marseillanA partir de las preocupaciones de los directivos de empresa en este comienzo de siglo, estas reflexiones valen para toda persona con responsabilidades en una organización.marseillan2Las empresas viven tiempos de cambios, y también sus ejecutivos: redefinición de roles, pérdida de responsabilidades en estructuras cada vez más centralizadas y la volatilidad de  los mercados hacen que el ejecutivo se vuelque cada vez más hacia el mundo exterior, al que quisiera controlar y dominar. Sin embargo, el crecimiento personal y profesional requiere precisamente algo que el ritmo de vida actual no contempla: la soledad, la autorreflexión honesta y la intimidad con uno mismo.

Tendemos a confundir las excesivas agendas de trabajo y múltiples relaciones superficiales con una vida centrada en nuestra intimidad, necesitada de tiempo libre y oración: vida que entiende la necesidad y el valor del silencio interior.

“Cuando me retire de mi posición de CEO internacional me dedicaré a mí mismo, sin tener que vivir corriendo de un país a otro”, reflexionaba un alto ejecutivo. Extrapolando este ejemplo particular a la generalidad, corroboramos que estamos permanentemente expuestos al desborde sonoro y a la estridencia desenfrenada. Hemos aprendido a permanecer fragmentados internamente en medio del bullicio cuando nos toca enfrentar un problema. En este proceso acumulativo, el aturdimiento y las dificultades cotidianas son una suerte de “incentivo”, de carga deseable o esperable destinada a dar sentido a nuestra existencia.

El bullicio, el desorden y la adrenalina se transforman en nuestro modo de vida; tener problemas y luchar contra la adversidad es lo que da razón a nuestra existencia. Y para completar este perfil neurótico, también nos desborda la resistencia que produce esta forma de vivir. En pocas palabras, nos apegamos a nuestro malestar con la misma vehemencia con que lo rechazamos. Clamamos paz y tranquilidad en nuestras relaciones cotidianas para recuperar el equilibrio emocional, pero si tuviésemos que elegir, muy probablemente optaríamos por las tensiones del bu llicio y el desasosiego. Nos tendemos  una trampa: sentimos que lo que nos conmueve y perturba es la energía impulsora de nuestros actos. Desde esta perspectiva, parece entendible la tendencia a permanecer cautivos del propio malestar. El ruido y el desasosiego se constituyen en “valores” a los que, desde el fondo de nuestro corazón, no estaríamos demasiado dispuestos a renunciar.

Es importante reconocer que nuestras cabezas han sido educadas y entrenadas para resolver problemas, y no tanto para comprender lo que verdaderamente ocurre. La cabeza que no soporta el silencio, tampoco soporta la presión del problema sin hacer algo al respecto. Luchar contra un inconveniente es, para la mayoría, una señal de existencia.

Una de las razones sustantivas sobre las que se apoya la mente bulliciosa para crear su propio desorden y malestar, es considerar cualquier problema como un desafío. Cuando aparece buscará atajos, resistirá, se esforzará hasta el heroísmo; pero el motivo de esta contienda no será comprender lo que ocurre, sino liberarse del efecto. El mero hecho de borrar el síntoma le garantiza la continuidad de ese y otros problemas que explican “claramente” el sentido de la lucha. Hasta ahora sólo hemos aprendido a vivir de esa manera. Una mente llena de problemas teje la ilusión de que con el movimiento y el esfuerzo, todo “cierra”, todo tiene sentido.

Eludimos el silencio porque éste suele ser una invitación a confrontarnos con nuestro vacío. Le tememos y lo encubrimos con el ruido del pensamiento. Estamos continuamente en estado de desasosiego y la mente lo expresa mediante el parloteo interno. Si estuviésemos en paz no sería necesario este activismo desenfrenado.

El bullicio interno se opone a toda comprensión de lo que ocurre en nuestras relaciones de trabajo, afectivas y sociales (si acaso podemos separarlas). Y se puede comprender muy poco desde una mente agitada, que es la negación de la inteligencia y del respeto en las relaciones interpersonales. Una mente agitada se sentirá más atraída por “hablar del otro” que “hablar con el otro”. Se trata de una modalidad de evasión, que es la que produce el ruido y el requerimiento de permanecer en él. El apremio por ocuparse del otro para no pensar es una tendencia astutamente procesada por los medios masivos de comunicación. Sólo basta revisar el rating de los programas televisivos de chismes, peleas, crímenes y noticias que develan, por ejemplo, la desnudez de los “famosos”. Además, la cabeza que no soporta el silencio permanece en continuo estado de alerta para conocer lo que los demás piensan de ella. De este formato cultural provienen todas las burdas manifestaciones del esnobismo, el populismo y el culto a la autoridad. Cada vez más, también en el afuera y el adentro del mundo corporativo, la gente se exterioriza e interiormente se vacía.

