Algunas notas para entender y orientar el rebrote tradicionalista en pleno siglo XXI.
Asistimos a un fenómeno desconcertante. En el concierto de ideologías y búsquedas genuinas de sentido, despuntan brotes de catolicismo explícito. En lo local, influencers seguidos por millones se convierten y se hacen bautizar. Algunos recitan al aire el credo largo, el niceno constantinopolitano. Un programa de streaming muy exitoso recluta a un cura entre sus panelistas, que llega con su camisa de clergy e interactúa como uno más. En lo internacional, las redes se pueblan de monjas simpáticas que explican su estilo de vida o hacen bailecitos descontracturados. El filósofo más leído de la actualidad, Byung-Chul Han, le dedica párrafos a los místicos y a la mismísima eucaristía. O referentes contemporáneos del show biz manifiestan su respeto auténtico al catolicismo: la misma Rosalía sacó un último disco en el que aparece vestida de monja, le canta al Cristo de los diamantes, y otros temas de esta entrega llevan títulos impensables poco tiempo atrás: Divinize, Dios es un stalker, La rumba del perdón, etc. Jaime Lorente, el actor español que encarna a Denver en La casa de papel, cuenta en reportajes de forma abierta y valiente que va a misa cada vez que puede y que su fe en Cristo lo salvó. En los Estados Unidos, los actores Mark Whalberg y Jonathan Roumie aparecen en las redes con sus frentes marcadas con las cenizas del miércoles de ceniza. Y el espectro político también se suma al fenómeno: el mismísimo delfín de Trump, Marcos Rubio, y Vance, el vicepresidente. Uno no puede más que restregarse los ojos y preguntarse qué sucedió para pasar, sin buscarlo, de los márgenes al foco de la atención pública.
¿Estamos ante un hecho curioso y pasajero? ¿O se trata de una nueva sensibilidad cultural y espiritual en plena conformación? El tiempo lo dirá. Pero hay prácticas pastorales que llevan a pensar más bien en lo segundo. Tanto en la ciudad de Buenos Aires como en el conurbano hay emergentes sorpresivos: muchos adolescentes (también adultos) se ven atraídos por prácticas consideradas tradicionalistas o conservadoras por la media eclesial: cantos preconciliares en latín, adoración eucarística, retiros rigurosos, peregrinaciones centradas en el concepto de entrega, sacrificio, etc. La Teología del cuerpo de Juan Pablo II cobra un protagonismo inusitado en charlas y cursos de formación. Varios toman la comunión de rodillas y en la boca. Reaparecen mantillas, canciones que fueron deliberadamente excluidas de los cancioneros parroquiales ahora vuelven triunfantes. Y no sucede sólo aquí. En Francia, con los seminarios diocesanos vacíos, miran con asombro las vocaciones que abundan en el Chemin Neuf, el movimiento de origen carismático que vuelve con prácticas y estéticas que destacan lo sagrado ante tanto secularismo.
Pareciera que el agotamiento posmoderno de la finitud y del límite lleva a buscar trascendencia donde antes sólo había saturación de lo histórico y de lo inmanente. El mismo transhumanismo muestra que el hombre se hartó de la estrechez de la identidad fija, de lo de siempre, y que busca ir más allá. El reciente documento Quo vadis, humanitas? de la Comisión Teológica Internacional conecta el misterio de la divinización como la respuesta genuinamente cristiana a la tendencia latente en este tiempo de ir más allá de sí. El hartazgo de lo propio se refleja en la recurrencia del prefijo trans: transexual, transespecie (los insólitos therians), transhumanismo, etc. El clamor por la trascendencia es apabullante, aunque haya que leerlo en distintos fragmentos del presente, a veces inconexos a primera vista.
Es que estamos “heridos de infinito”, como dijo un poeta. Un irreverente de Lubac provocaba al establishment en la década del ‘50 proclamando que somos “deseo constitutivo y absoluto de lo sobrenatural”, y lo secundaba K. Rahner con su sugerente teoría del existenciario sobrenatural: hay un elemento prepersonal que está ínsito en nuestra existencia concreta y que nos orienta constitutivamente a lo sagrado. “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón quedará inquieto hasta que descanse en ti” proclama Agustín en Confesiones. Sin sorpresas entonces ante el hecho de que interiormente la experiencia de lo finito nos recuerde nuestro origen pascual.
Por eso, una vez más y en el epicentro de una posmodernidad secular y reacia a cualquier asimetría que genere dependencias, vale la pena preguntarse por lo sagrado. ¿Qué es? ¿Qué misión cumple en lo cotidiano? ¿Cómo se accede a él? Y la fenomenología de la religión nos dice lo de siempre: lo sagrado es lo otro, lo totalmente otro. Lo distinto, lo diferente, lo que sorprende, fascina, lo inaferrable, o que rapta, cautiva y nos envuelve en su misterio. ¿Lo que hace temblar? También: aunque se pueda leer mal este rasgo esencial de lo sagrado, que es fascinans et tremens… por su inmensidad, por el contraste con la pequeñez que se abre a lo inconmensurable que puede sostenerlo compasivamente o tragarlo, cual Saturno en las pinturas negras de Goya.
