He leído con sumo interés en el número 2305 de Criterio (junio 2005) lo referido a la ‘relación conflictiva y polémica’ entre la Iglesia y el peronismo, ‘que se presta a múltiples lecturas, testimonios y análisis‘. Me pareció excelente el subtítulo del artículo de Fortunato Mallimaci: Los hechos históricos cuentan menos que las representaciones que de ellos nos hacemos. Siempre me ha llamado la atención la urgencia que se siente en nuestro país de hacer análisis históricos y de elaborar críticas a partir de la historia, antes de contar con una sólida historiografía. Más en una época como la nuestra, en la que aparecen tantos historiadores mediáticos y periodistas que pretenden ser historiadores. Hechos demasiado cercanos a nosotros requieren todavía una cuidadosa recolección de datos históricos: documentos nunca editados, crónicas, epistolario, testimonios de protagonistas que hoy se ocultan en el anonimato, etc. Es bueno prestar atención a las ‘memorias’ de todos, sin erigir en ‘historia’ la memoria de sólo algunos. De ningún modo ‘está todo dicho… o casi todo’, como afirma Loris Zanatta tratando de analizar la cuestión desde ‘una perspectiva internacional’. No es mi intención discutir posturas y enfoques de nadie, sino ayudar a corregir datos históricos incorrectos o no suficientemente documentados”.

 

Como Mallimaci también yo he vivido, desde principios de febrero de 1973 hasta principios de febrero de 1974, en Bahía Blanca, más precisamente en la Comunidad Salesiana que tenía por residencia el número 132 de la calle Gorriti (junto al Instituto Superior Juan XXIII), donde a un año y dos meses de mi traslado a Buenos Aires fue cobardemente asesinado el padre Carlos Dorñak. El traslado me libró de ser quemado vivo, ya que el cuarto en el cual yo dormía, contiguo al de Dorñak, fue rociado con combustible e incendiado. Para justificar la masacre, los represores asesinos desparramaron en el lugar una pila de panfletos más o menos subversivos. La policía, que tenía una sede en la misma manzana, llegó más tarde que el médico y los bomberos. El padre Carlos no fue asesinado en la calle –como afirma el diario bahiense La Nueva Provincia en su edición del sábado 22 de marzo de 1975 (página cuatro)– sino en el hall de entrada de la vivienda. Dicho diario se encarga de destacar que todo esto sucedió “horas después del criminal atentado que costara la vida a un alto funcionario de la policía bonaerense”, que –en un artículo aparte– identifica con el subcomisario José Héctor Ramos “quien fuera ultimado la noche del jueves [20] por un comando extremista”. Junto al asesinato de Dorñak recuerda dicho diario el asesinato de una mujer de unos 30 años “a la altura del kilómetro 15 de la ruta nacional 35” y el atentado con un artefacto explosivo contra el domicilio de Ambrosio Riganti, padre de Jorge Riganti, “dirigente de la Juventud Universitaria Peronista y ex docente de la Universidad Nacional del Sur”. El arzobispo, monseñor Jorge Mayer, recuerda en su declaración que “otro atentado se perpetró contra la escuela de Cáritas que funciona en Villa Nocito, que es un barrio de emergencia”. De modo que el asesinato de Dorñak aconteció en un raid delictivo, con fines de venganza, no en una noche de 1974, como afirma Mallimaci, sino hacia las 2:30 del viernes 21 de marzo de 1975. Los que fueron testigos del hecho recuerdan con precisión la fecha que marcó sus vidas. Uno de los compañeros de comunidad del asesinado sacerdote, impresionado por lo vivido, se solía despertar, durante mucho tiempo, a las 2:30 de la mañana, hora en la que, en aquel desgraciado día, había escuchado los disparos y explosiones.

