Se trata de dos libros que desean -como dice el autor- levantar la esclusa de la independencia para mirarnos como una historia de quinientos años. Y de ese modo visitar la Argentina de la monarquía dual de Felipe II, del reino portugués de Felipe III, del dominio inglés del Atlántico, del Brasil de Pombal y de la iniciativa imperial de Carlos III, para tratar de iluminar el presente.

 

La tesis de fondo de ambas obras es bien conocida: la existencia de dos Argentinas: la andina o tucumana (¿por qué tucumanesa?) y la litoral, que por partes iguales componen aquella única Argentina, no terminaba de reconciliarse consigo misma. Como hemos dicho, se trata de una tesis conocida, presente ya en Alberdi, Sarmiento o Mitre, pero desarrollada aquí con un brío novedoso del cual no está ausente el contacto fecundo del autor con hombres de la escuela de Les Annales en París. De donde entonces la historia económica es del algún modo la brújula conductora de estas páginas brillantes, sugestivas, motivantes.

 

Hay en Larriqueta una voluntad de ensanchar el horizonte para indagar en las propias raíces. Para quien no viene de la historia como el que esto escribe, sino que sólo la contempla desde lejos, y no sabe por ello hasta qué punto lo aquí recogido es ya sabido o no, lo que le impresiona en Larriqueta es la capacidad de enfocar su discurso y resaltar bajo la forma del ensayo verdades que muchas veces permanecían en el claroscuro, pero no por ello menos reales. Enumeraremos en someros trazos los aspectos que más nos interesaron en ambos libros, planteando eventualmente alguna pregunta al autor.

 

Nos parece muy bien resaltada la decisión de Isabel de Castilla de reconocer la libertad de los indios llevados por Colón para ser vendidos como esclavos en aquel 20 de junio de 1495. Toda la cuestión indígena es estudiada con respeto, realismo y voluntad de verdad. Carlos V escucha a Las Casas contra los intereses de la Corona. El capítulo sobre los vencidos -los indios- es imperdible, sobre todo en su descripción de la “mentalidad” india. Señala el autor la diversa mestización de Méjico y Perú, la pervivencia de muchas instituciones indias paralelas a la fundación española, como por ejemplo el kuraka o cacique indiano en el régimen de la encomienda. Pero la mentalidad aparece en toda su fuerza ante la ausencia de moneda en el Incario. Moneda que en el capitalismo medieval fundará una cultura de la acumulación. El indio sólo trabaja para satisfacer sus necesidades básicas. Sin moneda no había propiamente salario por el trabajo. Al no haber moneda tampoco había venta a crédito. De allí entonces la resistencia del indio al trabajo para terceros, al trabajo por dinero y al trabajo por encima de las necesidades básicas. Consecuencia ineludible: la sorda resistencia sólo quebrada por un autoritarismo inevitablemente endurecido. Inútil destacar cuánto perdura esta cultura en toda la América andina, y por cuanto también en nuestra Argentina tucumana.

 

Larriqueta valora notablemente la importante figura de Felipe II destacando su enorme capacidad de constructor de lo que será América indiana. Pero simultáneamente devalúa la figura de Carlos por su preocupación intraeuropea. La devaluación de Carlos nos parece injusta para quien tenía que habérselas, entre otras cosas, con el inmenso cuestionamiento desatado por Martín Lutero. Su fracaso no obsta a que haya entrado en la gran historia. ¿Cuánto hubiera tardado Trento sin un Carlos que lo motivara? Pareciera percibirse un cierto triunfalismo en Larriqueta, con omisiones o cuasi omisiones llamativas (La Invencible, en el caso de Felipe II, por ejemplo).

 

Tampoco nos parece convincente la valoración de Lepanto, con los turcos “empujados a las profundidades del Asia”. Como reconocerá en su segundo tomo, en 1681 golpearán los portones del Hofburg de Viena, para susto mayúsculo de Europa entera. El destino de la monarquía danubiana no fue historia chica hasta Napoleón, ni fue después de él. El significado de Viena del s. XVI al XX incluido, es, por el contrario, el de una historia grande en muchísimos ámbitos.

