un-jardicc81n-en-veneciaUn jardín en Venecia, de Frederic Eden. Madrid, 2010, Gallo Nero.

Gallo Nero es una editorial muy original. En efecto, así se definía al presentarse tiempo atrás: “Publicaremos lo que nos gusta: los libros que nos han sorprendido, los libros que nos han hecho soñar, los que nos han dado consuelo, los que nos han ayudado a olvidar y los que nos han susurrado quiénes somos”. En este sentido, forma parte de esa constelación de pequeños o medianos sellos que en España, la Argentina y en otros países apuestan a un público más atento a la calidad que a las modas o a los best sellers.

Con la edición en castellano de este antiguo librito (publicado por primera vez en inglés en 1903, en la revista Country Life) de un flemático y obstinado británico dedicado a las plantas y jardines, que pasó más de 20 años en Giudecca, una islita de la laguna veneciana.

Frederic Eden (1828-1916) era un hombre de poca salud pero con los recursos económicos que le posibilitaron comprar una vieja casa y un huerto semi abandonado, en el que se dedicó a levantar con esmero y felicidad un jardín. Este genial floricultor conoció a Rilke, a Proust y a Cocteau. Y, al parecer, en su jardín se inspiró Henry James para describir el que aparece en Los papeles de Aspern, una de sus emblemáticas novelas, ambientada precisamente en Venecia.

Al concluir sus descripciones, el autor observa: “Es difícil despedirse de tu jardín, incluso al escribir. Aunque no es un amante totalmente egoísta, es tan absorbente que aunque tuviese la pluma de un gran escritor y pudiese expresar lo que quiero expresar y de la manera que lo quiero expresar, es fácil, como les pasa a los jóvenes con los encantos y perfecciones de sus amadas, entretenerse demasiado tiempo en las azucenas y las rosas”. Y, jugando con su apellido y el nombre del paraíso terrenal, remata: “Dios Todopoderoso, nos dice Bacon, plantó un jardín. ¿Qué mejor cosa podemos hacer nosotros, que podemos tan poco, sino crear otro con humildad y con amor?”.

La obra, que va acompañada por algunas fotos de época del lugar, comienza relatando los remotos orígenes de las islas, el clima y la luz de Venecia, las pérgolas; deja observaciones sobre los campesinos italianos y la burocracia pública; refiere de frutas y hortalizas, pero sobre todo de tulipanes, lirios y rosas. También cuenta de las vides y del vino casero, del pozo de agua que construye y de las tormentas de verano, de los insectos y de las vacas, de las fugaces abejas y de la ausencia de lombrices que aireen la tierra.

Cuando de elegir pérgolas se trata, anota con irónica gracia inglesa: “Algunos hombres toman o buscan una esposa que sea como una amiga, una entrañable amiga, constante u ocasional; otros como una compañera, una dulce compañera día y noche; otros que sea una administradora que lo gestione todo, y que a menudo se convierten en tiranas; algunos quieren sirvientas y de ellas pueden llegar a hacer esclavas. Del mismo modo con la pérgola; una vez que se decide para qué se quiere, será fácil elegir una de ellas, o ninguna”. Y en su permanente comparación entre su país de origen y el de adopción, dice: “En Italia las necesitamos para las parras; en Inglaterra sirven más frecuentemente para las rosas”:

Un jardín en Venecia ofrece la suave delicia de un cuidado vergel, y cuando el autor finaliza despidiéndose ya de su parcela de tierra, lo hace “aconsejando a aquellos que no tiene un jardín que si pueden se hagan con uno (…) y aquellos que lo tienen que trabajen en él”.

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