Cualquier alternativa al “relato K” requerirá contar con elementos capaces de generar adhesión y hasta mística en los nuevos actores. En este sentido, el autor sostiene que “la verdad absoluta sin relato es una exigencia utópica, con efectos paralizantes”.

¿Crees que han visto de sí mismos, o unos de los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna  que tienen frente a sí?

Platón, La República, VII, 515 a

Las palabras relativas a los asuntos humanos no son quirúrgicamente unívocas. Respetando un núcleo significativo más o menos identificable, adquieren a menudo usos diversos y hasta enfrentados, según cuál sea el contexto y la intención de quienes las esgrimen. No son instrumentos neutrales, y, aunque funcionen formalmente como sustantivos, en verdad, evalúan y adjetivan. Puede decirse que el espíritu de una época, o la angustia y las ilusiones de una circunstancia histórica determinada se condensan en unas pocas palabras que, de repente, asumen un protagonismo novedoso, y acerca de las cuales cada grupo interesado tiene algo diferente para decir. No siempre son términos solemnes del diccionario filosófico universal, como justicia, Dios, virtud o razón. A menudo provienen de los circuitos relativamente cerrados del mundo académico, o de, por así decir, la vanguardia intelectual. Merced a una constelación única de circunstancias políticas, culturales, económicas, etc., y usualmente con la mediación de la prensa, el cine, o la música popular, permean hacia el lenguaje cotidiano, como esos componentes del atuendo que alguna vez fueron de estricta gala nocturna para una elite y, con el tiempo, terminaron integrando el guardarropa de diario de una clase media ampliada. La lista es interminable, pero recordemos algunos pocos ejemplos: democracia, progreso, revolución, deseo, libido, neurosis, globalización, posmodernidad, modernidad, relatividad, surrealista, nuclear, psicodelia, ecología, alternativo, náusea, esplín.

En la escena argentina de los primeros años 2000 “relato” parece ser una de esas palabras emblema. El significado mínimo de “relato” es el de un discurso no demasiado extenso acerca de eventos pasados, que tienen una cierta ilación intrínseca. Este es un significado mínimo, pero nada trivial, porque menciona una característica muy profunda del alma humana. El relato expresa una necesidad existencial, del que habla y del que escucha. Se relata para explicar, para enseñar, persuadir, justificar, entretener; para conservar un legado, para reformarlo, o para aniquilarlo e inaugurar otro. Escuchamos relatos cuando, muy jóvenes, estamos en una etapa de formación del gusto, de los valores, de la identidad; o cuando, ya adultos, queremos saber de otras experiencias y empresas, personales o colectivas, tal vez para cooperar con ellas, tal vez para adoptarlas, o combatirlas. Por naturaleza, el relato difiere del minucioso protocolo de laboratorio, del riguroso apego judicial o historiográfico a los hechos y los documentos, de la confesión íntima, de la asociación libre. Es una cuestión de síntesis, pero también de tono. Relatar es transmitir un mensaje, ordenando y dando sentido a una serie heterogénea de percepciones, rumores, prejuicios, valoraciones, expectativas, datos estos que sin aquella estructura unificadora pueden provocar efectos severos de dispersión e inquietud. En cierto modo, el relato es una manera de amortiguar la desolación de un universo indescifrable, y a menudo hostil. Por eso el relato puede, con todo derecho, valerse de la conjetura, de la vaguedad, de la estilización, de la selectividad. Editar es una forma obvia de relatar. La virtuosidad de un relato estriba, en cuanto a lo formal, en su consistencia, en su capacidad para alinear datos, creencias y valores; y, en lo sustantivo, en la intención genuina de ejercer alguna forma de liderazgo responsable y decente. Dicho a la inversa, el relato se agrieta cuando deja de conciliar intenciones declamadas y acciones efectivamente realizadas, predicciones y aconteceres posteriores, proyectos dirigenciales con demandas de base, etc. Y se vuelve válidamente impugnable cuando se evidencia como dispositivo de engaño, de exculpación, de manipulación; en breve, cuando queda claro que lo motiva la mala fe. Cuando los conflictos se agudizan, unos acusan como estafa moral al relato que otros sostienen como autoconciencia colectiva. Y en momentos de crisis ya no hay relatos creíbles que puedan contener la cacofonía aterradora de datos dispersos, que sólo pueden anunciar el fin del futuro.

