Grandes historias del pequeño mundo

La parábola del buen samaritano se amplía hermosamente, se enriquece y suma nuevos sentidos en dos buenas novelas recientemente llevadas al cine (perdón, deberíamos decir llevadas a las plataformas digitales): Noticias del gran mundo, de Paulette Jiles, que en el original es sólo Noticias del mundo, y La vida ante sí, de Romain Gary. Ambas tienen como protagonistas a una persona grande, agobiada por sus recuerdos, y una criatura de una formación y una raza distintas, perdida en la sociedad que la rodea.
Paulette Kay Jiles, poeta y novelista, estudiosa de lenguas romances e indígenas, supo recorrer diferentes tierras, hablar con gente diversa y hoy, ya grande, vive en un campito con su marido, sus perros y caballos cerca de un lugar que se llama, curiosamente, Utopía, en Texas. Le interesa la historia local y el entendimiento entre las personas, quizá porque un tatarabuelo suyo murió linchado por una turba, nadie sabe por qué razón, si eso tiene razones, dejando cuatro hijos pequeños.
Corresponde citar tres libros suyos, centrados en los ecos de la Guerra de Secesión: Las enemigas, donde aparece lateralmente el viejo capitán sureño Jefferson Kyle Kidd, Noticias del gran mundo y Simon el violinista, desarrollo de un personaje lateral de la novela anterior. Los tres ya están traducidos, lástima que cuestan caro, pero vayamos al segundo.
Wichita Falls, Texas, 1870. La Guerra Civil terminó hace cinco años. El envejecido capitán, que vivió tres guerras, luchó en dos, y piensa que ha quedado viudo como un castigo divino “por las cosas que hice, y las que vi”, ahora, desmovilizado y resignado a la Ocupación del ejército norteño, se gana la vida leyendo las noticias de los periódicos a la gente analfabeta de los pueblos. Siempre le gustó leer. Hace un buen espectáculo, entretiene y alguna enseñanza va dejando.
Un día encuentra a una chiquilina doblemente huérfana. Pequeña, los indios mataron a sus padres inmigrantes. Luego los blancos mataron a sus padres adoptivos indios. Ahora unos racistas mataron al negro que la llevaba a un centro de niños perdidos. De todo esto nos vamos enterando de a poco, así como de a poco se van a ir entendiendo el capitán y la indiecita blanca, mientras viajan rumbo a la casa de unos tíos de la criatura, cerca de San Antonio. Un camino que hoy se hace en seis horas y entonces llevaba tres meses, sorteando a traficantes de niñas, explotadores de fauna y de hombres, y otros peligros. También los tíos pueden ser un peligro, concentrados en el trabajo, absortos en lo suyo. Sencilla en apariencia, aguda en su observación de los vaivenes de la memoria infantil, incisiva en su pintura del ser nacional norteamericano, la novela dice mucho. La película resultante también dice mucho, bajo las formas de un western de estilo clásico, de muy pocos tiros, con un desenlace gracioso y emotivo sin desbordes, y un elenco impecable desde Tom Hanks y la alemancita Helena Zengel hasta el último extra. Fue Hanks quien recomendó hacerla, apenas leyó la novela original. Y Paul Greengrass la dirigió bien, con un ritmo afortunadamente muy distinto al de sus películas pochocleras, lo que se agradece especialmente.
La vida ante sí es otra cosa. A Romain Gary, o Kasew, o Katsev, o Romenas Gari, no le contaron nada. El vivió casi todo. Judío lituano, de niño vagó con su madre por Europa Central hasta asentarse en Francia. Después hizo la guerra como aviador, fue condecorado, se integró al cuerpo diplomático, trabajó en Bolivia, Bulgaria, Norteamérica, se dejó llevar por la bohemia, escribió en abundancia, novelas, memorias, guiones de cine, ensayos. No tuvo equilibrio, y un día se mató.
En su extensa obra –La promesa del alba, Las raíces del cielo, El devorador de estrellas, etcétera, etcétera– refulge La vie devant soi, La vida ante sí. ¿Qué cosas de su vida enfrenta cada tanto una anciana judía, que vivió la peor infancia bajo la guerra, y luego para sobrevivir se hizo mujer de vida fácil, y ya vieja terminó cuidando a los niños de las jóvenes que ahora la reemplazan en la calle? Algunas le pagan, otras directamente abandonan a sus niños. Entre ellos hay un negrito musulmán. ¿Cómo pueden llevarse una vieja judía y un niño musulmán, para colmo díscolo, ya inclinado al delito? Pero él necesita que lo quieran. Y ella también, dura como es. Sobre todo ahora, que nunca tuvo un hijo, se sabe enferma, y en su mirada y sus gestos empieza a manifestarse algo que el niño desconoce: demencia senil. En el pobre suburbio de París donde viven, hay quienes la ayudan: una vecina muy particular, un ex boxeador, un barrendero africano. Y el niño. Ninguno de ellos es “francés de verdad”: la obra también habla de minorías étnicas y racismo.
Madame Rosa se llamó acá y en otros lados la versión que hizo Moshé Mizrahi en 1977, con Simone Signoret, entonces de 56 años, aunque parecía más, y el niño Samy Ben-Youb. La vita davanti a sé, es el título original de la nueva versión, que ha hecho ahora Edoardo Ponti con su madre, Sofía Loren, ya de 86, y el chiquito Ibrahima Gueye, hijo de inmigrantes senegaleses. Película ambientada en la actualidad, pero ya no en París, sino en la parte vieja del puerto de Bari, en el sur de Italia, frente al Adriático, ciudad llena de árabes, subsaharianos y viejos judíos. El drama es el mismo, pero más fuerte, porque la realidad es así. Pero la realidad, y la película, también tienen humor, sueños, momentos de generosidad, agradecimiento y cariño.
Como en el libro, y a diferencia de la anterior versión, las cosas se cuentan desde el punto de vista del chico. Y como era de esperar, doña Loren llega al alma. La escena en que la vemos en la terraza bajo la lluvia, la cara como una máscara de vejez y locura, absorta, como si los malos recuerdos la hubieran venido a visitar para quedarse, sencillamente estremece. Cosa rara, los miembros de la Academia no la nominaron. Tampoco a Tom Hanks, porque, según dicen, “siempre hace de bueno”. No vale la pena opinar sobre esto.

Daniel Sendrós es cronista de cine, periodista y profesor universitario

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