Antología del cine sobre la dictadura

No vamos a cansar al lector con remanidos comentarios sobre la crueldad y los errores del último régimen militar. En cambio, quizá podamos recordar algunas cosas, y observar cómo el cine nacional ha ido describiendo aquellos tiempos, a veces con hondura, otras con discutible cerrazón ideológica, o con algunos ocasionales clisés propios del cine político, o directamente del cine comercial, algo muchas veces atribuible a la impericia de los realizadores que buscan modelos de representación ya instalados en otros lares. Un ejemplo, en Los dueños del silencio, un pasajero llega a Ezeiza, año 1978, y para encontrarse con su valija debe atravesar un pasillo lleno de soldados con armas largas, todos de mirada torva y vigilante, como si estuviéramos en un episodio de McGiver. No pasaban así las cosas, y menos en el año del Mundial, cuando llegaron miles de extranjeros para ver los partidos y las multitudes colmaban las calles para festejar hasta deshoras cada triunfo del Seleccionado. Esa escena del pasillo quita verosimilitud a toda la película. Por suerte, la mayoría de las obras dedicadas a esa época cuidaron los detalles.

Pero vayamos en orden. La desgracia no empezó en 1976 sino antes, con asesinatos a mansalva, listas negras, “desaparecidos” y personalidades obligadas a exiliarse bajo amenaza de muerte. Conviene ver Parapolicial negro. Apuntes para una prehistoria de la Triple A, un documental de Javier Diment realmente estremecedor. Varios miembros de la Triple A sirvieron después en los grupos de tareas del gobierno militar. Hay también una parte de El secreto de sus ojos, de Campanella –difícil que pase desapercibida–, donde un personaje nefasto explica cómo funciona la “selección de presos comunes”, y lo hace teniendo como fondo un gran plano del Panteón de la Patria que pensaba hacer López Rega, detalle que pone en evidencia en qué ministerio público está ocurriendo la escena.

Después vino el golpe. En materia de cine, y con el  pretexto de mejorar las cosas, el gobierno de Videla puso al Instituto Nacional de Cine bajo la órbita de la Secretaría de Información Pública, dificultó con nuevas regulaciones el trabajo de laboratorios y técnicos locales, decidió que los subsidios pendientes se pagarían “a prorrata, caducando definitivamente todo derecho al cobro de los saldos o diferencias”, eliminó el impuesto a las entradas de cine, o sea, la fuente de financiación para nuevas películas, acentuó el control de éstas con nuevas pautas de censura, agregó más nombres a las listas negras armadas por el gobierno anterior, hizo “desaparecer” del modo más cruel a varios escritores, artistas y técnicos vinculados al cine y, ya que estamos, declaró “imprescindible elevar el nivel artístico, técnico y cultural del cine argentino, tendiente a la preservación de las características del estilo nacional de vida” (ley 21.505/77).  

Hay que recordar todo esto para apreciar debidamente algunas películas que se animaron a decir ciertas cosas, como Los médicos, de Fernando Ayala, que detrás de un romance mostraba los problemas de los hospitales públicos; La isla, de Alejandro Doria, punzante cuadro alegórico de angustias humanas; Momentos y Señora de nadie, elegantes revulsivos con los que María Luisa Bemberg enfrentaba la moral de la época; y las dos últimas películas de David J. Kohon, ¿Qué es el otoño? (1976), dolido cuadro de una generación frustrada, y El agujero en la pared (1982), donde un Mefisto porteño va envolviendo a Fausto con las maldades de la sociedad moderna. Increíble, la censura no advirtió ningún doble sentido en las escenas de unos enanos con lanzallamas a máxima potencia en pleno microcentro.

La censura tampoco advirtió nada, o se hizo la desentendida, con el Ford Falcon desde donde arrojan un muerto en Tiempo de revancha, o el signo de la Triple A y el pisapapeles propio del Ejército en la mesa del jefe en Últimos días de la víctima, ambas de Adolfo Aristarain. Son obras fundamentales, a las que se suma la tragicomedia Plata dulce, de Fernando Ayala, sobre guión de Oscar Viale y Jorge Goldenberg, que llegó y golpeó en el momento justo.

