Teología del terror

Durante los años más oscuros del terrorismo de Estado, el gobierno militar y sectores del catolicismo que declararon su afinidad a la política dictatorial esgrimieron una mirada teológica que hundía sus raíces en los pontificados de San Pío X (1903-1914), Pío XI (1922-1939) y Pío XII (1939-1958). De manera arbitraria, ese discurso construyó una contraposición entre la “verdadera Iglesia”, defensora del “verdadero catolicismo” y los múltiples fermentos de renovación que tuvieron lugar dentro de la Iglesia Católica a partir del Concilio Vaticano II (1962-1965).

Esa mirada permeó la política de la dictadura militar con respecto al mundo católico, en el que se creyó autorizada a intervenir para “corregir errores”, “eliminar desviaciones” e impedir toda “infiltración marxista”. Así, por ejemplo, un grupo de católicos detenidos en La Rioja en 1976 debieron oír, de labios de uno de sus interrogadores, que “la Iglesia fiel de Pío XII” era incompatible con las novedades del Concilio. Fue en esos años oscuros, también, que un alto oficial interrumpió la homilía de un sacerdote para “oponer la teología de Pío XII a la de Juan XXIII y Pablo VI”, y que el gobierno de Jorge R. Videla llegó al punto de arrogarse el derecho a censurar la llamada Biblia Latinoamericana, a la que acusó de marxismo. En mayo de 1977, tres altos oficiales se presentaron en la 35ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal para instruir a los obispos acerca de la “infiltración marxista” en la Iglesia y para encomendarles la tarea de controlar a los eclesiásticos sospechosos y a los docentes y catequistas de los colegios católicos. 

Los ejemplos de intromisiones del gobierno dictatorial en la vida de la Iglesia podrían multiplicarse, pero los que acabo de mencionar son suficientemente elocuentes. Algunos son conocidos y de otros hemos venido a saber gracias a la reciente publicación de los tres tomos de La verdad los hará libres, obra solicitada a un grupo de prestigiosos investigadores por la Conferencia Episcopal Argentina y ampliamente documentada en archivos hasta hace poco inaccesibles. Por eso me detendré más bien en los fundamentos de esa mirada teológica, en algunos de los documentos del magisterio pontificio sobre los que pivoteaba y en el contexto eclesial argentino sobre el que esos documentos incidieron.

Empecemos por ese contexto eclesial, que nos obliga a detenernos brevemente en las relaciones históricas entre el Estado y la Iglesia Católica en la Argentina. Nuestro país nunca separó jurídicamente la Iglesia y el Estado, como hicieron todos los demás de la América Latina con la sola excepción de Costa Rica. No hubo una “Argentina liberal” en el siglo XIX a la que siguió una “Argentina católica” en el siglo XX: los liberales que gobernaron la Argentina decimonónica, a diferencia de los de otros países católicos, evitaron en lo posible enfrentarse a la Iglesia, aspiraron a obtener su colaboración en el proceso de construcción nacional y contribuyeron a su construcción institucional. Pero, ¿no existieron las llamadas “leyes laicas” de la década de 1880? Sí, existieron. ¿No hubo entonces episodios de violencia verbal y hasta física entre “clericales” y “anticlericales”? Sí, los hubo. ¿No fue siempre insuficiente el llamado “presupuesto de culto” del Estado? Casi siempre. Pero si se mira globalmente la historia de la Iglesia Católica argentina y se la compara con otros países (México, Uruguay, Colombia, Guatemala…), lo que predomina es la búsqueda de la armonía, no la beligerancia del Estado hacia la Iglesia y viceversa. Durante los pontificados de San Pío X, Pío XI y Pío XII, las relaciones Estado-Iglesia sin dudas se fortalecieron, pero no es el caso de contraponer esa concordia a un pasado de desavenencias. Los cortocircuitos existieron y a veces adquirieron virulencia, pero fueron más bien episodios que conflictos estructurales y duraderos. 

Por otro lado, en el siglo XX, y especialmente durante esos mismos pontificados, la Iglesia Católica argentina ganó un influjo social, cultural y político inédito. Es lo que los historiadores llaman “renacimiento católico argentino”, un proceso de relativa vitalidad que se ejemplifica a menudo con la multiplicación de diócesis, parroquias, seminarios y colegios; con el aumento de las vocaciones sacerdotales y religiosas, la creación de organizaciones laicales como la Acción Católica en 1931 y la proliferación se publicaciones confesionales (señaladamente Criterio, fundada en 1928).

