Un libro que interpela a la Iglesia y al mundo militar 

Del libro Si lo contás, te mato, del periodista argentino Gustavo Sammartino, no sólo me atrapó la historia, sino también la posibilidad increíble de mantener largos diálogos, aunque intermitentes, presenciales y por teléfono, con un personaje de una densidad tan siniestra como la del general Guillermo Suárez Mason, apodado “Pajarito” en los años de plomo y también “Cacho” en el ámbito de su familia. Se definía como “el N° 4” de la Junta Militar que tomó el poder en la Argentina el 24 de marzo de 1976. 

También me interesó mucho –diría que casi me intrigó– el alma del que se animó a charlar cara a cara, a solas y en compañía, de día y también de noche, con quien tuvo en sus manos la vida y la muerte de miles de detenidos-desaparecidos.

Gustavo Sammartino tiene 59 años. Cuando se concretó el golpe militar, tenía apenas nueve. Nació en el seno de una familia cordobesa de clase media. Inmerso en esas coordenadas sociogeográficas, “la mejor educación era el Liceo Militar”. Había terminado segundo año allí cuando su familia se trasladó a Buenos Aires –tiempos de la guerra de Malvinas–. Egresó con el grado de subteniente de reserva, lo que le permitió entrar al Colegio Militar. Corría 1984 y las cosas cambiaron a nivel país. Perdió un año de cursada por un accidente y, al volver, “me volaban otros pajaritos en la cabeza, me había puesto de novio y me fui”. Estudió Comunicación y Periodismo porque siempre le gustó escribir. Se casó a los 21 años con su esposa, con quien lleva 37 años de casado, tienen seis hijos y dos nietos. Son católicos, con una devoción muy fuerte por la Virgen del Rosario de San Nicolás.

Una vida en los medios

“Me recibí en Periodismo por un convenio que había entre Clarín y la UCA –cuenta Sammartino a Criterio en un bar ubicado cerca de la radio donde trabaja–. Hice una pasantía en la editorial Atlántida, revista Somos, después el diario El Sol de Quilmes. Hice una prueba en un noticiero con Romay en canal 9 y entré. Cuando Romay vendió el canal en 1998, pasé a radio Mitre”.

“En enero de 1999 se da el contacto con Suárez Mason. Yo tenía 32 años y trabajaba en el programa de Néstor Ibarra por Mitre; él tendría 76 y estaba en plenitud total, incluso después de haber hecho todo lo que hizo, incluida su fuga a los Estados Unidos para evadir el histórico juicio a las juntas militares impulsado por Raúl Alfonsín. Eso cayó muy mal en el ejército”, explica Sammartino. 

Gozó de protección política cuando el presidente Carlos Menem firmó los indultos en los ’90: el último decreto fue en exclusividad para Suárez Mason. “Lo conocí con una libertad absoluta, por eso se prestó al diálogo público dolido porque lo expulsaron de Argentinos Juniors, el club del cual era un apasionado”, recuerda. El periodista Néstor Ibarra era una eminencia en lo suyo y Suárez Mason era un bravo en lo propio: la situación era la noticia. “En esos años rastreábamos teléfonos en la guía, esos biblioratos gordos… ubiqué el apellido de Lita, su esposa, y accedió a dar la nota para la radio”, detalló Sammartino.

—¿Qué le dijo Suárez Mason a Néstor Ibarra en esa entrevista?

—Reconoció al aire que tenía documentación bien guardada de las instrucciones recibidas en los años del Proceso. Tan básico y delicado como eso, información que se transformó en titulares de varios cables en coincidencia con el inicio de la causa 450 de robo de bebés durante la última dictadura. A pesar de los indultos, había presiones a partir de las investigaciones que se realizaban en el exterior, España, Italia… En Clarín y en la radio me piden que encuentre esa documentación que él dice tener. Hice la gestión y a los dos o tres días me senté a conversar con Suárez Mason en soledad total.

—Cuando mantuviste estas conversaciones con Suárez Mason en su casa, tan bien descriptas en el libro, vos viviste situaciones bizarras: muffins y cookies cocinados por el general, pizzas que fuiste a comprar para compartir con él, partidos de fútbol que miraban por televisión, su esposa que te lo dejaba a tu cargo…

—Te voy a hacer una confesión. Más allá de que conste en el libro, en cuanta ocasión puedo lo digo, hay un sesgo que siento, sentí siempre y ahora más: tengo que explicar qué hice, cómo lo hice y con la mayor cantidad de datos posibles. Además, soy muy observador y memorioso. Y me pasaban esas cosas: recuerdo el olor a gente cocinando al entrar al departamento. Al inicio no tenía claro el formato que resultaría de mi búsqueda, posiblemente un documental de contenido periodístico, por ejemplo, teniendo en cuenta que había trabajado en televisión y estudiaba cine. 