 

Nos parece excelente y muy instructivo el cuadro de don Francisco de Toledo, su obra y su influencia en lo que será la argentina tucumana, como proveedora de alimentos, textiles y mulares para Potosí y su entorno.

 

Frente a esta Argentina tucumana inserta en función del centro económico de Potosí del Alto Perú, las pinceladas con las que Larriqueta pinta la Argentina platina o litoraleña no dejan de llamar la atención. La monarquía dual hispano-portuguesa significa ya para Buenos Aires una notable ocasión de crecimiento comercial entre el mundo portugués y el Alto Perú, cuyo paradigma es el riquísimo comerciante porteño don Diego de la Vega. La instalación de la Aduana seca de Córdoba 1620-23 será resistida en todas formas.

 

El segundo tomo, La Argentina imperial (título quizás excesivamente pomposo), tiene un itinerario sumamente instructivo para el lego. Se trata de bucear las raíces del Buenos Aires del XVII y el XVIII en relación, naturalmente, con el mundo portugués y el inglés, además del español.

 

El autor describe con claridad la conquista portuguesa y sus diferencias con la española. Muestra las ventajas porteñas de la monarquía dual y su quiebre en 1620 (Aduana seca ya mencionada) y más profundamente en 1640. Aparece la vocación portuguesa por llegar al Plata hasta la fundación de la Colonia del Sacramento. La cultura esclavista portuguesa es descripta con acierto: “Ahora se puede ver… hasta qué punto la decisión antieconómica de los Reyes Católicos de prohibir la esclavitud de los indios estaba fundando una civilización fundada en una ética con miras largas. Protegidos de la esclavitud, los indígenas americanos podrían sufrir a los castellanos como sus amos pero no como sus enemigos, y en ese matiz decisivo se fundaría un encuentro, una fusión. De su lado, mientras los esclavistas portugueses miraban a los africanos como objetos de tráfico, cuyo futuro les era perfectamente indiferente una vez cobrado el precio, los encomenderos hispanos tenían interés propio en conservar el capital humano que la Corona les confiaba para siempre” (pág. 67). El imperio portugués es un imperio marítimo no territorial, imperio que con el descubrimiento del oro tenderá hacia el sur, desde donde necesitará ganado y mulares de más al sur.

 

Finalmente muestra las consecuencias de la guerra de la sucesión de España, con las ventajas para Inglaterra del asiento de negros en Buenos Aires y el navío de permiso anual para el comercio, que devendría finalmente una suerte de puerto flotante.

 

Muy notable la caracterización de Pombal, quien ya desde 1740 advertía desde Londres el peligro de una invasión inglesa al Plata. En 1763 se funda el virreinato en Río. Un año antes Cevallos recupera Colonia (dentro de los nueve episodios de recuperación que marcan el XVIII rioplatense) y encuentra nada menos que 27 barcos llenos de mercaderías inglesas.

 

El perfil de Carlos III es trazado con simpatía y comprensión, y es puesto por Larriqueta de algún modo como el fundador de la futura Argentina. Llama muy felizmente al virreinato en Buenos Aires (1776) como la primera capitalización de lo que será la Argentina”. La muy desgraciada expulsión de los jesuitas es capítulo aparte, tanto en el caso de Aranda en España y América española como en el de Pombal en Portugal y el Brasil.

 

De la mano de Susan Socolow describe con precisión el talante comercial, capitalista y especulativo de la clase dirigente porteña de la segunda mitad del XVIII y su progresiva apertura al comercio internacional más allá de las fronteras españolas; es decir, hacia el comercio portugués e inglés.

