El bicentenario del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) ofrece una buena ocasión para reflexionar sobre su figura y sobre el modo en que los argentinos nos acercamos a nuestra historia.Leslie Poles Hartley inició una de sus más famosas novelas –The Go-between– con una frase que se transformó en una suerte de lema para muchos historiadores: “el pasado es otro país”. Cuanto más atrás va uno en la historia, más radical es la alteridad de quienes la protagonizaron con respecto a nuestro universo mental. Decía Marc Bloch, por su parte, que la misión del historiador no es la de erigirse en juez de los hombres del pasado, sino la de hacer inteligible el pasado a los hombres del presente. Tarea delicada, porque debe garantizar esa inteligibilidad sin la cual el conocimiento del pasado carece de interés, respetando cuanto sea posible su irreductible otredad. El libro de historia que, en lugar de alertar al lector acerca de esa distancia, afirma explícita o implícitamente que los hombres o las sociedades son siempre iguales a través de los siglos, contradice el abc de la historia y traiciona su razón de ser. Destruye, en lugar de ayudar a desarrollar, la sensibilidad histórica de los lectores, la capacidad de captar esa alteridad y respetarla. Volviendo a la idea de Bloch: que el historiador no sea juez de los hombres del pasado no significa que su visión de los hechos sea “objetiva”. Quienes acusan a sus adversarios ideológicos de ser “subjetivos” e “ideológicos” dejar de lado, por ignorancia o malicia, que todo –salvo algunos datos duros de la realidad, pero ni siquiera todos– es subjetivo e ideológico. Lo que no significa que todo sea verdad, ni que todas las ideas sean igualmente respetables.

Los argentinos suelen asomarse a su pasado con los ojos de un juez que dictamina, como si se tratase de una historieta de superhéroes, quiénes fueron los buenos y quiénes fueron los villanos. Hay una categoría intermedia: la de los “controversiales”. Así, San Martín y Belgrano habitan el Olimpo de los Santos de la Patria, mientras Rivadavia, Rosas o Sarmiento, reivindicados por unos y vilipendiados por otros, pertenecen a la categoría de los “controversiales”. Esa lectura judicial dista mucho de la que Bloch y los mejores historiadores proponen. Tiende a asimilar a hombres del siglo XIX a nuestras maneras de ver, de sentir y de pensar, negando o ignorando las suyas, como si siempre todo fuera igual y sólo cambiaran las formas de vestirse y las tecnologías. Tiende a descontextualizar, a emitir juicios globales y categóricos sobre hombres que actuaron en muchos contextos diferentes y vivieron cambios sumamente profundos, que los llevaron a menudo a modificar sus ideas. Como decía Simone Weil, “los muertos tienen que soportarlo todo”. Daremos un gran salto en nuestra capacidad de comprensión del pasado y en nuestra capacidad para reflexionar sobre el presente el día que logremos desembarazarnos de esas aproximaciones pueriles.

Los argentinos y Sarmiento

Sarmiento pertenece a la categoría de los “controversiales” y no es raro, porque ya durante sus días fue objeto de amores y de odios. Fue amado y odiado porque participó con pasión de los grandes debates de su tiempo y porque como hombre de Estado tomó decisiones de vasto alcance. Una parte de su ideario permaneció sustancialmente intacto: nunca abandonó su convicción de que dos de las claves para la construcción del país eran el fomento de la educación y de la inmigración ultramarina. Aunque como otros hombres de la elite intelectual lamentó en los últimos años de su vida ciertos aspectos y modalidades de la inmigración masiva, nunca puso en discusión su necesidad. Mucho menos la de la popularización de la educación: Sarmiento llegaría a decir, al hacerse cargo de la presidencia de la nación, que su intención era “hacer de toda la República una escuela”, lo que significaba “enseñar a todos lo mismo para que todos sean iguales”.

