En el 48° Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary le fue entregado un reconocimiento a la trayectoria al genial director checo, que supo convocar multitudes en los ’60 en Buenos Aires con la recordada Un día, un gato.
Es uno de los realizadores fundamentales de la afamada Nueva Ola Checa de los ’60. En la Argentina, país que visitó en un par de oportunidades, fue muy famoso gracias a aquella simpática y sensible película titulada Un día, un gato, con la historia de un pequeño pueblo al que arriba un circo tan singular como mágico junto con la presencia de un gato con anteojos oscuros que, al quitárselos, hace que las personas se vean teñidas de colores, revelando su estado de ánimo e intenciones. Por esa cinta ganó el premio especial del jurado en Cannes, obteniendo un lustro después la palma al mejor director por All My Good Countrymen, otro de los grandes clásicos del cine checo que la última edición del Festival de Cine de Karlovy Vary presentó en copia restaurada como parte del tributo a su realizador. Con 88 años, Vojtěch Jasný continúa en movimiento. Ante el recuerdo de la Argentina sonríe y afirma: “En mi último viaje, hace diez años, el avión que me llevaba de vuelta sufrió una terrible turbulencia. Me dije: ‘Si no es el fin, quiero volver a la Argentina’. Y sostengo esa idea”. El siguiente diálogo sintetiza los nuevos comentarios y las memorias de aquél primer encuentro.
–¿Cómo se produce su contacto con el cine?
–Mi padre quería que fuera concertista de violín, y de chico era un violinista muy bueno. En ese entonces, él recibió de regalo una cámara de fotos de 35mm. Desde ese momento me enamoré de las cámaras y la utilicé para realizar fotos artísticas buscando la forma de comenzar a expresarme.
–Y la adolescencia lo encontró con el estallido la Segunda Guerra Mundial.
–Sí, y los acontecimientos fueron terribles. Mi padre estaba escondido en las montañas por la persecución de la Gestapo y, curiosamente, esa época coincide con las mejores fotos que tomé en mi vida. Tenía 15 años. Luego de un año, mi padre volvió de las montañas porque no podía esconderse en ningún lugar. Alguien del pueblo lo delató y murió en Auschwitz. Ahí tomé la determinación de unirme a la resistencia. Pero tenía la cámara conmigo y luego de convertirme en fotógrafo me hice director de cine.
–Por fortuna, un día la guerra terminó.
–Y me trasladé a Praga para estudiar filosofía, pero en realidad lo hice porque no existía ninguna escuela de cine. Cuando en 1946 se inauguró la Escuela de Cine y TV FAMU fui uno de los primeros alumnos en ser aceptados para el primer trimestre. Uno de mis primeros compañeros fue Karel Kachyňa.
–Por aquellos años FAMU tuvo a grandes profesores…
–Uno de ellos fue Césare Zavattini, otro Béla Bálasz, un extraordinario teórico húngaro que me dijo: “Cuando hagas un film en colores debes pensar en el color como la parte esencial, se debe leer desde la sinopsis principal como están escritos los colores en la historia”. Lo tuve en mente al rodar Un día, un gato. Otro profesor que me ayudó mucho fue Vsevolod Pudovkin, que me enseñó a dirigir. Era un hombre refinado, elegante y bello. Te cuento una pequeña historia: él estaba enamorado de una colaboradora de su equipo y en el Partido Comunista esto causaba mucha indignación porque era infiel a su esposa. Entonces lo citaron a una multitudinaria reunión, pensando que Pudovkin se avergonzaría y mentiría. Frente a todo el auditorio se puso de pie al momento de ser acusado y dijo a viva voz: “¡Sí! Realmente amo a esta mujer y soy feliz. ¡Muy feliz!”. Todo el auditorio estalló en un aplauso.
–¿Como surgió el argumento de All My Good Countrymen?
–Fue luego de un viaje a China junto a Karel Kachyňa. Decidí escribir un guión sobre los mejores recuerdos que tenía del pueblo en donde vivía con mi madre. Consulté a un productor que me dijo que era muy controvertido y decía muchas verdades sobre los errores del PC y el asesinato de personas. Opinaba que debía mandarlo al comité central del PC para que lo analizaran. Así lo hice. Inmediatamente me llamaron y el representante de la oficina de cine me dijo: “Jasný, nos gustas. ¿Pero tú te quieres a ti mismo?”. Respondí afirmativamente y él dijo: “Entonces olvídate para siempre de este film, nunca lo vas a hacer y no hables del tema nunca más”. Tuve que esperar doce años y así, en 1968, pude realizarlo en 16 milímetros.
–¿En algún momento temió por su vida?
–Por supuesto. La policía secreta quería que trabajara para ellos porque viajaba a muchos festivales y conocía a decenas de realizadores. Ante las presiones continuas hablé directamente al Presidente de la República, Antonín Novotný: “Usted puede parar esto”, le dije. El me contestó: “¿Qué harás si no los detengo?”. “Entonces no tengo otro camino que suicidarme”. Novotný habló con los soviéticos y dejaron por un tiempo de hostigarme.
–¿Cuándo abandonó Checoslovaquia?
–Rapsodia checa se llamó mi película sin palabras, sólo con música, que trata de la ocupación por los tanques soviéticos. Al enterarse los invasores me dijeron que yo ya tenía dos films prohibidos y que si no hacía lo que ellos decían iría a prisión. Me ofrecieron un guión escrito por un miembro de la policía secreta, que elogiaba a la fuerza. Pedí cuatro días para pensarlo y esa misma noche huí con mi familia a Yugoslavia. Fuimos huéspedes de honor del Mariscal Tito, pero el mismo policía que había escrito el guión fue comisionado para perseguirnos. Tito facilitó nuestra nacionalización como austríacos y un salvoconducto. Mi primer trabajo en Occidente fue con Heinrich Böll. All My Good Countrymen fue la cumbre de mi cine en Checoslovaquia, pero en 1969 fue prohibida y el gobierno detuvo su venta. Sólo quedó una copia en 16mm que tenía un amigo en Canadá y con esa copia recorrí el mundo. En esa época había una gran amistad y hermandad entre todos los directores de cine. Es curioso, pero dentro de la democracia no hay amigos.


