Lo que, a todas luces es un error conceptual y práctico/político, es la pretensión de impugnar la legitimidad del relato en general. En primer lugar, porque supone un maximalismo iluminista que carece de todo asidero histórico. Las cosas del mundo físico y espiritual son infinitamente más complejas que la más sofisticada de las formulaciones científicas o filosóficas. Y aun en el hipotético caso de que existiera un sistema que ha dado con la clave demostrativa de la estructura profunda de lo humano mismo, también él estaría escrito en un libro escondido en los anaqueles de la Biblioteca de Babel. Y entonces habría que saber encontrarlo, identificarlo como tal, y, eventualmente, interpretarlo y acercarlo a nuestra comprensión limitada de mortales del común. En Occidente, la historia de los efectos colectivos de la verdad es la historia del conflicto de sus diversos relatos. Admirar a un Premio Nobel, someterse a una intervención quirúrgica, votar, emigrar, leer el diario, alistarse en el ejército, mandar a un hijo a la colonia, depositar los ahorros en un banco, comprar bonos o acciones, pedir un crédito, subirse a un avión (o a un ascensor), encomendar el alma al Altísimo, etc., son todas acciones que constituyen el entramado más o menos cotidiano de nuestra existencia, y que tienen la cualidad común de expresar una fe indispensable en lo que nuestra inteligencia no tiene cómo constatar. La verdad absoluta sin relato es una exigencia utópica, con efectos paralizantes.

Por consiguiente, tampoco tiene sentido impugnar al adversario bajo el cargo de que no dice la verdad, sino que la relata. La indigencia del debate contemporáneo se hace evidente cuando reparamos en la intensidad y extensión que se le dedica a la consigna –paradójicamente neomarxista– “el relato K es el opio del pueblo”. Tomada al pie de la letra, implica una renegación del impacto decisivo de una experiencia histórica límite, como fue la del 2001. No sólo pasa por alto datos indiscutiblemente positivos en lo social, sanitario, institucional, econométrico, etc., sino que, peor aún, atribuye ceguera, credulidad, apocamiento, falta de carácter, hipocresía o cinismo, a un número significativo de conciudadanos a quienes, desde su lugar de cuadro político, aliado, militante, simpatizante, votante o indeciso, la combinación compleja de discurso, memoria traumática, datos cotidianos, trayectorias, propuestas, valores y expectativas, de un modo u otro, “les cierra”. Cuando no se aplica para validar casos aberrantes como las desapariciones forzadas de personas o el apoyo masivo a las políticas del nacionalsocialismo en los años ’30, la expresión  “por algo será” alude –bien que con incrédulo desencanto– a cierta forma de legitimidad.

En beneficio del análisis, concedamos todo. El equipo gobernante de una eventual coalición que supere al oficialismo en las elecciones presidenciales de 2015 tendrá que vérselas con regiones graves y opacas de una realidad nacional muy complicada, tradicionalmente reacias a dejarse radiografiar en público. Como ya anticipara Maquiavelo hace cinco siglos, Wikileaks no puede ser una política pública. En el más optimista de los escenarios, con el porcentaje de votos más alto de la historia, con el precio de los commodities por las nubes, con los equipos técnicos más sólidos y decentes del planeta, la administración que presida Massa, De la Sota, Macri, Cobos, Solanas, Zamora o Altamira, you name him, va a tener que ponerle el cuerpo, y la cara, a problemas que ejercerán una resistencia muy tenaz. Supongamos un gran acuerdo sobre políticas de Estado. Animadas por un espíritu grande y generoso, concurrirán las voluntades de referentes políticos, empresariales, sindicales, religiosos, académicos, culturales y sociales. La utopía contemporánea tendrá, como toda empresa que se intente en este valle de lágrimas, tres focos de problemas: su armado, su ejecución y su evaluación. Para el armado, habrá que conciliar convicciones e intereses, que suelen disfrazarse de ideales; habrá negociaciones, presiones, deslealtades, miserias, trampas, operaciones, opciones indiscernibles, en fin, estarán presentes todas aquellas cosas que exigen que la política sea ejercida por líderes y no por expertos. En la ejecución, habrá que arreglárselas con lo que hay. Del lado público, organismos y plantas nacionales, provinciales y municipales que, sin perjuicio del altísimo nivel moral y profesional de muchos de sus integrantes, no tienen una cultura demasiado arraigada en la entrega entusiasta y disciplinada a la línea que se baja desde la conducción institucional. La población estatal suele ser un enigma, y a menudo un obstáculo, para las jefaturas políticas. Y del lado privado, para decirlo en pocas palabras, también habrá argentinos. La corrupción, la pandemia de siniestros viales, el creciente consumo de sustancias ilegales, la falta de apego a las normas, la evasión fiscal, la indiferencia cruel para con la exclusión y la indigencia, etc., son características que, además de su componente estatal, tienen una inercia indudablemente cultural, que no cambia de un día para otro. Es probable que Guardiola sea un buen técnico, lo que es indiscutible es que contaba con la plantilla y los recursos del Barcelona.