Lo sagrado es lo otro, lo diferente, de toda la vida. Lo cautivante, lo que encanta y que hace temblar. Por eso atrae lo numinoso: porque nuestra condición de creaturas implica la finitud, la incompletud, pero el espíritu tiende a la plenitud. Está en nuestro núcleo. En un mundo desencantado, necesitamos algo que nos traslade. Nos haga transitar. Nos traspase y haga traspasar. Nos haga trascender. No por nada el cuadro de la Transfiguración es tan sugerente para la antropología contemporánea. Así lo dice Sequeri: en la Transfiguración se revela lo que estamos llamados a ser. Nuestro destino, nuestra identidad, nuestra fuerza que nos modela en el presente.
Ahora bien: ¿el reaparecer de la sed de lo sagrado implica inexorablemente la vuelta a lo solemne? La pregunta resulta oportuna porque en los emergentes locales la respuesta es afirmativa. Lo asimétrico, lo distinto y lo inmenso anhelado se expresa en contextos y liturgias que recuerdan lo antiguo, lo preconciliar y magnífico. Templos altos, ambientaciones impactantes, incienso, jaculatorias y alabanzas en lenguas ya no tan muertas. Tronos, dominaciones, principados y potestades. Puttinis y bóvedas celestes. Volutas doradas y juegos de luces. ¿Vuelve el “más es más”? Todo parece mostrar una sed de un Dios que sea muy Dios, que se reafirme en su inmensidad inabarcable.
Es posible que, en estas preferencias, además de un movimiento genuino hacia lo divino, haya una reacción dialéctica a un estilo ramplón, a veces chabacano, que las liturgias de aquí y de allá fueron adoptando en busca de cercanía radical. Se trata del mismo bamboleo pendular que sufrió (¿o gozó?) la Cristología contemporánea: de un Cristo preconciliar que era inexorablemente más Dios que hombre y que venía a juzgar a los vivos y a los muertos a un Jesús plenamente humano, pero rebajado en su misterio, que debía dar cuentas de su origen divino. La tensión de siempre, pero revisitada. ¿Demasiado divino? No, porque sofoca y aplasta. Habrá que matar a este dios para que surja el superhombre. ¿Demasiado humano? Los indicios más recientes llevan a sospechar que tampoco, porque un Jesús amigo que sólo se entrega por amor pero que no resucita y no tiene en sus manos la historia, simplemente no salva.
¿Cómo encauzar esta inquietud prometedora, sugerente y para muchos también preocupante? El presente ya no alcanza, mal que le pese a Eckart Tolle. Porque el presente sin futuro no lleva a nada. Se eterniza el instante y el instante tiene gusto a poco. A casi nada, diremos. Demasiado fugaz para el corazón sediento de todo. La pregunta surge entonces: ¿es posible restaurar el protagonismo de la búsqueda de lo trascendente sin sacrificar en el camino las conquistas de las últimas décadas como el sentido de la historia, el compromiso por el otro, la valoración de la humanidad, la horizontalidad de la fe y el modo comunitario de nuestro caminar? Porque todo esto, también querido por el Espíritu y parido con dolor, puede desaparecer si simplemente volvemos al modo preconciliar que evocan tanto la estética como la moral y la teología únicamente sensibles al Dios que trasciende el presente y, en definitiva, parece desencarnarse y por ese mismo motivo, descristianizarse.
Memoria de futuro
Así dadas las cosas, el resurgir genuino de la sed de lo sagrado comportaría un riesgo: la infidelidad al presente, que lleva a refugiarnos en las formas que lo expresaban hace siglos, cuando no teníamos conciencia ni experiencia de otras facetas del Misterio que el mismo Dios quiso darnos en las últimas décadas. Es el mismo Espíritu, el que circula entre el cuerpo de Jesús resucitado y las venas de los que somos su cuerpo místico, el que se encarga de atraernos hacia las partes del misterio que no conocemos.
Por eso, la monición del salmo 97: “Canten al Señor un canto nuevo” tiene como principal agente al mismo Espíritu exhalado por el Resucitado, por el Cristo Alfa y Omega, pero en este contexto es primero Omega, porque el que nos atrae es el que está por venir. De aquí la verdadera y eterna novedad del Evangelio, el Dios que nos atrae hacia la vida plena del vínculo, tal como lo hacía en el Antiguo Testamento: “¡Y yo había enseñado a caminar a Efraím, lo tomaba por los brazos! …Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor” (Os 11,3-4). Esa atracción amorosa, a la luz de la novedad neotestamentaria, es totalmente pascual y por eso definitiva: “Cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32).