 

 Lo curioso en el caso del padre Carlos Dorñak es que fue víctima de la violencia criminal un hombre que rechazaba la violencia, por temperamento y convicción, viniera de donde viniera. Pero Dorñak, si bien fue el único sacerdote asesinado en la década del 70 en la diócesis de Bahía Blanca, no fue el único agredido y perseguido por la dictadura en dicha Iglesia. En dos ocasiones atentaron contra la vida del padre Hugo Walter Segovia. Contra su domicilio lanzaron en una oportunidad un artefacto explosivo y, en otra ocasión, ametrallaron su casa. Para salvar el pellejo tuvo que refugiarse en otra diócesis, donde todavía permanece y ejerce como sacerdote. Fue perseguido también y acosado permanentemente el padre Néstor Hugo Navarro, actual obispo del Alto Valle de Río Negro. Varias veces tuvo que cambiar de domicilio. También él tuvo que exiliarse para preservar su vida. Después de un tiempo decidió volver a Bahía Blanca para retomar allí su ministerio sacerdotal, con el permiso de su arzobispo. Otro sacerdote diocesano bahiense amenazado fue José Zamorano. El allanamiento de su domicilio motivó en una ocasión la paterna y valiente intervención del ya anciano monseñor Germiniano Esorto: se hizo presente en el lugar para acompañar al sacerdote. Cuando el 30 de abril de 1975 colocaron una bomba en la casa parroquial del padre “Pepe”, éste no tuvo otra alternativa que irse de Bahía Blanca. Los salesianos, compañeros de comunidad de Dorñak, en su mayor parte estaban fichados por los Servicios de inteligencia. El padre Benjamín Stochetti, intimidado en alguna ocasión y controlado en sus movimientos, fue trasladado para mayor seguridad a la Obra Salesiana de Luis Beltrán. Tampoco allí dejaron de vigilarlo. Cuando, varios años más tarde, fue nombrado inspector de los salesianos de la Patagonia Norte, “alguien” (?) alertó a la policía sobre un artefacto explosivo en la iglesia Sagrado Corazón de Jesús de Bahía Blanca, donde el nuevo superior celebraba la misa en la que asumía oficialmente el cargo. Era el 3 de diciembre de 1984. El propósito era claro: provocar pánico y dispersar a la gente reunida en la celebración. El padre Duilio Biancucci fue uno más de los permanentemente controlados durante la primera parte de los años 70. En una oportunidad fue interrumpido a gritos por un miembro de la Marina de Guerra mientras predicaba en la catedral de Bahía Blanca. También él tuvo que exiliarse en Alemania al enterarse de que estaba en la lista negra del régimen de facto. Otro hombre que estaba en la mira del gobierno militar fue el padre Benito Santecchia, eminente teólogo y pastoralista. Por las amenazas recibidas, sus superiores, temiendo un desenlace fatal, le aconsejaron dejar el país hasta que cambiara la situación. Pasó al Uruguay, de allí a Europa y de Europa a Israel, donde enseñó teología en el estudiantado teológico salesiano de Cremisán. Finalmente volvió por expreso deseo suyo a nuestro continente, radicándose en Paraguay. Su exilio duró más de diez años. Retornó al país sin mostrar el más mínimo resentimiento. Otros sacerdotes, docentes del colegio Don Bosco de Bahía Blanca, recibieron amenazas telefónicas y advertencias de diverso tipo por su trabajo con grupos juveniles considerados “subversivos”. Era muy difícil apoyar los valores de la justicia y de la dignidad humana contra la violencia estructural y contener los ímpetus de jóvenes generosos que se sentían empujados a responder a la violencia con violencia. Docentes católicos, amigos de los sacerdotes arriba mencionados, vivían permanentemente sospechados.

 

No me consta que esta lista de personas y acontecimientos haya sido publicada alguna vez. En ciertos escritos aparece Dorñak como un caso único y excepcional en Bahía Blanca. De allí a sacar consecuencias ilegítimas hay sólo un paso.

