Un líder impredecible en Reino Unido

Extraño nombre para un inglés, pero allí está el nuevo Primer Ministro británico, Boris Johnson, en uno de los más importantes cargos políticos en el mundo, que ocuparon estadistas de la talla de Pitt (el joven), Palmerston, Disraeli, Gladstone, Lloyd George, Churchill y Margaret Thatcher. No llega como improvisado. Su CV destaca cargos tales como alcalde de Londres y nada menos que Foreign Secretary (ministro de Relaciones Exteriores), otro de los cargos más notables, a nivel global, desde hace no menos de tres siglos. No se cuentan, en la historia política británica, numerosos casos similares (puestos de foreign secretary y prime minister en una misma persona).
Pero Boris accede con una historia personal extraña, destacada por su excentricismo; según algunos, es impredecible. La nota de tapa de la revista The Economist de la última semana de julio, con el título “Here we go – Britain´s new prime minister”, refleja la opinión de ese medio, uno de los más influyentes. Desde que se lanzó la candidatura de Johnson la revista manifestó su oposición cerrada y la imagen de la tapa en cuestión es definitoria, no precisamente en sentido positivo: coloca a Boris en una categoría que hoy se endilga, negativamente, a una persona fuera de sí, alienada. El nuevo Primer Ministro pasó a formar parte del club de los “peligrosos” que ya integran Trump, Bolsonaro, Putin, Salvini y varios más, en todos los continentes.
¿Es merecida tal calificación? A pesar de sus antecedentes, quizá sería prudente esperar y concederle alguna chance a alguien que llega hasta uno de los niveles políticos más trascendentes. Pero Boris arrastra una historia personal que destaca una idiosincrasia, excentricidades y desafíos tales que superan la línea a la que están habituados los británicos. Boris tiene un importante aunque no demasiado alto grado de aceptación en la población británica, y un nivel no menos elevado de rechazo.
Debe recordarse que al liderazgo de los partidos políticos en el Reino Unido se accede a través de un procedimiento interno, definido sólo por cada partido –es decir que no interviene en su normativa el Estado o el Gobierno–, cuyas características son cerradas. Boris venció todos y cada uno de los obstáculos de la carrera y llegó al tope.
El problema es de naturaleza diversa. ¿Será Boris realmente capaz de interpretar, definir y convencer a los demás –en su partido, su gobierno, su país y el resto del mundo– el signo de los tiempos; la cuestión realmente importante, entre tanto fárrago; el “disco duro” de la cosa? ¿O, por el contrario, se hundirá en el fracaso de otro intento por cambiar el rumbo de una historia –la del Reino Unido con Europa continental– que ha sido siempre dramática, contradictoria, hasta incomprensible, para los propios actores del drama?
Conviene tener en cuenta que no se trata sólo de la historia reciente, es decir, la guerra fría y su “post”, la descolonización, la prolongada hegemonía norteamericana, la emergencia de una potencia asiática (China), la relativa y dudosa “decadencia” europea. Debe recordarse que la isla y el continente han tenido una historia harto compleja que incluye episodios que, aunque lejanos en el tiempo, conservan una nada desdeñable “virtualidad”: la guerra de los cien años, la de las dos rosas, la guerra civil, la rivalidad marítima e imperial con España primero y con los Países Bajos, con Francia, con Rusia y con Alemania, más tarde, por nombrar sólo los mayores.
En cada capítulo que se juega algo importante las sombras del pasado regresan, de un modo u otro, para bien o para no tan bien, con una fuerza sorprendente, como si nunca hubieran quedado atrás. En las reacciones de los británicos de hoy encarnadas, al menos en parte por Boris, están íncitas las del pasado. Conviene tenerlo en cuenta: no hay olvido. Si se pretende interpretar el ánimo o el talante de los británicos, hay que descartar que no hagan pesar el pasado en el presente.
El nuevo Primer Ministro, que parece (sólo “parece”) llegar con mucho ánimo, energía y decisión, tendrá una ímproba tarea, que incluso puede frustrarse a poco tiempo de iniciada, según comentan los expertos, dada la relación de fuerzas en el Parlamento, que no es suficiente para imponer una línea política firme, rígida y decisiva. Esa es apenas la primera de una carrera de vallas cada vez más elevadas y complejas. Si logra saltar la primera, comienzan los problemas de fondo, los reales: qué hacer, una vez triunfante, con el “post” brexit; como lograr que el país “reconstruya” (este es un inapropiado concepto aplicado a lo político en el Reino Unido) una nueva y respetable posición en el mundo; como definir la defensa y la seguridad del país (es decir, la seguridad física, financiera y económica tanto material como institucional). En fin, como se ve, ninguna cuestión es pequeña o fácil. Son todas casi imposibles, y encima van todas juntas, subidas unas a las otras. No hay margen para equivocar.
Quizá Churchill no tuvo en cuenta, al definir el momento de la suprema prueba de resistencia británica, la batalla de Inglaterra (desde junio a setiembre de 1940), como “The Finest Hour”, para los próximos mil años.
Quizá esa hora especialmente señalada esté aún por suceder. Si Boris logra al menos parte de lo que promete, puede ser que sea él quien la realice. No faltan quienes opinan que éste particular período es el más grave y difícil experimentado por el Reino Unido desde la Segunda Guerra Mundial.
Un hombre con las extrañas características de Boris puede ser el del “destino”. A veces sucede de esta manera, inesperada y extrañamente. En sus memorias, Churchill lo recuerda así para él, en mayo de 1940. Y Boris, entre otras cosas, escribió una biografía de Winston.

El autor es embajador.

No hay comentarios.

¿ QUIERE DEJAR UN COMENTARIO ?