Por otra parte, no hay un Sarmiento, sino varios. En diferentes momentos de una vida pública de medio siglo y en diferentes circunstancias y contextos, el sanjuanino afirmó ideas diferentes en relación a temas tan importantes como la organización nacional, la educación, la inmigración o la religión. Así, en sus obras se puede encontrar de todo, por lo que es fácil rastrillarlas para descubrir frases que nos suenan mal, que nos resultan censurables o que se contradicen con otras vertidas anteriormente. Pero mejor que erigirnos en sus jueces será que rescatemos lo que su ideario y su obra pueden aportarnos hoy. Por ejemplo, la idea de que el Estado tiene el deber de garantizar una educación de alta calidad para todos, porque es una de las claves para crear igualdad de oportunidades y generar movilidad social. Las varias generaciones de inmigrantes que se instalaron en la Argentina, en parte por la prédica y la acción de Sarmiento, vieron educarse a sus hijos en un sistema escolar y universitario que podía competir con los de los países más avanzados. Esa intuición sarmientina se adecua tanto o más a nuestro mundo de hoy que al del siglo XIX (¿quién niega que el conocimiento es hoy más que nunca la clave del progreso?), mientras el sistema educativo argentino deja muchísimo que desear. ¿Cómo aproximarnos a Sarmiento? ¿Vamos a achacarle que a sus ojos la república tuviese sus enemigos y que entre ellos se contaran los indios, los “vagos”, los montoneros y tal vez el clero católico? ¿O que considerase más laboriosos a los  inmigrantes que a los criollos? Sarmiento detestaba a todos aquellos que a su juicio se interponían en la tarea de construir una nación que pudiera contarse entre las “civilizadas”. Hizo sus opciones, pensó y actuó con la cabeza de un hombre de su siglo, de su clase y de su formación. Dejémoslo en paz. Comprenderlo respetando su alteridad, valorar su compromiso con un proyecto que sigue siendo en parte el nuestro –construir el país, crear igualdad de oportunidades a través de la educación y del trabajo–, no implica justificar los errores o los exabruptos en que pueda haber incurrido, ni reclamar para nosotros mismos una objetividad imposible, sino simplemente aproximarnos a él y a su tiempo con una actitud respetuosa, madura y serena.

Los católicos y Sarmiento

Los católicos han adoptado diferentes posiciones frente al sanjuanino: algunos lo han reivindicado como católico, dejando en penumbra o disculpando su furibundo anticlericalismo de la década de 1880, mientras los más lo han condenado como antihéroe. El padre Guillermo Furlong hablaba de los “eclipses mentales” que lo habían llevado a escribir “en pro y en contra de una misma cosa”. Varios autores se entretuvieron señalando sus “incoherencias” en temas religiosos. Pero cuando se analizan esas críticas se advierte que recurren a citas fuera de contexto y hacen completa abstracción de los inmensos cambios que se produjeron en el catolicismo y en el país durante los 50 años de vida pública de Sarmiento. No tiene el mismo valor lo que se escribe en un ensayo que lo que se declama en medio del fragor de la lucha política desde una tribuna; no tienen el mismo significado lo que Sarmiento afirmó en un artículo periodístico en Chile en 1840 y lo que dijo en Buenos Aires en un mitin mientras se debatían las leyes laicas. Las condiciones de producción de un discurso son cruciales para comprender sus significados e implicancias.

Aunque nos debemos un estudio profundo de las ideas religiosas de Sarmiento, algunas cosas podemos decir sobre ellas. Para entenderlas y para entenderlo, no para catalogarlo como bueno o malo. En principio, la generación romántica a la que Sarmiento perteneció pensaba la religión desde una perspectiva radicalmente distinta de la de sus mayores. La religión, en palabras de Esteban Echeverría, líder de esa generación, era “el vínculo espiritual que une á su criatura con su Señor”, no un problema de Estado, como en buena medida había sido, y seguía siendo, para unitarios y federales. Los románticos defendieron la libertad de conciencia y de cultos como derechos imprescriptibles del hombre y pensaron la misión de la Iglesia como predicación del Evangelio y sobre todo de la moral cristiana. La religión no era para ellos un asunto meramente privado, pero su misión pública debía ser fundamentalmente civilizatoria, moralizante, orientada a crear hombres rectos y laboriosos ciudadanos. Por eso deploraban la excesiva politización del clero durante la revolución y las contiendas civiles. En la Ojeada retrospectiva (1846) Echeverría acusaba al clero de haber olvidado su misión evangélica para debatir “con calor sin igual cuestiones políticas, agravios de partido, pasiones é intereses terrestres”. Con ese mismo apasionamiento, decía Echeverría, el clero porteño se había entregado de pies y manos a Rosas, predicando “venganza y exterminio para congraciarse con el tirano de su patria”.

Algunos de los jóvenes de la generación romántica desearon que el catolicismo entablase un diálogo positivo con el siglo XIX y afirmase la libertad de conciencia, base de toda otra libertad y contribución histórica del cristianismo a la cultura occidental. Por eso algunos de ellos se entusiasmaron con el primer Pío IX, que tras ocupar el solio pontificio promulgó la amnistía de los presos políticos y relajó la censura de la prensa. Es señaladamente el caso de Sarmiento, que en sus Viajes (1845-1847) llegó a afirmar que “el advenimiento de Pío IX fue la señal de alarma para los gobiernos despóticos, como lo fue de júbilo i de esperanza para los pueblos i los hombres intelijentes, que se interesan en el progreso de la especie  humana”. Sin embargo, luego de las revoluciones de 1848 y sobre todo de la República Romana de 1849, el Papa imprimió a su reinado un giro conservador que condujo al catolicismo hacia posturas progresivamente conservadoras y antiliberales. A partir de entonces, los caminos de la Iglesia Católica y de Sarmiento –como de otros hombres de su generación– se fueron separando.

