No se puede renunciar a la verdad y caer en el “vale todo” con la excusa de que se persiguen fines loables; tampoco puede afirmarse que hay una verdad suprema a la que todos llegaríamos si pensáramos correctamente.

En un fragmento del segundo volumen de su libro Jesús de Nazaret, publicado en estos días, Benedicto XVI se refiere al tema de la relación entre política y verdad: “¿Qué es la verdad? Es la pregunta que se plantea también la moderna doctrina del Estado: ¿puede la política asumir la verdad como categoría de su estructura? ¿O debe dejar de lado la verdad, como dimensión inaccesible a la subjetividad, y en cambio buscar de establecer la paz y la justicia con los instrumentos disponibles en el ámbito del poder? Vista la imposibilidad de un consenso sobre la verdad, la política, apuntando a ella, ¿no se hace tal vez instrumento de ciertas tradiciones que, en realidad, no son sino formas de conservación del poder? Pero, por otra parte, ¿qué sucede si la verdad no cuenta? ¿Qué justicia será posible entonces? ¿No deben existir criterios comunes que garanticen verdaderamente la justicia para todos, criterios sustraídos a la arbitrariedad de las opiniones mutables y a las concentraciones del poder? ¿No es acaso cierto que las grandes dictaduras han vivido en virtud de la mentira ideológica y que sólo la verdad pudo llevar la liberación?”.

Podríamos preguntarnos, a la luz de estas palabras, por el impacto que están produciendo en este tema las nuevas tecnologías. Sin minimizar en modo alguno los beneficios de internet en la vida social y en sus transformaciones, dada la velocidad de información y la capacidad de movilización que demuestra, la política precisa de otras dimensiones para la construcción del bien común. Twitter permite escribir unas 30 palabras por mensaje, y es un fantástico medio de comunicación; de allí su éxito mundial. Pero ¿puede la política fundamentarse en comunicaciones de estas características? Quien así piense estará entendiéndola como algo superficial, que no requiere de profundización racional.

Políticos superficiales, entonces, no podrán apelar a nada que vaya más allá de ciertos simbolismos, imágenes y algunos eslóganes cargados de ideología. Si condenamos a la política a navegar exclusivamente en estas aguas, no le quedará más alternativa que apelar a consignas vacías de contenido. En este contexto, la política no podrá darse el lujo de pensar o –al menos– intentar aplicar un espíritu republicano –con todo lo que ello significa– en la manera de analizar y resolver los desafíos estructurales que la acechan.

Acaso una pequeña anécdota ayude a ilustrar lo que intentamos decir: la figura del asesor de imagen y comunicación como “profesional” que se dedica a posicionar a una persona ante la opinión pública es una tarea que ha ganado enorme relevancia en los últimos años. Uno de estos gurúes contó ante un auditorio universitario, que años atrás su función consistía en adaptar, suavizar o “bajar a la tierra” lo que el político quería comunicar. Hoy, por el contrario, el asesorado recurre a él para que le diga qué es lo que tiene que decir, o lo que la gente quiere escuchar.

El relato es elocuente. No hay una propuesta o mensaje a transmitir que sea lo suficientemente contundente como para iniciar un debate profundo. La superficialidad, como gran magma que impregna toda la vida cívica, impide el compromiso del político con sus ideas, si acaso las tiene. La superficialidad, en tanto, nos lleva a otro de los temas que hacen que la política no encuentre el norte: la falta de acuerdo sobre la realidad. Otra anécdota quizás ilustre lo que estamos diciendo. Cuando Harry Hopkins (funcionario relevante de Franklin D. Roosevelt) envía a Lorena Hickok, persona de su confianza, a ver cómo vivía la gente en los Estados Unidos en 1933, fue para tener un entendimiento cabal de la realidad de la Gran Depresión, y obrar en consecuencia. Y años antes en nuestro país, en 1869, durante la presidencia de Domingo F. Sarmiento se llevó a cabo el primer censo nacional para conocer el panorama demográfico argentino, sobre el cual se sabía muy poco.

Hoy, salvo contadas excepciones, el debate político no gira alrededor de premisas reales y sus vías de solución. Discurre, por el contrario, entre opiniones que de tan disímiles, parecieran surgir de sociedades distintas. Los datos y la información que los actores dicen manejar no están arraigados en la realidad, sino que parecen fundarse en construcciones simbólicas o “modelos” de impreciso contenido. Para algunos la matriz energética mejoró y la oferta aumentó en un porcentaje sustancial, en tanto que casi todos los expertos en la materia dicen exactamente lo contrario. ¿Puede disentirse tanto? ¿Es real el índice inflacionario que informa el INDEC? Ni siquiera sectores del sindicalismo que se dicen oficialistas lo toman como real cuando deben negociar salarios (ni el propio Gobierno, al homologar los aumentos).

Quizás convenga preguntarse si este entramado que hoy se nos presenta se debe exclusivamente a una superficialidad generalizada de los políticos, o si por el contrario se trata de una manera calculada de conservar el poder cuando el político tiene la oportunidad de ejercerlo. En este sentido, Benedicto XVI nos recuerda que la mentira no puede ser el instrumento de la política, menos cuando se tergiversan o se esconden informaciones públicas por parte del Estado. En el nivel estrictamente político, eso es maquiavelismo; y desde el punto de vista moral, cinismo.

