“En 1957 entré en La Nación. Ya Mujica Lainez me había presentado, a su manera. El año antes, en vísperas de un viaje a Europa, me citó un día en el viejo edificio de la calle San Martín y me condujo ante el Sanedrín de los secretarios y los prosecretarios, alineados frente al vasto panorama de la redacción en plena tarea. Sin más, con su habitual desparpajo, les anunció: ‘Aquí está Ernesto Schoo, que me reemplazará en la crítica de arte mientras yo esté afuera’. Si se asombraron o se ofendieron, no lo sé: a partir de ese momento y durante un mes, me senté a diario frente a la antigua máquina de escribir –que hoy se exhibe en El Paraíso, la casa-museo de Cruz Chica–, en la mínima oficina de Manucho, decorada con un collage hecho por él, con reproducciones de pinturas y esculturas prestigiosas, y tecleé mis notas. No lo debo de haber hecho tan mal porque no mucho después fui designado redactor”. Así, en primera persona, es menester recordar a Ernesto Schoó que, con su muerte, cierra un capítulo magistral del periodismo –y por qué no– de la cultura argentina. De rostro inalterable durante décadas, hablar pausado pero decidido, y tímido frente al universo de su vasta erudición, cualquier encasillamiento significaría un reduccionismo de su elegancia de estilo que con igual sapiencia transmitió desde la crítica, la literatura e incluso la labor en el cine. Schoó fue un tardío guionista cinematográfico, a los 53 años realizó la adaptación de La misteriosa Buenos Aires, basada en cuentos de Mujica Laínez en un tríptico que para la pantalla grande realizaron Alberto Fischerman, Ricardo Wullicher y Oscar Barney Finn; pero también fue el joven actor que incursionó en Puntos suspensivos de Edgardo Cozarinsky, fundamental experiencia del underground de la época. Por esos años concretaba su primera adaptación para el cine con Capanga, que iba a dirigir Ramiro Tamayo y nunca llegó a realizarse. El cine era un amor desde su niñez, cuando La quimera del oro de Chaplin convivía con los films de terror de la Universal, que le fascinaban aunque no le dejaban conciliar el sueño después.
Su primera crítica cinematográfica para La Nación, luego de su paso por La Gaceta de Tucumán, fue sobre el film inglés Los ocho sentenciados de Robert Hamer, protagonizado por Alec Guiness. Desde entonces y hasta 1961 con Tomás Eloy Martínez constituyeron una dupla incisiva e irónica en el análisis cinematográfico, aunque no del gusto de algunas compañías distribuidoras de la época ante la renovación que significaban Bergman, Antonioni y la Nouvelle Vague. “A comienzos de 1961, Martínez y yo abandonamos La Nación. Seguí comentando los estrenos de cine en la revista Vea y Lea y durante dos años tuve una cátedra de historia del arte en la escuela de cine de la Universidad de La Plata”, recordaba Schoó en esas páginas, cuando treinta cinco años después volvió convocado por José Claudio Escribano.
Como guionista Schoó se reencontró con la pantalla grande en Otra esperanza, donde adaptó con Jorge Goldenberg y Mercedes Frutos el cuento homónimo de Adolfo Bioy Casares; y Cuatro caras para Victoria, donde incursionó en la vida de Victoria Ocampo bajo la lente de Oscar Barney Finn. En el arcón de los deseos de futuros trabajos para el cine quedarán el Facundo de Sarmiento y Amalia, aunque celebraba los pasos previos que el cine argentino había dado sobre la obra de José Mármol. Amante de la libertad, en tiempos de la dictadura de Onganía y al ser convocado junto a varios críticos por el Ministerio del Interior para explicarles los motivos de la aplicación de la censura, señaló que el proceder de aquel gobierno era igual que en la Rusia soviética o la España franquista.
Schoó tuvo una escuela de periodismo en la redacción del diario La Nación, conoció a Constantino del Esla, Mujica Lainez, Augusto Mario Delfino, Luis Mario Lozzia, Juan Valmaggia, y el cine de la mano de Manuel Peña Rodríguez. En la aceptación de lo inabarcable de la infinitud de una vida dedicada a la cultura, Stéphane Mallarmé quizás resuma el tema central: “Tel qu’en Lui-même enfin l’éternité le change” (Tal cual sí mismo, por fin, la eternidad lo cambia).


















