La cuestión del cambio climático se ha convertido en un debate que cataliza visiones científicas, filosóficas, religiosas e incluso disposiciones psicológicas. Se puede comenzar afirmando que hay un núcleo razonablemente seguro en la discusión: la mayor parte de la comunidad científica coincide en que se está desarrollando un proceso de calentamiento global, en el cual la actividad humana tiene una importante influencia.[1] Esta afirmación ampliamente consensuada permite tomar distancia del liso y llano negacionismo, sin caer en el peligro opuesto, el catastrofismo.

Por alguna razón, este último problema no parece despertar la misma preocupación que el primero. Sin embargo, hay importantes estudios sobre la incidencia que el alarmismo climático está teniendo en muchos países, al generar un aumento de la ansiedad y la depresión, sobre todo entre los niños.[2] Quienes no admiten ser desafiados en su pesimismo, invocan la autoridad de “la” ciencia para acallar cualquier disenso. Pero en realidad –como aclara Michael Shellenberger–[3] la comunidad científica elabora cautelosamente distintos escenarios posibles para el futuro, algunos más positivos y otros más negativos. Centrarse sólo en estos últimos e interpretarlos como “predicciones” es fuente de temores exagerados, que pueden llevar a gruesos errores en el campo de las políticas para afrontar el desafío ecológico.

Entre estos errores, se encuentra el de tratar de reducir las emisiones de carbono a costa del desarrollo económico, cuando son las naciones desarrolladas las que más han reducido las mismas en las últimas dos décadas. En Europa, las emisiones en 2018 fueron un 23 por ciento inferiores a los niveles de 1990. En Estados Unidos, las emisiones cayeron un 15 por ciento entre 2005 y 2016. Alemania, Gran Bretaña y Francia alcanzaron el punto máximo de emisión de carbono para la producción de energía en la década del ’70, para luego comenzar a disminuir gracias al cambio del carbón al gas natural y a la energía atómica (tecnologías a las cuales los activistas climáticos como la joven Greta Thunberg se oponen obstinadamente). Se puede suponer que las emisiones de los países en desarrollo se elevarán hasta cierto punto para luego volver a caer una vez que alcancen un nivel de prosperidad similar al de los países avanzados.

De ahí que muchos estudiosos consideren que las políticas ecológicas deberían definirse por un sobrio cálculo costo-beneficio: en vez de gastar enormes recursos u obstaculizar seriamente el crecimiento de los países pobres para obtener reducciones casi irrelevantes en la emisión de carbono, bastaría una fracción de dichos recursos para producir efectos mucho más relevantes para la vida de las poblaciones vulnerables, que los pondrían en mejores condiciones de afrontar los cambios que inevitablemente sobrevendrán. Esta es la posición del reconocido especialista sueco Bjon Lomborg, desarrollada en sus obras The Skeptical Environmentalist (1998), Cool it (2010) y False Alarm (2020). Este autor organizó en 2004 el denominado Consenso de Copenhagen,[4] que reunió economistas de primera línea (incluyendo a cuatro premios Nobel) para definir las prioridades que deberían guiar las políticas ante el desafío climático. El resultado se refleja en la siguiente tabla:

PERSONAS

Reducir la malnutrición crónica en 40%

Reducir a la mitad la infección por malaria

Reducir las muertes por tuberculosis en un 90%

Evitar, 1,1 millones de infecciones por VIH mediante la circuncisión

Reducir la muerte prematura por enfermedades crónicas en 1/3

Reducir la mortalidad neonatal en un 70%

Aumentar la inmunización para reducir la mortalidad infantil en un 25%

Hacer que la planificación familiar esté al alcance de todos

Eliminar la violencia contra mujeres y niñas

PLANETA

Eliminar los subsidios a los combustibles fósiles

Reducir a la mitad la pérdida de los arrecifes de coral

Aplicar impuestos a los daños de contaminación por energía

Reducir la contaminación en el aire interior en un 20%

PROSPERIDAD

Reducir las restricciones comerciales (Doha completo)

Mejorar la igualdad de género en la propiedad, los negocios y la política

Impulsar el crecimiento del rendimiento agrícola en un 40%

Aumentar la educación de las niñas en dos años

Lograr la enseñanza primaria universal en el África subsahariana

Triplicar la asistencia a preescolar en el África subsahariana

La tabla enumera prioridades según la efectividad de cada dólar invertido en ellas. Entre las mismas, figura la lucha contra las enfermedades, la malnutrición y la liberalización del comercio, con la supresión de los subsidios agrícolas de los países desarrollados. Por ejemplo, 12.000 millones de dólares invertidos en la lucha contra la malnutrición disminuiría a la mitad los efectos negativos y las tasas de mortalidad por esa causa, produciendo un rendimiento de más de 30 dólares por cada dólar invertido. La malaria infecta a dos millones de personas por año. Con una inversión de sólo 12.000 millones de dólares se podría disminuir la mortalidad de niños menores de 5 años en un 72%, con lo cual se obtendrían unos 10 dólares por cada dólar gastado. Eliminar los subsidios agrícolas y liberalizar el comercio internacional generaría, según algunos modelos, 2.4 trillones de dólares (es decir, millones de millones), la mitad de lo cual iría en beneficio de los países en desarrollo, con un rendimiento de más de 15 dólares por cada dólar gastado (en compensar a los beneficiarios de tales subsidios).