Para dar a la verdad el lugar que le corresponde en la política, no basta afirmar que hay una verdad, y menos aún, que alguien la posee acabadamente. Pero sí es necesario que la verdad sea admitida como instancia crítica no manipulable. En nuestro país está creciendo una especie de simulación colectiva, una negación deliberada de la realidad. En una palabra, la política se está convirtiendo en una actividad en la que se mezcla superficialidad, frivolidad, terquedad ideológica, y también cinismo (vale decir, mentira desvergonzada) por motivos de poder y dinero. La clase política parece estar más preocupada por ganar elecciones y acumular poder que por servir al país en esa noble tarea. La guerra de máquinas electorales es la “carcasa”, el cadáver de la política que ha perdido el alma. No se puede renunciar a la verdad y caer en el “vale todo” con la excusa de que se persiguen fines loables; tampoco puede afirmarse que hay una verdad suprema a la que todos llegaríamos si pensáramos correctamente. Hay diferentes aspectos de la verdad, que en determinados momentos y frente a determinadas opciones, pueden resultar contradictorios y excluyentes. El arte de la buena política es, a partir de la realidad de los hechos fidedignos, consensuar soluciones que satisfagan en la mayor medida posible o de la forma más conveniente, a la mayor parte de los ciudadanos dentro de los límites que la república establece.

4 Readers Commented

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  1. Isabel on 15 abril, 2011

    Gracias.

  2. Osvaldo on 21 abril, 2011

    Excelente. Así está nuestro país hoy día.

  3. Parecería que nuestra cultura es elusiva. Ocurre a niveles personales, a niveles familiares y obviamente en los niveles comunitarios. Al ser elusivos siempre la responsabilidad y la obligación están está en «el otro». Las dirigencias se comportan en consecuencia de esa «cultura de la elusión», y en ese sentido el Kirchnerismo ha dado cátedra.
    Creo que en el caso argentino, nuestro comportamiento es muy primario o infantil.
    Somos o constituimos una sociedad victimizada sin advertir que somos nuestros propios victimarios.
    Al asumir el rol de «victimas» nos creemos con licencia para justificar y legitimizar la «transgresión» y el abuso como algo normal.
    La verdad no interesa porque impone obligaciones, en cambio en nombre del «cinismo moral» invocamos la mentira como fuente de derechos.

  4. Rodolfo Plata on 30 junio, 2011

    CRÍTICA AL PROFETISMO JUDÍO DEL ANTIGUO TESTAMENTO: La relación entre la fe y la razón expuesta parabolicamente por Cristo al ciego de nacimiento (Juan IX, 39), nos enseña la utilidad del raciocinio para hacer juicio justo de nuestras creencias, a fin de disolver las falsas certezas de la fe que nos hacen ciegos a la verdad mediante el discernimiento de los textos bíblicos. Nos exige criticar el profetismo judío o revelación. Enmarcado la crítica de los textos bíblicos en el fenómeno de la trasformación humana, abordado por la doctrina y la teoría de la trascendencia humana conceptualizada por la sabiduría védica, instruida por Buda e ilustrada por Cristo; la cual concuerda con los planteamientos de la filosofía clásica y moderna, y las respuestas que la ciencia ha dado a los planteamientos trascendentales: (psicología, psicoterapia, logoterápia, desarrollo humano, etc.), y utilizando los principios universales del saber filosófico y espiritual como tabla rasa a fin de deslindar y hacer objetivo que “es o no” es del mundo del espíritu. Método o criterio que nos ayuda a discernir objetivamente la verdad o el error en los textos bíblicos analizando los diferentes aspectos y características que integran la triada preteológica: (la fenomenología, la explicación y la aplicación, del encuentro cercano escritos en los textos bíblicos). Vg: la conducta de los profetas mayores (Abraham y Moisés), no es la conducta de los místicos; la directriz del pensamiento de Abraham, es el deseo intenso de llegar a tener: una descendencia numerosísima y un país rico como el de Ur, deseo intenso y obsesivo que es opuesto al despego por las cosas materiales que orienta a los místicos; la respuestas del dios de Abraham a los deseos del patriarca, no tienen nada que ver con el mundo del espíritu. La directriz del pensamiento de Moisés es la existencia de Israel entre la naciones a fin de llegar a ser la principal de las naciones, directriz que es opuesta a la vida eterna o existencia después de la vida que orienta el pensamiento místico (Vg: la moradas celestiales abordadas por Cristo); el encuentro cercano descrito por Moisés en la zarza ardiente describe el fuego fatuo, el pie del rayo que pasa por el altar erigido por Moisés en el Monte Orbe, describe un fenómeno meteorológico, el pacto del Sinaí o mito fundacional de Israel como nación entre las naciones a fin de gobernar y unir los doce tribus en una sola nación y hacer de Israel la principal de las naciones por voluntad divina, descripciones que no corresponden al encuentro cercano expresado por Cristo al experimentar la común unión, la cual coincide con descrita por los místicos iluminados: “El Padre y Yo, somos una misma cosa”. Las leyes de la guerra dictadas por Moisés en el Deuteronomio y el despojo y exterminio de las doce tribus cananeas, hace objetivo que el profetismo judío esconde una ideología racista, criminal y genocida serial. Discernimiento que nos aporta las pruebas o elementos de juicio que nos dan la certeza que el profetismo judío o revelación bíblica es un mito perverso que nada tienen que ver con el mundo del espíritu. http://www.scribd.com/doc/33094675/BREVE-JUICIO-SUMARIO-AL-JUDEO-CRISTIANISMO-EN-DEFENSA-DEL-ESTADO-LA-IGLESIA-Y-LA-SOCIEDAD

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