 

Este buceo portugués-brasileño y platino es muy sugerente y ayuda a entender las desinteligencias argentinas posteriores. “Tiempo vendrá en que un equipo multidisciplinario y des-prejuiciado pueda hacer un estudio comparativo del estado general del mundo indiano en 1810 y en 1850 -por tomar dos años cualquiera, antes y después- para enseñarnos las consecuencias de la independencia sobre la realidad económica, social y cultural de nuestros pueblos. Entonces veremos, probablemente, un enorme retroceso, precio del progreso en el campo de las ideas y la organización política, pero que se explica por qué las repúblicas independientes tuvieron que retomar la marcha desde un punto más bajo que el de los antiguos virreinatos y gobernaciones, con todo lo que esto significó de sacrificio para la gente y de cuestionamiento y fragilidad para las ideas republicanas y democráticas.” (La Argentina renegada, pág. 72).

 

Con respecto a la Argentina tucumana (barroca, diría Morandé), como lo hemos visto, Larriqueta, liberal y radical como se autodefine, valora muy positivamente esta herencia nuestra. Esto supone un horizonte amplio. Si se le escapa alguna afirmación laicista (la enseñanza pública religiosa como forma de intolerancia) habría que preguntarle si es intolerancia la enseñanza pública religiosa como tal, o si lo intolerante es la enseñanza sólo católica en particular. Si esto es así, como lo creo, lo deseable sería una enseñanza religiosa pública pluralista, y consecuentemente -esto es harto importante- la no enseñanza religiosa sería también una forma de intolerancia. Dicho en otras palabras, la verdadera tolerancia es la enseñanza pública de las distintas confesiones, con libre opción paterna a no enseñar ninguna.

 

Esta aptitud para valorar la Argentina tucumana podría llevar a preguntarnos si todos los argentinos tucumanos que participaron en la organización nacional, ganados por lo porteño, no actuaron como gestores de de la reconciliación de ambas argentinas. Dejando aparte a Roca, aunque habría mucho que hablar, y a Alberdi, la figura de Avellaneda podría quizás revelarnos elementos de aquella reconciliación, buscada por Larriqueta. Y del mismo modo fray Mamerto Esquiú. Más tarde, del lado porteño, Hernández y Pellegrini también podrían mostrar una valiosa apertura al interior, llamada entonces lo “nacional”. Indalecio Gómez, vallisto salteño de Molinos educado en Sucre y de tan decisiva actuación en la sanción de la ley electoral, es otra figura paradigmática en la confluencia de ambas corrientes.

 

Manuel Pizarro, Leopoldo Lugones, Juan Terán, Ernesto Padilla y tantos otros merecerían ser estudiados desde este ángulo, es decir, como artífices concretos de una Argentina única, reconciliada y plural.

 

Cabría afirmar, quizás, desde el ámbito eclesial argentino, que los siglos XVIII y XIX no han sido aún globalmente asumidos e integrados, en una visión valorativa ponderada y crítica. Esto ha sido fatal para una verdadera reconciliación entre la Iglesia y la República. Los libros de Larriqueta invitan a ello, de modo de superar las estériles antinomias decimonónicas, que cada tanto parecen reaparecer, por ambos lados.

 

El entusiasmo y la valoración de la Argentina litoraleña o platina es desbordante en el autor. Ahora bien, nos parece que su tesis en el sentido de identificar lo radical con Buenos Aires y el peronismo con la Argentina tucumana merece un tratamiento más desarrollado, quizás en un próximo libro. Ponderemos, asimismo, el excelente y muy rico castellano de Larriqueta, que fluye con frescura.

 

Finalicemos reconociendo lo estimulante de la lectura de ambos libros, que podrían también ser considerados -como me lo comentó un buen amigo, Roberto Guyer-, una suerte de introducción histórica al Mercosur, y la mucha utilidad del diálogo planteado por el autor. Queda abierto el camino para continuarlo de modo que ayude a la reconciliación fecunda en nuestra tierra.

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