Mitad de 1982, el país en crisis, la gente desilusionada de la Patria Financiera y del triunfalismo que nos llevó a la Guerra de Malvinas, y ni siquiera teníamos el consuelo de haber hecho algo mínimamente bueno en el Mundial de Fútbol de España. Perdimos, y justo ahí se estrenó Plata dulce, para obligarnos a ver, desde las primeras imágenes, la torpe vanidad de nuestro canchero “ser nacional” y la falsedad del relato oficial. Casi enseguida Fernando Ayala hizo otra obra notable, El arreglo, con guión de Tito Cossa y Carlos Somigliana, emocionante lucha entre el hombre honrado y el coimero, ambientado en un barrio popular.

Mencionemos aquí un fenómeno marginal pero interesante: los cortos de algunos aficionados que en aquella misma época hicieron pequeñas historias sobre abusos de autoridad y hasta desaparición de personas, cortos que se mostraban con riesgo personal en ciertos cineclubes y en el festival anual de Uncipar en Villa Gesell. La pasión y valentía que mostró en esos tiempos la Unión Nacional de Cineastas de Paso Reducido (por las cámaras en Super 8 y 16 mm) bien merece un elogio.

A fines de 1982, con el gobierno de transición del general Bignone, un civil proveniente de la Cancillería, el ministro plenipotenciario Mario Luis Palacios, se hizo cargo del Instituto Nacional de Cine. Una anécdota puede retratarlo. En abril de 1983 hubo un gran festejo por el cincuentenario de Tango, nuestra primera película sonora. En la vereda del Teatro San Martin, miembros del sindicato de técnicos de cine tiraban volantes con reclamos por la situación de la industria. Palacios tomó uno y, llegado el momento de los discursos, lo leyó completo, dijo estar de acuerdo en casi todo e invitó a una reunión abierta para el día siguiente.

Ningún funcionario había hecho algo semejante hasta ese momento, y es probable que ninguno lo haga en estos momentos. Él fue quien dio el visto bueno para el rodaje de No habrá más penas ni olvido, La República Perdida, El poder de la censura y otras que se estrenaron durante el último año del gobierno militar, y también dio el visto bueno para el rodaje de Camila, que empezó a rodarse el 11 de diciembre, primer día de vida en democracia después de tantos años.  

Ese mismo diciembre el presidente Alfonsín puso al director de cine Manuel Antin a la cabeza del Instituto, y al crítico e historiador Jorge Miguel Couselo como interventor del Ente de Calificación Cinematográfica, vulgo censura. A diferencia de otros interventores, Couselo no se eternizó en el cargo. Considerando que el Ente no tenía razón de existir, lo liquidó en apenas tres meses.

Comenzaba de este modo la época del llamado Cine en Libertad y Democracia: La historia oficial, Los chicos de la guerra, La noche de los lápices (obras que se hicieron superando amenazas anónimas) Darse cuenta, La deuda interna, Hombre mirando al sudeste, Garaje Olimpo, En retirada, Crónica de una fuga, País cerrado, Teatro Abierto, El exilio de Gardel, Sur, El viaje y Un muro de silencio fueron los títulos más notables.

Hay quien dice que nuestro cine se llenó entonces de “esas películas contra el gobierno militar”. Pero “esas películas” suman apenas la décima parte del total de la producción 1983-1993, el otro 90% está formado por obras ajenas a la política, en su mayoría cintas de entretenimiento, y en menor proporción obras de intención artística o experimental.

Ya en este siglo el propio Instituto, rebautizado Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, no sólo alentó el necesario ejercicio de memoria sobre los excesos del gobierno militar, sino que incluso armó un equipo para grabar todos los juicios que se estaban haciendo a diferentes represores y cómplices de la represión. Sería interesante saber en qué condiciones se conserva ahora ese material.  

¿Qué títulos agregar a los ya mencionados, que además son los más conocidos? Entre las dramatizaciones, sin duda, Infancia clandestina (la propia infancia del director Benjamín Avila, contada con todo el amor y el dolor por sus padres guerrilleros), Argentina 1985, La amiga, de Jeannine Meerapfel con Liv Ullmann y Cipe Lincovsky, Iluminados por el fuego (memorias de un soldado en Malvinas, Edgardo Esteban), Kóblic (drama de buen desenlace donde un oficial de la Armada decide hacerse desertor antes que represor.