Leemos en la página 365 de lo que finalmente es un libro: “Por aquel entonces, este sacerdote amigo me pidió un desesperado favor que no pude negarle. El cura tenía un hermano viviendo un serio problema. Atravesaba un estado depresivo porque con su esposa no podían tener hijos. Anoticiados de las distintas irregularidades que había con los partos de las mujeres guerrilleras detenidas, y en virtud de cierta revelación imprudente que yo había hecho durante alguna de mis confesiones privadas con el cura amigo, sus familiares se atrevieron a pedirme a través suyo que ‘por el amor de Dios’ los ayudara a conseguir uno de esos bebés. (…) En realidad, no quería hacerlo, pero terminé haciéndolo. ¡Yo colaboré para que ellos tuvieran un bebé! O se podría decir, que yo robé un bebé para Dios”, admite Suárez Mason.

—¿Cómo reaccionaste ante esa revelación?

—Él estaba en su ambiente, casi enajenado, perturbado. Se lo repliqué y lo expuse: “Usted está diciendo tal cosa”. 

Bebés de cielo y tierra

Sammartino, conmovido hasta las lágrimas, reconoce su dilema interior: “El rigor moral con el que vengo tratando este tema es enorme. Es un peso hacerlo público y es un peso haberlo llevado conmigo porque formo parte de una familia con compromiso religioso y militar. Me crié en instituciones valiosas, tanto la militar como la Iglesia, y jamás hablaría mal de ellas. Cuando supe esa verdad tan dura tuvimos una crisis familiar. Coincidió con el fallecimiento de una de mis hijas, una bebita, y esa situación me rompió. A esa verdad que se le escapó, siguió la amenaza: “Si lo contás, te mato”. 

—¿Tuviste miedo?

—Mi esposa estaba muy asustada y con razón. Con 32 años y seis hijos, yo le daba para adelante en la vida, era un entusiasta, la peleaba con mil trabajos todos los días y tenía un perfil muy bajo. El conflicto con el miedo terminó en el 2005 (Suárez Mason murió el 21 de junio de ese año) pero la cosa culposa seguía estando. Lo hablé con sacerdotes amigos y algunos me decían ¿para qué revolver el tema? Y hasta el día de hoy ninguno de ellos me pregunta por el bebé entregado. Mi trauma es por el bebé. Mi editor en Planeta, Marcelo Panozzo, me marcó que lo especial de este libro pasaba porque lo contaba yo, no era una biografía no autorizada. Y pasó otra cosa determinante: mis hijos crecieron, la beba que falleció tendría ahora 26 años. Hoy, a 50 años del golpe, se produjo una especie de revisionismo en casa como para que me animara y lo hice. 

Reuniones a la hora del té

En su libro Gustavo Sammartino insiste varias veces en que los encuentros con el “General” eran té de por medio con pastelería casera preparada tanto por Lita como por su esposo.

—¿Cómo era Suárez Mason en su casa?

—No era muy alto, grueso. Él, su familia y su departamento eran muy coquetos. Calzaba los clásicos zapatos negros bien lustrados, pantalón de vestir, chomba o camisa, anteojos. Era gracioso en las formas, iba y venía de la cocina al living, a veces se olvidaba de apagar el horno, yo le avisaba cuando había olor a quemado. Tenía problemas para caminar y si ofrecía ir yo, él, muy formal en el trato, decía: “No, me corresponde a mí”. Yo le decía “general” y él me decía “Sammartino”, siempre de usted los dos. La esposa también le decía “general” pero lo trataba de vos. 

—¿Lita le tenía miedo a su marido?

—No. Ella era su entorno afectivo y doméstico, como lo tuvieron los grandes dictadores de la historia. Me da vergüenza decirlo, pero lo cuidé más de una vez, por pedido de su esposa, cuando tenía que salir. Las primeras veces sentí miedo. A veces conversaba, otras se quedaba callado, escuchaba partidos de fútbol… Me había estipulado charlas de 40 minutos, pero cuando se excedía, me dedicaba a observar y aprovechar alguna oportunidad. De hecho, cuando se levantaba para ir al baño, yo pispeaba a los costados porque muy cerca había una habitación a la que él refería seguido. Un día miré el famoso cuarto y había gorras, uniformes, papeles desordenados… Eso sí: no asustaba pero, a veces, intimidaba. Si yo a cada cosa que él decía y me interpelaba la conciencia hubiera estado dispuesto a responderle, creo que no habríamos llegado a su confesión más impresionante. Las últimas charlas fueron las instancias más críticas.

