La vejez y la muerte en los diálogos de Platón

Algunas de las observaciones más agudas de Platón acerca de la vejez se encuentran en sus diálogos de madurez, es decir, en los que se supone que escribió entre los cuarenta y los sesenta años, cuando todavía no era anciano. Es cierto que esta clasificación que empleamos entre diálogos de juventud, de madurez y de vejez, más allá de su utilidad orientadora, tiene que tomarse con pinzas. Además de las reticencias de algunos especialistas frente a estos esquemas un poco rígidos, hay un argumento general para desconfiar de nuestra tendencia escolar a clasificar las obras de un autor en términos de fases o periodos. En Envejecer, problema para artistas, Gottfried Benn plantea el caso de los críticos fascinados con hallar en sus autores-fetiche un periodo tardío para fijar en él su propia visión de lo que debería ser la obra de ese artista. “Demasiada escatología, demasiada ideología, evolución al viejo estilo”, dice Benn. Y ejemplifica con un estudioso de la poesía de Reiner Maria Rilke, que distinguía todo aquello que pertenecía a una fase primera del poeta, la de “las tentativas, los esfuerzos, los preparativos”, de la otra, la que expresaba “el ser entero”, la “forma verdadera y propia”. Benn veía, al contrario, en la juventud de Rilke, “poesías de belleza tan perfecta que ningún verdadero y propio podría ganarles en esplendor”.

Con la filosofía de Platón ocurre algo parecido: ¿lo “verdadero y propio” serían las Formas o Ideas, a las que se alude en algunos escritos de madurez? ¿La vivacidad de la indagación moral de los primeros diálogos? ¿O la revisión crítica de la vejez, fecunda y en muchos sentidos sorprendente? Dejamos de lado, entonces, toda connotación evolucionista o teleología subyacente que pudiera implicar la división de los diálogos en juveniles, medios y tardíos. Admitimos que la división sirve, no obstante, como primera guía en el análisis de una obra vasta que se extiende durante más de cinco décadas de intensa producción intelectual. Platón tuvo que haber escrito algunas cosas primero y otras después, y a veces precisamos una hoja de ruta, aunque por su naturaleza esquemática ella no pueda ser más que preliminar.

Por otra parte, no podemos seguir con demasiada firmeza esa clasificación por razones no ya sólo filosóficas sino literarias: Platón es un autor que –cuenta Dionisio de Halicarnaso– “seguía peinando, rizando y haciendo trenzas a sus diálogos hasta los ochenta años”. Por eso debemos resignarnos a ciertos márgenes de imprecisión al tratar el orden de composición de un autor que no deja de pulir sus escritos hasta el final. Hay otra anécdota que circula desde la Antigüedad: junto al lecho de muerte de Platón había tablillas con el comienzo de la República. Un anciano de ochenta y uno, que muere como consecuencia de una caída, cuando regresaba de una fiesta de casamiento, ocupa algunos de sus últimos ratos retocando el diálogo monumental que ha escrito entre los cuarenta y cinco y los cincuenta y cinco. El hombre maduro que observa a la vejez, el anciano que retoca lo que hizo cuando estaba en la mitad del camino de la vida.

La vejez aparece en los diálogos platónicos de diferentes maneras: suele describir el momento en que decantan saber y experiencia (son habituales sus alusiones a la superioridad de los más ancianos: presbýteroi) o puede ser un tema de indagación. Sócrates, personaje central de todos los diálogos juveniles y maduros, no siempre aparece retratado como un anciano. A veces Platón lo pinta como un joven inteligente y audaz pero todavía inexperto, como en el Parménides. En otros, como Lisis y Fedón, Platón retrata al Sócrates que conoció personalmente, al que lo marcó: un hombre de más de sesenta años, de exorbitante vitalidad, que no dejaba indiferente a sus interlocutores, y que transmitía una enseñanza fascinante y paradójica. A veces también aparece como un hombre en sus cincuenta que todavía despierta pasiones, como en el Banquete. Un Sócrates cercano a esa edad interroga al anciano Céfalo en el libro primero de la República. ¿Qué se siente llegar a viejo? Esa es la primera pregunta del gran diálogo de Platón. Dice Sócrates:

Me gustaría saber qué te parece, dado que te hallas en la edad que los poetas llaman umbral de la vejez, si lo consideras como la parte penosa de la vida o de qué otro modo.

Céfalo responde que algunos amigos de su misma edad sufren “rememorando los goces de la juventud” pero aclara que para él y para otros no es así, y cuenta lo siguiente:

Cierta vez estaba junto al poeta Sófocles cuando alguien le preguntó: «¿Y qué tal, Sófocles, con los placeres sexuales? ¿Todavía eres capaz de acostarte con una mujer?» Y él respondió: «Cuida tu lenguaje, hombre; me he liberado de ello tan agradablemente como si me hubiera liberado de un amo loco y salvaje.»