Otros títulos, no todos logrados pero siempre dignos de atención: Eva y Lola, de Sabrina Farji, con el conflicto del amor casi a toda prueba entre una joven apropiada y sus padres adoptivos; El almuerzo, interesante recreación del encuentro de Videla con cuatro escritores, uno de los cuales, el padre Leonardo Castellani, le reclamó allí mismo por la vida de Haroldo Conti, que había sido detenido días atrás; El piano mudo (vida y sobrevivencia del pianista Miguel Angel Estrella); Hay unos tipos abajo, Nadie nada nunca, Rojo, Las hermanas, todos ellos pintando de diversa manera las limitaciones del alma humana en momentos de crisis. Cuestionando a la guerrilla desde adentro y con pruebas aparecen Pasaje de vida, Operación México y Una jirafa en el balcón, todos ellos inspirados en hechos y personas reales.

Entre los muchos documentales, sobresale El juicio, de Ulises de la Orden, impresionante recuperación y reordenamiento del material grabado durante el Juicio a las Juntas Militares. Dura tres horas, y se pasan volando. Lo mismo, Cazadores de utopías, de David Blaustein, un trabajo monumental, no sólo por la cantidad de entrevistados sino por el modo en que su relato equilibra la fuerza de los ideales con el cansancio de las decepciones (¡y ese final con la canción de Serrat evocando aquello del Mio Cid, “que buen vasallo fuera si hubiese buen señor”!). También valiosos, y con críticas bien fundadas, Los malditos caminos, Montoneros. Una historia, Cuentas del alma. Confesiones de una guerrillera.

Duro, seco y riguroso, Tierra de Avellaneda, donde Daniele Incalcaterra sigue al Equipo Argentino de Antropología Forense en el reconocimiento de los restos de una familia. Ese solo film basta para entender la naturaleza de las bestias, la indolencia de alguna gente, y la necesidad de cualquier ser humano de saber con certeza dónde están los restos de los seres queridos.

Abundan los documentales sobre Madres y Abuelas, y junto a ellos el documental Padres de la Plaza (los maridos que sostenían a las Madres). Abundan también los biográficos, sobre víctimas de la represión y, una lista más reducida, de sobrevivientes. Como corresponde en estas páginas, recordemos especialmente Angelelli. La palabra viva, Monseñor Ponce de León, Yo, sor Alice, sobre las monjas Alice Domon y Leonie Duquet, La masacre del 4 de Julio, sobre el asesinato de los curas palotinos, en fin, películas que dan testimonio de verdaderos mártires cristianos, irónicamente asesinados por cobardes que decían actuar en defensa del cristianismo. Por suerte también están las películas sobre religiosos que pudieron seguir adelante hasta muchos años después de aquellos tiempos de plomo: Yvonne, sobre la hermana Yvonne Perrion, y Jaime de Nevares, último viaje.

Sobre Malvinas, No tan nuestras, Locos de la bandera, emocionante documental que da voz al orgullo de los veteranos, y el gracioso Telma, el cine y el soldado, de Brenda Taubin, donde una mujer encuentra al “colimba” con quien se carteaba durante la guerra. Y un amigo cercano dice, con sana ironía, que su cumpleaños de 20 “fue bárbaro, tenía fuegos artificiales por todos lados”. Y está bien, el humor siempre nos salva.

Ahora empieza a surgir otra mirada, las generaciones que nacieron con el beneficio de la democracia descubren todo aquello y lo reinterpretan a su manera, haciendo películas de terror. Ambientada en un barco que navega de noche por el Atlántico Sur, Los ojos del abismo propone una nueva mirada sobre la Guerra de Malvinas, mientras 1978 inventa un chiste macabro, donde miembros de un grupo de tareas creen haber capturado a unos jóvenes subversivos, pero en realidad son discípulos del Diablo. Como se ve, una suerte de venganza artística a través de la pura fantasía. A fin de cuentas, el cine es el cine (y para no extendernos más de la cuenta dejamos para otra nota los cortos Ford Falcon, buen estado y Guarisove, y muchos otros trabajos que nos están viniendo a la memoria).  

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