Editoriales, Notas de Tapa
Editorial: Pecado y crimen
por Editorial · 9 Comentarios
El abuso sexual de niños y jóvenes por parte de sacerdotes católicos constituye un pecado gravísimo y un crimen atroz. La dimensión del crimen introduce la doble perspectiva jurídica, tanto civil como canónica. En los casos de pedofilia es imprescindible pedir perdón a las víctimas y a Dios, aunque quien lo haga no haya cometido personalmente ni consentido tales aberraciones. La jerarquía puede y debe hacerlo en nombre de la Iglesia, local y universal, porque esos sacerdotes, religiosos y laicos pederastas la representaban públicamente en las instituciones que se les confiaron y donde abusaron de menores. Pero no basta el reconocimiento sino que se debe dar paso a la justicia canónica y civil, tal como plantea con severidad Benedicto XVI.
Con alguna ligereza por parte de los medios, se ha mencionado la presunta complicidad del entonces cardenal Joseph Ratzinger en la política de encubrimiento de casos ocurridos en los Estados Unidos y Alemania. Aunque no se pueda pedir ecuanimidad a los medios masivos en un tema del que previamente fueron siempre excluidos, la realidad es que, desde que asumió como Papa y mucho antes del estallido mediático del New York Times, Benedicto XVI ordenó separar de sus funciones al fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, que hasta entonces había contado con una fuerte protección en la curia vaticana, incluyendo a Juan Pablo II. Protección que revela una lamentable confusión informativa y de valores, que en algunos casos implicó complicidad, dentro de un organismo tradicionalmente considerado prestigioso en el campo de las relaciones internacionales.
Las recientes manifestaciones del cardenal Darío Castrillón Hoyos a favor de quienes protegieron y encubrieron a los abusadores, oportunamente desautorizadas por el vocero vaticano Federico Lombardi, son una clara expresión del enfrentamiento entre las visiones corporativa y pastoral que todavía anidan en instancias de gobierno de la Iglesia.
Carta a los católicos de Irlanda
La carta pastoral de Benedicto XVI a los católicos de Irlanda es un documento notable en muchos sentidos. Diferenciando entre sus destinatarios (las víctimas y sus familias, los abusadores, los padres, los niños y jóvenes, los sacerdotes y religiosos, los obispos y todos los fieles) el Papa logra dirigir a cada grupo palabras apropiadas, de sincera empatía hacia el sufrimiento de las víctimas y sus allegados y, a la vez, de firmeza tanto frente a los culpables de los hechos aberrantes que la motivan, como frente a las autoridades eclesiásticas que no encararon esos casos del modo debido. Y todo ello es expresado de tal manera que la justa indignación que se trasluce en el texto en nada oscurece su tono de cercanía paternal para con todos.
La óptica adoptada para afrontar el tema consiste en afirmar simultáneamente tres dimensiones del problema: desde el punto de vista espiritual y moral, se trata de pecados graves contra niños indefensos; pero al mismo tiempo constituyen delitos, tanto para el derecho canónico como para la legislación civil. Se los califica por ello de actos tanto pecaminosos como criminales. El respeto simultáneo de estos diferentes niveles del problema hace inexcusable la observancia de las exigencias de justicia y la colaboración con las autoridades civiles. Afirma el Papa sin vacilaciones que quienes perpetran estos crímenes deben responder no sólo ante Dios sino también ante los tribunales debidamente constituidos, sin privilegios de ninguna especie.
Pedofilia, efebofilia y libertad
Por otra parte, la psicología marca las diferencias entre pedofilia y efebofilia, ésta última referida a la atracción sexual hacia adolescentes. En el primer caso se trata de una perversión grave que no está relacionada con la orientación sexual. En el segundo caso, de prácticas homosexuales con jóvenes.
En la carta antes mencionada hay un aspecto que debería profundizarse. Cabe preguntarse qué grado de libertad tienen las personas que se entregan a esas prácticas. No debería caerse en estereotipos, pensando que en todos los casos se trata de individuos de hábitos disipados. Más bien, el perfil de muchos ministros afectados por este problema parece ser otro: sacerdotes y religiosos trabajadores, idealistas hasta la rigidez, estructurados, ascéticos, y sin embargo, incapaces de lidiar con su propio conflicto. Se puede presumir que, en muchos casos, el margen de libertad, de existir, es escaso, y que sus conductas son, en buena medida, compulsivas. Por ello, ninguna consideración espiritual puede sustituir la búsqueda de una comprensión más cabal de las raíces psicológicas de este fenómeno, del mismo modo que ninguna amenaza fundada en la justicia divina o la justicia humana será eficaz para combatirlo. La insuficiente atención a este aspecto del problema constituye el aspecto menos sólido de la carta. En efecto, en ella se hace reiterada mención a la secularización de la sociedad irlandesa, y la merma de las prácticas sacramentales y devocionales, como causas mediatas de la situación actual. En realidad, esta conexión es forzada. Nada permite suponer que una sociedad más religiosa esté mejor preservada de tales fenómenos. Esta visión moralizante, sin proponérselo, refuerza la hipótesis de la existencia de un vínculo causal entre el celibato y la pedofilia, al dar a entender que esta última sería una “relajación” del primero.