Por último, en cuanto a la evaluación de este soñado programa de gobierno, habrá que vérselas a priori con una desproporción muy seria, entre la esperable gradualidad de las mejorías, de un lado, y la percepción urgida de las necesidades no satisfechas y de los problemas no resueltos, del otro. Habrá resultados espectaculares para exhibir, y habrá fracasos igualmente estrepitosos para justificar, maquillar, callar o, llanamente, ocultar.  En otras palabras, los distintos aspectos estructurales del proceso que, supuestamente, vendría a combatir las dificultades que el “relato K” disfraza, esconde y, de algún modo, propicia y profundiza, también tendrán que ser comunicados de una manera tal que, sin mentir ni manipular groseramente, generen en los nuevos actores entusiasmo, adhesión, mística. El nuevo proyecto, para ser entendido, asumido, votado, realizado y aprobado, también deberá, indefectiblemente, elaborar su propio relato. “Ellos relataron, ahora nosotros diremos la verdad”, es un slogan tan estéril y confrontativo como su espejado opuesto: “Mientras la Corpo miente, Cristina gobierna”.

Digamos, para cerrar estas líneas, algunas generalidades. El hombre es un ser finito, radicalmente limitado. La convivencia armónica y productiva no se le da espontáneamente. Las razones que aconsejan la institución de leyes y autoridades son exactamente las mismas que impiden que unas y otras rindan en la medida de lo que sería deseable. En la ciudad perfecta, diseñada, gobernada y habitada por hombres sabios, justos y buenos, el discurso hegemónico sería la pura verdad. Pero esa ciudad no es humanamente posible, y si lo fuera, sería, como principio de orden, superflua. Las ciudades reales, por su parte, no pueden fundarse en la certeza explícita de su radical imperfección. La brecha entre lo que son de hecho y lo que creen y aspiran a ser se colma, en buena medida, con el relato que las sociedades se cuentan a sí mismas. Cuanto mayor la distancia entre los hechos y las expectativas, entre las conductas y los principios, menor la calidad intelectual y moral de los relatos que pugnan en su interior. Y viceversa. Si el silencio sumiso ante un relato dominante pobre y empobrecedor es indigno, la ilusión política de reemplazarlo con la verdad es irresponsable, y soberbia.

El autor es Doctor en Filosofía, profesor en las Universidades de San Andrés y de Buenos Aires.

2 Readers Commented

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  1. Juan Carlos Lafosse on 8 abril, 2014

    Se puede estar de acuerdo o no con algunas opiniones, pero es un artículo interesante sin duda y bien escrito. Una dosis de realismo y conocimiento para ayudar a comprender «la realidad» y no solo en Argentina.

    Es una contribución bienvenida al diálogo y es realmente refrescante leer en Criterio un artículo que no está lleno de las adjetivaciones típicas del relato «anti-K».

    En su contexto, «también habrá argentinos» es una frase correcta, pero que sería igualmente válida para cualquier otro país y nacionalidad. Ocurre que desmerecer a «los argentinos» también es parte de varios relatos tradicionales y adaptaciones recientes.

    Muchas gracias!

  2. lucas varela on 24 abril, 2014

    Dr. Galimidi, confieso que soy un lector interesado, en actitud de releerlo y aprender, frente a un tema tan profundo y trascendente.
    Me pregunto si la calidad moral de un relato tiene términos medios? Si quien relata lo hace con la intención de expresar lo que piensa, para mi es moralmente incuestionable.
    Esta claro, que quien relata siendo moralmente veraz, puede estar en un error. Pero mas vale el error en que se cree, que un relato que no lo cree el relator, que es mentira.

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