—Él ya sabía que vos sabías.

—Y eso era un problema. Fueron sus abogados los que se lo hicieron notar porque no hizo una confesión, dijo lo del bebé en el mismo tono que usaba siempre y como veníamos hablando ese día en el que se fue de boca. Si yo no hubiese reaccionado ni se habría dado cuenta. Y vale aclarar que él me asociaba con un Sammartino que yo no era, se trataba de otro al que él le tenía una simpatía a priori, y yo durante las entrevistas siempre busqué empatizar. Si veía que la cosa venía medio depresiva o enojada, le sacaba el tema del fútbol. A veces le hablaba de su caballo, él era del arma de Caballería, yo entendía el mundo militar, hablábamos de Malvinas… Y también me gané la confianza de su esposa. 

—¿Sentías que estabas en presencia de “el mal” cuando lo tenías enfrente?

—No. Siempre me preguntan si era un monstruo. Nunca podría decir eso. Estuve con un tipo de carne y hueso, y me niego a creer que fue por mérito mío, aunque evidentemente hubo algo en cómo logré meterme en la intimidad de su casa. Fue como meterme en su guarida: su cama, su mujer, sus hijos, su baño, donde se sienta, DONDE duerme… Un día lo vi casi lloriqueando porque le dolía la muela…

—En el libro contás que ibas a la parroquia San Nicolás de Bari antes de cada encuentro: agua bendita, oración, confesión. ¿Te querías proteger y entrar fortalecido a esos encuentros?

—Tengo un rosario colgado al cuello desde que me puse de novio. A tomar agua bendita me enseñó mi mujer. Si algún día alguno de mis chicos está mal, rocío la cama con agua bendita. Y lo conté en el libro porque no quiero esquivar que soy creyente y practicante, que tengo una familia numerosa, que sí iba a la iglesia, que se me murió una hija y me hubiera gustado tener más. Suárez Mason no era un monstruo pero intimidaba mucho y yo me preservaba. A veces iba a la iglesia para hacer tiempo y llegar en punto, otras porque no tenía preparadas las preguntas y otras porque repasaba lo que iba a hacer. No fueron pocas las ocasiones en que iba rezando el rosario hasta que llegaba a la puerta. Suárez Mason me hizo tambalear varias veces, no sabía de qué lado de la iglesia estaba, él decía que iba a San Nicolás, ¿y qué si lo hacía? Tenía amigos sacerdotes, y es muy probable que se haya muerto en gracia porque se confesó. Rezo por él y por sus víctimas. 

¿Por qué demoraste en escribir y publicar este libro?

No soy yo el que despierta el pasado y no es culpa mía lo que sucedió. Yo no emito opinión de nada, tampoco en redes. Mi esposa me comenta lo que lee pero yo creo que si leemos todo, nos vamos a volver locos. De todas maneras no me siento amenazado. Hubo algún llamado, inclusive en una radio en la que estuve, y me avisaron. Sí perturba al entorno. Y no reniego de que yo quise hacer este libro y tuve un impulso muy fuerte con la muerte de nuestra beba. Vale aclarar que yo no estaba cautivado por Madres ni por Abuelas de Plaza de Mayo. Era sólo un joven periodista y tenía al alcance a este tipo. Él odiaba a los periodistas pero yo era un ‘pichón’. 

—¿Qué pensás que puede pasar con la información que revela el libro?

—Si alguien toma los claros indicios que figuran, los traslada al ámbito judicial e investiga, se llegaría a varias conclusiones. Y me consta que se puede, pero yo no tengo el poder de la justicia y la posibilidad de verificar identidades. 

—¿Intestaste hablar con gente de la Iglesia argentina sobre este tema?