La formación sacerdotal
El documento aborda además la cuestión de la prevención de estos episodios, indicando la necesidad de una revisión tanto de los procedimientos de selección de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa, como también de la formación moral, intelectual y espiritual en seminarios y noviciados, cuyas falencias han tenido no poca parte en lo sucedido. Conviene reiterar, sin embargo, que la pedofilia no es un problema del celibato sino de la estructura psicosexual de ciertas personas, célibes o no. Por ello, y a diferencia de lo anterior, la referencia de la carta a la formación sacerdotal y religiosa, sí constituye una indicación de especial relevancia.
En el proceso de selección de los candidatos, el descenso del número de vocaciones ha llevado en muchos casos a una flexibilización indebida de los requisitos de idoneidad. Numerosos aspirantes peregrinan por seminarios y noviciados hasta que finalmente encuentran una institución que los admita, muchas veces ignorando la existencia de experiencias anteriores fallidas, u omitiendo solicitar los correspondientes informes, o evaluándolos con desconcertante ligereza. La desconfianza frente a la psicología lleva a muchos seminarios a restringir su uso a un psicodiagnóstico inicial, que rápidamente pierde actualidad, o a terapias para casos específicos, cuando se requeriría en realidad un acompañamiento permanente de los candidatos a lo largo de todo su proceso vocacional. Los serios y documentados estudios existentes sobre psicología y vocación, entre los que merecen mencionarse los desarrollados en el ámbito de la Universidad Gregoriana de Roma, son ignorados o rechazados prejuiciosamente por muchos obispos y encargados de la formación.
Respecto del tema concreto de la sexualidad, en los últimos tiempos se ha verificado un rápido y notable progreso. Hoy, en algunos ambientes, se habla de manera más explícita y seria de lo que hubiera sido pensable sólo unos pocos años atrás. Pero todavía prevalece un discurso idealizado, que tiende a soslayar la urgencia de los problemas reales. En muchas diócesis los ingresantes son introducidos prematuramente en un régimen de vida cuasi monacal para el que no están en modo alguno preparados. Los formadores, que en la mayoría de los casos no han recibido capacitación específica para su compleja función, muchas veces tienden a ignorar lo que no ven en modo directo. Seminaristas y novicios callan sus sufrimientos y dudas por encontrarse en ambientes que no inspiran suficiente confianza. En el mejor de los casos, comunican sus experiencias a sus directores espirituales, que guardan silencio por su deber de reserva o de sigilo sacramental. De este modo, los problemas sexuales difícilmente alcanzan el fuero externo y, por lo tanto, no forman parte del discernimiento de las autoridades. A su vez, la vida de internado, muy reglamentada, con salidas restringidas a ambientes pastorales con gran exposición, “congelan” por represión e idealización durante años ciertos conflictos profundos, que afloran no bien la persona se ordena y deja el instituto de formación, sustrayéndose al control directo de sus superiores.
En otro orden, la cantidad de sacerdotes que dejan el ministerio en los primeros dos o tres años de actividad es francamente impresionante, y no parece que este dato sea tomado suficientemente en cuenta. Quienes reciben la ordenación sacerdotal han pasado seis, ocho o incluso más años en casas de formación, sometidos a un estrecho escrutinio tanto de su comportamiento exterior como de su vida interior. No hay otro proceso formativo que sea tan minucioso y abarcador. Signos de los problemas graves que se verifican luego en el ministerio debieron estar presentes a lo largo de ese extenso período sin ser debidamente interpretados. La adecuada prevención de los abusos a menores por parte de sacerdotes y religiosos pasará entonces, en buena medida, por una más esmerada preparación de los responsables y una profunda revisión de los métodos de formación, que permita encarar lo relativo a la sexualidad con criterios que, sin desmedro de los aspectos espirituales, sean menos intuitivos y más conformes a los estándares de la pedagogía y la ciencia contemporáneas. Al tratarse muchas veces de conductas compulsivas, y en este sentido con un margen de libertad escaso y con pocas probabilidades de recuperación, las personas que cometieron hechos aberrantes, además de responder ante la justicia, no pueden ejercer en ningún caso el ministerio sacerdotal o cumplir tareas en la formación de niños y jóvenes.





Me parece increíble que se siga ejerciendo tácitamente una defensa de Benedicto XVI, a todas luces inconcebible dado que fue él el responsable de establecer los criterios de “ocultamiento” de pruebas y victimarios desde su cargo de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ocultamiento que puede sostenerse en base a los vínculos de la ICR con el poder: en nuestro país es aberrante el trato concedido a Grassi después de probado su crimen.
