incorporación de “hábitos virtuosos”. El primero que identifico es la necesidad de una profundización en la dimensión contemplativa. Hoy nadie duda que el principal contexto en el que debemos buscar los caminos pastorales es el de la oración. Para ser más claro debo volver a las primeras líneas de esta reflexión. Yo conocí una Iglesia en la que esta cuestión se discutía y hasta se la llegaba a considerar una pérdida de tiempo, o incluso una alienación.

Actualmente nadie pone en duda que lo primero es rezar. La oración es claramente reconocida como un valor esencial. Y esto no sólo en los sacerdotes sino en todos los miembros del Pueblo de Dios, aunque sean más, seguramente, los que así piensan que los que lo practiquen de modo consistente. No es fácil contabilizar con encuestas si se reza hoy más que antes, pero yo creo que ya nadie cuestiona la importancia de rezar.

El segundo “hábito virtuoso” ya ha sido descripto, y es la búsqueda prioritaria de la comunión eclesial. Aquí también debo repetir que conocí una Iglesia donde algunas personas o grupos se atribuían la posesión plena de la verdad, desacreditando a quien pensara o actuara distinto. La ideología tenía mucho peso y no se hacían esfuerzos para descubrir “la verdad del otro”. Gracias a Dios, hemos superado esa visión de una Iglesia que era la suma (o la resta) de compartimentos estancos. Siempre la comunión es la resultante de una valoración del papel que cada uno cumple de acuerdo a la voluntad de Dios. Y hoy hemos crecido en esa dimensión. Creo que en esta tarea hemos tenido un papel fundamental los obispos como constructores prioritarios de la comunión eclesial.

El tercer “hábito virtuoso” alcanzado, estimo que con mucha claridad después del Concilio, es el ecumenismo. Llegué a escuchar frecuentemente términos como “herejía” y “apostasía”. A nadie se le ocurría hablar de fraternidad ecuménica o de diálogos interreligiosos. Y ya que está de moda usar la palabra “grieta”, podemos con cierto orgullo decir que quizás el único ámbito en el país en el que no existen grietas disolventes es el religioso. Ha sido una de las valiosas gracias que el Espíritu ha suscitado en los distintos credos.

El cuarto “hábito virtuoso” fuerte es la opción preferencial por los pobres. Ha sido explicitado últimamente en los documentos de Francisco, basándose en la Bienaventuranzas y en la descripción del Juicio final en el evangelio de Mateo. Justamente al retomar las audiencias de los miércoles, el Papa ha clarificado mucho más esta opción, como una exigencia evangélica. Fundamentalmente en esta temática se pudieron superar las posiciones ideológicas aunque siempre tengamos que vigilar para no caer en esa tentación.

Una muy buena presentación de este valor la hizo el Episcopado en las primeras “Líneas Pastorales para la nueva evangelización”, acorde con lo que ya expresaba San Pablo VI en Evangelii Nuntiandi (2) : “La predicación de la fe y la promoción de la dignidad humana nunca han de ser presentadas en forma disociada” (LPNE, 22). Expresiones como “paz, pan y trabajo”, “solidaridad” u “hospital de campaña” han sido asimiladas vivencialmente por nuestra Iglesia.

Sin duda, un gran logro fue haber reconocido, en momentos muy difíciles para nuestro país, la religiosidad popular como un muy valioso modo de expresión religiosa. Esta fue una cuestión muy discutida, incluso después de Medellín, y le debemos a la reflexión de teólogos como los padres Gera y Tello, y a la pastoral desarrollada en los santuarios, haber intuido la autenticidad religiosa de las devociones populares.

Y por fin la promoción de una auténtica democracia, tal como los obispos la describimos en “Iglesia y Comunidad Nacional”, con una clara autonomía de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, y un país en constante búsqueda de más trabajo, de más desarrollo que permita que cada habitante se convierta en ciudadano. Una democracia alentada y pensada por nosotros con una clara fortaleza de las instituciones intermedias, que nos alejen de condicionamientos autoritarios. En esta cuestión, que compete más a los laicos que a los obispos, todavía aparecen grietas no fáciles de cerrar, pero en los dos documentos previos a los bicentenarios, los obispos nos hemos comprometido a trabajar por la búsqueda de consensos y acuerdos, reafirmando la opción por fortalecer los valores de la democracia republicana, nunca definitivamente conquistados.

