Reseña de El azul de las abejas, de Laura Alcoba. (Buenos Aires, 2014, Edhasa).
Cuando se publicó La casa de los conejos, obra de Laura Alcoba que precede a la actual, señalábamos en CRITERIO (octubre 2008) que refiere “los recuerdos de una niña platense, hija de montoneros, que con ojos infantiles trata de comprender las vicisitudes de la vida clandestina de sus padres”. Y nos preguntábamos: “¿Cómo narrar desde la perspectiva de una chica de siete u ocho años lo que era complejo de entender hasta para un adulto? El mérito de la autora, que escribe en francés y luego supervisa las traducciones, es preservar la mirada ingenua y desprovista de intencionalidad ideológica, aunque la prensa francesa supo aprovechar el trasfondo político para publicitarla.
Dos años después, esa niña se encuentra en París con su madre exiliada y mantiene una larga correspondencia con el padre, detenido en la Argentina. Atrás quedan los abuelos, su profesora de francés y las compañeras de grado. Llega a una ciudad que no es el París de su fantasía y de sus lecturas. El departamento que la madre comparte con otra argentina no está cerca de la torre Eiffel, del Sena o de los grandes museos. Se trata de un barrio periférico donde predominan los extranjeros. En efecto, escribe en este reciente libro: “Un día, por fin, me reencontré con mamá en Francia. Sólo que no fui a vivir a París, como me habían dicho tantas veces, sino cerca”. Y se refugia en la correspondencia con su antigua profesora: “Lo bueno de las cartas es que uno puede pintar las cosas como quiere, sin mentir por eso. Elegir entre las cosas que nos rodean, de modo que todo parezca más bello en el papel”.
Poco a poco, como un verdadero desafío, va mejorando con esfuerzo el idioma de adopción y se enamora de él. Describe a sus nuevos compañeros, nacen tímidas amistades, le preocupa no poder acertar con la foto que espera y relama su padre, descubre su condición de niña refugiada.
La madre trabaja como asistente social o acompañante terapéutica de niños con problemas, autistas o con dificultades de conducta. Con cierta cándida emoción la protagonista cuenta que alguna vez fue con su madre como pequeña asistente: “Aquel chico tenía el pelo muy enrulado y cachetes blancos y rojos, como salido de un libro de cuentos rusos que yo había leído una vez; y no decía palabra. Cuando llegamos a su casa ya estaba esperándonos quietito, sentado en una silla de la entrada, al pie de un enorme espejo. Ya tenía puesto un sobretodo, y hasta un gorro y un par de guantes muy gruesos. Tan pronto como nos abrieron la puerta mi madre se disculpó ante una señora elegante, lo lamento, madame, he venido con mi hija. Pero ella le dijo que no tenía importancia. Y en seguida agregó que, al contrario, la novedad parecía gustarle mucho a Antoine –porque así se llamaba aquel chico tan rubio-. Es verdad, dijo mi madre en castellano cuando ya habíamos salido de nuevo a la placita, parece que a Antoine le encanta que estés aquí”.
El título del libro está tomado de una observación de la conocida obra La vida de las abejas de Maurice Maeterlinck (1862-1949), escritor belga de lengua francesa, dramaturgo simbolista y premio Nobel. Como una forma de preservar las relaciones, el padre preso y la hija exiliada leen los mismos libros y se los comentan en la correspondencia que intercambian regularmente.
¿Cómo surgieron estas páginas? Laura Alcoba lo anota en un testimonio final “Este libro nació de ciertos recuerdos persistentes aunque muchas veces confusos; de un puñado de fotografías y de una larga correspondencia de la que no subsiste más que una voz: las cartas que mi padre me envió de la Argentina, donde estaba preso hacía varios años por razones políticas. Durante más de treinta años las había conservado conmigo, pero no tuve el coraje ni la fuerza de releerlas. Lo hice durante la primavera francesa del año 2014”.
Una pequeña obra que se lee de corrido y que deja la sensación de haber compartido por un momento los descubrimientos y las perplejidades de una niña que se va asomando a la adolescencia.


