Para la mayoría de los ejecutivos, una mente quieta es una visión temible. Entonces, la única forma de prevenir esta visión será el desasosiego. Mediante un estado de tensión permanente frente a los hábitos y las circunstancias, la mente consciente se vuelve agitada y sin paz. Y las condiciones en que se desarrollan las relaciones en el mundo corporativo lo favorecen. El mundo de la empresa no es un universo ordenado, sino habitualmente caótico, en el que las relaciones de trabajo se acomodan mejor en los hechos (no en el discurso) sobre la premisa del conflicto y no sobre la colaboración interdependiente.

¿Cómo funciona el proceso del silencio interno en medio de este movimiento, ruidoso y constante? ¿Es necesario una imagen heroica, un escudo, un incentivo arrogante para actuar? ¿Puede la adrenalina sostener durante largos períodos, acciones inteligentes, estratégicas y mesuradas? Cuando la mente “pide” adrenalina para expresarse en la acción se produce un gran “ruido” interno, indicador de la necesidad urgente de silenciar la mente. La adrenalina no predispone en modo alguno a la mente perceptiva. Por el contrario, el silencio derivado de la pasión y foco en aquello que nos importa tiene en sí su propia vitalidad y trascendencia como para requerir el propósito de actuar en forma constante.

Es necesario verificar si contamos con el afecto, interés y pasión necesarios para indagar sobre aquello que tiene verdadero sentido para uno. Y la cualidad del silencio es el primer paso para abordar la comprensión de los hechos que nos afectan en el trabajo diario y en la vida de relación. Nos preocupamos más sobre lo que debiéramos hacer cuando lo esencial es lo que uno está haciendo, no sólo porque es real, sino porque la preocupación por la acción futura suele ser un modo de eludir la acción inmediata. La cabeza ocupada en el debiera es una cabeza elusiva; una cabeza silenciosa está en acción plena y perfectamente dotada para observar, comprender y terminar con un hecho de consecuencias negativas.

El futuro que tanto obsesiona al ejecutivo jamás llega como futuro, sino como presente en forma de instante (aquí y ahora). Este hecho, tan sencillo de verificar, es totalmente incomprensible para una mente ruidosa.

 

El autor fue director para América Latina de la consultora de recursos humanos Spencer Stuart durante diez años.

7 Readers Commented

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  1. Graciela Moranchel on 2 septiembre, 2011

    El aprecio por el silencio, por la vuelta a la quietud mental tan propia de la vida monacal, se está haciendo una necesidad acuciante en esta sociedad extremadamente bulliciosa y caótica. Las mismas prácticas religiosas, que a veces se presentan tan ruidosas, tan poco aptas para la oración, están también «clamando» por una vuelta al aprecio por el silencio, y por disciplinas que lo favorezcan.
    Espacios que promuevan el silencio, que atajen el ataque sonoro al que permanentemente estamos sometidos, la actitud que enseñe a valorar la reflexión interior, la calma, la meditación, son aspectos actuales a tener en cuenta, en la vida empresarial y en la vida espiritual de las personas.
    Aprender a «prestar atención», a enfocarnos en sólo un punto, a trascender la conciencia egoica y bucear hacia el interior de nosotros mismos es todo un arte, y también un don. Pero sólo en un mundo más calmo, más silencioso, con personas que sepan «escuchar» son posibles caminos de diálogo, de comprensión y de paz.

    Saludos cordiales,

    Graciela Moranchel
    Profesora y Licenciada en Teología Dogmática

  2. Diego Santos on 5 septiembre, 2011

    Y yendo a lo estrictamente litúrgico, dentro del catolicismo. Es preocupante cómo se ha difundido, durante la celebración de la misa, en el momento posterior a la eucaristía, el «rellenado» del silencio con música. Quizás una música suave, SIN cantos, sería tolerable, y hasta estimulante para la reflexión personal en ese momento de intimidad con Cristo.
    Lo más lamentable, sin embargo, es que esto no es frecuente, y se suele ocupar todo el tiempo «post-comunión», hasta el «oremos», con cantos A VIVA VOZ. Si no es así, muchas veces se leen por micrófono largas oraciones, en lugar de respetar el necesario silencio ….
    ¿Hace falta que nos «inyecten» reflexiones, por los oidos, en ese momento? ¿Es que no podemos elaborar nuestra propia oración?.. Queda hecho el comentario
    Gracias

  3. horacio bottino on 30 septiembre, 2011

    ¡Enrique Shaw santo!¡Ejemplo de empresario y, argentino!