De acuerdo a algunos comentarios que he leído, las víctimas de abuso suelen ser niños varones. El articulista sostenía que la homosexualidad y la pedofilia estaban relacionadas.
¿Es cierta esta correlación? Y si lo es, ¿puede demostrar alguna causalidad la correlación? ¿O hay otras hipótesis alternativas?
Muy explicativo, profundo y directo.
Es lo mejor que he leido por su profundidad, cietificidad, heroismo, etc.
Cuanto me alegro que esto llegara a mis manos
Muchas Gracias
Mariana:
Es tan aberrante su comentario, sobre S.S. Benedicto XVI y el que hace sobre el padre Julio César Grassi, como la conspiración tramada contra un ciudadano sacerdote que ya logró demostrar su inocencia en 15 de los delitos que infamemente se le imputaron.
¿Cuántas organizaciones de falsarios hay en el mundo contra la Iglesia? ¿Cuántos explotadores de vicios, y de personas indefensas o indigentes, y de las más bajas pasiones, incluyendo la prostituciòn y pornografía infantil, simulando escandalizarse ante – comparativamente- un reducido número de sacerdotes pederastas a lo largo de 70 años?
La canallada contra el Padre Grassi la inventaron justito cuando se conoció la tragedia de abusos sexuales en Boston.
Todavía hoy hay estúpidos que dicen “¿y todo lo que se ve en los videos?”
¿Y las quince “causas” más dos que me llevaba?
De entre cientos o miles de chicos adolescentes la acusación logró a tres (ya adultos al prestarse a la maniobra) de los que dos ya están evidenciados como mentirosos con la misma historia falsa del mentiroso que queda inventando con fecha incierta ‘un piquito’ y ‘una felación’, que moverían a risa si la falsedad no hubiera ocasionado tantos sufrimientos a un justo y a la Fundación Felices Los Niños que fue materialmente arruinada.
¿Dónde están las PRUEBAS de corrupción, de depravación, de violación?
Sólo tenemos que comparar con los casos de abusos reales que se denunciaron en nuestro país y en el mundo para darnos cuenta de que contra el Padre Grassi se armó una miserable e increíble patraña.
¿Por qué?
¡Por los mismos motivos por los que difaman al Papa y hasta quieren detenerlo y enjuiciarlo penalmente!
¿Por qué?
Por ser bueno, por hacer buenas obras, por ser parte de la Iglesia Santa que los anticristianos odian (aun los que se dicen sacerdotes sin serlo ante Dios).
” que ya logró demostrar su inocencia en 15 de los 17delitos que infamemente se le imputaron”
Me pareció brillante La verdad es que me reconcilié con “Criterio” Gracias
Felicito al autor de la editorial, un acabado análisis de la actual situación de la Iglesia. Quisiera brevemente recordar algo de lo vivido dentro de la Iglesia. En el año 1981 entré al seminario mayor de La Plata hasta 1990, sería larga la descripción de lo allí sucedido, simplemente la formación que recibíamos estaba en crisis después del concilio vaticano II. A esos años precedentes de una gran apertura, siguió un retorno a la formación tridentina, magníficamente descripta en la editorial. Sólo recordaré una entrevista personal de más de dos horas con un arzobispo ya fallecido, el cual ante mi descripción de lo que sucedía en en el seminario, en relación a los problemas de sexualidad subyacentes y de fácil comprobación en el ámbito de la vida del seminario, sorprendido me respondió que jamás nadie le había denunciado lo que yo le manifestaba, y no conocía dentro de la iglesia ningún caso de pedofilia ni de efebofilia y mucho menos hechos derivados de esas manifestaciones.El paso del tiempo demostró lo contrario. Creo positivamente que la jerarquía católica tiene en sus manos la solución a estos problemas, simplemente llamando a colaborar en la formación de los seminaristas a personas capacitadas en la formación integral de le los aspirantes al sacerdocio. Coincido con Timothy Radcliffe: este tipo de problemática esta enquistada en todos los estamentos de la sociedad.
Seguir dentro de la iglesia es un desafio grande, las obras de Dios seguirán adelante, colaboremos para que actúe de la mejor manera posible.
Editorial que debería formar parte de las reflexiones de la CEMIN de manera urgente y, con menos esperanzas, de la asamblea de los obispos. Es notable que el curso organizado por la Comisión de ministerios sobre esta problemática prioritaria y de absoluta importancia haya sido tan soslayada por obispos y formadores del clero. En fin, esto recién comienza; y la proporción de efebofilia superará ampliamente a la pedofilia en poco tiempo en cuanto a la revelación de casos. No se observan deseos profundos y serios de trabajar estas psicopatologías en la mayoría de las diócesis y sus seminarios.