Acostumbrados en estos momentos más a las malas noticias que a las buenas, nos sorprendió gratamente el doble premio otorgado este año a la película El Agente Secreto en la ceremonia de los Globos de Oro. Kleber Mendonça Filho, en competencia por la mejor película en lengua extranjera frente a directores de la talla del iraní Jafar Panahi y el noruego Joachim Trier, se llevó la estatuilla. A continuación, llegó el premio al Mejor Actor para el gran artista brasileño Wagner Moura. Todo el país lo celebró y los medios se hicieron eco de la noticia.
Reinaba un sentimiento de alegría y un inmenso orgullo: Brasil logró mirarse al espejo y percibir una imagen positiva y real de sí mismo, que por momentos parecía perdida para siempre. Aún más notable fue descubrir que había una línea en común con el premio recibido el año pasado por la película Aún estoy aquí (Ainda estou aqui) de Walter Salles. Fue profunda y reconfortante la sensación de retomar una tradición fiel y creativa para el cine brasileño, que conoció días gloriosos y, al mismo tiempo, períodos de oscurantismo y dificultad. Últimamente parecía hundido en la mediocridad. Estos premios lograron demostrar que todavía tenemos talento y creatividad cinematográfica.
Aunque se trate de películas independientes, Ainda estou aquí, de 2024, y O agente secreto, de 2025, hablan de una misma época, terrible para la historia de Brasil; los llamados años de plomo. El plomo, material pesado y sin color, usado en armas de guerra, evoca dolores y sufrimientos inimaginables que generaciones anteriores vivieron y que parecía haber prisa por enterrar y olvidar. Las dos películas rescataron esa memoria y mostraron a las nuevas generaciones lo que muchos padres y abuelos vivieron. Recordar para no repetir.
Vale destacar un punto: ambas películas dirigen su mirada a un período cercano y a la vez lejano. Los realizadores Walter Salles y Kleber Mendonça Filho realizaron una bella y luminosa anamnesis de esos acontecimientos que parecían destinados a desaparecer, perdidos en la noche de los tiempos y en las sombras de la historia oficial.
El reconocimiento del cine internacional pone de relieve la importancia de la memoria, que no puede faltar en tiempos tan malévolos y dañinos para lo que conforma la cultura y la civilización. Tiempos en los que democracia, justicia y libertad parecen pertenecer al vocabulario de una especie que habita otro planeta. Y, sin embargo, las películas brasileñas premiadas se atreven a mirar al presente y a exponer las heridas de un pasado reciente, oscuro y doloroso.
Al recibir el premio a Mejor Actor, Wagner Moura pronunció un discurso memorable. Afirmó que El agente secreto es una película sobre la memoria, su ausencia y el trauma generacional. Lo que se empuja hacia adentro, sin dejar que aflore, se pudre y hace sufrir, produce enfermedad y malestares físicos y psíquicos. Moura destacó la importancia de que se haya metido el dedo en la llaga de esa memoria peligrosa y doliente. Resaltó lo positivo de seguir haciendo películas sobre la dictadura que, según él, es aún “una herida abierta”. Y todo ello porque no se trata de detenerse en los dolores y heridas con morbo, sino para el rescate y la sanación. “Creo que si los traumas se pueden transmitir de generación en generación, los valores también”, dijo el actor en la ceremonia.
En Agente secreto, un profesor universitario se refugia en Recife, nordeste de Brasil, para escapar de la persecución de asesinos a sueldo enviados por quien quería silenciarlo y hacerlo desaparecer. El personaje tiene un hijo, que es el receptor y destinatario de la historia. En el proceso se destacan dos jóvenes investigadoras archivistas que se empeñan con todas sus fuerzas en unir los hilos que otros se encargaron de desconectar y dispersar para que nunca la narrativa pudiera tener lugar.
Por su parte, la película Aún estoy aquí narra la historia de una viuda y sus cinco hijos, sumidos en la angustia del silencio y la desinformación sobre el esposo y padre que es sacado de su casa una soleada mañana de domingo sin explicación alguna. Y nunca reaparece. La incansable lucha de Eunice Paiva por demostrar la muerte de su esposo, incluso sin que se haya encontrado su cuerpo, para poder exhibir el certificado de defunción de su amado en los medios de comunicación, resalta la ineludible importancia de la memoria para que la vida humana pueda continuar y existir plenamente. El final de la película retratará la dolorosa pérdida de memoria que sufre esta gran mujer a medida que sus funciones cognitivas se desvanecen. Sin embargo, la enfermedad no le impide reconocer a su esposo en televisión cuando un noticiero exhibe la noticia de las búsquedas por sus restos. A través de las brumas que poblaron las conexiones mentales con su propia historia, esa mujer reconoce al marido y siente de nuevo la enormidad de su pérdida.
El agente secreto, que obtuvo cuatro nominaciones a los Oscar, adopta otros ángulos y personajes. Sin embargo, retoma y muestra la presencia opaca del olvido, el silencio y la negativa a que la memoria traiga la verdad a la luz. Es la historia de un trauma generacional, sostenido y bañado por un río que corre veloz con un fondo lleno de recuerdos y tramas vitales que no pueden olvidarse sin que se pierda la identidad de los individuos y de todo un pueblo.
Ambas películas abogan por romper con la cultura de la amnesia, que promueve la falsa felicidad con la omisión irresponsable del vencedor y la desaparición despiadada de las víctimas, asesinadas por segunda vez. Con los ojos abiertos y la memoria activada, se desarrolla la mística de la memoria y la presencia. Es una mística de ojos abiertos, como tan bien expresó el teólogo alemán Johann-Baptist Metz. Al fondo de esa mística vive una memoria subversiva y peligrosa, donde los vivos rescatan a los muertos y los muertos hablan a los vivos incesantemente.
Brasil, que en dos años consecutivos recibió premios importantes concedidos por academias cinematográficas internacionales, está llamado una vez más a no flaquear en la lucha por la verdad y la justicia. Con el alma purificada y el corazón lleno de orgullo, podemos celebrar: nuestro cine es reconocido mundialmente y debe continuar el camino de sacar a la luz todo lo que la arbitrariedad aún pretende mantener olvidado bajo los escombros de la violencia y la muerte.


