  4. María Teresa Rearte on 2 octubre, 2011

    Aprecio la humildad de mis silencios. Y valoro el silencio de la vida, serenamente escuchada.
    Gracias.
    María Teresa Rearte

  5. María Teresa Rearte on 3 octubre, 2011

    Vuelvo a esta página. El tema propuesto es para abordar desde distintos ángulos. Uno es el del trabajo de cada uno. Por haber sido profesora y por la naturaleza de las materias enseñadas, como por el modo como algunos vivimos la vocación docente, necesitamos mucho del silencio. A diario, como final de jornada. El problema es encontrar tiempo. Se aprende a conjugar silencio con actividad física (para la cual nos falta también tiempo), por ej. en caminatas, bajo arboladas añosas, en largas avenidas.Ese paisaje hay en general en todas partes. Lo que falta también en general, cuando el tiempo de que disponemos es de noche, lo que falta reitero, es seguridad para caminar y hacer silencio.
    Lo otro es el silencio en la vida litúrgica y espiritual, veía que un lector lo expresaba muy bien. Es una experiencia común que en la liturgia no sólo no se haga lugar al silencio. Sino que lo interfieran con cosas, anuncios, reflexiones, etc. que están fuera de lugar. Hay una concepción de la oración como hablar mucho. Incluso hay un movimiento, la renovación caristmática católica, que se ha adueñado de nuestras asambleas litúrgicas, con su estilo y sus prácticas, y algunos nos hemos visto obligados a «emigrar» a otras parroquias, por lo menos donde yo vivo,.
    Quiero decir unas palabras sobre el silencio en la enfermedad. Me refiero a enfermedades orgánicas, que requieren cirugías, largos tratamientos, etc. Y cómo el silencio ayuda a curar el «alma» que pasa por la zozobra de estas situaciones, en las que nos sentimos heridos, y tan necesitados de Dios. De descanso, serenidad, silencio.Gracias y saludos.
    Prof. María Teresa Rearte
    Pero también es real que vivimos en una cultura del ruido y el aturdimiento. De la prisa. Lo importante es lograr hacer silencio, a pesar de todo. Y valorarlo. Gracias.
    María Teresa Rearte

  6. María Teresa Rearte on 4 octubre, 2011

    En la celda de un monasterio encontré una vez, adosada a la pared,una tablilla con esta inscripción: «El silencio es rico en esperanza:» Más adelante, en un micro radial que tenía,ad honorem, por Radio Nacional de la ciudad donde vivo traté el tema «silencio y esperanza». Era un programa nocturno, que podía llegar al oyente cuando se recoge en su casa. Y tiene un poco de intimidad. Después publiqué esos pensamientos, los de mi programa, en un librito que se llama «Recogimiento y quietud:»
    Algunos necesitamos como el aire de ese silencio. Pero hay personas que no lo soportan. Necesitan y buscan el ruido. Esa es la realidad. Y pienso que vivimos en una cultura frenética, de la desmesura, con resultados que quizás no se los prevea.
    Ah, yo terminaba mi reflexión radial con esta frase: «Como decíamos al comienzo, el silencio es rico en esperanza. Barrunta la eternidad.»
    Gracias por estos temas, que son tan necesarios de tratar.
    María Teresa Rearte

  7. Alfredo on 6 octubre, 2011

    Coincido con el comentario de Diego Santos respecto a la necesidad de silencios «propios» durante la celebración de la S. Misa. Y así como él, me atrevo a señalar el momento del Ofertorio que se «tapa» con cantos y procesiones mientras la oración – importante y profunda – del ordinario es recitada en voz baja por el celebrante y podría hacerlo la toda asamblea preparando el «sursum corda3 que le sigue pronto. Pareciera que el aturdimiento exterior se ha colado en los templos. (Aparte de la calidad de letra y música de los cantos que merecería un estudio especial)

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