La teología oriental está fraguada en el Evento Pascual, y de allí le viene una impostación muy sana que nos ilumina en estos temas. Los ortodoxos dirían que lo que nos “aqueja” no es otra cosa que nostalgia de futuro. No de pasado, sino de futuro. La novedad de lo definitivo nos marca y nos hace gravitar hacia ella. Así funciona en la Escritura la dimensión de la fe que nos conecta con el misterio de la plenitud que nos espera. Cada vez que el judío recuerda de dónde viene, de las maravillas del Señor, lo hace no para amarrarse al pasado que no volverá sino para aprender a esperar con un corazón más despejado la nueva acción de Dios en su favor. Es el conocidísimo Shemá Israel, el texto hace las veces del Credo para el judío:
Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos, y háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte. Átalas a tu mano como un signo, y que estén como una marca sobre tu frente. Escríbelas en las puertas de tu casa y en sus postes. Cuando el Señor, tu Dios te introduzca en la tierra que él te dará, porque así lo juró a tus padres, a Abraham, a Isaac y a Jacob en ciudades grandes y prósperas que tú no levantaste; en casas colmadas de toda clase de bienes, que tú no acumulaste; en pozos que tú no cavaste; en viñedos y olivares que tú no plantaste y cuando comas hasta saciarte, ten cuidado de no olvidar al Señor que te hizo salir de Egipto, de un lugar de esclavitud. Teme al Señor tu Dios, sírvelo y jura por su Nombre (Dt 6,4-13).
Es notable el movimiento del ejercicio de memoria: se apoyan en el pasado para abrirse al futuro, porque tienen una memoria atraída y marcada por la promesa de y desde lo que está por llegar, no por lo que ya pasó. Así funciona también con nosotros, los cristianos, de un modo único. Dice Pablo: “Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva” (1 Cor 11,26). El “hasta que Él vuelva” es clave: porque nos muestra que la eucaristía es memoria de futuro. No del pasado. ¡Del futuro! De la comunión de los santos. Pignus futurae gloriae decía la tradición: prenda de la gloria futura. Es la celebración de un misterio tan grande y definitivo que no entra en nuestro tiempo. Lo desborda, lo agrieta y lo fecunda. Lo vuelve hacia lo que está más allá de él. Lo resucita de a poco, lo pone en peregrinación hacia lo que está por delante.
Este cambio de perspectiva es tan determinante que permite que algunos teólogos contemporáneos digan sin demasiado disimulo: “Dios nos crea desde el futuro”. La creación para el Dios de los cristianos no consiste en poner en marcha un mecanismo y sentarse a leer el diario, porque el mundo funciona solo. Ese es el Dios relojero de los deístas, el divino Arquitecto de los masones, pero no el nuestro. El nuestro nos crea, nos atrae hacia nuestra mejor versión, hacia nuestra pascua definitiva, en el futuro. José Granados dice: “La Resurrección es el origen del tiempo”. ¡Maravilloso! Venimos de allí. Y vamos hacia allí. El Espíritu Santo es el que opera el transito de la pascua, el pasaje, el ir de aquí a allá.
Nuestro ADN espiritual nos emparenta con la hondura de un futuro que está sembrado en nosotros, pero sólo en la forma de semilla. Nuestra identidad tiene más que ver con esta plenitud que nos espera que con el pasado que ya no es. Para comprender esta clave, hace falta asomarse a la Escritura cuando dice:
¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente. Si el mundo no nos reconoce, es porque no lo ha reconocido a él. Queridos míos, desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es (1 Jn 3, 1-2).
Hay algo en germen que está desplegándose. Hacia delante. Una transformación en ciernes. Nuestra identidad se descubre al final del camino: “El que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias: al vencedor, le daré de comer el maná escondido, y también le daré una piedra blanca, en la que está escrito un nombre nuevo que nadie conoce fuera de aquel que lo recibe” (Ap 2,17).
Creo que tenemos que parecernos mucho más a lo que Dios tiene soñado para nosotros y que sólo tendrá lugar en un futuro que a lo que fuimos alguna vez y por alguna razón dejamos de ser. La arqueología desentierra testigos de un pasado muerto, pero la fe cristiana va para adelante. Siempre fue así. Ir para atrás supone entender que el Espíritu no está entretejido en la historia, que no la impregna y que no la hilvana. Pero Pablo confiesa: “Olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia delante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús” (Fil 3,13-14). Hacia delante, no hacia atrás. El canto nuevo está dirigido a Aquel que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5), al Cristo omega (cf. Ap 1,8), al Buen pastor (cf. Jn 10, 11-16) que nos atrae hacia la definitivo, asumiendo lo provisorio del camino que surcamos.
En la próxima edición de Criterio profundizaremos en la propuesta divina de celebrar el misterio del amor encarnado en la historia.
Alejandro Bertolini es sacerdote de San Isidro, párroco en Santa María de la Lucila, investigador y profesor titular de Teología en la Facultad de Teología de la UCA


















