Acreditada como periodista por Criterio, aterricé en el Festival de cine de Berlín en 1986. Lo había hecho también el año anterior gracias a la invitación del cineasta Manuel Antín, entonces director del Instituto de Cine, participando de la delegación argentina que acompañaba a un film nacional en competencia. He vuelto al festival todos los años, salvo dos o tres excepciones, y mi vida profesional hubiera sido otra sin la inmensa contribución de la Berlinale a mi apreciación del cine, un fenómeno donde se entrelazan el arte, el negocio y la tecnología. Este año he repetido la experiencia, del 12 al 22 de febrero pasado, y puedo confirmar que, al igual que Cannes y Venecia, este Festival permite no sólo aquilatar el valor de nuevas producciones, sino también comprobar, en la astuta observación del crítico norteamericano Manny Farber, cómo las películas transmiten el ADN de la época.
Más allá de que un film resulte de la colaboración entre director, guionista y equipo técnico, es una obra que refleja su aquí y ahora. De allí que integral a la labor del crítico es “desentrañar”, en su sentido etimológico, lo que el film revela de su circunstancia. Con el paso del tiempo –sobre todo en los buenos largometrajes – devienen piezas arqueológicas, con riquezas por excavar.
Un buen ejemplo este año fue la estupenda muestra retrospectiva “Lost in the 90s”, que abordó el zeitgeist de una década de fenomenales cambios políticos y experimentación artística. Se generó un diálogo estimulante entre los largometrajes y cortos marcadas por el colapso del comunismo (Alemania Año 90 Nueve Cero, 1990, Jean-Luc Godard; Gorilla Bathes at Noon, 1993, Dusan Makavejev), las producciones del nuevo Hollywood y los autores europeos emergentes. Cine y autores que en su momento programó el Festival y que impresionaron profundamente a esta cronista: Krzysztof Kieslowski, Werner Herzog, Tom Tyker (Run Lola Run), documentales sobre la caída del Muro de Berlín, Spike Lee, John Singleton y Richard Linklater. Sería valioso organizar una retrospectiva similar en Buenos Aires, incluyendo films nacionales y latinoamericanos para delinear los contornos políticos de una época de transición en la Argentina.
Esta edición del Festival tuvo una dosis de conmoción política, como ocurre desde sus comienzos en 1951, durante la Guerra Fría, aunque los temas y protagonistas sean otros. En la era de las redes sociales, contenidos virales, cancelaciones y berrinches ideológicos, un periodista alemán enojado y activista pro-Hamas preguntó a boca de jarro al Jurado internacional en la conferencia de prensa inaugural por qué no condenaban al Gobierno alemán por su apoyo a Israel, y si, como financiador del festival, se les coartaba la libertad de expresión. Wim Wenders, presidente del Jurado, contestó con calma que los directores no tienen la misma función que los políticos; son su contrapunto, y pueden influenciar las ideas de la gente a través de la empatía que generan sus historias, no mediante acciones políticas.
Los comentarios de Wenders abordaron el meollo de la cuestión: el Festival siempre ha tenido un costado político, pero nunca ha sido un instrumento de propaganda estatal. Nació en Berlín Occidental –literalmente enfrente al Berlín Oriental sovietizado– como plataforma para circular ideas, no imponerlas. Hizo conocer a los directores disidentes del bloque soviético, a los realizadores chinos y últimamente a los iraníes exilados; todos ellos cultivadores de un cine alegórico para hacer explícita la represión de sus gobiernos. La Berlinale siempre ha mostrado que una cosa son los films con tema político –y hubo muchos este año– y otro es el marco y la intención del Festival. El de Berlín no es un adlátere del gobierno de turno.
Las películas premiadas en la Competencia demostraron la sensibilidad del Jurado para destacar largometrajes de contenido humano y sólido valor estético. El Oso de Oro al mejor film fue para Yellow Letters, y el de Plata Premio Especial del Jurado a Salvation, dos películas financiadas en Europa y dirigidas por cineastas turcos que abordan críticamente la realidad social, política y –tácitamente– el Islam del Medio Oriente. Ambas invitan a conversar sobre uno de los temas de nuestro tiempo: el conflicto de civilizaciones que países como Alemania, Francia y Gran Bretaña mantienen en su seno con inmigrantes que no se asimilan.