Esa especie de “edad dorada” del catolicismo de la primera mitad del siglo XX, que se acompañó de una intensificación de los vínculos con los sectores gobernantes y con las Fuerzas Armadas, explica la nostalgia con que muchos católicos la evocaron durante el posconcilio y también, en alguna medida, el pretendido derecho a intervenir en la vida eclesiástica que se arrogaron los militares. 

Con respecto al magisterio pontificio de la época, cabe recordar, en orden cronológico, la encíclica Pascendi, que publicó San Pío X en 1907. Se trata de un documento contra el llamado “modernismo”, que proponía entonces una relectura historicista de los dogmas y de las Sagradas Escrituras. Pero el documento fue importante más allá del inmediato contexto en el que fue publicado, porque permitió que otros desarrollos teológicos posteriores, como la Nouvelle Théologie de mediados del siglo, o la Teología de la Liberación, fueran defenestrados como “modernistas” (la segunda, además, tachada de “subversiva”). Es decir, más allá de las razones del Papa para condenar ciertas obras de la época –como L’Évangile et l’Église de Alfred Loisy, publicado en 1902–, el documento obstaculizó la investigación teológica y bíblica, al habilitar un férreo control intelectual sobre los teólogos y sobre los profesores de los seminarios y facultades de Teología.

Pero el más importante de los documentos magisteriales que influyeron en la “teología del terror” fue la encíclica Quas Primas de Pío XI, publicada en 1925. Con ella, recogiendo enseñanzas de algunos de sus predecesores, el Papa estableció la fiesta litúrgica de Cristo Rey. Desde la década de 1860 circulaba en el mundo católico la idea de un “reinado social del Sagrado Corazón”, pero la Quas Primas autonomizó la noción de Reino de Cristo de la devoción corazonista, de corte más bien expiatorio e intimista, y sobre la todo politizó de manera radical. Jesucristo tenía derecho a reinar no sólo en la conciencia de los católicos, sino sobre todas las criaturas y todas las sociedades:

…a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor, como lo afirman estas palabras de nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, las cuales hacemos con gusto nuestras: el imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano (Quas Primas, 15).

La idea era que Cristo tenía derecho a reinar sobre todo individuo, familia y sociedad, dentro y fuera de la Iglesia, incluidos los Estados y las instituciones de cualquier naturaleza. Las sociedades modernas, imbuidas de laicismo, le negaban a Cristo el ejercicio de ese derecho incontrovertible que encontraba sus fundamentos en innumerables pasajes bíblicos y en la tradición de la Iglesia. Los derechos del hombre formulados por la modernidad en el siglo XVIII no podían contradecir los más elevados e indisputables derechos de Dios a gobernar sobre todo individuo, familia y sociedad. La Quas Primas evocaba la imagen iconográfica del Pantocrátor, el Cristo todopoderoso que extiende el poder de su cetro sobre toda la creación y la entera humanidad. En consecuencia, y puesto que el Papa es el vicario de Cristo en la tierra, ese derecho se extendía a la Iglesia, lo que propiciaba la proliferación de ideas y proyectos políticos de carácter hierocrático o gobierno de lo sagrado. Así, por ejemplo, en noviembre 1937 la revista Concordia de la Acción Católica afirmaba:

Es preciso que Él reine, y que reine de tal manera que no sólo informe con su gracia la mente de los hombres, individualmente, sino que –mediante sus siervos, perfectamente educados en la ley perfecta de la libertad– alcance y gobierne con la verdad y la justicia, toda la vida pública. No es, en efecto, a los dirigentes de este mundo de tinieblas, sino a Aquel que es sólo el Rey inmortal de los siglos que ha sido dicho por Dios: Te daré en herencia a las naciones y tu dominio se extenderá hasta los últimos confines del mundo”. 

Esa imagen de Cristo, dotada de esas connotaciones “terrenas”, fue ampliamente difundida por medio de la liturgia –el Papa quiso una festividad nueva justamente por el influjo de la liturgia sobre los fieles– y de innumerables publicaciones e instituciones. Cristo Rey fue, por ejemplo, el patrono de la Acción Católica, que se propuso instaurar el reinado de Cristo en todo el mundo, tanto en el plano espiritual como en el temporal. Además, esa idea de la realeza de Cristo se extendió, durante el pontificado de Pío XII, a la Virgen María. La imagen “monárquica” de la Virgen fue exaltada por medio de variadas iniciativas: el dogma de la Asunción en cuerpo y alma de la “Reina celestial” con la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus de 1950; la encíclica Fulgens Corona, de 1953; y la institución de la festividad del reinado de María con la encíclica Ad Caeli Reginam, de 1954. Nuevamente, el corolario de ese imaginario “monárquico” era que la Iglesia Católica, gobernada por el sucesor de Pedro, detentaba el derecho a “reinar”, de manera vicaria, sobre todos los individuos y sociedades.

