Los pensionados, grandes consumidores y mucha sabiduría

La cuestión de la ancianidad, la tercera edad, o la cuarta edad, las personas pasivas, las jubilaciones y pensiones, y su relación con la economía, es un tema de gran actualidad en muchas naciones, y con un impacto a futuro enorme.

Algunos aspectos económicos globales y en el país

Desde un punto de vista socio-económico, los actuales sistemas de pensiones y jubilaciones vigentes en muchos países del mundo, entre ellos la Argentina, se basaron en, por lo menos, dos principios relevantes. Uno, que la cantidad de activos en relación a los pasivos era superior o equilibrada. Otro, que las economías tenían y tendrían pleno empleo, o desempleo friccional, es decir, menor al 5%, y que la mayoría de la población sería empleada y aportaría a los sistemas nacionales previsionales.

Esos dos supuestos no existen en la actualidad. La saludable extensión de la esperanza de vida y la caída de la tasa de natalidad rompieron la relación entre activos y pasivos, en casi todo el mundo. La concentración de la riqueza y las nuevas formas de empleo segmentado y calificado, y no masivo, fruto de esta globalización tecnológica, generaron o extendieron la cantidad de excluidos e informales, que no realizan aportes a los sistemas previsionales nacionales.

Además, en algunos países se extendieron notablemente los beneficios para la tercera edad. Por caso la Argentina, con moratorias previsionales a comienzos de la década de 2010, para aquellas personas que no habían aportado al sistema, o habían realizado aportes menores a los esperados, que incorporaron nuevos beneficiarios de las jubilaciones entre los pasivos.

El gasto en jubilaciones es el 40% del gasto público total de la Nación. La recaudación de aportes al sistema previsional apenas cubre el 60% de ese gasto, con lo cual el resto se cubre con impuestos generales. El Sistema de Seguridad Social paga prestaciones a un total aproximado de 17,5 millones de personas, de los cuales nueve millones son jubilados y pensionados. El resto son beneficiarios de la AUH, de planes sociales o de asignaciones familiares. Aproximadamente el 50% de los jubilados cobra el pago mínimo, es decir, quedan por debajo del valor de la canasta de bienes y servicios que necesita para vivir. Son pobres. De los nueve millones de jubilados y pensionados, una buena parte, el 40%, accedió a través de las moratorias citadas. Como existe en 2021 apenas algo más de un trabajador activo por cada jubilado o pensionado, el sistema presenta problemas no sólo hoy, sino que se estima que serán mayores en el futuro.

El modelo de pensiones en la Argentina y en el mundo está en permanente discusión, por la magnitud del gasto público que insume, tanto en pagos como en salud pública. Las recomendaciones en el mundo en general pasan por incrementar la edad de jubilación, tanto en hombres como en las mujeres, bajar el pago inicial de las futuras nuevas jubilaciones, eliminar o reducir los regímenes especiales, eliminar la pensión por viudez para los cónyuges que trabajan o están jubilados (la doble pensión), y, además, hay dudas sobre el funcionamiento y el futuro de los sistemas privados de capitalización. El problema será mayor con el paso de los años por efecto de la caída de la tasa de natalidad, o sea de los activos, que reducirá los aportes y complicará aún más el pago de las pensiones.

Los pensionados también son consumidores y sabios

Un aspecto de la vida económica de los jubilados y pensionados no tenido en cuenta habitualmente es que no sólo son beneficiarios del gasto público, a través del cobro de su pensión, sino que son grandes consumidores. Su propensión marginal a consumir tiende a la unidad, es decir, suelen consumir todo lo que cobran, y generan un impacto relevante en el consumo agregado. Además, son consumidores importantes de bienes culturales.

Es interesante reflexionar acerca de la ancianidad, a partir de algunos aportes religiosos. El trabajo de Daisaku Ikeda (2020)[1] es una buena aproximación desde el budismo. Explica, entre otros temas, los problemas que trae la vejez, que tienen aspectos biológicos, psicológicos y sociales: enfermedades –sobre todo del cerebro–, trastornos y depresiones, angustia, soledad, sentirse poco útiles, problemas para los cuales se requiere un trabajo interdisciplinario para lograr resultados de mejor calidad de vida.

A la enfermedad y desgaste del cuerpo, se suma la visión de la sociedad, y el impacto de la economía: el retiro obligatorio, la jubilación, la marginación, el abandono de los hijos a veces por motivos de exceso de ocupaciones en la vida moderna, o de grandes distancias en las metrópolis,  entre otros.

Pero si bien se deterioran los órganos vitales, en materia de energía, espiritualidad y sabiduría, según el budismo existen fuerzas distintas en cada persona que impactan favorablemente en la salud. Es clave una mayor sanidad mental para lograr una mejor vida integral-física, y para ello se debe revalorar a las personas mayores como fuente de sabiduría. A contramano, una cultura que sobrevalora la juventud y la plenitud física, en detrimento de los distintos valores de la vejez, que pasan por la experiencia, el discernimiento y la sabiduría, es una cultura de descarte, como señala el papa Francisco, que recurrentemente vuelve sobre este concepto.

Las personas mayores deberían mantener una activa vida social y también mental –vía juegos como el ajedrez, la música, hablar idiomas, para evitar, además, por ejemplo, el Alzeihmer–, ser flexibles a nuevas actividades, y sobre todo, conservar el sentido del humor.

La muerte es inevitable y es parte de la vida. Como cristianos, si creemos en la resurrección –si no creemos o creemos a medias hay un problema– o en el budismo, con la “transitoriedad de todos los fenómenos”, donde la muerte incluye la vida humana, la vida plena de la edad mayor es un paso necesario y a disfrutar. El temor a la muerte, evidenciado por el miedo al COVID-19, nos pone frente a nuestras propias creencias verdaderas. 

Las personas de mayor edad son fuente de sabiduría, son grandes consumidores, y son activos partícipes de la vida cultural. No deben ser percibidas como una carga fiscal, o como un problema para los hijos cuando deben decidir cuestiones relacionadas con enfermedades graves o internación. Todo esto es parte de la vida, de un proceso, donde los mayores son sabios hermanos que nos acompañan en el camino de la vida. Su atención, además, debería ser objeto de la política presupuestaria no sólo en materia de pagos de pensiones, sino en oferta de bienes culturales y de salud pública acordes a un digno cierre de esta etapa de la vida.


[1] Develando los misterios del nacimiento y la muerte. Editorial Azul Indigo. 2da ed. Buenos Aires. 

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