 

* * *

 

Otro tema es el de los hechos acaecidos en 1955. En esa época yo tenía apenas 19 años. Hacía cuarto año en la escuela normal de Fortín Mercedes y comenzaba mis estudios de filosofía. He sido testigo, juntamente con otros compañeros que aún viven, de algunos acontecimientos a los que se alude en el número de Criterio que comentamos. He visto con mis propios ojos a la policía de Pedro Luro cargando sobre su camioneta a los padres Francisco Picabea, Francisco Casetta, Luis Galli. Era el segundo viaje. En el primero ya se habían llevado a otros 4 sacerdotes. Todo ello sucedió en la mañana del día viernes 17 de junio. El padre Otto Gais, que ese día estaba atendiendo su capellanía de Monte La Plata, fue apresado después. Al padre Vicente Battaglino, que estaba de viaje, lo detuvieron en la estación de ferrocarril de Bahía Blanca. Fue a parar a la cárcel de aquella ciudad. Unos 180 chicos pupilos de Fortín Mercedes quedaban privados de quienes cuidaban de ellos. Vi llorar a muchos, sobre todo a los más pequeños.

 

Desconfiando de mi memoria me he acercado al Archivo Histórico de la Inspectoría Salesiana de la Patagonia Septentrional San Francisco Javier en Bahía Blanca. Con la ayuda del encargado del archivo pude encontrar un documento escrito a máquina que lleva por título “Crónica suscinta de los acontecimientos del mes de Junio de 1955”. Describe en forma escueta lo sucedido en las casas salesianas de dicha inspectoría que fueron objeto de represión. Se trata únicamente de obras salesianas ubicadas en el extremo sur de la provincia de Buenos Aires. Los sacerdotes del colegio Don Bosco de Bahía Blanca que fueron a parar, después de diversas peripecias, a la cárcel de dicha ciudad, comentan: “Allí nos encontramos con otros Sacerdotes de Bahía. En total éramos 38 Sacerdotes”. Entre ellos figuran el arzobispo Germiniano Esorto, monseñor Fabi, vicario general de la diócesis, y el secretario Jorge Mayer. De ellos se dice que fueron “tratados muy descortésmente. Estuvieron de pie desde las 9 hasta las 17 y 30”. Además de los salesianos presos había dos sacerdotes del Corazón de María: Paladés y Villafranca. Entre los salesianos encarcelados estaba también Jaime de Nevares, futuro primer obispo de Neuquén. Además de la citada crónica lo recuerda la biografía de Don Jaime escrita por Juan San Sebastián, su amigo, confidente y secretario (cf. P. Juan San Sebastián, Don Jaime de Nevares. Del Barrio Norte a la Patagonia, EDBA, Buenos Aires 1997, p. 122-123). A los 8 sacerdotes presos en la comisaría de Pedro Luro y los 38 de la cárcel de Bahía Blanca, hay que añadir 4 sacerdotes y un seminarista llevados a la comisaría de Stroeder. La crónica consigna todavía dos casos más que trascribo literalmente: “En Carmen de Patagones (Bs. As.) llevaron presos a los tres sacerdotes de la Parroquia, pero los trataron con respeto y permitieron que los fieles los visitaran. En Villa Iris el párroco fue custodiado por un agente policial en su misma casa parroquial, pues varias personas del pueblo se opusieron a que lo llevaran a la comisaría. ¡El mismo agente, el sábado 18, le ayudó la misa al Padre!”. De modo que sólo en la punta extrema de la provincia de Buenos Aires hubo 54 sacerdotes presos y un docente seminarista de apellido Walter. No es entonces tan confiable la estimación de Roberto Bosca –citado por Fortunato Mallimaci– de que fueron 67 los obispos y sacerdotes en la Argentina “encarcelados durante la persecución religiosa”. La calidad de un testigo no proviene de su peronismo o antiperonismo, sino de la consistencia de los datos que pueda aportar. En cambio, al afirmar Bosca “que el trato hacia los eclesiásticos fue, salvo excepciones, en general correcto”, está más cerca de lo realmente sucedido. En efecto, muchos de los encargados de ejecutar la represión no estaban convencidos de lo que hacían. La razón última era “cumplir las órdenes”, la obediencia debida. El comisario de Pedro Luro, casi excusándose, alegaba que si no cumplía las órdenes recibidas, corría peligro su sueldo y su jubilación. El señor Guayta, viendo la irracionalidad de la medida, no juzgó conveniente que los salesianos del colegio Don Bosco de Bahía Blanca estuvieran en la cárcel. Hizo que de noche fueran trasladados al colegio, para quedar allí bajo custodia policial. Recuerdan los detenidos que en la cárcel se encontraron con “un Oficial muy correcto, Sr. Balda, exalumno de Don Bosco”. De él dicen: “nos trató muy bien”. Pero no todas eran flores. Trascendió que había orden en la provincia de Buenos Aires de matar a los sacerdotes presos. Circulaba la versión de que los iban a llevar a alta mar para hacerlos desaparecer allí. Nunca pude comprobar documentalmente si dicha versión tenía fundamento en la realidad o no. Lo cierto es que constituyó una tortura moral para muchos. Finalmente prevaleció la cordura y se disiparon los presagios oscuros.