—No fue buena la experiencia. En lo personal me he confesado varias veces porque estaba pasando por un cuestionamiento moral, la posibilidad de que se interpretara como una agresión institucional o provocación de escándalo. Me han dicho si yo no pensaba que esto revolvía algo que yo no podía comprobar y que, a lo sumo, agitaría bandos para acá o para allá. Y sí, siento el peso de decirlo. Lo concreto es que la persona está muerta (se refiere al sacerdote, luego obispo y amigo de Suárez Mason) pero dejó los dedos marcados. Intenté llegar a obispos pero no quisieron acceder a ese testimonio. Y después, por intermedio de un amigo ya fallecido, muy relacionado con las Madres de Plaza de Mayo, les hice llegar algo de esta información que sólo contaba con mi testimonio. Ellas querían asumir todo y colocar su bandera, y yo no estoy con ninguna bandera. Que yo siga llevando el tema me coloca en un carril del medio que es en el que quiero estar.

—¿Continuás investigando sobre el hallazgo?

—Sí, pero no siento respaldo, sí una cierta perturbación. Haber estado con un tipo como Suárez Mason fue perturbador por el solo hecho de saber qué clase de persona era. Que este libro se haya publicado no significa que las cosas se aplacaron, sino que volvieron a resurgir con esa aura prejuiciosa desde el punto de vista de la Iglesia. En estos días, me llamó el general Balza y me invitó a que tomemos un café juntos. Encantado iré. También a través de Instagram se comunicaron varios abogados dedicados a delitos de lesa humanidad y vinculados a la causa del Primer Cuerpo del Ejército, del cual fue comandante Suárez Mason. Quizás el libro esté ayudando a algunas personas que todavía tienen algunas cosas sueltas y que vivieron aquel sesgo amenazante.

Sammartino ofrece un punto de encuentro con sus lectores: su mail en la penúltima página. Invitación que para algunos significará poner proa a nuevos y sanadores horizontes de verdad. 

¿Se agotaron los ’70?

El año 2023 nos entregó en tres tomos una obra monumental: La verdad los hará libres. A partir de los documentos de archivos desclasificados de la Iglesia católica que reflejan parte de ese tiempo de violencias, inconstitucionalidad, terrorismos y tanta muerte, la Conferencia Episcopal Argentina asumió desde un profundísimo, minucioso y multidimensional análisis crítico ese costado eclesial que nunca se había revelado con tal legítimo respaldo y con tal abundancia de imprescindibles contextos.

Se han ido conociendo más testimonios –surgen en soledad– que encarnan el territorio de intersección en el que el mundo eclesial y el mundo militar confluyen en tiempo y espacio. Vuelven una y otra vez historias de sustracción de bebés nacidos en cautiverio y entregados a familias ocultando sus identidades, de pasamanos que se pierden, de silencios que blindan complicidades, de ignorancias reales; son el triste eje junto con personajes que también se repiten: miembros de la Iglesia católica y del ámbito militar.

Acaba de salir Si lo contás, te mato, publicado por editorial Planeta. Gustavo Sammartino, el autor, habló con sacerdotes, intentó acercar el caso a algunos obispos, pero fue desestimado. ¿Miedo, ignorancia, descreimiento a priori, torpeza timorata? Queda al descubierto que el mundo eclesial y el militar tienen aún mucho por aportar para facilitar el acercamiento de tantas familias a verdades que les pertenecen.

Con motivo del 50 aniversario del golpe de Estado, la Comisión Permanente del Episcopado emitió el Mensaje “Nunca más” a la violencia de la dictadura y “siempre más” a una democracia justa”, pero faltó otro “nunca más”: el de la violencia en democracia. Existe un consenso palpable y constatable sobre que la violencia en aquellos años se inició a fines de la década del 60. Pocos años después, llegaría un corto periodo (1974-1976) democrático que, desde estamentos parapoliciales amparados por aquel Estado débil y debilitado, dieron rienda suelta a las violencias que no vamos a detallar pero que conocemos. 

Varias frases marcan el campo de la institucionalidad republicana: “La democracia tiene que acertar con su finalidad última que es el bien común, que es incluir a todos en el camino de la plenitud humana”. Y claro que esa inclusión debe abrirse, como se indica, a los más pobres de nuestra Patria, a quienes son vulnerados una y otra vez por un Estado que pareciera querer diluir la realidad de la orfandad social de tantos entre números vacíos e interpretaciones engañosas. 

Con sus ventajas y desafíos, la democracia siempre tendrá como axioma la custodia de la vida. Cualquier afrenta o violencia contra la dignidad de la persona es, en esencia, una agresión que destruye al sistema mismo. La democracia prohíbe rotundamente la eliminación del adversario, no admite el derramamiento de sangre y sustituye la lucha cuerpo a cuerpo por el debate cívico.

El documento episcopal está disponible en: https://episcopado.org/ver/4824

No hay comentarios.

¿ QUIERE DEJAR UN COMENTARIO ?