¿Por qué votar?

Reproducimos el editorial de la edición 1910, correspondiente al 22 de septiembre de 1983, pocos meses antes de la recuperación de la democracia, cuando Raúl Alfonsín se convirtió en el primer Presidente electo después del golpe militar de 1976.

El presente número de Criterio llegará a sus lectores pocas semanas antes de las elecciones nacionales.

El voto sucederá, pues, a casi diez años de la última experiencia cívica militar. Para poco menos de cuatro millones de jóvenes, este voto será el primero. Para más del doble de esa población, este voto será el segundo. Pero para la enorme mayoría de los hombres y mujeres habilitados para los comicios –y probablemente para todos los millones de votantes potenciales, si se descuentan quienes por razones de edad están eximidos de la obligatoriedad del sufragio– este voto sucederá a toda una vida con conciencia política en la que no hemos conocido la experiencia efectiva de una democracia constitucional en funcionamiento pleno.  Pensemos, sencillamente, que quienes superan los sesenta años de edad entre nuestros contemporáneos habían entrado a la vida cívica en los años ’20, y sólo ellos guardan, quizás, cierta memoria de un fragmento de la vida nacional en que se comenzó a experimentar el ejercicio de una democracia constitucional embrionaria. Esa experiencia duró menos de quince años: menos de un diez por ciento de nuestra biografía colectiva. Magro porcentaje para hacer una tradición. Insuficiente para arraigar hábitos y costumbres de competencia leal, participación responsable, y para hacer una cultura democrática en términos políticos. Esa experiencia atravesó los “felices años 20” mientras fraguaban los factores de crisis que hicieron claudicar para siempre, o hasta ahora, el intento de consolidar un sistema político democrático competitivo y civilizado. La enorme mayoría de nuestros contemporáneos políticamente activos ha vivido, pues, el “ciclo militar” de una Argentina alterada por el fraude, la opresión de las minorías, la proscripción y la violencia.

No se trata de posponer ahora una lectura de la historia sin embargo indispensable para entender la actualidad y evitar errores graves en el diagnóstico de nuestra crisis. Es suficiente, para nuestro propósito inmediato, que esa lectura se tenga presente, y se haga con los labios y la pluma limpios, para no ensuciar las verdades. Un filósofo de la libertad, un sociólogo de las culturas políticas como Alexis de Tocqueville, supo escribir en sus días postreros según papeles todavía inéditos depositados en alguna universidad norteamericana, que toda su vida intelectual podía resumirla como una larga reflexión sobre la cultura cívica en las sociedades democráticas. Esa cultura, pensó siempre, no se adquiere sólo por las leyes sino por el cultivo de hábitos y costumbres, y de mentalidades dispuestas a evitar los riesgos de la corrupción, por exceso o por defecto como decían los clásicos, del ideal democrático hecho sistema político. Los argentinos carecemos de esa cultura arraigada; no tenemos, literalmente, tradición democrática política. Y es muy importante que en estos momentos nos aprestemos a votar a partir del reconocimiento leal de esa realidad negativa. El temor a un buen realismo, a una aceptación madura de la realidad para transformarla si es precios, pero desde ella y no sólo desde nuestros mejores deseos, ha sido una de las causas profundas del mal que padecemos.

Por qué votar, pues, es una pregunta anterior a por quién votar. Llegaremos al día del voto en medio de la turbulencia de un régimen militar fracasado que no ha sabido, siquiera, pensar con prudencia una estrategia para la transición democrática. Ese régimen ha sido juzgado, y no nos detendremos ahora a resumir los fundamentos de ese juicio negativo que ningún argentino sensato desconoce, aunque discrepe en el énfasis o en el inventario de los argumentos. Pero es importante que los argentinos reflexionemos sobre el sentido del voto aun en medio de nuestras preferencias partidarias o ideológicas. El hombre necesita saber en nombre de qué sigue o rechaza las acciones de los otros, tolera, aprueba o adhiere o protesta. Qué valores le sirven de referencia, qué criterio presiden sus opciones. Viejo asunto que se vincula con el porqué de los juicios humanos, de sus acciones, de sus justificaciones.