Al describir estos hábitos virtuosos, no deseo caer en un optimismo ingenuo. Ninguno de ellos está totalmente logrado y en todos esos campos podríamos encontrar posturas que expresen matices diversos. Pero como dije al principio, el objetivo de este escrito es mostrar los progresos que el Señor nos ha permitido consolidar en el tiempo, y no caer en la tentación de detenernos sólo en las carencias o defectos que son los que con más frecuencia detectamos y aparecen con prioridad en nuestros intercambios y encuentros.

Hay dos hechos eclesiales de estos últimos tiempos que ponen en evidencia lo anteriormente dicho. Uno es la elección del cardenal Bergoglio al papado. Los últimos papas han surgido de la Curia Vaticana o de episcopados que han alcanzado un cierto grado de identidad. Si nuestra Iglesia en el país no hubiera logrado una mayor comunión, difícilmente hubiera surgido de ella un Papa. El otro es la proclamación de santos y beatos argentinos que de alguna manera son representativos de esas vivencias. El Santo Cura Brochero viene a ser una luminosa síntesis personal de lo anteriormente expuesto.

No hemos de olvidar, sin embargo, que todo hábito virtuoso favorece la realización de una determinada acción buena, pero ha de velarse siempre a fin de preservar y consolidar esas virtudes a lo largo del camino, pues nadie está exento de ser tentado y de terminar perdiéndolas. Y lo mismo ocurre en el plano de la vida eclesial.

Algunos desafíos

En estos últimos años hemos tenido que enfrentar cuestiones muy desgastantes, como la problemática de los abusos, que gracias a Dios se pudo encarar con gran celeridad, y el vigente tema de la defensa a la vida, que seguirá implicando mucha preocupación y dedicación de nuestra parte.

Personalmente creo que, como Iglesia, debemos afirmar la predicación integral del Evangelio con un contenido fuertemente religioso. Uno de los maléficos logros de la cultura actual ha sido el intento de hacer desaparecer a Dios de la vida de nuestro pueblo.

El secularismo y la llamada “dictadura del relativismo” por Benedicto XVI han calado hondo en nuestra sociedad. Pienso que se ha resentido la formación de nuestros laicos y hasta podemos decir que hemos descuidado también la atención de nuestras clases medias, que históricamente han sido las mayores “proveedoras” de vocaciones sacerdotales y religiosas y de dirigentes con verdadero peso en nuestra sociedad. Nos esperan tiempos en los que se multiplicará la pobreza. El desafío será seguir trabajando denodadamente por nuestros hermanos más pobres y, a la vez, no reducir la evangelización a lo asistencial o a la misión de Cáritas. Recordemos que no somos una ONG, como suele decir el papa Francisco.

También debemos continuar pregonando la reconciliación, el diálogo, la búsqueda de consensos y la comunión de los argentinos. Tenemos la experiencia de nuestro accionar en el 2001, pero la gran diferencia es que en ese momento los gobernantes y el pueblo todo propiciaban el diálogo y el encuentro como camino de salida. Ahora esto no está tan claro. Las grietas actuales son mucho más profundas y difíciles de cerrar.

Estas son algunas ideas que deseo compartir, en orden a seguir creciendo en nuestra vida de comunión y misión. Los lectores podrán, en base a su experiencia personal, completar o discutir estas ideas. Insisto en que con mucha frecuencia oímos quejas de nuestra vida eclesial, y pocas veces nos detenemos a valorar lo que el Espíritu viene actuando en nosotros en la historia concreta de nuestro tiempo.

En manos del Señor y de María, nuestra Madre de Luján.

NOTAS

1. Este artículo fue publicado originalmente en “Pastores”, número 68.
2. Entre evangelización y promoción humana (desarrollo, liberación) existen efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la redención que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir y de justicia que hay que restaurar. Vínculos de orden eminentemente evangélico, como es el de la caridad: en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre? (Evangelii Nuntiandi, 31)

1 Readers Commented

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  1. Guillermo Thomas on 19 enero, 2021

    Agradezco a Mons. Casaretto sus palabras, me recuerda que el Señor de la Historia hace actuar Su Espíritu a pesar del pecado de Sus hijos. Estaba algo tentado de descreer en la misión profética de Su Iglesia debido a la tibieza en denunciar que ni sólo la codicia del capitalismo produce injusticias sociales, sino también el robo de quiénes dicen preocuparse por los desposeídis

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