Reseña de “Ha resucitado mi esperanza”, de Carlos Avellaneda (Buenos Aires, 2021, Ágape)

Mientras la pandemia del COVID-19 sorprendía a la humanidad, obligándola a un aislamiento social inédito –que en nuestro país se extendió a lo largo de dos años y cuyo acto final aún está inconcluso–, Carlos Avellaneda, párroco de la Catedral de San Isidro y Asesor de la Pastoral Familia y Vida de la diócesis, gestó una serie de reflexiones que dieron origen a su quinto libro publicado por la editorial Ágape.

El título, que es un fragmento tomado de una oración de la secuencia de Pascua, “Ha resucitado mi Esperanza, Cristo nos espera en Galilea”, sugiere desde el vamos el tema a desarrollar. El contexto que lo encuadra es el clima cultural que se vive en los primeros tramos de este siglo XXI. Superado el ateísmo que impregnó el último tercio del siglo XX, las jóvenes generaciones se comportan indiferentes a la cuestión de Dios, profesando una nueva fe centrada en la ciencia y la tecnología. Es el mundo de la posverdad y el post humanismo. La ley del placer reemplaza a la del deber ser y las nuevas tecnologías prometen gratificaciones inmediatas casi ilimitadas. El futuro parece avizorar el final de los grandes problemas que asolaron a la humanidad.

En esta situación, una micrométrica partícula de ARN irrumpe cual rayo en cielo claro    en el escenario y fractura el orden del mundo. La ciencia queda impotente ante lo desconocido. La solución desde la medicina impone un tiempo de espera. La pandemia comienza a cobrar sus víctimas. La limitación, la soledad, el dolor y la muerte como presencia aquí y ahora, dejan a los seres humanos en estado de máxima vulnerabilidad; inermes y desesperados. A medida que la esperanza en una pronta salida se dilata, las personas apelan a las soluciones mágicas, a las prácticas piadosas, y desempolvan las creencias guardadas en algún cajón de la memoria, rogando a Dios que los libere de la peste. Pero Dios no responde a las pretensiones de los hombres en el modo en que ellos lo esperan. Las personas se enojan con Dios. Cuestionan a Dios. 

El padre Avellaneda, desde su amplia experiencia pastoral, escucha con oídos compasivos el grito desesperado de sus fieles que claman por vivir y no morir, pero también lee el mensaje que la realidad le transmite. Percibe la apostasía de la esperanza en que vive la humanidad, y ve en la vulnerabilidad que la aqueja la posibilidad de una conversión a la única esperanza que no defrauda.

A lo largo de cinco capítulos va desarrollando su pensamiento apoyándose en diversos autores del psicoanálisis de inspiración lacaniana y relacional, pensadores de las ciencias sociales y maestros de la vida espiritual. La exposición se despliega en tres bloques temáticos definidos. En los dos primeros capítulos describe la dinámica del deseo humano y su declinación paulatina, designándolo como “agonía del deseo”. Lo interpreta como consecuencia de una cultura del exceso que satura el mercado de objetos prometedores de un placer que no paga lo que promete, dejando permanente insatisfacción y necesidad de más; realidad en la que se gestan subjetividades adictivas, depresivas, anhedónicas, inapetentes o bulímicas, más autodestructivas que generadoras de vida.

 Mas allá de las razones médicas que condicionan cuadros clínicos particulares, denuncia una enfermedad cultural que se caracteriza por la vivencia de un vacío existencial que reclama la ausencia de lo que necesita, porque el deseo no busca un objeto sino un vínculo. Pero en el vacío no se sabe lo que se desea.

Desde la mirada de la Fe, el autor ve en la desesperanza el camino para la conversión del sentimiento de vacío en experiencia de la falta, que no es déficit sino condición de seres que no poseen la llave de la vida en sí mismos y necesitan de otros para alcanzar plenitud.

Si en sus cuatro libros anteriores el padre Avellaneda reflexionó largamente sobre el encuentro con los otros cercanos y tangibles a través del amor esponsal y fraterno, en esta obra profundiza la limitación inevitable que la condición humana impone al deseo irrenunciable de comunión total, tomándolo como apetencia, signo y anticipación de la comunión con Otro, fuente de la vida. Nos llamó a la existencia imprimiendo el deseo de vida plena y sin límites en el corazón humano: “Nunca desearíamos tanto, si no tuviéramos grabada una esperanza de tanto”, escribe el autor, reverso de aquella afirmación sartreana de que “la vida es una pasión inútil”.

El tercer capítulo testimonia la respuesta desde la Fe a través de dos “Hombres del deseo, testigos de la esperanza” como él los define. San Agustín, maestro del deseo, como orientación al ser pleno que en todo deseo encuentra el deseo de Dios, y San Juan de la Cruz, maestro de la esperanza. El texto está enriquecido con citas textuales de ambos autores, habilitando una breve inmersión en lo más profundo de la espiritualidad cristiana sobre el amor y el deseo esperanzado de unión con el Amado.

Los dos últimos capítulos tienen un tono eminentemente pastoral, invitando al lector a recorrer de su mano el camino de la purificación de su propio deseo. Anima a descubrir, reconocer, concientizar y asumir los propios anhelos, diferenciándolos de las expectativas y de la ilusión. Desde su propia experiencia, se refiere a la cuarentena como un tiempo de desierto que revela la fuerza con que resuena la presencia cuando sentimos la falta de lo que anhelamos. Y concluye con la esperanza como nombre de la última verdad del deseo, siempre destinado a morir para resucitar como confianza en lo prometido por Dios.

A lo largo de sus páginas, escritas a modo de autorreflexión, vuelve circularmente sobre los mismos conceptos en una coreografía que se desarrolla en la interioridad de quien lo lee. Desde el tema central que pone en relación el deseo y la esperanza, va desarrollando la dinámica que enlaza el vacío y la falta, la esperanza, la fe y la caridad, el pasado como fundamento del futuro que da sentido al presente.  

Los temas tratados están enriquecidos por la referencia a una extensa bibliografía que mantiene la tensión interdisciplinaria entre las ciencias y la Fe sin confundirlas ni oponerlas, armonizadas desde la perspectiva relacional antropológica que sustenta toda su prédica. 

 No es un libro para leer rápido, sino para degustar cada página por la riqueza de preguntas e inquietudes que despierta, abriendo un gran interrogante acerca de los lenguajes y metáforas en que se dará el camino de la evangelización del deseo para las nuevas generaciones. 

Sin proponérselo su autor, la lectura es terapéutica en el sentido más acabado del término, porque purifica creencias acerca del amor y el deseo y sana porque el encuentro con quien nos trasciende es profundamente integrador de la personalidad. Parece paradójico hablar de que la integración es salud, en tiempos en que se promueve tanta fragmentación.

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