 

Uno de los problemas derivados del encarcelamiento de los sacerdotes fue el destino de los alumnos internos a su cargo. Sin la presencia de los que cuidaban de ellos, los chicos quedaban desprotegidos. En el colegio La Piedad colocaron a 18 chicos, sobre 150, en 8 familias cercanas a la escuela. El resto quedó en el internado. “Preguntada la Policía: ¿Qué haremos con ellos? Contestaron: ´No sabemos´”. El caso más dramático se dio en Stroeder: “Cuando los niños vieron que se llevaban al P. Mazzoglio también, empezaron a darse cuenta de lo que sucedía; lloraban unos, se escapaban otros. Al volver a la Iglesia para rezar muchos sollozaban. Culminó la desesperación cuando tuvo que acompañar a los agentes el clérigo [entiéndase: el seminarista] también. Tanta era la desesperación de algunos niños que no atinaban salir por las tres puertas… saltaban por los paredones”.

 

Al encarcelamiento de los sacerdotes precedieron frecuentes allanamientos. En el colegio Don Bosco de Bahía Blanca hubo un allanamiento el 14 de junio a las 22:30.

 

En Fortín Mercedes, el mismo día a las 22:00. En el colegio La Piedad de Bahía Blanca, “en la noche del 15 de junio a las 22 hs., estando todo el alumnado (150) durmiendo, golpes insistentes del timbre llamaron a la portería… Era la Policía quien en número de once venía a revisar el Colegio por si acaso encontraban mimeógrafos, panfletos o armas…”. La misma crónica, hablando del 16 de junio, dice: “Ya de noche… llegaron varios Padres para retirar sus hijos, comunicándonos que se estaban cometiendo desmanes por Santa Teresita y la Curia. A las 19 vino una madre –Sra. Orioli– a buscar su hijo y llorando nos dijo que la Catedral estaba en llamas. Decidimos entonces salvar el Santísimo y la ropa de la Iglesia….”. Al hablarse del padre Paladés del Inmaculado Corazón de María, que fue a parar a la cárcel de Bahía Blanca, se observa: “…se encontraba pobremente vestido pues los forajidos, después de haberle quemado todo el Colegio, habían querido matarlo. Se salvó sólo por milagro…”. Únicamente en la ciudad de Bahía Blanca sufrieron ataques e incendios los siguientes edificios: la iglesia catedral y la curia, la parroquia Santa Teresita, la parroquia Nuestra Señora de Lourdes, la parroquia y el colegio del Inmaculado Corazón de María. Un trotskista del PSRN (La Verdad) que vivió los acontecimientos de junio de 1955 en la zona de Bahía Blanca, para nada sospechoso de clericalismo, relata lo siguiente: “Atravesé la ciudad entre fogatas que ardían aquí y allá, consumiendo los últimos restos de muebles, archivos, enseres diversos, y automóviles de la Curia lindera con la Catedral… Obreros de Cuatreros comenzaron el saqueo de la Curia, ubicada entre la Catedral y el diario La Nueva Provincia. Algunos bailaban improvisadas danzas disfrazados con hábitos y sotanas, en medio de inmensas fogatas… El carro de los Bomberos había venido a apagar el incendio, pero su manguera fue desviada. Ahora, frente a las llamas, servía de tribuna a la mujer que en medio de la lluvia, los gritos, los vivas y los mueras, hablaba sostenida de los tobillos por un dirigente obrero de Cuatreros, de conocida militancia en el PSRN. Se trataba de Eduardo Creus. La mujer que hacía esfuerzos por mantenerse encaramada en el carro, era del PSRN y bastante conocida: Ladis”. Un poco más arriba el mismo cronista de militancia trotskista afirma: “Habíamos comenzado a ganar la calle en marchas y manifestaciones, y tomábamos así, de hecho, un liderazgo embrionario de las masas peronistas confundidas, carentes de dirección, y a la postre, engañadas traicionadas” (cf.www.convergenciasocialista.com.ar/folletos/testimonios [17 de junio del 2005/50º aniversario de los hechos aquí narrados]). Por lo visto hubo, además de “las iglesias ricas del centro de Buenos Aires” otras iglesias e instituciones católicas de la provincia de Buenos Aires que fueron objeto de desmanes e incendios. Queda mucho por investigar todavía.