Si esta elección habrá de ser la primera manifestación de una voluntad mayoritaria enderezada a concluir un largo ciclo autoritario con “entremeses” constitucionales, y por lo tanto el prólogo de un ciclo constitucional civilizado y digno, dependerá en buena medida del sentido que se otorgue al voto. Al fin y al cabo, el voto es la expresión más elemental de la participación política, y si no aparece sustantivo a los poderosos acostumbrados a disponer de comunicaciones directas con los que mandan, lo es para millones de hombres y mujeres para quienes las elecciones son una manera –y tal vez la única en períodos extensos– de manifestar sus intereses genuinos y los valores preciados.

Nadie ignora, en efecto, que las preferencias políticas del elector suelen estar en relación estrecha con sus intereses, con la familia espiritual a la que pertenece, con su clase social o con su posición económica. Pero las “predisposiciones políticas” que en tiempos calmos o en las democracias que funcionan se reflejan en el voto son complicadas, por decirlo así, cuando el elector se hace cargo de que está en juego no sólo su interés genuino, sino el escenario futuro de su vida pública y privada y la suerte del tipo de Estado, de sociedad y de nación que prefiere. Este es el caso argentino. Antes que por tal o cual partido o candidato, estamos llamados a votar, pues, motivados por ciertos valores, por ciertos estilos, por ciertos principios, por ciertas calidades.

Esta exigencia para una nación en peligro de desintegración y en la pendiente de su declinación –peligro que debemos aventar, pendiente que debemos remontar– se presente a los partidos políticos mismos, aunque a menudo no aparezca explícita en sus manifestaciones coyunturales. La clase política responsable sabe que está llamada a construir un “sistema de partidos” como condición necesaria para la estabilidad del sistema político democrático y para su propia supervivencia. Y presiente que está sometida a una doble exigencia: el elector buscará en su partido la expresión de sus preocupaciones personales y la defensa de sus intereses; pero el partido deberá concurrir a la formación de una opinión y de una voluntad, a la toma de decisiones colectivas de emergencia nacional y a la creación de hábitos y costumbres competitivos y participativos que se impongan incluso al elector aunque contradigan sus preferencias, si en verdad la clase política actúa a la medida del desafío de una Argentina invertebrada.

La construcción de una voluntad colectiva por aplicación de la regla mayoritaria tendrá sentido democrático auténticamente pluralista y noble si la significación del voto es asumida por los electores y por los partidos políticos. Cada votante, pero sobre todo cada dirigente político responsable de su misión, debe saber que el 30 de octubre estaremos votando no sólo por nuestros intereses individuales sino por cuestiones decisivas y por estilos sustantivos para salir de la selva y entrar en el mundo de la ley y de la autoridad con justicia.

Al elector concierne reflexionar su voto sin excluir sus preferencias, sabiendo que es tan legítimo votar por quien realmente quiera como por quien considere el “mal menor” en relación con el voto que considera ideal. En el primer caso habrá dado su voto a vencedores o perdedores probables, pero la decisión estará justificada porque de esa manera habrá alentado al perdedor para que siga compitiendo en el futuro. En el segundo, porque el menor mal en una elección presidencial mientras sirva a la estabilidad del sistema político, dará ocasión para votar por el preferido en comicios sucesivos. Y esto sin perjuicio de recordar que el elector puede combinar boletas y mezclar, por lo tanto, lo que siente como opción forzada con lo que percibe como elección genuina. En todo caso, el primero significado del voto en una Argentina en transición a la democracia, debe ser el del gesto en favor del sistema político deseable. Dicho de una manera gráfica pero no grosera para un argentino realista: vamos a votar en el 83 asumiendo que podremos volver a votar en el 85. Y votaremos así contra quienes irán a los comicios en el 83 como un ritual sin convicción, asumiendo que comenzarán a conspirar en el 84…

El elector, en la Argentina del 83, no debe ser un solitario desde antes de entrar en el “cuarto oscuro” –único lugar de soledad física en esta emergencia política– sino un ser solidario con la resolución de ciertas cuestiones decisivas.