En Yellow Letters Ilker Çatak vuelve al ambiente claustrofóbico que describió en Teacher’s Lounge (2023) pero esta vez es un Berlín al que se presenta de manera explícita, con un texto inicial sobreimpreso, como Ankara, y luego Hamburgo como Estanbul, con los personajes hablando turco. En esta “desrealización” estalla el conflicto entre un matrimonio de teatro –él escritor y profesor universitario, ella actriz– y el gobierno turco, que los persigue ideológicamente. Ubicada entre la alegoría y el metacine, la película utiliza las convenciones del drama de familia y frena el impulso crítico social explícito, abriendo la historia a una interpretación alegórica: la Turquía de Erdogan (al que nunca se menciona) también puede ser Hungría o Polonia, si se acepta la visión de centro izquierda de la película.
Salvation también transcurre en Turquía, en una zona remota de Anatolia. Es el quinto largometraje del director y guionista Emin Alper, con un doctorado en Historia turca moderna. Su obra ha merecido reconocimiento en festivales y examina las dinámicas sociales y políticas de su país, a través de grupos representativos. En este caso es una comunidad rural en feudo ancestral con un pueblo vecino. La escalada de violencia es predecible, pero lo que la torna fascinante es el mecanismo religioso en la que se desenvuelve, examinando un Islam en acción, donde César y Dios son cara y cruz de la misma moneda. El centro de gravedad reside en Mesut, un labrador pequeño propietario, que se siente ungido por Allah para liquidar el feudo. Autoritario, paranoico y vulnerable, la película adopta su perspectiva, combinando realismo mágico y suspenso para difuminar los límites entre la realidad y la imaginación enfermiza. Basada en un hecho real, según comentó el director en la conferencia de prensa, la historia y contexto son suficientemente amplios como para considerar Salvation (título irónico, por cierto) una metáfora del conflicto en Gaza, con la romana cargada a los israelíes. Esta apertura interpretativa –la denuncia va más allá del islamismo turco– es lo que habrá facilitado la financiación del proyecto en Europa.
Miembros de Signis –la organización católica dedicada a la promoción del cine fundada en 2001 como heredera de OCIC– integraron el Jurado ecuménico. Otorgaron su premio al encantador largometraje mexicano Moscas. Rodado en blanco y negro, en un barrio sencillo del Distrito Federal, neorrealista por estilo y convicción, la película se centra en los esfuerzos de un chico de nueve años por ver a su madre internada en un hospital. Es el mundo percibido e interpretado por Cristián (Bastián Escobar), alerta, inocente, cuya bondad y persistencia derriten el corazón de una mujer amargada por una tragedia (Teresita Sánchez). Eimbcke describió en la conferencia de prensa las influencias de Chaplin –The Kid– y Vittorio De Sica –Ladrón de bicicletas– en la gestación de su quinto largometraje, que tuvo lugar durante una larga estadía en Berlín. A esta cronista le pareció interesante que el director no mencionara a Los Olvidados (1950) de Luis Buñuel, que ambienta su visión pesimista de la infancia, también en blanco y negro, en la ciudad de México. Moscas rebalsa humanidad, festoneada con un humor enraizado en el sentimentalismo de Chaplin.
En la sección paralela Perspectivas, dedicada a las óperas primas, se vio Hangar rojo, un film chileno coproducido con nuestro país e Italia, dirigido por Juan Pablo Sallato, un productor de cine y televisión del país hermano. Adaptó a la pantalla Disparen a la bandada (2022), la crónica de Fernando Villagrán, un oficial aeronáutico puesto a cargo de “liquidar” en septiembre de 1973 la primera ola de activistas apresados por el golpe de Pinochet en una base aérea en las afueras de Santiago, luego detenido y finalmente exilado político. Rodado en blanco y negro, con una estética de televisión, cámara en mano y predominio de primeros planos, Hangar rojo evita el melodrama, el discurso político partidario y se concentra en el dilema moral del protagonista. Para quienes recuerdan la época, a través de diarios y la televisión, la película es un vívido salto atrás de cuarenta años. Para las generaciones jóvenes, Hangar Rojo no provee contexto político al que asirse, aunque emerja claro el conflicto entre el deber, la conciencia y la obediencia debida. Habrá sido ésta la intención del director y su equipo, –y no el sermoneo ideológico.