No se trató de un tránsito unilateral del sanjuanino, que aunque fue volviéndose cada vez más anticlerical nunca renegó de su fe católica. En diferentes oportunidades señalaría sus divergencias con el curso que estaba tomando el catolicismo, con su incapacidad de adaptación a cambios que consideraba irreversibles, con su antiliberalismo, expresado meridianamente en el Syllabus. El problema, a su juicio, era que la Iglesia marchaba a contramano de la historia, lo que la ponía en riesgo de perder toda posibilidad de diálogo con el mundo: “el que redactó el Syllabus –dirá en 1868– se guardó bien de excomulgar de la comunidad católica a las naciones cuyas instituciones están fundadas sobre la libertad del pensamiento humano, por miedo de quedarse solo en el mundo con el Syllabus en la mano”.

Desde luego, el anticlericalismo sarmientino se radicalizó aún más luego del Concilio Vaticano I (1869- 1870), que pronunció el dogma de la infalibilidad papal ex cathedra, y sobre todo durante las duras controversias que tuvieron lugar en torno a las leyes laicas. En particular la ley 1.420, que hacía al tema, para él tan sensible, de la educación. Pero ni siquiera en esos años y en sus discursos más duros hemos de hallar –como sí hallaremos en textos de otros hombres de su generación– una abjuración de su fe católica. También en el plano religioso la personalidad y el pensamiento de Sarmiento son complejos y sólo pueden ser comprendidos en el interior de una trama contextual.

La riqueza de Samiento como pensador, como político e incluso como hombre de fe contrasta llamativamente con la miopía maniquea con que a menudo se lo ha considerado, una mirada que a más de injusta es inútil para ayudarnos a entenderlo. La experiencia del sanjuanino puede ser significativa para pensar nuestro presente, pero con la condición de que prestemos atención a la complejidad de su pensamiento y respetemos su alteridad de hombre del siglo XIX.

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  1. De todos los conceptos expuestos por Di Stefano quisiera detenerme en uno solo, el referido a la libertad de conciencia y su correlato – la libertad religiosa – como algo presente en el pensamiento del gran sanjuanino. En efecto, resulta ampliamente conocido que para Sarmiento la forma en que se identificaba la libertad mencionada dentro de la sociedad norteamericana de su época era una de las cosas que debería imitar la sociedad argentina. En estos momentos en los que de nuevo se discute en el Congreso una ley de libertad religiosa, después de muchos años de proyectos que quedaron en el camino, esperemos que de una vez por todas se concrete una legislación que garantice aquella libertad que, al decir del título-lema del Congreso Internacional organizado por el Consejo Argentino para la Libertad Religiosa en Buenos Aires del 28 al 29 de abril de 2008, es «origen de todas las libertades». Esta sería una de las muchas maneras en que se puede honrar el bicentenario del nacimiento del autor de «Facundo».
    Raúl Ernesto Rocha Gutiérrez.
    Doctor en Teología.
    Magíster en Ciencias Sociales.
    Licenciado y Profesor en Letras.

  2. horacio bottino on 10 agosto, 2016

    Sarmiento era masón de la peor época.»Hay regar la argentina de sangre de gauchos que es lo único de humano que tienen.Felicitaciones General mitre por asesinar al honorable Chacho Peñaloza.Inventor de la zoncera madre de todas civilización y barbarie.»Mentir mentir» eso es lo que nosotros hemos hecho.Lo que rescato es el último Sarmiento que se da cuenta del país que hicieron al fin de su vida,con la crematística de la presidencia de Roca.De ése sarmiento pocos hablan.

  3. GUILLERMO on 26 agosto, 2019

    Bueno – este pueblo de incorregibles idiotas no puede quejarse y mucho menos hablar de este hombre notable.
    Hasta Noviembre del 2015 tuvo una mujer en el desgobierno que además de haber destrozado económica – institucional – militar y moralmente al país , se consideraba a sí misma como la segunda Sarmiento.
    Fantasía que nace cuando entre otras actitudes demenciales – se limitó a entregar Netbooks a los villeros como si fueran chocolates – porque no soportaba » la ñata contra el vidro «.
    Una linda copia de la que regalaba máquinas de coser y dentaduras postizas – mientras se vestía en Dior.
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    En fín – quisiéramos tener hoy en día un estadista como Sarmiento – que sin dudarlo haría fusilar a todas la clase dirigente incluída la curia romana – que son el cáncer de la Nación.
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    Domingo Faustino Sarmiento – la figura política mas importante del siglo XIX – irrepetible – excepcional.
    El recuerdo de su paso será imborrable.

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