Nuestro voto ¿servirá o no a la consolidación de un sistema político democrático, por lo tanto tan lejano del autoritarismo de oligarquías civiles o militares como del “despotismo mayoritario”? ¿Nuestro voto servirá al “partido de la guerra” o al “partido de la paz”, dado que hay belicistas con curriculum y partidarios de la paz como empresa posible e inteligente? ¿Nuestro voto servirá a la conciliación de la libertad con la igualdad, o al autoritarismo encubierto? ¿Nuestro voto servirá a la seguridad en la leu, o a los justicieros más allá de la ley? ¿Nuestro voto servirá a aun economía racional con justicia social, o a la desaprensión tecnocrática o demagógica, que al cabo se acompañan más de lo que se rechazan? ¿Nuestro voto servirá a la promoción de los que viven en pobreza extrema? ¿Nuestro voto servirá a la vigencia efectiva de la forma de gobiernos de la Constitución Nacional, o a los “empresarios ideológicos” que hacen de la ley constitucional una táctica y de la democracia una víctima ingenua de la violación probable? Nuestro voto, en fin, ¿será guiado por reflexiones éticas –válidas, por lo tanto, para todo hombre de buena voluntad– como las contenidas en el excelente documento eclesial llamad Camino de la reconciliación (11-8-82) cuando dice, por ejemplo: “Los partidos tendrá títulos para la confianza sólo si los hombres propuestos son en verdad personas de capacidad política e integridad moral, la cual incluye desinterés y abnegación. Los partidos, pues, deben ser confiables no sólo por sus programas sino también por la calidad ética de sus hombres”?

Hay una historia reciente que no ocupa sólo los siete años del régimen militar último, como cierta demagogia intelectual demasiado fácil y peligrosamente frívola o trivialmente oportunista exhibe sin crítica ni autocrítica honesta. Y esa historia contiene dramas y tragedias, dilemas y cuestiones que claman por un voto reflexivo que concilie el interés individual con el bien común maltrecho por lustros de violencia, autoritarismo, corrupción y escepticismo colectivo. Si la democracia es participación competitiva de la persona humana en la elaboración del destino colectivo, el voto es el primero paso en esa dirección. No confundamos problemas –incluso graves y sustantivos– con cuestiones decisivas y previas. No recaigamos en el error de creer que es suficiente llamar la atención sobre temas importantes como el divorcio sin alertar, por lo menos al mismo tiempo, que para defender las posiciones que consideramos legítimas o mejores debemos contar con un sistema político civilizado, con libertad de expresión y de participación, y con los derechos fundamentales que nos permitirán reconstruir el bien común maltrecho. Porque puede haber el cuidado de las virtudes privadas y sin embargo tan graves y profundos vicios públicos, que en cierto momento aquéllas pueden quedar relegadas a hogares asediados por la discordia, y no abrigados por la amistad civil.

Separamos, pues, por qué votar para entender por quién votar. Procuremos, en fin, votar sin olvidar las lecciones dramáticas que nos está legando un “proceso” tan arrogante como, al cabo, irresponsable, pero también la historia de otros años de distinta crueldad que precedieron al 76. Porque el mal argentino cala tan hondo que tanto los “buscadores de grandeza” del 66, los “liberadores de la violencia” del 73, los fascistas alucinantes y los “salvadores de la patria” son expresiones malignas de la inmoralidad política, de nuestros vicios públicos, que deben ser purgados como medios dignos de los fines que apreciamos.

1 Readers Commented

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  1. Gracias Critertio por esta reflexion tan oportuna en los tiempos actuales del 2021

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