 

Otro asunto, que en mi opinión merecía un tratamiento más prolijo y más ceñido a los hechos reales, es el de los tristes acontecimientos del 16 de junio de 1955. Ese día la Plaza de Mayo estaba siendo bombardeada por aviones Gloster Meteor de la base naval de Punta Indio, con el trágico saldo por todos conocido y justamente reprobado. Hasta un colectivo que llevaba niños fue blanco de las bombas. Mallimaci lo atribuye lisa y llanamente a “militares católicos”. ¿La Marina de Guerra era realmente un arma católica? Algunos de los pilotos de aquella época viven todavía. Sería bueno investigar cuál de sus jefes impartió las órdenes y cuán “católico” era. El militante trotskista del PSRN ya citado, afirma en su relato: “En uno de los aviones volaba como tripulante voluntario el dirigente de la UCR y ex-diputado Silvano Santander. Ciertamente entre los manifestantes figuraban varios de nuestros compañeros del PSRN (La Verdad) dispuestos a organizar las columnas, proveerse de elementos de defensa, y administrar el curso de la imprevista guerra”. Me acuerdo que el mismo día 16 de junio, estando yo en Fortín Mercedes, al tener la noticia de la masacre de la Plaza de Mayo, nos juntamos con varios sacerdotes y compañeros de estudio en el Santuario de María Auxiliadora para rezar por las víctimas. Nadie, pese a cierto desgobierno evidente, podía entender la locura de bombardear las calles de una ciudad por las que caminaba gente que nada tenía que ver con el asunto.

 

Siempre con relación a la misma cuestión, escribe Mallimaci: “Los aviones que bombardearon a la muchedumbre que estaba en la Plaza sosteniendo al gobierno peronista tenían pintadas el signo de la cruz junto a la “V” de la victoria”. Allí hay una confusión de hechos y fechas. Está más cerca de la verdad Susana Bianchi –que escribe en el mismo número de Criterio (pág. 275) –cuando afirma que “pocos meses después, el 16 de septiembre… los aviones del Ejército llegaban desde Córdoba bajo el signo ‘Cristo Vence’”. En uno de esos aviones llegaba Lonardi con la consigna: “Ni vencedores ni vencidos”. Poco duró su mandato. Pronto fue sustituido por el general Aramburu. El que siguió firme fue el almirante Rojas, responsable de algunos fusilamientos. Entre el 16 de junio y el 16 de septiembre, entre los aviones de la Marina que bombardearon la Plaza de Mayo y los aviones que venían de Córdoba con la cruz y la “V” de la victoria, pasaron tres meses y sucedieron muchas cosas. Confundir fechas y acontecimientos puede conducir a juicios precipitados y a peligrosas esquematizaciones de la realidad.