Céfalo opina como Sófocles: la vejez significa “paz y libertad” porque “los apetitos cesan en su vehemencia y aflojan su tensión” y así “nos desembarazamos de multitudes de amos enloquecidos”. Enojarse con la vejez no tiene sentido, dice Céfalo, porque la clave está en tener buen carácter, tolerante y moderado; así los achaques no son más que “una molestia llevadera”; de lo contrario, la vida se vuelve difícil, sea uno joven o anciano. Sócrates escucha como asintiendo pero plantea una objeción (que vale tanto para Céfalo, próspero comerciante, como para Sófocles, el dramaturgo más exitoso de su tiempo). “Muchos dirán que a ti te es fácil sobrellevar la vejez pero no por tu carácter, sino por tener abundante fortuna; pues para los ricos, se dice, hay muchísimas formas de consolarse”. Para Sócrates, lo único que puede ayudar a una buena vejez es haber cultivado la justicia a lo largo de la vida y no solamente un rato antes de morir. Así, la conversación entre los dos avanza cordialmente, pero sin grandes acuerdos: el Sócrates platónico encuentra siempre alguna diferencia de enfoque que pone de relieve un matiz de falsedad en la bonhomía autocomplaciente de Céfalo.

La anécdota de Sófocles puede ser real o un invento, pero tengo la impresión de que Platón observa al poeta trágico y a sus criaturas como contraejemplos. Su actitud ante la vejez queda desestimada implícitamente en la República, junto con la de Céfalo, mientras que la pintura que hace de la buena muerte –y eso voy a argumentar en lo que sigue– parece aludida en forma tácita en el Fedón, con la descripción del modo en que Sócrates afronta su propio final.

El registro detallado de cada paso, antes y después de tomar sin alterarse el veneno indicado por los jueces en la condena, ocupa todo el final del Fedón. Al cabo de la apasionante discusión con sus amigos sobre la inmortalidad del alma y su destino post-mortem, que ocupan la mayor parte de la obra, mientras cae el sol y se acallan las voces, Platón cuenta cómo Sócrates se despidió de su esposa e hijos, y cómo luego, en compañía de sus discípulos, se preparó para morir en paz, cuáles fueron sus últimas palabras y hasta su último estremecimiento. Todo narrado, como señala Dorothy Tarrant, con “la sobriedad de la tragedia ática”. La comparación no es ingenua: en el Fedón, Sócrates, a punto de morir, alude al género trágico. Quien vivió desdeñando placeres superficiales –dice Sócrates– y preservando la excelencia del alma estará dispuesto a marchar al Hades “cuando el destino lo llame”; y sigue:

También vosotros, Simmias y Cebes y los demás, a vuestro turno, en un determinado momento os marcharéis todos. Pero ahora justamente me llama a mí el destino, como diría un hombre trágico. Y es casi la hora de que me encamine al baño. Pues me parece que es mejor que me bañe y beba luego el veneno para no dejar a las mujeres el trabajo de lavar un cadáver.

Algunos han visto en esa alusión al hombre trágico una referencia al Alcestis de Eurípides, pero me parece más plausible una remisión al final del Edipo en Colono, obra en la que también se relatan los últimos momentos de un hombre venerable, rodeado por los suyos. Sófocles la escribió nonagenario, probando con ella ante los jueces su propia salud mental  (frente a la acusación de senilidad que había presentado uno de sus dos hijos). Ignacio Errandonea SJ la considera el “testamento literario” del poeta. No faltan aquí ocasiones en las que Sófocles parece identificarse con este Edipo ya viejo, vulnerable, que se apoya en su hija Antígona mientras repudia al otro, Polinices, y elige para morir, precisamente, la patria del poeta: Colono, en Atenas. Esta identificación no debe haber pasado inadvertida entre los contemporáneos de Sófocles. Y Platón, con su narración de la muerte de Sócrates, parece ofrecer un modelo contrapuesto. En el final del Fedón hay una cantidad de referencias cruzadas a la última obra de Sófocles, con las que el filósofo marca su distancia respecto del patetismo de ese Edipo terminal.

Algunas referencias son simples paralelos, por ejemplo: antes de partir, Edipo pide a Teseo que sea garante de sus hijas Antígona e Ismena; Sócrates pide a sus amigos una garantía para Critón. Las hijas de Edipo lloran y Edipo exclama: “¡Oh hijas, no tenéis ya padre en este día!”. Los discípulos de Sócrates piensan que les tocará recorrer la vida “huérfanos, como privados de un padre”. El rito del lavado del cuerpo antes de morir aparece en la tragedia como una tarea para la cual Edipo reclama ayuda a las hijas. Sócrates en cambio se baña solo para no dejar a las mujeres la penosa tarea de lavar su cadáver. En los instantes previos a la muerte, las hijas de Edipo “lloraban y no dejaban de darse golpes de pecho ni de lamentarse”. Pero el Sócrates de Platón pide que acompañen a su esposa e hijos a casa para evitar un desborde de gritos y lamentos. Las palabras de Sócrates sobre la llamada del destino parecen tomar en sorna la insistencia machacona de Edipo (en los versos 1460, 1472-3, 1511-2 y 1548-9) con las señales del dios, que en el momento final, oculto a los espectadores, se dice que incluso viene por él. Al contrario, el Sócrates del Fedón, que no duda de la supervivencia de su alma (su yo verdadero) junto a la divinidad, atraviesa todo el lento apagarse del cuerpo, ese momento de la más pura humanidad, sin alardes ni deus ex machina. Sus amigos junto a él, en silenciosa vigilia, al final cierran sus ojos y su boca.

Sabemos que hay color platónico en esta pintura del Sócrates final. En todo caso, esa buena muerte sirve de modelo y a la vez de exhortación a llevar, no sólo en la vejez, una vida justa. Porque –como dicen las últimas palabras del Fedón– eso fue Sócrates para Platón: “el mejor hombre de los que conocimos… el más sabio, el más justo”.

Ivana Costa es Doctora en Filosofía. Profesora de Historia de la Filosofía Antigua en UBA y en UCA

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