Berlín existe más allá de un festival absorbente de diez días, mañana, tarde y noche. Siempre hay oportunidad de conocer algún aspecto nuevo de esta ciudad extraordinaria, aunque sea en pleno invierno, bajo nieve y lluvia como esta vez. Visité el Humboldt Forum, un museo extraordinario inaugurado en 2021, y como el British Museum, dedicado a la historia, arte y cultura del hombre. Resulta enormemente interesante por dos razones: la primera, porque surge de la reorganización /reintegración de museos desbaratados por la Segunda Guerra Mundial y la partición de Berlín en dos ciudades durante cuatro décadas. Los museos “duplicados” en los dos Berlines han vuelto a ser uno desde la reunificación en 1990. La segunda, porque como museos equivalentes, el Humboldt Forum no escapa a la controversia sobre el origen de muchos objetos y obras de arte que llegaron a sus colecciones, ahora reclamados por sus “dueños” originales en otros continentes. ¿Devolver o no los frisos del Partenón, hoy en Gran Bretaña? ¿Qué hacer con los bronces de Benin, reclamados a Berlín por Nigeria?
El Humboldt ocupa el Berlin Palast, antigua residencia real de los Hohenzollern –la dinastía prusiana que organizó el imperio alemán entre 1870 y la Primera Guerra– en la famosa Avenida Unter den Linden, en la Isla de los Museos, en el centro de la ciudad. Bombardeado durante la última guerra, el palacio barroco fue reemplazado por un edificio sin gracia –fea arquitectura soviética– donde funcionaba el parlamento títere del gobierno comunista. El arquitecto italiano Franco Stella ganó el concurso para la reconstrucción del edificio, que integra elementos de los dos períodos en su fachada y galerías rectangulares y concéntricas.
La flamante estructura combina dos museos: el Museo Etnológico y el de Arte Asiático, que se originaron en las colecciones de los Hohenzollern. La historia de cómo estos gabinetes de curiosidades devinieron dos grandes museos en el siglo XIX tiene que ver con la labor de Alexander Humboldt, sus discípulos y seguidores, que llevaron al nacimiento de la etnografía y a la adquisición sistemática de objetos representativos de Asia, América, Africa y Oceanía. Las colecciones se formaron con los aportes de viajeros y científicos alemanes, así como alemanes afincados en esos continentes hasta mediados del siglo XX. La visión integral y totalizadora de la historia de la humanidad que Humboldt desarrolló en sus viajes y estudios impulsó la organización y funcionamiento de museos etnográficos: no sólo diversidad sino también cantidad de objetos; no sólo exhibición sino también estudio, junto con universidades y centros académicos. Quien visite el Humbolt Forum absorberá esta visión. Quizás también se fastidie cuando perciba en las descripciones de los objetos una crítica simplista al proyecto etnográfico de los alemanes; los textos piden disculpa por ser colonialistas, opresores, violentos, eurocéntricos. Son las luces y las sombras de la historia, de las que el museo no zafa.
Para una comprensión cabal del Humboldt Forum, quisiera recomendar un libro imprescindible que aborda su génesis, la historia de la etnografía en Alemania y las posiciones encontradas sobre el rol de las naciones europeas en la preservación del patrimonio de la humanidad: In Humboldt’s Shadow. A Tragic History of German Ethnology, publicado en 2021 por el historiador norteamericano H. Glenn Penny. Versión original alemana, Im Schatten Humbolts, 2019.
María Elena de las Carreras es Profesora de la carrera de Cinematografía en la Universidad de California


