 

La historia es maestra de la vida siempre que se la respete. Volver sobre el pasado es útil si sirve para reconocer los errores, asumir las propias responsabilidades y enmendar conductas desviadas y sus consecuencias. Volver sobre el pasado es útil si sirve para rescatar lo positivo de cada época por poco que fuere, para detectar y valorar actitudes constructivas del bien común y para honrar a “todos” los que se jugaron, con sinceridad y sacrificio personal, por el respeto y la promoción integral de la persona y sus derechos fundamentales. No sirve la “memoria selectiva”, ni la “memoria-acusación” (es común sentir quejas sobre “los que pasaron antes”, para terminar haciendo lo mismo o algo peor), ni la “memoria-resentimiento”, ni la “memoria-venganza”, ni la “memoria-ficción”.

 

La época de los años cincuenta no puede ser un punto de referencia para el hoy. Tampoco lo puede ser la de los años setenta. Hay que conjurar los fantasmas de ambos períodos. Se puede aprender algo de los dos, pero los desafíos de hoy son distintos. En una época compleja y plural, signada por grandes contradicciones, como la nuestra, hay que jugarse más que nunca y con mucha humildad por la verdad, la libertad y la justicia. Hay que dejarse movilizar por la solidaridad, no como mero sentimiento superficial, sino como principio estructurador de una sociedad nueva y como virtud social fundamental.

 

 

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4 Readers Commented

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  1. ale on 8 Septiembre, 2010

    Necesito comunicarme con el autor de este escrito.
    Muchas Gracias !!!!

    Ale continanzia

  2. QU PASÒ CON EL AUTOR DE ESTA NOTA? eL PADRE seGOVIA MUY QUERIDO EN NUESTRA COMUNIDAD TENAI A CARGOS LA PARROQUIA SAN CARLOS DE BORROMEO- JUAN B JUSTO Y BUENOS AIRES. PENSABA QUE TERMINARIA SUS DIAS ALLÌ. JUNTO A LA GENTE QUE TANTO LO QUERIA Y DE PRONOT LO SACARON DE ALLÌ. NADIE DE LOS QUE LO QUEREMOS PUDIMOS SABER MAS NADA. DONDE ESTA EL PADRE SEGOVIA? POR QUE SE LO SACO DE SU IGLESIA? POR QUE SE LO CASTIGA? LA ENTE QUE FIRMO PARA QUE NO SE LO SAQUE DE ALLÌ- MILES DE PESONAS- YA SE HAN OLVIDADO?

  3. Fernando Mediavilla on 21 Noviembre, 2011

    Coco. Me encantaría comunicarme co vos, después de casi 40 años

  4. silvio castiglioni on 5 Septiembre, 2012

    ESTUVE ESTUDIANDO DESDE EL AÑO 1962 A 1965 EN FORTIN MERCEDES
    Y DESDE 1966 A 1970 EN DON BOSCO DE BAHIA BLANCA Y TENGO IDEA DE HABER TENIDO CONTACTO CON JUAN REBOK.
    TUVE LA TREMENDA SUERTE DE HABER VIVIDO ESA EPOCA CON CARLOS DORÑAK Y TODAVÍA TENGO SU FIGURA PRESENTE UNA PERSONA QUE DIFICILMENTE ALGUIEN HAYA ESCUCHADO LEVANTAR LA VOZ EN FORMA DESTEMPLADA, ERA IMPOSIBLE QUE SE LO BUSCARA POR TODAS LAS COSAS PUBLICADAS EN ESOS DIAS.
    NO HE VISTO EN ESTE INFORME AL CUAL ME SUMO FERVIENTEMENTE PERO NO SE NOMBRA EN EL MISMO AL PADRE BENITO SANTECHIA EL CUAL TB SE TUVO QUE AUSENTAR DEL PAÍS EN ESOS DÍAS.
    ME ENCANTARÍA TENER ALGUNA CONEXIÓN CON JUAN REBOK
    SILVIO CASTIGLIONI

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