Teniendo en cuenta todo ello, no es de extrañar que muchos católicos postconciliares recordaran con nostalgia esa “época dorada” del “renacimiento” y las férreas seguridades que proporcionaba ese magisterio. Muchos de los miembros de la Conferencia Episcopal que actuaron en la época de la dictadura se habían formado, habían recibido la ordenación sacerdotal o habían sido designados obispos en aquellos años. Además, el Concilio había profundizado las contradicciones internas del catolicismo, que habían derivado a menudo en conflictos violentos, y no pocos le achacaban la responsabilidad de la “crisis del sacerdocio” y la caída de las vocaciones. Muchos católicos, en particular aquellos que habían crecido en tiempos del “renacimiento católico”, creían sinceramente que la misión de la Iglesia era asegurar el reinado de Cristo no sólo en la vida espiritual creyente, sino también en el plano temporal. En una época en que la democracia no era un sistema que gozase de gran aprecio –ni en la derecha ni en la izquierda–, el que ese reinado se alcanzase mediante un gobierno de facto no siempre despertaba escrúpulos. Otros protagonistas, dentro y fuera de la Iglesia, no hesitaron en manipular el magisterio pontificio de aquella “era dorada” para justificar persecuciones y violencias inauditas. Conocemos de sobra la feroz represión que se abatió sobre obispos como Enrique Angelelli, sobre sacerdotes y religiosos –como los padres palotinos o las monjas francesas secuestradas en la parroquia de Santa Cruz–, sobre catequistas y otros agentes pastorales. Muchos pagaron con su vida su inserción pastoral en el mundo de los pobres, o el mero interés por las nuevas ideas teológicas que florecieron después del Concilio, como la Teología de la Liberación y la Teología del Pueblo, que sus mismos iniciadores –argentinos como Juan Carlos Scannone o Lucio Gera– consideraron expresión de la primera. 

De hecho, durante los años de la dictadura, la imagen de Cristo Rey, en su versión preconciliar, fue evocada insistentemente por los militares y por los católicos que los secundaron. Basta hojear las revistas tradicionalistas Verbo y Mikael, que lo citaban permanentemente. Carlos Saccheri, asesinado en 1974 por un comando guerrillero frente a su familia, riguroso detractor de las “desviaciones conciliares” y autor de La Iglesia clandestina, obra de referencia para esa corriente, afirmaba que su causa no era sino la de Cristo Rey. En 1976 la revista Cabildo, cercana al gobierno dictatorial, denunció que “la Teología de la Liberación reemplaza a la de la Salvación. Los cristos hippies, obreros y pacifistas a Cristo Rey, Señor del Cielo y de la Tierra”. La capilla que en 1978 se abrió en la Casa Rosada fue dedicada a Cristo Rey, y en su inauguración el pro-vicario castrense, Victorio Bonamín, afirmó que el presidente de la República, toda vez que debiese tomar alguna seria decisión, debía acudir a ella para consultar la voluntad de Cristo Rey. De nuevo, los ejemplos pueden fácilmente multiplicarse.

No por nada en los años del Concilio Vaticano II la fiesta litúrgica de Cristo Rey fue seriamente cuestionada por su carácter hierocrático y sus obvias connotaciones políticas. No faltaron, incluso, voces que propusieron su supresión lisa y llana. Dom Helder Cámara, por ejemplo, propuso sustituirla por una festividad del “siervo sufriente” del capítulo 53 del libro de Isaías. Finalmente, la comisión que encaró la reforma litúrgica decidió cambiar el texto y la fecha de la misa –desplazándola al último domingo del año– para evitar sus lecturas políticas y poner el acento en el reinado escatológico y cósmico del Cristo, que reina eternamente y que volverá, según esperamos, en gloria y majestad al final de los tiempos. La imagen mental que los creyentes se forman de Dios incide decisivamente en sus comportamientos.

Roberto Di Stefano es Licenciado en Historia y Doctor en Historia Religiosa

No hay comentarios.

¿ QUIERE DEJAR UN COMENTARIO ?