El prólogo del escritor Ernesto Sabato al libro Nunca más, de la Comisión Nacional de la Desaparición de Personas (CONADEP) sufrió, bajo el gobierno de Néstor Kirchner, una modificación indebida y, por ello, ilegítima. Por aversión a la «teoría de los dos demonios», se hizo desaparecer –utilizo conscientemente este verbo– la descripción del rol de los grupos de izquierda –Montoneros, ERP, etc. – del baño de sangre vivido entre fines de los años ’60, década del ’70 y principios de los ’80. El prólogo se refería a los dos movimientos de violencia, tanto de sectores revolucionarios de izquierda como del Estado argentino, con un siniestro plan de desaparición de personas llevado adelante por el gobierno militar.
El texto original decía: «Durante la década del 70, la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda». La Secretaría de Derechos Humanos del gobierno del presidente Néstor Kirchner hizo publicar las nuevas ediciones del Nunca más sin la referencia a la violencia ejercida por los sectores revolucionarios de izquierda. Se trató de un acto arbitrario, pero, también, de un atentado dictatorial contra la libertad de expresión y contra un documento histórico de altísimo nivel ético, basado sobre una investigación sobre la verdad histórica de aquellos años.
Traigo a colación este episodio a fin de aportar una mirada sobre la actitud de la Iglesia argentina en estos años. Como demuestra la reciente tesis doctoral en Teología de Ricardo Albelda en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica Argentina, ya durante la década del ’60 se produjeron movimientos y publicaciones que abogaban por una «teología de la revolución», según una expresión que se aplicó como título en una obra del conocido teólogo belga Josef Comblin. La idea, claramente fundamentada en el análisis marxista, proponía una visión revolucionaria de la acción política, con una presunta inspiración en el pensamiento del Evangelio. En esa década se produjo la gestación de la concepción de que el cristianismo tenía que generar un orden justo por cualquier medio, incluso los violentos. Estas ideas se prolongaron en otra corriente, la Teología de la liberación, que, en su vertiente extrema, también remitía a la violencia como camino hacia un mundo nuevo, equitativo y justo. Numerosos grupos de jóvenes católicos se interiorizaron en esta visión, incluyendo a varios miembros de Montoneros, quienes, animados en su compromiso en la Juventud de Acción Católica, fueron responsables, entre otros hechos, del asesinato del general Aramburu, sucedido durante un gobierno democrático.
Resulta importante recordar esta historia, muchas veces omitida en la memoria eclesial argentina. Aunque no corresponda comparar las dimensiones de la violencia de izquierda con la ejercida desde el Estado durante el gobierno militar, no se puede negar la existencia de una cierta relación entre aquella y ésta.
Pero también se están rescatando figuras por medio de la memoria histórica creyente, y que develan la existencia de dimensiones muy evangélicas al interior de esos años cruentos. En ese sentido, el proceso de beatificación del coronel Argentino del Valle Larraburu debería hacernos pensar en la existencia de hombres y mujeres que, desde una experiencia de fe profunda, defendieron el orden institucional del país. No sólo hubo violencia ciega, ideologías extremas y desprecio de la condición humana; hubo, también, respuestas heroicas. Tal como lo demuestra el caso de Larraburu, se registraron inclusive respuestas anidadas no en ideologías con barniz evangélico, sino radicadas en experiencias profundamente cristianas. También existieron en el otro sector del enfrentamiento, pues muchos jóvenes se comprometieron honestamente con movimientos que, al menos inicialmente, les resultaban caminos evangélicos para transformar la realidad.
Estamos en otra situación histórica. El 50° aniversario de la revolución militar permite pensar con mayor perspectiva lo vivido. Para la mayoría de la población, los episodios recordados provienen de un pasado remoto.
Como Iglesia, deberíamos tener una visión simultáneamente amplia y concreta. Hace falta, para ello, el aporte sereno de estudios históricos. La verdad los hará libres, investigación histórica sobre los archivos de la Conferencia Episcopal Argentina acompañada por artículos de opinión, ha sido importante. Sin embargo, hay que complementar ese análisis con una mirada más integral del fenómeno histórico. Si la Iglesia argentina quiere contribuir a una memoria más equilibrada sobre el pasado trágico de la Argentina, debería hacer el esfuerzo de integrar las visiones de los dos demonios, obviamente con las responsabilidades diversas, no sólo en los hechos sino en su gravedad. Para ello debería complementar sus análisis con el registro no sólo de la violencia ejercida desde grupos formados o influenciados en ámbitos eclesiales, sino también con el reconocimiento de víctimas cristianas de la violencia promovida por dichos sectores.
La Iglesia dispone de elementos para hacerlo. Tiene como referencia los pedidos de perdón promovidos por San Juan Pablo II a fines de milenio. Implican la inclusión de la Iglesia como parte activa de la historia argentina, y, por ello, del reconocimiento de las responsabilidades en la violencia producida.
Debemos continuar profundizando en la verdad histórica y la verdad evangélica. Juntas, en el entramado de la experiencia en la historia y de la experiencia de fe en el Pueblo de Dios, podremos llegar a una verdad integral que nos haga libres. Para ello, la Iglesia necesita sentirse sujeto partícipe de ese trecho de la historia argentina, asumiendo la diversidad de posiciones, muchas veces contradictorias, de diversos grupos de cristianos. Pasado medio siglo del núcleo de los hechos, la importancia de su posición radica en poder brindar elementos de reflexión histórica para las nuevas generaciones de católicos argentinos. Porque, como señala A. Camus en esa impresionante simbólica del mal que es “La peste”:“Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”


