Los problemas de cambio climático sobrevendrán y probablemente se harán sentir con toda su intensidad para el 2100. Pero las Naciones Unidas esperan que, para entonces, el ingreso de los países ricos se haya multiplicado 6 veces, y 12 veces el de los países pobres (que gozarían de un ingreso promedio de 100.000 dólares anuales, y en la peor de las previsiones, de 27.000 dólares). Personas y países con mayores recursos estarán en mejores condiciones de afrontar las consecuencias del calentamiento global. En consecuencia, sostiene Lomborg, lo más razonable no es tanto reducir a toda costa la emisión de carbono (con efectos sólo de largo plazo) sino ante todo ayudar a los pobres hoy –en especial a quienes se encuentran en pobreza absoluta (con un ingreso menor a 1,90 dólares diarios)– para que superen lo más pronto posible su situación.

Steven Pinker, en su reconocida obra Enlightenment Now (2018), critica duramente la idea de que para “salvar el planeta” sea necesario frenar el crecimiento económico y la industrialización. El “ecomodernismo” que propone parte del hecho de que no es posible producir energía sin generar al mismo tiempo un cierto grado de polución. Desde los albores de la historia el ser humano ha contaminado el ecosistema en su lucha por la supervivencia. La industrialización, como reciente etapa de esa historia, ha sido en términos generales un salto cualitativo en el bienestar de la humanidad. La cuestión está en determinar el “nivel óptimo de polución” del ambiente. Y afirma, como los autores anteriormente mencionados, que cuanto más ricos son los países, mejores son sus estándares ecológicos.[5]

Pinker señala, por otro lado, que para muchos ecologistas y paleontólogos la idea de que el ser humano está causando una extinción masiva de especies es hiperbólica.[6] Y agrega que procesos como la densificación (producir con menos materia y energía); desmaterialización (hoy, por ejemplo, usamos cada vez menos papel, y tomamos fotos con nuestro celular); y la transición demográfica (la vida urbana consume menos recursos), se van produciendo de un modo mayormente espontáneo y van liberando el florecimiento humano de la explotación de recursos físicos.

Esto no le impide reconocer que el cambio climático es preocupante, y que no se resolverá por sí mismo. Es preciso –sostiene Pinker– que el aumento de la temperatura global no exceda los 2°, para lo cual a mediados de siglo las emisiones de carbono deberían ser reducidas a la mitad, y eliminadas totalmente para fines de siglo, además de tomar medidas para disminuir la concentración de carbono que permanecerá en la atmósfera, en cualquier caso. Entre las propuestas para lograr dicho objetivo, revisten especial importancia los impuestos a la emisión de carbono, y la utilización de energía nuclear (cuya seguridad ha mejorado sustancialmente en las nuevas generaciones de reactores, como aquellos instalados en Suecia, Francia y Corea del Sud). El éxito de la decarbonización profunda dependerá en buena medida del progreso tecnológico en el desarrollo de energías más limpias.

En resumen, para los autores mencionados no podemos entregarnos a un optimismo complaciente, pero sí a uno responsable, activo y condicional. El fundamento empírico de sus propuestas no es incuestionable, pero sus voces merecen ser escuchadas en un debate siempre acechado por el fanatismo moralizante, la ideología, y el activismo ciego.


[1] Cf. Scientific consensus on anthropogenic climate change: NASA, “Scientific Consensus: Earth’s Climate Is Warming,” http:// climate.nasa.gov/ scientific-consensus/.

Pinker, Steven. Enlightenment Now (p. 541). Penguin Publishing Group. Edición de Kindle.

[2] Cf. Mary Ward, «Climate Anxiety is Real, and Young People Are Feeling It», The Sydney Morning Herald, 20 de septiembre de 2019, disponible en: < https:// www.smh.com.au/ lifestyle/ health-and-wellness/ climate-anxiety-is-real-and-young-people-are-feeling-it-20190918-p52soj.html >.

[3] M. Schellenberger, No hay apocalipsis, Barcelona, Deusto, 2021.

[4] Puede consultarse la versión en español, con un desarrollo sintético, en: https://www.copenhagenconsensus.com/sites/default/files/booklet_design_1.pdf.

[5] Según los informes del Environmental Performance Index, que releva los datos de 180 países, con excepción de dos, todos los restantes han mejorado sus parámetros ambientales: Environmental Performance Index, http:// epi.yale.edu/ country-rankings.

[6] Para Stewart Brand, las predicciones catastróficas presuponen que todas las especies amenazadas se extinguirán, y que dicha tendencia continuará por siglos. Nada de eso parece realista, Cf. S. Brand, “Rethinking Extinction”: https://aeon.co/essays/we-are-not-edging-up-to-a-mass-extinction.

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